CAPÍTULO 19 EL HOMBRE AL QUE AMABA #3
Levantó la mirada hacia la tienda de lord Rhyne. El viejo dormía bajo vigilancia de dos hombres de confianza de Edras. Desde que había escapado de la cámara, apenas había hablado. Decía que el dolor de la cadena seguía en su pecho incluso cuando no había marca visible.
Darian guardó el papel en el bolsillo.
Durante un minuto entero no hizo nada. Era fácil. Guardar un mensaje era una acción tan pequeña que podía fingir que no significaba una elección. Luego pensó en Isolde diciéndole que no haría falta perdonarlo esa noche. Pensó en la puerta oeste. Sacó la carta de nuevo y fue a buscarla.
La encontró junto a Rheskan. Isolde estaba sentada contra una roca, con la espalda apoyada sobre las escamas del dragón. El animal tenía un ojo abierto, vigilándolo.
—Me ha llegado esto —dijo Darian.
Ella tomó el papel. Lo leyó. No preguntó por qué lo había abierto esta vez. Eso le dolió más de lo que debía.
—¿Qué crees que significa? —preguntó.
—Que mi padre sabe algo que no nos ha dicho. O que quieren que crea que lo sabe.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Fueron juntos a la tienda. Lord Rhyne despertó al ver el papel. Durante unos segundos, nadie habló.
—¿Qué sabéis? —preguntó Darian.
Su padre cerró los ojos.
—Cuando Maelia vino a Halar, no vino sola. Venía con alguien del Círculo que quería abandonar la red. Una mujer llamada Elian Var.
Isolde reconoció el nombre. El prisionero de la cantera. El hombre que había hablado de las campanas.
—Dijisteis que era un informante —dijo ella.
—Lo era. Pero también era quien guardaba los nombres de las personas que el Círculo había obligado a trabajar para ellos. Me dio una lista. Yo la escondí porque si Varek la encontraba, las familias de todos esos nombres morirían.
—¿Dónde está? —preguntó Darian.
—En la casa de caza de los Rhyne, al este de Cendral.
Morna soltó una maldición.
—¿Una lista de testigos y la habéis tenido enterrada mientras Varek prende fuego a pueblos?
—He tenido miedo —dijo lord Rhyne.
No intentó excusarse. Darian lo miró con una tristeza tan exhausta que Isolde tuvo que apartar la vista.
—La casa de caza está al otro lado del valle —dijo Cael—. Si la lista existe, Varek ya estará buscando allí.
—Entonces vamos primero —dijo Isolde.
Darian se volvió hacia ella.
—No tienes que hacerlo por mi familia.
—No lo hago por tu familia. Lo hago por las personas de esa lista.
Era la verdad. También era una forma de decir que no podía seguir separando la guerra de las heridas que los Rhyne habían escondido dentro de ella.
Rheskan se puso en pie con un esfuerzo doloroso.
El dragón no podía volar. Pero podía caminar.
Y la casa de caza esperaba al otro lado de un valle que ya olía a humo.
La casa de caza
La casa de caza de los Rhyne estaba vacía cuando llegaron.
Era una construcción baja de madera oscura, escondida entre abetos. Había sido elegante alguna vez. Ahora tenía una puerta arrancada, ventanas rotas y la nieve del interior manchada de ceniza. Nadie necesitó decir que Varek había llegado antes.
Darian entró primero. Isolde lo siguió. En las paredes colgaban cabezas de ciervo y retratos de antepasados con los mismos ojos severos de lord Rhyne. Todo parecía observarlos mientras buscaban.
—¿Dónde la escondisteis? —preguntó Darian por encima del hombro.
—En el suelo de la sala este —respondió su padre—. Bajo la piedra que tiene un roble grabado.
La encontraron debajo de una alfombra empapada. La piedra estaba levantada, pero el hueco seguía allí. Dentro había una caja de hierro vacía.
—Llegó antes —dijo Darian.
Isolde se arrodilló. En el fondo del hueco quedaban pequeños trozos de papel quemado. Uno tenía un nombre legible: Edras. Otro: Neral. Otro: Morn.
Era una lista de personas que Varek podía presionar, comprar o eliminar.
—Aelyn —dijo Isolde, levantándose de golpe—. Neral está con Aelyn.
Cael ya estaba en la puerta.
—Si Varek sabe que la lista existía, irá a la capital. El propósito era hacer que parezca que el rey ha perdido el control, lejos de matar al rey.
Una tabla crujió arriba.
Todos levantaron las armas.
Un niño salió de detrás de una viga con una ballesta demasiado grande para él. Tendría doce años. Llevaba el brazalete blanco y un corte en la frente.
—No os acerquéis —dijo con voz temblorosa—. Dijeron que si os retenía, mi madre volvería.
Isolde dejó la espada en el suelo.
—¿Dónde está tu madre?
—No lo sé.
—¿Quién te dio la ballesta?
El niño señaló hacia el bosque.
—El hombre de negro.
Varek había dejado un niño armado en una casa vacía para ganar minutos. La crueldad de aquello era tan inútil que Isolde sintió ganas de gritar.
—No vamos a hacerte daño —dijo—. Baja la ballesta y la encontraremos.
El niño lloró sin hacer ruido. Darian se acercó muy despacio, sin tocarlo. Cuando la ballesta cayó, lo sostuvo antes de que se desplomara.
En el bolsillo del niño había una nota.
A la heredera: todos los caminos te llevan a elegir entre una vida y otra. Cuando aceptes que no puedes salvar a ambas, entenderás por qué el reino necesita a Varek.
Isolde apretó el papel hasta arrugarlo.
—No —dijo—. Entenderé por qué necesita que creamos que lo necesitamos.
Pero fuera, en el valle, sonaron cuernos.
No eran de Caleryon ni de Skarde.
Eran las trompas blancas del Círculo, cada vez más cerca.