Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 20 LA ÚLTIMA LLAMARADA #2
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CAPÍTULO 20 LA ÚLTIMA LLAMARADA #2

Antes de que Isolde pudiera responder, Serah se levantó y caminó hacia la niebla.

No desapareció como antes. No usó humo ni sombras.

Únicamente se fue.

En el agua, el último eslabón de la cadena se apagó.

Y desde Cendral llegó un rugido que hizo temblar los árboles.

* * *

La dársena vieja era una ciudad pequeña dentro de la capital.

Tenía almacenes de ladrillo, puentes de madera y barcos tan cargados de sal que parecían hundirse un poco más cada vez que el río respiraba. Miren esperaba en el muelle más alejado, con una capa gris y una bolsa de cuero cruzada al pecho.

—Llegáis tarde —dijo cuando vio a Isolde.

—Todos dicen eso últimamente.

—Es porque llegáis tarde.

No había tiempo para ofenderse. Miren sacó un libro de cuentas. Dentro, entre precios de harina y tarifas de paso, había nombres escritos con tinta roja: familias, escondites, pagos, mensajeros. La red del Círculo era una lista larga de personas obligadas a obedecer para proteger a alguien.

—Varek ya ha tomado los barcos grandes —dijo Miren—. Dice que debe inspeccionarlos para evitar que Skarde infiltre armas. En realidad busca que nadie lleve estas páginas al norte o al este.

Morna abrió el libro.

—Aquí están los nombres de los guardias que dispararon en Saria. Y del capitán de las capas blancas.

—También hay nombres de miembros del Consejo —dijo Miren—. Y de gente que no sabe que está siendo usada.

La dársena estalló antes de que pudieran decidir qué hacer con la lista.

Los hombres de Varek llegaron por los dos extremos del muelle. No llevaban brazales blancos. Llevaban uniformes de aduanas. Eso era lo más aterrador: cada vez cambiaban de ropa, no de intención.

—Por orden de la comisión, entregad los documentos —gritó el oficial.

—¿Por orden de quién? —preguntó Isolde.

—Del reino.

—El reino no es un hombre con una firma falsa.

El oficial dio la señal. Las cuerdas que sujetaban los barcos fueron cortadas. Las naves empezaron a alejarse con la corriente, llevándose los sacos de grano y las rutas de salida.

Cael saltó a una de ellas. Sigrid lo siguió. Darian corrió hacia la pasarela donde Miren había quedado atrapada. Isolde y Morna defendieron el libro de cuentas entre cajas de sal que se rompían bajo las botas.

No ganaron la dársena.

Ganaron el libro.

Cuando el último barco de Varek desapareció en la niebla, Miren tenía un corte en la ceja y Cael una nueva herida en la mano. Pero la lista seguía seca dentro de la bolsa de Isolde.

Un niño de los muelles, escondido detrás de un barril, se acercó con una nota que uno de los oficiales había dejado caer.

Estaba dirigida a Darian.

El final ha empezado. Ven solo a Cendral y tu padre vivirá para verlo.

Darian leyó la nota. Luego se la entregó a Isolde sin que ella tuviera que pedirla.

Era una mejora.

No era todavía una salvación.

La carta compartida

Darian llevó la nota de Varek a Isolde antes de que terminara de amanecer.

No había manera elegante de hacerlo. No dijo que era importante ni fingió que no sabía qué significaba. Se sentó frente a ella en el almacén vacío que Miren les había prestado y dejó el papel sobre la mesa.

—Quiere que vaya solo a Cendral —dijo—. Dice que mi padre vivirá para verlo.

Isolde leyó la nota. Cael, que revisaba la caja de Skarde en un rincón, no levantó la vista. Aun así, escuchaba.

—No vas a ir solo —dijo Isolde.

—Lo sé.

La respuesta la sorprendió.

—¿Lo sabes?

—No quiero hacerlo otra vez. No quiero creer que ocultarte un peligro es la forma de protegerte.

Isolde dobló la nota con cuidado. No quería que el papel se rompiera antes de que ella estuviera lista para admitir cuánto le importaba esa frase.

—Entonces usamos lo que quieren —dijo.

Morna dejó de afilar su espada.

—Eso suele acabar mal.

—Todo está acabando mal —respondió Isolde—. Pero Varek espera que Darian llegue por el camino de Cendral. Espera que vaya desesperado y sin testigos. Podemos darle una parte de eso.

—No me gusta ser la parte desesperada —dijo Darian.

—Es una verdad. La diferencia es que ahora no estás solo con ella.

Cael cerró la caja de Skarde.

—Si hacemos esto, Varek moverá a sus hombres antes de que lleguemos a la montaña. Necesitamos que alguien haga ruido en otro sitio.

Miren puso el libro de cuentas sobre la mesa.

—La lista puede hacer ruido. Mucho. Si llega a Aelyn, no podrá esconder las pruebas que Varek llevaba años comprando.

—¿Y cómo la llevamos? —preguntó Sigrid—. Los barcos son de Varek y las rutas de correo están vigiladas.

La respuesta llegó desde la ventana abierta.

—Por los pescadores.

Una voz vieja. Morn, el antiguo guardia de la torre, entró con el abrigo mojado y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Los ríos no pertenecen a los lords —dijo—. Únicamente se comportan como si sí cuando hay suficientes soldados mirándolos.

Miren le entregó el libro. Morn lo escondió dentro de un saco de redes y se fue sin ceremonia.

Isolde lo vio partir y sintió la escala de lo que estaban haciendo. Era una carrera entre una lista de nombres y una mentira con dinero suficiente para viajar más rápido.

Darian tocó la nota de Varek.

—¿Cuándo nos vamos?

Isolde miró al norte, donde Cendral seguía humeando detrás de las nubes.

—Ahora.

* * *

Morn llegó a Caleryon con las manos sangrando de remar.

No entró por la puerta principal. Desembarcó en una escalera de servicio junto a la pescadería y atravesó tres patios para llegar a la plaza del trigo. Aelyn seguía allí, rodeada de impresores, administradores y familias que esperaban noticias del norte.

Cuando abrió el libro de cuentas, el murmullo cesó.

—Esto es una lista de personas a las que Varek ha atrapado —dijo Aelyn—.

Leyó los nombres sin adornarlos. Guardias obligados a disparar. Administradores amenazados con perder el grano. Hijos retenidos en casas de caza. Un consejero que había firmado préstamos porque la enfermedad de su esposa era más cara que su orgullo.

La multitud no reaccionó con un solo sonido. Algunos lloraron. Otros gritaron que esos nombres merecían castigo. Aelyn dejó que ambos ruidos existieran antes de levantar la mano.

—Varek quiere que pensemos que solo hay dos clases de personas: quienes mandan y quienes obedecen. No le daremos esa comodidad. Quien haya hecho daño responderá. Pero nadie volverá a ser una herramienta porque tenga a alguien a quien amar.

El rey Ardan, aún pálido, se puso de pie a su lado.

—Convoco una investigación pública de cada contrato —dijo—. Y ordeno que todos los almacenes de Varek sean abiertos para el pueblo hasta que sepamos qué ha retenido.

Los guardias de la ciudad vacilaron. Algunos todavía llevaban instrucciones del Consejo. Pero Orla dio un paso adelante y se arrodilló.

—Por Caleryon —dijo.

Era un comienzo. Un capitán de aduanas huyó antes de que pudieran detenerlo. Dos administradores quemaron sus registros. Varek conservaba amigos y dinero. Pero ya no conservaba la oscuridad.

Esa misma tarde, una torre del río recibió el código de Morn: tres luces blancas y una roja.

La heredera vuelve a la montaña.

Aelyn observó el norte hasta que le dolieron los ojos.

—Vuelve viva —susurró.

La torre no respondió.

El hombre que se va solo

El plan era sencillo solo cuando lo explicaban deprisa.

Darian viajaría por el camino principal de Cendral, visible para los exploradores de Varek.

Isolde, Cael, Morna y Sigrid tomarían la ruta de los árboles y entrarían por un acceso bajo la pared oeste.

Edras mantendría las dos riberas del río con los civiles, sin dejar que una nueva provocación se convirtiera en guerra.

El problema del plan era que Darian tenía que parecer solo.

—No estás solo —le dijo Isolde mientras ajustaba las correas de su caballo—. Eso es lo que no debes olvidar.

Él asintió. No intentó tomarle la mano. Había aprendido que la distancia también podía ser respeto.

—Si no vuelvo al anochecer...

—No termines esa frase.

—No es una despedida.

—Entonces no la conviertas en una.

Por un segundo, el viento movió el cabello de Darian sobre su frente y pareció el hombre que ella había amado antes de que los secretos se volvieran parte de su cuerpo. La pérdida de esa facilidad dolió más que cualquier herida.

—Te he querido incluso cuando no he sabido hacerlo bien —dijo él.

Isolde respiró hondo.

—No uses el amor como la última palabra antes de una decisión que puede romperlo.

Él cerró los ojos. Después montó sin mirar atrás.

Cael esperó hasta que el sonido de los cascos desapareció.

—Es una conversación extrañamente larga para alguien que no confía en él.

Isolde lo miró.

—No confundas dolor con falta de amor.

El príncipe asintió, serio.

—No lo haré.

Tomaron el camino de los árboles.

A medio día, encontraron la primera señal de que Varek conocía el plan: un trozo de tela negra atado a una rama. No llevaba mensaje. Únicamente el sello de Darian dibujado en cera azul.

Morna lo arrancó.

—Nos está viendo.

—Que vea —dijo Isolde—. No sabe todo lo que hemos cambiado desde la última vez.

Pero mientras avanzaban, una inquietud se instaló dentro de ella. No porque dudara de Darian. No exactamente.

Porque Varek era mejor que ellos encontrando la grieta entre lo que alguien quería hacer y lo que era capaz de hacer cuando tenía miedo.