CAPÍTULO 21 LOS QUE SOSTIENEN LA CORONA
Darian llegó al punto acordado antes del anochecer.
Era una cabaña de guardia abandonada junto a una pared de Cendral. No había hombres a la vista. No había estandartes. Únicamente una puerta abierta y una lámpara encendida dentro.
Entró con la espada en la mano.
Lord Rhyne estaba sentado a una mesa.
Darian se quedó inmóvil.
—Padre.
El viejo levantó la cabeza. Estaba pálido, pero no atado.
—No he venido a rescatarte —dijo Darian—. He venido a saber qué quieren.
—Quieren que vivas con lo que has hecho.
La frase no la dijo lord Rhyne.
Varek estaba sentado en la sombra. Llevaba una copa de vino, como si los hubiera invitado a cenar.
—Vuestro padre aceptó venir —dijo—. No lo obligué.
—No le creas —dijo lord Rhyne—. Tiene hombres fuera.
—Por supuesto que los tengo. Vos tenéis una espada. Él tiene una culpa. Todos traemos algo a una reunión.
Darian mantuvo la punta de la espada hacia Varek.
—¿Qué quieres?
—Que abras la puerta que ya abriste una vez. La puerta exterior de Cendral. Esta vez El propósito era dejar salir al guardián cuando la montaña se rompa, lejos de entrar.
—Ydrael no es tu guardián.
—No. Es el miedo de todos. Y el miedo necesita un rostro. Si se ve al dragón sobre Caleryon, la ciudad pedirá protección. Si se ve sobre Skarde, el rey Halvar pedirá guerra. En ambos casos, el mundo necesitará una comisión que lo calme.
Darian comprendió el plan. No había forma de que Isolde ganara una batalla contra una historia así. Varek no buscaba controlar a Ydrael. Buscaba que su libertad pareciera una catástrofe.
—No abriré nada.
Varek bebió un sorbo.
—Ya lo has hecho. El sello de Rhyne responde a tu sangre. Únicamente necesito tu mano en la piedra. Después, podrás decir que intentaste salvar a tu padre. Será verdad, ¿no?
La puerta de la cabaña se cerró detrás de Darian.
En el exterior, algo empezó a golpear la pared de Cendral.
Una vez.
Dos.
La montaña respondió con un rugido.
La puerta exterior
Isolde oyó el primer golpe desde la ruta de los árboles.
Fue más bajo, más profundo: una mano gigantesca contra la pared de la montaña. Rheskan respondió desde la orilla oeste con un rugido que cortó el aire. El vínculo le devolvió miedo por Ydrael.
—Darian —dijo.
Cael ya corría.
Encontraron la cabaña rodeada de hombres blancos. Morna disparó desde los árboles. Sigrid tomó el flanco. Isolde fue directa a la puerta.
Dentro, Varek tenía una daga contra la garganta de lord Rhyne. Darian estaba frente a la pared, una mano apoyada sobre un símbolo de roble grabado en piedra.
El sello brillaba azul bajo su palma.
—¡No! —gritó Isolde.
Darian se volvió.
El horror en su rostro le dijo que no había planeado que ella llegara a verlo así.
—No tengo elección —dijo.
La frase hizo que todo dentro de Isolde se volviera frío.
—Siempre tienes una elección.
Varek sonrió detrás de lord Rhyne.
—Qué hermoso. ¿Veis? La heredera cree que la moral se mantiene intacta cuando alguien que amas está a punto de morir.
—No —dijo Isolde—. Creo que la moral es lo único que te queda cuando alguien quiere comprar tu miedo.
Varek apretó la daga. Una línea de sangre apareció en el cuello de lord Rhyne.
Darian tembló. Isolde quiso correr hacia él, pero Cael le cerró el paso con un brazo.
—Si atacas, lo mata.
—Si no atacamos, abre la puerta.
—Lo sé.
La mano de Darian seguía sobre el sello. La luz subió por su muñeca. Al otro lado de la pared, el golpe volvió a sonar. La puerta exterior empezaba a moverse.
—Darian —dijo Isolde, y no usó el título ni la orden—. Mírame.
Él lo hizo.
—No puedo salvarte de esto. No puedo decirte que no dolerá. Pero si abres esa puerta, no salvarás a tu padre. Únicamente le darás a Varek otra forma de usarlo.
Lord Rhyne cerró los ojos.
—Haz lo que ella dice —susurró.
Varek le golpeó el rostro con la empuñadura.
El sonido fue pequeño. El mundo se hizo inmenso.
Darian retiró la mano del sello.
La luz azul se apagó.
Varek dejó de sonreír.
Por un segundo, Isolde creyó que habían ganado.
Entonces el hombre de negro hundió la daga en el costado de lord Rhyne y empujó la pared con la mano libre.
El sello respondió.
La puerta exterior se abrió.
Y el rugido de Ydrael escapó hacia el valle.
* * *
El rugido de Ydrael fue una llamada tan vasta que los caballos se arrodillaron y los árboles dejaron caer la nieve de sus ramas.
En los campamentos del valle, la gente salió de las tiendas y miró hacia Cendral.
Algunos gritaron que el dragón estaba libre.
Otros cayeron de rodillas. Los hombres de Varek, preparados, encendieron antorchas azules en las dos riberas.
La historia ya estaba en marcha.
Dentro de la cabaña, lord Rhyne se desangraba sobre el suelo. Darian presionaba la herida con ambas manos. Isolde quiso perseguir a Varek, pero Cael la detuvo.
—No ahora.
—Se ha ido.
—Y ha dejado a tu gente viendo una montaña rugir. Eso era lo que quería. No le des además a un heredero muerto.
La frase fue cruel. También era cierta.
Morna y Sigrid expulsaron a los últimos hombres blancos. Varek había escapado por una grieta que llevaba al corredor exterior. No lo siguieron. La puerta abierta vibraba en la pared como una herida azul.
—¿Puede cerrarse? —preguntó Isolde.
Darian levantó la mirada desde el suelo.
—Sí. Con mi sangre.
El silencio se volvió denso.
—No —dijo Isolde.
—Si la dejamos abierta, Varek puede volver a usarla.
—Si la cierras ahora, la montaña puede interpretarlo como otra cadena.
Cael examinó las runas.
—Es una salida de presión. Cerrarla podría hacer que el río busque otro sitio para romper.
Darian miró a su padre. Luego el sello. Luego a Isolde.
—Entonces no la cierro.
La decisión no reparaba nada, pero era una decisión tomada con todos mirando. Isolde lo registró en algún lugar cansado de su corazón.
Edras llegó al anochecer con noticias del valle.
—Los hombres blancos están diciendo que el dragón ha atacado el norte. Ya hay patrullas de Caleryon y Skarde reuniéndose.
—¿Ha atacado? —preguntó Morna.
—No. Pero ha rugido. Para muchos será suficiente.
Isolde salió al exterior. Cendral se alzaba oscuro bajo el cielo. A lo lejos, el fuego azul se extendía como una línea entre los campamentos.
Varek había conseguido su guerra.
Ahora solo necesitaba que ellos eligieran quién moriría primero.
El dragón en la plaza
La versión de Varek llegó a Caleryon antes que las noticias de Edras.
Un dibujo apareció pegado a las paredes de la capital: Rheskan con las alas extendidas sobre casas en llamas, Isolde montada sobre su lomo y Cael de Skarde a su lado. Debajo, una frase: ¿QUIÉN PROTEGERÁ A VUESTROS HIJOS?
La gente arrancó algunos. Otros los guardaron.
Aelyn se quedó mirando uno durante demasiado tiempo. Desconfiaba de la imagen y sabía que viajaría más rápido que cualquier lista de contratos.
—Tenemos que responder —dijo Orla.
—Responderemos con personas —dijo Aelyn—.
Abrió la lista de Miren y envió mensajeros a cada familia nombrada. No prometió perdón ni protección automática. Prometió que podían venir a hablar, que los cargos serían públicos y que Varek no decidiría quién era monstruo y quién era víctima desde una habitación cerrada.
Al principio llegaron tres personas. Luego ocho. Al anochecer, una fila rodeaba la plaza.
Un guardia contó cómo habían retenido a su hermano. Una mujer de aduanas entregó un libro de pagos. Un muchacho admitió que había distribuido los dibujos del dragón porque necesitaba dinero para pagar la medicina de su padre.
El reino empezó a escuchar voces en lugar de panfletos.
Varek respondió mandando una delegación del Consejo. Exigían que el rey disolviera la reunión y cediera la seguridad de la ciudad a la comisión.
Ardan, todavía débil, salió al balcón.
—No entregaré a mi pueblo a quien necesita aterrorizarlo para ofrecerse como respuesta —dijo.
Una piedra voló desde la multitud. No alcanzó al rey. Alcanzó el borde del balcón.
Después llegó otra.
La plaza se dividió en un grito.
Aelyn vio a hombres con brazales blancos entre la gente. Varek no había perdido el control de la historia. Únicamente se había visto obligado a hacerla más violenta.
Orla levantó el escudo frente al rey.
—¡A cubierto!
Pero Aelyn no se movió. Bajó las escaleras hacia la plaza, se plantó entre quienes tiraban piedras y quienes querían responder con espadas.
—Si queréis pelear, mirad primero a quién estáis protegiendo —gritó—. Porque Varek no está aquí. Siempre consigue que otros reciban el golpe por él.
Por un momento, nadie arrojó nada.
Luego una luz azul apareció sobre la torre del río.
Una sola señal.
Cendral ha abierto la guerra.
* * *
Al amanecer, las dos orillas del río tenían ejércitos.
No eran grandes ejércitos. Eso los hacía más peligrosos. Eran compañías locales, guardias de grano, voluntarios con lanzas viejas y hombres que llevaban una noche entera sin dormir. Caleryon ocupaba el sur. Skarde, el norte. Entre ambos, el agua gris de Cendral llevaba ceniza y un reflejo azul.
Edras intentaba impedir que sus capitanes avanzaran. Varyn hacía lo mismo con los suyos. Los dos sabían que un primer disparo sería todo lo que Varek necesitaba.
Isolde se situó junto al río, sin armadura.
—No deberíais estar ahí —dijo Morna.
—Precisamente por eso.
Cael se colocó al otro lado, frente a los hombres de Skarde. La distancia entre ambos era demasiado grande para una conversación. Aun así, él levantó una mano.
—No disparéis —gritó en su lengua.
Un capitán de Caleryon avanzó con una bandera blanca. Isolde lo reconoció: Hadrik. El hombre que había luchado por Varek en el puente.
—¿Venís a arrestarme? —preguntó ella.
Hadrik bajó la mirada.
—Vengo a entregar mi espada.
La dejó en el barro.
—Vi las piedras azules. Vi a mis hombres usar el nombre de mi rey para matar a civiles. No puedo deshacerlo. Pero tampoco puedo seguir fingiendo que no lo vi.
Hubo un murmullo entre los soldados. Un guerrero de Skarde se adelantó y dejó su propia lanza junto a la espada.
Luego otro.
La tregua era frágil. No era paz. Pero era algo que Varek no había calculado del todo: personas cansadas de ser las manos de alguien más.