Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO #4
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CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO #4

—La montaña está rompiendo el hielo de los lagos del norte —dijo—. Mis aldeas ya sienten el temblor.

—Entonces sabéis que Varek no trabaja para Caleryon —respondió ella.

—Sé que no trabaja para Skarde. Esa es la parte que me interesa.

Cael dio un paso al frente.

—¿Qué quieres?

—Entrar primero.

—No.

—Quiero asegurar que no uséis la llave de mi Casa.

—No la usaremos.

Varyn miró la caja metálica en el abrigo de Cael.

—La llevas contigo.

—Para que tú no la lleves.

El jarl se acercó hasta quedar frente al príncipe. La tensión entre ellos era tan vieja que Isolde casi podía verla, una cuerda helada a punto de romperse.

—Confías en ella —dijo Varyn, señalando a Isolde—. Confías en el fuego más que en tu propio rey.

—Confío en lo que he visto. Deberías probarlo alguna vez.

La respuesta provocó un movimiento entre los guerreros. Sigrid se puso delante de Cael. Edras ordenó a sus soldados bajar las puntas de las lanzas, pero no desenfundar.

Isolde levantó la voz antes de que el orgullo volviera a hacer el trabajo del Círculo.

—No necesitamos confianza —dijo—. Necesitamos una tregua hasta que Varek deje de usar esta montaña contra los dos reinos.

Varyn la observó. No había afecto en sus ojos. Había una evaluación dura y práctica.

—¿Y después?

—Después seguiremos teniendo fronteras, agravios y conversaciones insoportables. Pero habrá gente viva para discutirlas.

Durante un instante, nadie dijo nada.

Varyn sonrió sin humor.

—Esa es una oferta muy pobre para una heredera.

—Es lo único honesto que tengo.

El jarl miró la entrada oscura de Orvann. Luego devolvió la espada a su vaina.

—Una tregua hasta el amanecer siguiente. Mis hombres no obedecerán a Caleryon. No obedecerán a Rhyne. Me obedecerán a mí.

—Perfecto —dijo Morna—. A nadie le ha pedido obediencia.

Varyn la ignoró.

—Y si tocáis la llave de Skarde sin mi permiso, os mataré yo mismo.

Cael levantó una ceja.

—Qué cálida forma de cooperación.

—No te acostumbres.

La tregua no hizo que nadie bajara las armas. Únicamente hizo que las puntas miraran en la misma dirección.

Entraron en Orvann juntos.

En el suelo del túnel, recién encendida, una línea de luz azul se alejaba hacia las profundidades.

Al final de ella, Varek ya estaba esperando.

La segunda herida

Orvann descendía hacia el corazón de Cendral de otra manera.

No había cadenas visibles ni cámaras grandiosas. Había tuberías de piedra, pozos de agua negra y nichos donde alguna vez se habían guardado herramientas. Era el tipo de lugar que los reyes olvidaban porque ningún retrato podía hacerse allí. Precisamente por eso Varek lo había elegido.

La línea azul los condujo hasta una sala con dos compuertas enormes. Una llevaba grabada la llama de Valarys. La otra, el copo de Skarde. Entre ambas, un cauce vacío descendía hacia el valle.

Varek estaba al otro lado del cauce con seis hombres y una caja de documentos bajo el brazo. Lord Rhyne no estaba con él. Tampoco Serah.

—Llegáis tarde —dijo Varek.

—Siempre pareces feliz cuando estás a punto de ahogar a alguien —respondió Isolde.

—No voy a ahogar a nadie. Voy a impedir que la montaña elija por nosotros.

—Tú eres la persona que no deja de elegir por todos —dijo Darian.

Varek sonrió hacia él.

—Y tú eres la prueba de que basta con dar a un heredero una persona que teme perder para conseguir una puerta abierta.

Darian se tensó. Isolde vio el golpe, pero no intervino. Varek quería convertir el dolor en un arma; protegerlo de cada palabra no ayudaría.

El hombre de negro abrió la caja. Dentro estaban los registros copiados de Cendral, sellos de las nueve Casas y una corona de metal fino, demasiado pequeña para una cabeza humana.

—¿Qué es eso? —preguntó Cael.

—Un aro de mando. Los fundadores usaban algo parecido para sincronizar las compuertas con el dragón. No para controlarlo, por supuesto. Los reyes nunca llaman control a lo que les conviene.

—No funcionará —dijo Isolde.

—No necesito que funcione con el dragón. Necesito que funcione con el río.

Varek puso la corona sobre la palanca central. Los sellos de fuego y hielo respondieron. El cauce vacío empezó a llenarse desde abajo, agua azul que subía en contra de toda lógica.

—Si abro la compuerta de Valarys, el agua arrasará los pueblos de Skarde. Si abro la de Skarde, caerá sobre las rutas de Caleryon. —Varek miró a los dos grupos—. Podéis detenerme. Solo tenéis que usar las dos llaves y decidir quién paga el precio.

Varyn desenvainó la espada.

—No decidirás por mi gente.

—Entonces decidid juntos. Os estoy dando la oportunidad de demostrar que la cooperación existe.

La trampa era elegante porque convertía su tregua en una elección imposible.

Isolde miró las dos compuertas. Luego el cauce. Luego la pequeña rueda de mantenimiento que había a un lado, oxidada y casi oculta bajo la piedra.

Era una tercera salida.

Y Maelia había escrito una sola palabra antes de desaparecer: desviar.

—Lysandra —dijo sin apartar la mirada de Varek—. ¿Ves esa rueda?

La soldado entendió al instante.

—Sí.

—Haz que Varek crea que vamos a escoger una compuerta.

El agua siguió subiendo.

Y la segunda herida de Cendral empezó a abrirse.