CAPÍTULO 20 LA ÚLTIMA LLAMARADA
Las trompas dejaron de sonar cuando empezó la lluvia de flechas.
Los hombres del Círculo salieron del bosque en grupos pequeños.
No intentaban tomar la casa de caza. Querían obligar a quienes estaban dentro a correr en direcciones distintas.
Cada flecha llevaba una piedra azul atada a la pluma.
Al caer, la piedra encendía el suelo y dibujaba círculos de hielo falso alrededor de los pasos.
—¡Por la puerta trasera! —gritó Morna.
El niño de la ballesta seguía escondido junto a Darian. Lord Rhyne, demasiado débil para pelear, fue llevado hacia un cobertizo. Isolde cubrió la retirada con Sigrid mientras Cael apagaba las piedras una por una.
—No pueden ser muchas —dijo él, con la voz tensa—. Quieren ruido, no una victoria.
—Quieren separarnos —respondió Isolde.
Vio el momento en que ocurrió. Una explosión azul abrió una grieta entre la casa y el bosque. El humo se levantó. Cuando se disipó, Darian y el niño ya no estaban con ellos.
—¡Darian! —gritó.
No hubo respuesta.
Morna quiso mandar hombres tras él. Isolde negó con la cabeza. Había aprendido demasiado bien lo que ocurría cuando todos corrían hacia el punto que el enemigo elegía.
—Proteged a los heridos. Cael y yo vamos por el rastro. Sigrid, no dejes que nadie se lleve a lord Rhyne.
—Eso es una orden demasiado personal —dijo Sigrid.
—Es una orden de guerra.
Encontraron huellas que se alejaban hacia el este: una de botas adultas, otra pequeña, una línea de arrastre. El Círculo había usado el miedo del niño como cebo. Darian había ido tras él, por supuesto. Isolde no podía decidir si aquello le daba alivio o rabia.
Al final del rastro había un viejo puente de madera sobre un barranco. Darian estaba en medio, con el niño detrás de él. Tres hombres blancos les cerraban el paso. Uno sostenía una cuerda atada al cuello del muchacho.
—No os acerquéis —dijo el hombre—. Únicamente necesitamos que el heredero firme.
Le tendió una tablilla de cera.
—Una orden para que los guardianes de Rhyne dejen pasar a nuestra fuerza cuando llegue el momento.
Darian no tomó la tablilla.
—No.
El hombre tiró de la cuerda. El niño cayó de rodillas, sin aire.
Isolde surgió de entre los árboles antes de que Darian pudiera moverse.
—¡Esperad! —gritó.
Los tres se volvieron.
Cael congeló las tablas bajo sus botas. No atacó a los hombres; congeló el puente alrededor de ellos, clavándolos al suelo.
Darian llegó al niño, cortó la cuerda y lo arrastró hacia un lado.
Isolde derribó al hombre de la tablilla con el hombro antes de que pudiera activar la piedra azul que llevaba en la boca.
La tablilla cayó al suelo.
Estaba ya firmada.
La tablilla carecía del nombre de Darian.
Con su sello.
—Lo han copiado —dijo él, pálido.
—Entonces ahora tenemos dos pruebas —respondió Isolde—: que falsifican los sellos y que necesitan que parezca que tú obedeces.
El niño se aferró al abrigo de Darian. Él lo sostuvo, temblando de rabia.
Por un instante, Isolde vio que Darian podía escoger otra cosa que no fuera una puerta abierta por miedo.
Pero los hombres del Círculo ya habían dejado su mensaje: la guerra no necesitaba que él traicionara de nuevo.
Únicamente necesitaba que todos creyeran que lo haría.
La lista que queda
La caja de hierro estaba vacía, pero la lista no se había perdido por completo.
Lord Rhyne lo recordó al ver el nombre de Edras en el papel quemado. Elian Var había hecho una segunda copia. Los lugares donde cada familia podía ser encontrada. Era una red de escondites y refugios, escrita en un libro de cuentas que había dejado en manos de una mujer de los muelles.
—Su nombre era Miren —dijo lord Rhyne—. Vivía cerca de la vieja dársena de Caleryon.
—Varek estará buscándola —dijo Morna.
—Probablemente ya la ha encontrado —respondió Isolde.
La frase era una razón para moverse.
Edras envió dos exploradores hacia el río.
Varyn, que había llegado al anochecer con noticias de que sus aldeas resistían, ofreció hombres para proteger las rutas del norte.
El campamento se había convertido en algo extraño: una reunión de personas que no confiaban entre sí y, aun así, empezaban a dividir el trabajo como si la supervivencia pudiera ser una forma de alianza.
Darian se acercó a Isolde mientras preparaban los caballos.
—El niño se llama Taren —dijo—. Sigrid lo llevará con las familias de Saria.
—Bien.
—Isolde...
Ella esperó.
—No firmé la tablilla. Sé que no debería necesitar decirlo.
—No deberías.
El golpe de honestidad le hizo bajar la mirada.
—¿Y me crees?
—Creo que esta vez no firmaste. También creo que Varek sabe exactamente cómo convertir tus errores anteriores en una cuerda para todos.
Darian asintió. No había defensa posible. Quizá, por fin, empezaba a entender que el dolor no era una moneda para comprar absolución.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—Encontramos a Miren. Encontramos la lista. Y hacemos que Varek deje de ser el único hombre que sabe a quién tiene amenazado.
La casa de caza ardía detrás de ellos cuando partieron. No pudieron apagarla. El fuego azul se había metido en la madera demasiado profundo. Isolde no miró atrás.
Al amanecer, un halcón de Edras los alcanzó con una nota corta.
Los hombres blancos se dirigen a la dársena. No van a por una mujer. Van a por todos los barcos.
Varek no quería la lista solo para silenciarla.
Quería controlar la única ruta que todavía podía llevar la verdad por el reino.
* * *
Aelyn decidió celebrar el consejo ciudadano en la plaza del trigo.
La reunión resultaba peligrosa y, con tres mil testigos observando las entradas y salidas, imposible de fingir privada.
El rey Ardan se sentó bajo un dosel sencillo. Estaba débil, pero despierto. A su lado, Neral leía los contratos de Varek en voz alta. Cada nombre provocaba un murmullo distinto: rabia, reconocimiento, miedo. No todos eran culpables. Muchos habían firmado porque sus cosechas dependían de ello.
—Las deudas no son delitos —gritó un hombre desde la multitud.
—No —respondió Aelyn—. Usarlas para comprar guardias y provocar hambre, sí.
Varek no apareció. Mandó una carta.
La heredera ha confirmado que entregará al dragón. Vuestro rey se niega a protegeros. La comisión de estabilidad distribuirá el grano al anochecer.
La firma llevaba el halcón de Valarys.
Aelyn sostuvo la carta ante todos.
—Isolde no escribe “comisión de estabilidad”. Lo llama “una mesa con demasiados hombres convencidos de que tienen razón”.
Algunas personas rieron. No era mucho. Pero la mentira necesitaba solemnidad para funcionar. Aelyn le había quitado esa parte.
La capitana Orla subió al estrado con un soldado herido de la frontera.
—Este hombre ha visto los brazales blancos —dijo—. No pertenecen al rey. Pertenecen a almacenes de Varek.
El soldado habló con voz quebrada. Contó lo que Edras había visto en Cendral. Contó que los hombres blancos disparaban contra Caleryon y Skarde por igual.
La plaza se volvió muy quieta.
En ese silencio, una carreta cargada de sacos de grano dobló la esquina. Llevaba el sello de Varek. Detrás de ella había otras cuatro.
Un hombre subió sobre la primera y anunció:
—La comisión distribuye alimentos a quienes reconozcan la autoridad provisional.
El hambre se movió por la multitud como una cosa viva.
Aelyn sintió el golpe. Varek no necesitaba convencerlos de amarlo. Únicamente tenía que conseguir que alguien aceptara un saco de grano y luego se sintiera demasiado culpable para hablar.
El rey intentó ponerse de pie. Aelyn le puso una mano en el brazo.
—Yo.
Bajó del estrado y caminó hasta la carreta.
—Que nadie se vaya con hambre —dijo—. Repartid el grano.
El hombre sonrió.
—Entonces reconocéis a la comisión.
—No. Reconozco que es grano de Caleryon, guardado en almacenes de Caleryon y robado al pueblo de Caleryon. Si queréis repartirlo, hacedlo sin pedir un juramento.
El hombre vaciló.
La multitud avanzó. Avanzaban con el orden decidido de quienes habían dejado de pedir permiso para comer lo que era suyo.
Varek perdió una carreta esa mañana.
Aelyn sabía que respondería con algo peor.
La guardiana que queda
Encontraron a Serah en la ribera, tres días después de abandonar Cendral.
Estaba sentada contra una piedra, con la cadena rota en las manos y el agua hasta las rodillas. Parecía no haber comido ni dormido. Cuando Isolde se acercó, Serah no intentó huir.
—Ydrael está vivo —dijo la heredera.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Serah levantó la cadena. Uno de los eslabones brillaba con un fuego débil.
—Porque todavía me duele.
Cael se quedó atrás con Sigrid. Darian hizo lo mismo. Isolde se sentó frente a Serah.
—¿Dónde está mi madre?
La mujer cerró los ojos.
—Cuando Maelia cerró la primera grieta, no pudo salir por donde entró. El Círculo la llevó a una fortaleza al oeste, más allá de los límites de Skarde. No está muerta. Pero ha sido prisionera de una cerradura distinta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque cada vez que el Círculo necesitaba que alguien abriera una puerta, usaba su nombre. Porque temía que fueras hacia ella sin ver el lazo.
—Y decidiste usarlo tú también.
Serah no se defendió.
—Sí.
Isolde miró el río. Era más fácil odiarla como enemiga. Más difícil verla como alguien que había cometido errores con la convicción de estar evitando otros peores.
—¿Qué necesita Ydrael ahora? —preguntó.
—No una jaula. No una corona. Necesita que la gente deje de usar Cendral como una herida que puede abrirse cuando le conviene.
——Eso es la única que tengo. La última cadena era un pacto. Mientras las Casas mantuvieran el equilibrio, Ydrael podía descansar. Cuando una Casa intentaba dominar a las demás, la montaña respondía. Varek lo sabe. Por eso está construyendo una guerra.
—¿Cómo lo detenemos?
Serah miró a Isolde de frente.
—Haciendo que la guerra que ha preparado no le pertenezca.
La frase quedó entre ellas.
—¿Y tú? —preguntó Isolde—. ¿Qué harás?
Serah miró la cadena, luego la dejó caer al río.
—Volveré a la montaña. El propósito era pedirle perdón si todavía puede oírme, lejos de encadenarlo.