CAPÍTULO 19 EL HOMBRE AL QUE AMABA
Varek esperaba que eligieran una muerte.
Eso era lo que hacía tan difícil ver la salida: había construido toda la sala para que las dos compuertas parecieran las únicas respuestas. Fuego contra hielo. Un valle contra el otro. Una decisión limpia para un hombre que nunca tendría que recoger los cuerpos.
Lysandra se acercó a la rueda de mantenimiento sin llamar la atención. Morna colocó a tres arqueros frente a la compuerta de Valarys. Varyn ordenó a los suyos apuntar hacia la de Skarde. Para Varek, la escena debía parecer exactamente lo que esperaba: dos bandos preparándose para defender lo suyo.
—¿Cuál escogerás, heredera? —preguntó él.
Isolde levantó la espada.
—Ninguna.
Varek sonrió.
—Las personas que se niegan a elegir suelen acabar eligiendo por omisión.
—No. Las personas como tú solo quieren que las demás aceptemos las preguntas que habéis preparado.
La rueda de mantenimiento chirrió. Varek se volvió demasiado tarde.
Lysandra había arrancado la tapa oxidada. Debajo aparecía una serie de canales estrechos que llevaban el agua hacia un pozo central. La tercera salida. La que los fundadores habían creado y los reyes habían cubierto porque no les permitía controlar a quién perjudicaban.
—¡Ahora! —gritó Isolde.
Cael lanzó una corriente de frío contra el eje de la compuerta de Skarde.
Intentaba impedir que cediera. Isolde apoyó las manos sobre el metal de Valarys y dejó que el calor de su vínculo con Ydrael recorriera la rueda sin forzarla.
Varyn, después de una vacilación, clavó su espada entre los engranajes para mantenerlos abiertos.
El agua azul encontró el pozo central.
Durante un instante, pareció que no pasaría nada.
Después el cauce entero rugió y se vació hacia abajo hacia una grieta profunda que llevaba el río lejos de ambos valles.
Varek perdió la sonrisa.
—No entendéis lo que acabáis de hacer.
—Eso lo dices siempre —respondió Morna—. Empiezo a pensar que es porque tú tampoco lo entiendes.
Los hombres de Varek atacaron. No tenían ya una máquina ni un decreto con el que protegerse.
Únicamente espadas. Edras y sus soldados los enfrentaron con una rabia contenida durante demasiado tiempo.
Sigrid derribó a un hombre que intentaba llegar a la caja de Skarde.
Darian luchó junto a Isolde, moviéndose con la precisión de quien sabe que una sola mala decisión puede destruirlo todo.
Varek no peleó.
Huyó por un túnel lateral mientras los demás luchaban.
Cael lo vio.
—¡Se va! —gritó.
Isolde quiso seguirlo. Pero una cadena de agua se desprendió del techo y atrapó a Edras por la pierna. El general cayó al borde del pozo. Darian se lanzó hacia él. Isolde fue detrás. Entre los dos lograron sacarlo antes de que la corriente lo arrastrara.
Cuando volvió a mirar el túnel, Varek había desaparecido.
En el suelo, junto a la entrada, había dejado la corona de metal.
En su interior estaba grabada una frase:
EL GUARDIÁN NO NECESITA UNA JAULA. NECESITA UNA GUERRA.
La montaña tembló una vez más.
Muy lejos, hacia el este, una torre de señales encendió una luz azul.
Las cartas de Aelyn
La carta de Aelyn tardó dos días en encontrarlos.
Llegó en manos de una muchacha de las torres del río, empapada hasta los huesos y con una capa demasiado grande para ella. Había recorrido los pasos secundarios porque las rutas oficiales estaban vigiladas por hombres que pedían documentos de Varek y quemaban los mensajes que no les gustaban.
Isolde la recibió en una cabaña de cazadores, donde el grupo había pasado la noche después de Orvann. Rheskan descansaba fuera, oculto entre árboles. El dragón todavía no podía volar. Cada vez que intentaba extender el ala, el vínculo devolvía a Isolde el eco de cadenas rotas.
La carta estaba escrita con la letra de Aelyn, firme incluso cuando la tinta se había corrido.
Varek no ha tomado el palacio, pero ha tomado suficientes despensas y correos para fingir que puede hacerlo.
Mi padre resiste. Yo también. No regreses por la ruta de Caleryon: te esperan como prisionera y usarán a Rheskan para justificarlo.
Hay gente que sabe la verdad. No es suficiente todavía, pero estamos trabajando para que lo sea.
Debajo, en una línea distinta, más pequeña:
No dejes que Darian te haga creer que su dolor es más importante que tu seguridad. Te quiero. Vuelve viva.
Isolde leyó esa última frase dos veces.
—¿Malas noticias? —preguntó Morna.
—Noticias honestas.
Edras, sentado junto al fuego con la pierna vendada, levantó la vista.
—¿El rey sigue en palacio?
—Sí.
—Entonces Varek no puede declararse regente.
—No abiertamente. —Isolde dobló la carta—. Pero puede hacer que cada pueblo crea que el rey ya no manda.
Cael examinaba la corona de metal sobre una mesa. No la había tocado desde Orvann.
—Varek dejó esto porque quería que la encontráramos. La frase es una instrucción.
—¿Para quién? —preguntó Sigrid.
—Para quienes ya están preparados para pelear una guerra que él puede dirigir desde lejos.
Lord Rhyne tosió desde el catre del fondo. Seguía débil, pero estaba despierto.
—La Casa Varek tiene una red de contratos en todos los pasos —dijo—. Si corta el grano, cada lord local pedirá guardias. Si hay guardias, habrá enfrentamientos. Y cada enfrentamiento hará que su comisión parezca necesaria.
—Entonces debemos llegar a Caleryon antes que su historia —dijo Darian.
Isolde levantó la mirada hacia él.
—La ruta oficial me da igual.
—No —dijo él—. Por los pueblos del río. Los mismos que Aelyn ha puesto en alerta.
La propuesta era sensata. Eso no hizo que fuera fácil oírla de él.
—¿Y Varek? —preguntó Morna.
Cael respondió:
—No irá a la capital. Si quisiera una corona, ya estaría allí. Quiere que Cendral siga temblando hasta que todos pidan alguien que lo controle.
Rheskan emitió un sonido bajo desde el exterior.
Isolde sintió una imagen atravesar el vínculo: una figura de capa blanca de pie ante una pared de hielo. Serah. No muerta. No libre.
—Tenemos que volver a Cendral —dijo.
Morna cerró los ojos con resignación.
—Por supuesto que tenemos que volver a Cendral.
Esta vez, Darian no intentó hablar primero. Esperó a que Isolde lo mirara.
—Iré donde decidas —dijo.
No era la respuesta que ella necesitaba. Pero era distinta a las anteriores.
* * *
Volvieron hacia Cendral por caminos que no figuraban en ningún mapa.
No viajaban como un ejército. Edras había regresado con sus hombres a las aldeas del este para impedir que las provisiones siguieran cayendo en manos de Varek.
Varyn se llevó a los suyos al norte con la promesa de mantener el paso cerrado a cualquier fuerza que llevara las piedras azules.
Sigrid se quedó con Isolde. Cael también.
—No es por ti —le dijo el príncipe a Isolde cuando Morna levantó una ceja.
—Qué alivio.
—Es por la caja.
—Claro.
—Y por la montaña.
—Por supuesto.
No hablaron de que Cael no tenía que quedarse. Era más sencillo respetar la mentira pequeña que todos podían soportar.
Los pueblos del río recibían a la comitiva con cautela.
Algunos ya habían visto las hojas impresas por Aelyn.
Otros solo conocían los rumores: que la heredera había despertado un dragón, que Skarde venía a invadir, que el rey estaba enfermo, que Varek repartiría grano si se aceptaba una comisión de guardia. Isolde no daba discursos. Escuchaba.
En Bellan, una mujer le enseñó una carta donde el administrador local exigía entregar a los jóvenes para una “compañía de protección”.
En Loras, los pescadores dijeron que las rutas de sal estaban bloqueadas por hombres con brazales blancos.
En una aldea sin nombre, un niño preguntó si Rheskan iba a comerse a los que no obedecieran.
—No —dijo Isolde, agachándose frente a él—. Rheskan es un dragón herido.
El niño miró al animal, escondido entre los árboles.
—¿Y quién lo hirió?
Isolde no tuvo una respuesta sencilla. Por una vez, no intentó inventarla.
—La gente que creyó que podía usarlo.
Aquella noche, junto al río, Darian se sentó a cierta distancia del fuego. Isolde sabía que quería hablar. Ella también tenía cosas que decir. Pero las palabras no aparecieron.
Cael se sentó entre ambos, como si no notara la tensión.
—En Skarde hay una historia —dijo—. Dice que cuando el primer hielo cubrió el mar, dos hermanas decidieron cruzarlo. Una llevaba una antorcha. La otra, un martillo. Discutieron tanto sobre cuál de las dos salvaría a la otra que el hielo se quebró debajo de ambas.
—Es una historia terrible —dijo Morna.
—Sí. En Skarde nos gustan las enseñanzas sutiles.
—¿Y qué pasó? —preguntó Isolde.
—Nadaron.
Ella casi sonrió.
Darian bajó la mirada. Cael no lo miró, pero el cuento había sido para los dos.
Al amanecer, encontraron las primeras marcas de Serah: ceniza blanca en los troncos, una cadena rota enterrada junto a la orilla y un mensaje escrito sobre la nieve.
EL RÍO HA EMPEZADO A RECORDAR.
Cendral ardía detrás de las montañas.
Y esta vez, Isolde supo que no iban a llegar a tiempo para salvarlo todo.
El primer pueblo
El primer pueblo que encontraron ardiendo se llamaba Saria.
No estaba en la frontera. Ni siquiera estaba cerca de Cendral. Era un grupo de casas de madera junto a una curva del río, con un molino pequeño y una plaza de tierra. Sin embargo, las llamas eran azules.
Morna desmontó antes de que el caballo se detuviera.
—No son casas. Es el granero.
La gente corría hacia el agua con cubos. Tres hombres de brazalete blanco impedían que abrieran el almacén de grano. Decían que el fuego había empezado por una incursión de Skarde. Había un cadáver junto a la puerta, vestido con pieles del norte y una piedra azul en la mano.
Cael miró el cuerpo y maldijo en voz baja.
—No es de Skarde.
—No hace falta que lo sea para que lo crean —dijo Isolde.
Los hombres blancos vieron al grupo acercarse. Uno alzó la espada.
—Por orden de la comisión, nadie se acerca a los suministros.
—¿Qué comisión? —preguntó Isolde.
—La que mantiene el orden mientras el rey no puede hacerlo.
Isolde desmontó.
—El rey está vivo. Yo estoy aquí. Apartaos.