CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO #2
Daba a un corredor de piedra que se inclinaba hacia un precipicio.
Cada vez que la cámara central temblaba, una parte del techo caía sobre la ruta.
Lysandra iba delante, marcando las grietas que todavía podían cruzarse.
Morna llevaba a los heridos. Sigrid y los guerreros de Skarde cubrían la retaguardia, peleando contra hombres del Círculo que seguían apareciendo de los túneles como si la montaña los hubiera parido.
Isolde no se movió hasta ver a Ydrael.
El dragón seguía en el centro de la cámara. Libre de las cadenas, pero atado a la roca por algo más cruel: la certeza de que, si intentaba alzar el vuelo, el río rompería las paredes que protegían a quienes ya estaban huyendo.
—No puedo dejarlo —dijo.
—No puedes quedarte —respondió Serah.
La mujer tenía la cadena rota enrollada en los brazos. La luz azul le quemaba la piel. Parecía más humana así, no menos peligrosa.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Isolde.
—Quedarme con él hasta que el agua termine de desviarse.
—Eso te matará.
—He vivido demasiado tiempo para llamar a eso una sorpresa.
Isolde quiso discutir. Quiso exigirle que explicara dónde estaba Maelia, que entregara cada una de las respuestas que había guardado como armas.
Pero la montaña se abrió con un rugido y una columna cayó a pocos pasos.
Ydrael cubrió a Serah con un ala como una criatura que reconocía a alguien roto de la misma forma que él.
—Prométeme que no vas a usarlo —dijo Isolde.
Serah alzó la mirada.
—No puedo prometerte algo que todavía no sé hacer. Pero puedo prometerte que no dejaré que Varek lo haga.
Era lo más honesto que Isolde iba a recibir.
Corrió hacia el corredor.
Darian ayudaba a lord Rhyne a avanzar. No se miraron al encontrarse. La distancia entre ellos ya era la decisión que él había tomado con la daga en la mano.
—Varek ha escapado por la galería norte —dijo Morna—. Sigrid sigue su rastro con Cael.
—No podemos perseguirlo —dijo Lysandra—. La salida se caerá.
—Él va hacia el paso —dijo Darian.
—Y nosotros vamos hacia los vivos —respondió Isolde.
Darian la miró. Por una vez no intentó discutir.
Salieron del corredor justo cuando una explosión de vapor reventó la entrada de la cámara.
La fuerza los arrojó a la nieve. Rheskan rugió desde la elevación y extendió el ala sana sobre los civiles que quedaban.
La montaña seguía en pie, pero una grieta nueva cruzaba la cara de Cendral de arriba abajo.
Al otro lado del río, una figura negra alcanzó la línea de árboles.
Varek no miró atrás.
Isolde lo hizo por los dos.
Detrás de ella, Cendral ardía en azul y oro. Delante, había una frontera llena de gente que no sabía cómo volver a llamarse hogar.
* * *
Acamparon a dos leguas de Cendral, donde la elevación oeste protegía del derrumbe pero no del ruido.
Cada pocas horas, la montaña crujía. Cada vez, los civiles levantaban la cabeza y alguien empezaba a rezar. Los soldados ya no hablaban de victoria. Hablaban de mantas, agua, heridas y cuántos niños faltaban por contar.
Isolde llevaba tres horas intentando dormir cuando Darian se sentó al otro lado del fuego.
No había nadie cerca. Aelyn habría dicho que eso era peligroso. Isolde pensó que Aelyn tenía razón incluso a cientos de kilómetros de distancia.
—Mi padre está estable —dijo Darian—. No puede caminar mañana, pero vivirá.
—Me alegro.
Él asintió. La respuesta no era un perdón, y los dos lo sabían.
—Abrí la puerta —dijo.
—Lo vi.
La razón quedaba lejos de creyera a Varek.
—No importa por qué lo hiciste. Importa que sabías que la puerta era parte de la trampa y decidiste que yo debía aceptar el riesgo sin preguntarme.
Darian miró el fuego.
—Creí que si llegaba hasta mi padre podía impedir que él dijera la frase.
—Y lo impediste.
—Sí.
—Eso no borra el resto.
El silencio se alargó. Darian había sido bueno con los silencios cuando aún podían llenarse de besos, de promesas y de todo lo que ninguno quería decir. Aquella noche no había nada con qué cubrirlo.
—No sé cómo reparar esto —dijo.
Isolde sintió que la respuesta más fácil era pedirle que lo intentara. La más verdadera era otra.
—No puedes repararlo esta noche.
Él levantó la mirada, herido.
—No sé si puedo amarte sin sentir que tengo que salvarte —continuó ella—. Y no sé si tú sabes amarme sin decidir qué peligro me corresponde conocer.
—Quiero aprender.
—Entonces empieza por no pedir que te perdone antes de que entiendas lo que has hecho.
Darian asintió despacio. Se puso de pie.
—No te pediré nada.
Cuando se alejó, Isolde se quedó mirando las brasas. Rheskan dormía cerca, el ala herida extendida sobre la nieve. El dragón soñaba inquieto. En el vínculo, Ydrael era una presencia lejana, viva, furiosa y sola bajo la montaña.
Isolde no sabía qué sentir por Serah. No sabía si Ydrael estaba libre o solo había cambiado una clase de prisión por otra.
Y no sabía qué hacer con el dolor de seguir queriendo a alguien que había decidido por ella.
La madrugada le dio una respuesta antes de que pudiera inventarse una.
Un explorador llegó corriendo desde la ladera norte.
—¡Fuego en los carros de provisiones! —gritó—. ¡Y hay estandartes de Caleryon acercándose desde el río!
Morna se levantó de un salto.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Llevan el sello del rey.
Isolde sintió un frío que no venía de Skarde.
Varek no había necesitado ganar en Cendral.
Únicamente necesitaba llegar primero a la historia de lo que había ocurrido allí.
El ejército del rey
Las banderas de Caleryon llegaron al amanecer.
Eran rojas, bordadas con el halcón de Valarys, y avanzaban en una columna ordenada por la orilla del río. A Isolde le habría aliviado verlas si no fuera porque los soldados llevaban brazales blancos bajo el escudo. El mismo blanco de la fuerza de estabilización.
Al frente cabalgaba el general Edras, comandante de las compañías del este. Isolde lo conocía desde niña. Le había enseñado a manejar un caballo antes de que Telmor la dejara tocar una espada.
—Alteza —dijo, desmontando—. Gracias a los dioses estáis viva.
—¿Quién os ha enviado? —preguntó ella.
—El rey Ardan.
La respuesta debía haberla tranquilizado. Pero Edras no la miró a los ojos.
—¿Con qué orden? —preguntó Morna.
El general sacó un decreto. El papel tenía el sello de Valarys.
La heredera Isolde será escoltada a Caleryon para responder por el uso no autorizado de fuerzas extranjeras y la perturbación de la frontera de Cendral. El dragón quedará bajo custodia de la comisión provisional hasta nueva instrucción.
Rheskan levantó la cabeza al oír la palabra custodia. El humo salió de sus fosas nasales.
—Ese sello es falso —dijo Isolde.
Edras tragó saliva.
—No puedo determinarlo.
—Sí podéis. Me conocéis.
—Os conozco, Alteza. Pero he recibido una orden del rey.
—¿La habéis recibido directamente de mi padre?
El hombre no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Detrás de Edras, los soldados empezaron a desplegarse. No levantaban armas. Todavía. Pero se colocaron alrededor de los carros, del dragón, de los civiles. Como si proteger y encerrar fueran la misma acción.
Darian salió de la tienda de lord Rhyne. Al ver el decreto, su rostro se endureció.
—Varek —dijo.
—No tenemos pruebas —respondió Edras.
—Tenemos ojos —dijo Isolde.
El general bajó la voz.
—También tenemos hambre en los pueblos del este, rutas cerradas y un Consejo que dice que Skarde ha usado un dragón para atacar Caleryon. Varek promete abrir los almacenes si obedecemos.
La sinceridad de la frase hizo más daño que una amenaza.
—¿Y tú le crees? —preguntó Isolde.
—Creo que mi gente necesita comer.
Rheskan dio un paso. Los soldados retrocedieron.
—No lo haréis —dijo Isolde—. No convertiréis a quienes he sacado de Cendral en prisioneros para que un hombre rico pueda parecer necesario.
Edras cerró los ojos un segundo.
—Entonces no me dejáis elección.
—Eso es lo que os han dicho.
Morna se colocó junto a Isolde. Sigrid y los guerreros de Skarde formaron detrás de Rheskan. Cael aún no había regresado de perseguir a Varek.
La nueva batalla no empezó con una flecha.
Empezó con una orden de arresto pronunciada por alguien a quien Isolde había llamado maestro.
* * *
El general Edras no dio la señal de atacar.
Eso fue lo único que impidió que la nieve se volviera roja de inmediato.
Sus soldados seguían desplegados alrededor del campamento, tensos y silenciosos.
Los guerreros de Skarde mantenían las manos cerca de las armas.
Rheskan estaba detrás de Isolde, demasiado cansado para rugir, pero no para defenderse.
Nadie necesitaba una orden explícita para comprender que un movimiento equivocado podía convertir a refugiados en escudos.
—No voy a entregarme —dijo Isolde.
Edras no pareció sorprendido.
—Lo esperaba.
—Entonces también esperabais que Varek falsificara un decreto.
—Esperaba que el Consejo estuviera asustado. Es distinto.
—No tanto como te gustaría creer.
El general miró más allá de ella, hacia los heridos y las familias que acababan de salir de Cendral. Una mujer abrazaba a su hijo bajo una manta. El niño sostenía en la mano una piedra azul apagada, como si no se atreviera a soltarla.
—¿Qué ocurrió ahí dentro? —preguntó Edras.
Isolde podía haberle contado todo: Ydrael, Serah, las cadenas, la forma en que Varek había usado sellos y deudas hasta convertir la frontera en una máquina de miedo. Pero no había tiempo para una historia completa. Y Edras ya tenía demasiadas historias fabricadas en la cabeza.
—Ocurrió que alguien quería que Caleryon y Skarde se mataran para poder venderse como la única solución.
Ocurrió que mi nombre fue usado para entregar un dragón a un hombre que nunca ha arriesgado nada salvo el dinero de los demás.
Y ocurrió que la gente que ves detrás de mí sobrevivió porque, por una vez, dejamos de preguntar de qué Casa venía quien necesitaba ayuda.
Edras la miró durante un largo instante.
—No podéis probar que el decreto sea falso.
Morna le tendió los registros que Lysandra había salvado del archivo. Había nombres, rutas, pagos. Era una herida abierta.