Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO
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CAPÍTULO 18 FUEGO CRUZADO

La piedra esperaba la sangre de Darian.

Todo en ella estaba diseñado para volver la elección sencilla. La ranura. La voz azul. La imagen de lord Rhyne obligado a permanecer de pie junto a Varek. Ni siquiera le pedía que entregara a Isolde. Solo una gota. Solo abrir una puerta. Solo llegar a tiempo para salvar a su padre.

Isolde conocía esa clase de mentira.

—No lo hagas —dijo.

Darian tenía la daga en la mano. La hoja reflejaba las runas azules de la puerta.

—Si no entro, morirá.

—Y si lo haces, quizá muera de todos modos. No puedes seguir aceptando sus condiciones solo porque las han hecho pequeñas.

—No son pequeñas para mí.

La frase los dejó inmóviles.

Ella entendía. Ese era el problema. Entendía lo que era ver el rostro de una persona amada al otro lado de una amenaza y sentir que el resto del mundo se volvía menos importante. Había sentido eso al oír que Maelia estaba viva. Lo sentiría otra vez. Pero comprender no hacía que fuera correcto.

—Entonces deja que te ayude a encontrar otra salida —dijo.

—¿Cuál? —preguntó Darian—. ¿La ventilación que tarda demasiado? ¿Esperar a que Varek pronuncie el nombre? ¿Mirar cómo mi padre muere para demostrar que somos mejores que ellos?

—No. Elegir no convertirte en su herramienta.

La última campana volvió a sonar.

En la mente de Isolde, Ydrael se arqueó de dolor. Una de las cadenas cedió con un estruendo. La montaña respondió con un golpe seco. Polvo y piedras pequeñas cayeron del techo.

Darian cerró los ojos.

—Lo siento.

La palabra fue tan baja que ella casi no la oyó.

Luego se cortó la palma y presionó la sangre contra la ranura.

Isolde gritó su nombre. Cael corrió hacia ellos. Morna levantó el arco. Nada llegó a tiempo.

La puerta oeste se abrió.

con la suavidad de una cosa que llevaba siglos esperando una decisión equivocada. El aire de la cámara central entró como un aliento ardiente. Las runas de la pared se encendieron y el sello de Rhyne se extendió por el suelo, una línea azul que cruzó entre Darian e Isolde.

Él se quedó al otro lado.

No era una barrera alta. Podía saltarla. Pero Isolde sintió en el vínculo que no era piedra lo que acababa de separarlos.

—Vamos —dijo Darian, pálido.

—No vuelvas a decirme que lo hiciste por mí.

El rostro de él se tensó como si la frase le hubiera cortado algo.

—No lo hice por ti.

—Lo sé.

Cael se colocó junto a Isolde, la espada levantada.

—Las discusiones pueden esperar a que no estemos dentro de una trampa que él acaba de abrir —dijo.

No era una defensa de Darian. Eso lo hizo peor.

Entraron.

La cámara central era más grande de lo que Isolde había visto desde la obsidiana. Ydrael ocupaba el centro, suspendido en una red de cadenas doradas y azules. Su cuerpo estaba cubierto de heridas de luz. Una de sus alas sangraba fuego sobre un canal que ya hervía.

Varek estaba en una plataforma frente al dragón.

No llevaba armadura. Llevaba el abrigo negro de un hombre que esperaba asistir a una reunión. A su lado, lord Rhyne estaba sujeto a un marco de hierro, despierto y consciente. La cadena azul le cruzaba la garganta como una amenaza.

—Alteza —dijo Varek—. Me alegra que vuestro prometido haya entendido lo que exige la responsabilidad.

Darian avanzó con la espada.

—Suéltalo.

—Todo a su tiempo. Primero, debemos corregir la confusión que ha creado vuestra familia.

Varek alzó una mano. Sobre la plataforma apareció el sello falso de Isolde, enorme, hecho de fuego rojo y cera azul.

—La heredera de Caleryon, el heredero de Rhyne y el príncipe de Skarde han venido a reclamar el guardián. Una historia difícil de creer, quizá. Pero las historias se vuelven verdad cuando suficientes personas tienen miedo.

—No somos tus testigos —dijo Isolde.

—Ya lo sois. Habéis abierto la puerta. Habéis derramado la sangre. Habéis traído a los dos reinos hasta Cendral. Solo necesitáis elegir quién os protegerá de las consecuencias.

Ydrael abrió los ojos.

El rugido que lanzó apagó las lámparas de la cámara.

Lo que Varek reclama

Cuando las lámparas se apagaron, el fuego de Ydrael iluminó la cámara.

No era una luz amable. Convertía las cadenas en cuchillas doradas y hacía que Varek pareciera un hombre pequeño delante de algo que no podía comprender. Pero él no retrocedió. La ambición tenía una forma de confundir la falta de miedo con valentía.

—Decidlo —ordenó a lord Rhyne—. Reconozco al guardián.

El viejo no habló.

La cadena de su garganta se cerró.

Darian dio un paso. Isolde le agarró la muñeca. El propósito era impedir que actuara sin pensar de nuevo, lejos de impedirle pelear.

—No le des lo que quiere —susurró.

—¿Qué quiere? —respondió él, roto—. Si no dice la frase, lo mata.

—Si la dice, nos mata a todos.

Varek las oyó. Sonrió con cansancio.

—No, heredera. Si la dice, os da un futuro. Un futuro ordenado. Vuestro padre conservará la corona. Skarde conservará su frontera. Los Rhyne conservarán sus tierras. Y yo haré el trabajo desagradable de mantener a raya a lo que no podéis controlar.

—A eso lo llamas futuro porque nunca tienes que vivir bajo él —dijo Cael.

Varek se volvió hacia el príncipe.

—¿Y a qué llamáis vosotros futuro? ¿A dejar un dragón sin dueño? Vuestro padre no estará de acuerdo.

—Mi padre se ha equivocado muchas veces —dijo Cael—. No necesito repetirlo.

La respuesta hizo que la cadena azul de su caja vibrara. La llave de Skarde, oculta bajo su capa, reaccionaba a las runas de la cámara.

Varek lo notó.

—Ah. Por fin. La otra mitad de la historia.

Un grupo de hombres con capas blancas salió de detrás de las columnas. No eran muchos, pero habían estado esperándolos. Morna disparó al primero. Sigrid derribó a otro. La cámara se llenó de golpes, fuego y gritos contenidos para no despertar algo peor.

Isolde corrió hacia la plataforma. No alcanzaría a lord Rhyne antes de que Varek diera otra orden. Pero Ydrael la miró.

El vínculo se abrió.

Esta vez no vio una visión de Maelia. Vio el interior de la cadena que cruzaba al viejo: luz azul alimentada por las palabras que nunca se dijeron. Juramentos, órdenes, sellos. Era obediente.

No reclames, oyó dentro de sí.

No reclamó.

Puso una mano sobre la primera cadena de Ydrael y dejó que el dolor del dragón atravesara el suyo. No intentó mandar. No pidió fuerza. Únicamente ofreció una cosa que nunca había ofrecido a un poder mayor que ella: estar presente sin poseerlo.

La cadena azul de lord Rhyne se apagó.

El viejo cayó de rodillas. Darian llegó hasta él antes de que golpeara el suelo.

Varek dejó de sonreír.

—No puedes liberarlo así.

—No lo estoy liberando —dijo Isolde, temblando—. Le estoy recordando que no te pertenece.

Por un momento, pareció que había ganado algo.

Entonces Serah apareció detrás de Varek.

La mujer llevaba la última cadena de Ydrael entre las manos. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Nadie debería pertenecer a nadie —dijo.

Y tiró.

La última cadena se rompió.

Ydrael cayó.

* * *

El mundo se inclinó cuando Ydrael cayó.

No llegó al suelo. Sus alas golpearon las paredes de la cámara y arrancaron columnas enteras. El fuego que brotó de sus heridas encontró el agua del canal y convirtió el aire en vapor abrasador. Las cadenas rotas se movieron como serpientes, buscando algo a lo que aferrarse.

Isolde cayó con él.

El vínculo la arrastró al interior del dragón: siglos de encierro, reyes llamándolo arma, niños mirándolo con miedo, Maelia con una mano sobre sus escamas mientras lloraba porque sabía que no podía salvarlo del todo. Luego, un vacío inmenso.

Corre, pensó Ydrael.

La palabra era terror.

Isolde volvió a su cuerpo justo cuando una cadena pasó sobre su cabeza y abrió la plataforma en dos. Cael la empujó fuera del alcance. La piedra explotó detrás de ellos.

—¿Está libre? —gritó él.

—No sé.

Ydrael se levantó entre el humo. Ya no había cadenas en su cuerpo. Pero las runas de Cendral brillaban debajo de sus escamas, como marcas de una herida que no desaparece cuando se abre la celda.

Varek intentó correr hacia la puerta oeste.

Serah lo interceptó.

—No vas a usarlo.

—Tú lo has liberado —escupió Varek—. Ahora necesitará un dueño.

—No.

La mujer levantó la cadena rota. Ydrael rugió. Un chorro de fuego cruzó la cámara. Varek se apartó a tiempo, pero perdió la capa y la calma. Dos de sus hombres lo rodearon y lo arrastraron hacia un túnel lateral.

—¡No dejéis que escape! —gritó Morna.

Sigrid fue tras ellos. Cael dudó solo un instante antes de seguirla. La caja de sangre de Skarde brillaba contra su costado como una amenaza.

Darian seguía junto a su padre, que respiraba con dificultad.

—Tenemos que salir —dijo Isolde.

Lord Rhyne abrió los ojos.

—No puede salir —susurró—. Si el dragón abandona la cámara, el río se llevará la ladera. La última cadena era un ancla.

Isolde miró a Ydrael. El dragón intentaba ponerse en pie, pero cada movimiento abría una grieta nueva bajo sus garras.

Serah la oyó.

—Por eso la rompí —dijo—. Porque ninguna criatura debería vivir encadenada para que otros estén a salvo.

—¿Y si todos mueren? —preguntó Isolde.

Serah la miró, devastada.

—Entonces al menos no será por obedecer a un rey.

Otra sacudida derribó la mitad del techo.

Darian se puso de pie. Tenía la cara gris de ceniza, sangre y algo más difícil de nombrar.

—Hay una salida al oeste —dijo—. Puedo abrir el cierre exterior y sacar a los heridos antes de que caiga todo.

Isolde lo miró.

La puerta oeste. La misma que la carta había pedido que abriera. La misma que él acababa de abrir para llegar a su padre.

—No solo —dijo.

Él asintió. Pero cuando ayudó a lord Rhyne a ponerse en pie, sus ojos se desviaron un segundo hacia el túnel por el que Varek había escapado.

Y en esa mirada, Isolde comprendió que la primera traición no siempre terminaba cuando se descubría.

Nadie sale ileso

La salida oeste no daba al exterior.