Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO #3
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CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO #3

—Puedo probar que los hombres de Varek estaban en Cendral antes de que llegaran mis tropas —dijo Isolde—. Puedo probar que usaron suministros de Caleryon y piedras falsificadas de Skarde. ¿De verdad crees que un rey que quisiera custodiar a Rheskan enviaría a sus soldados con brazales blancos?

Edras tomó los papeles. El viento los agitó. Su rostro cambió al leer el nombre de uno de sus capitanes al lado de una bodega que él conocía.

—Esto no basta para desobedecer al rey.

—Entonces no desobedezcas al rey. Desobedece a quien está usando su sello.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Una flecha cruzó el campamento y se clavó en el hombro de uno de los soldados de Edras.

No venía de las filas de Isolde.

Venía del bosque.

Las piedras azules que quedaban en la nieve se encendieron al mismo tiempo. Hombres con capas blancas surgieron de la arboleda y dispararon contra ambos bandos. El Círculo no necesitaba que Edras creyera en Varek. Únicamente necesitaba sangre suficiente para que ya no pudiera echarse atrás.

—¡Escudos! —gritó el general.

Sus hombres reaccionaron por instinto, formando una línea frente a los civiles. Morna hizo lo mismo desde el otro lado. Durante unos segundos, la guerra que Varek había planeado se confundió con una defensa compartida.

Rheskan lanzó una ráfaga de fuego hacia los árboles. No alcanzó a los atacantes, pero derritió la nieve y dejó a la vista las piedras azules enterradas bajo ella. Edras las vio.

—Nos han seguido hasta aquí —dijo, atónito.

—No —respondió Isolde—. Nos han conducido.

La pelea duró poco. Los hombres blancos no vinieron a vencer. Vinieron a dejar cadáveres con uniformes distintos. Cuando se retiraron, el general Edras tenía sangre en la mejilla y el decreto de arresto roto entre los dedos.

—No puedo arrestaros —dijo.

—No te lo he pedido.

—Pero tampoco puedo dejar que marchéis hacia Caleryon con tropas de Skarde y un dragón. El Consejo lo llamará invasión.

Isolde miró a Sigrid. Luego a los refugiados. Luego el camino al sur.

—Entonces iremos sin ejército.

Cael apareció entre las rocas antes de que nadie pudiera objetar. Traía el rostro cubierto de hollín y una certeza fría en la mirada.

—Varek no va a Caleryon —dijo—. Va hacia el paso de Orvann. Allí hay una segunda entrada a las galerías de Cendral.

La montaña volvió a crujir detrás de ellos.

No habían terminado de escapar de la batalla.

Únicamente habían descubierto dónde iba a continuar.

El paso de Orvann

Orvann no aparecía en los mapas nuevos.

Era un sendero de contrabandistas, antiguo y estrecho, que bordeaba Cendral por el lado oeste.

En otro tiempo había servido para mover sal entre las dos fronteras sin pagar impuestos.

Después de la primera guerra entre fuego y hielo, los reyes lo borraron de los mapas oficiales y fingieron que dejar de nombrar una ruta era lo mismo que cerrarla.

Cael lo conocía.

—Las Casas de Skarde lo usaban antes de que yo naciera —dijo mientras avanzaban entre pinos negros—. Mi abuelo lo llamaba una vergüenza. Por eso supongo que era útil.

—¿Cuántos hombres lleva Varek? —preguntó Edras.

El general había dejado dos compañías con los refugiados y se había unido a ellos con una escolta pequeña. No había prometido lealtad a Isolde. Había dicho que quería ver con sus propios ojos adónde conducía el rastro. Para Morna, aquello era suficiente por el momento.

—No muchos —respondió Cael—. Los que necesita para una entrada silenciosa. El resto estará esperando la historia de que la heredera se ha vuelto contra su reino.

Darian caminaba detrás de Isolde. Ella sentía su presencia sin mirarlo. Era una forma nueva de dolor: alguien podía estar cerca y, aun así, parecer a kilómetros de distancia.

El paso se estrechó al caer la tarde. A su izquierda, el vacío descendía hasta un río invisible. A la derecha, la pared de Cendral mostraba vetas doradas que se encendían y apagaban como el pulso de una criatura dormida.

Rheskan no podía seguir por allí. Morna lo había dejado con los civiles y un grupo de guardia. Isolde sentía su preocupación a través del vínculo, una brasa inquieta en la distancia.

—¿Por qué va Varek a una entrada secundaria? —preguntó Lysandra.

Cael se detuvo junto a una piedra marcada con un copo de nieve partido.

—Porque la cámara central ya no le obedece. Pero las galerías laterales conducen al ancla que Serah rompió. Si consigue controlar el flujo del río desde Orvann, puede obligar a Ydrael a elegir entre volver a las cadenas o dejar que el valle caiga.

—No puede obligar a un dragón a elegir —dijo Isolde.

—Puede obligar a la gente que el dragón quiere proteger.

La frase era exactamente el tipo de lógica que el Círculo usaba. Isolde la odiaba porque funcionaba.

Un silbido cortó el aire.

Edras levantó el escudo a tiempo. La flecha se clavó en la madera. Tenía una pluma roja y negra, los colores de una unidad de frontera que ninguna de las Casas reconocía.

—Emboscada —dijo Morna.

Los hombres de Varek no atacaron de frente. Derribaron rocas desde arriba. El sendero se llenó de polvo. Un soldado cayó hacia el vacío. Edras lo agarró por el cinturón y, con ayuda de Sigrid, logró sacarlo de vuelta.

Isolde oyó a alguien gritar desde lo alto:

—¡Entregad a la heredera y la ruta quedará libre!

—Siempre tan generosos —murmuró Cael.

—¡No vamos a entregarla! —gritó Edras antes de que Isolde pudiera responder.

Todos lo miraron.

El general pareció sorprendido de haberlo dicho. Después levantó la espada.

—No después de ver quién dispara contra sus propios hombres.

La lucha fue corta y sucia. Cael congeló una cornisa para impedir otra avalancha. Sigrid ascendió por la pared con dos guerreros de Skarde y desalojó a los arqueros. Darian cubrió a Isolde cuando una roca rodó hacia ella. No la tocó después. Únicamente se aseguró de que estuviera de pie.

Cuando el último atacante huyó, encontraron una marca de cera blanca en el suelo.

Era una flecha que indicaba el camino hacia Orvann.

Varek no se escondía de ellos.

Los estaba invitando a llegar exactamente cuando él necesitaba que llegaran.

* * *

Varyn los esperaba frente a la entrada de Orvann.

La puerta era una grieta estrecha en la pared de la montaña, rodeada de pilares rotos. Delante había veinte guerreros de Skarde, con los escudos clavados en la nieve. Varyn estaba sin casco, con la herida de la ceja mal cerrada y una espada larga apoyada contra la bota.

Sigrid se llevó la mano al arma.

—No sabía que lo habías invitado —dijo a Cael.

—No lo hice.

—Qué sorpresa.

Varyn miró a Isolde como si fuera el inconveniente principal de su mañana.