Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #7
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CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #7

—¿Dónde está? —preguntó Isolde.

—En quien lo aceptó.

La mirada de Serah se posó en Darian.

Él se adelantó un paso.

—No he aceptado nada.

—No con la boca. Los juramentos más fuertes nunca se aceptan con la boca. Se aceptan cuando una persona decide que la vida de alguien que ama justifica que otra pierda la libertad.

—No sabéis nada de mí.

—Sé que la puerta oeste solo responde al heredero Rhyne. Sé que tu padre sigue vivo porque el Círculo quiere que tú seas quien la abra. Y sé que, si lo haces, dirás que no tenías elección.

Isolde no miró a Darian. Miró a Serah.

—¿Qué queréis de él?

—Nada. Quiero que elija con los ojos abiertos. Eso es más de lo que hicieron los reyes que construyeron estas cadenas.

Cael soltó una risa seca.

—Hablas como si estuvieras fuera de ellas.

Serah levantó el extremo de la cadena. Bajo su manga, la piel de su muñeca estaba marcada por los mismos símbolos azules.

—No lo estoy.

Durante un momento, su dolor pareció real. Tan real que Isolde casi dio un paso hacia ella.

—Entonces ayúdanos a romperla —dijo.

—No se rompe desde fuera. —Serah señaló el pasillo que se abría más allá de la puerta oeste—. La última cerradura está ahí. Tu madre llegó hasta ella. No pudo terminar porque comprendió lo que el río exigiría.

—¿Dónde está Maelia? —preguntó Isolde.

Serah cerró los ojos.

—Viva. Pero no libre. El Círculo la llevó donde no puede usar el dragón contra ellos.

La frase no era suficiente. Ya no podía serlo. Isolde estaba cansada de respuestas que eran anzuelos.

—No volveré a darte lo que quieres solo porque mencionas a mi madre.

Serah pareció aceptar el golpe.

—Bien. Eso significa que quizá puedas hacer lo que ella no pudo.

Una explosión sacudió el archivo. La lámpara azul, aún cubierta de hielo, se rompió. Las copias de los registros se levantaron en el aire y empezaron a arder con fuego azul.

—¡Lysandra! —gritó Isolde.

La soldado se lanzó a salvar las hojas que podía. Morna intentó apagar el fuego con su capa. Cael formó una pared de hielo que contuvo las llamas, pero no pudo impedir que varias páginas se consumieran.

Serah retrocedió hacia la puerta oeste.

—La última campana no espera a nadie —dijo.

—¡Serah! —gritó Isolde—. ¿Quién tiene a lord Rhyne?

La mujer se detuvo.

—Varek cree tenerlo. El Círculo cree usarlo. Pero vuestro lord pertenece ahora a la cadena.

Y desapareció.

Darian se quedó frente a la puerta cerrada. La mano apretada alrededor de la tela negra empezó a sangrar.

Isolde se acercó hasta quedar frente a él.

—Enséñamela.

Él abrió la mano.

La nueva línea de la tela decía:

Abre la puerta oeste. No necesitan que la heredera esté contigo. Únicamente necesitan que ella no pueda impedirlo.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

No había duda sobre lo que querían hacerle.

—No vas a abrirla —dijo Isolde.

—No.

—Mírame cuando lo digas.

Darian levantó los ojos. Ella vio amor. Vio terror. Vio una decisión todavía sin forma.

—No la abriré —repitió.

Por encima de ellos, la última campana comenzó a sonar.

La última campana

El sonido no llegó desde una torre.

Llegó de todas partes.

Las paredes de Cendral vibraron. El agua de los canales se elevó en gotas suspendidas. Las runas de fuego y hielo comenzaron a encenderse bajo la nieve, dentro de las piedras, en los ojos de los hombres que llevaban demasiadas horas sin dormir.

Ydrael rugió.

Esta vez fue un nombre de dolor.

Isolde cayó de rodillas. La conexión con el dragón se abrió hasta dejarla sin aire. Vio la cámara central. Vio cadenas rompiéndose una tras otra. Vio una figura con capa blanca junto a la última cerradura.

Varek.

No estaba solo. Lord Rhyne estaba de pie junto a él, sujeto por la cadena azul que le cruzaba el pecho. Los labios del viejo se movían, obligados por una fuerza que Isolde no podía oír.

No le des el nombre, dijo Ydrael dentro de ella.

—Está en la cámara —jadeó Isolde—. Varek tiene a tu padre.

Darian ya corría hacia la puerta oeste.

—¡Darian! —gritó ella.

La puerta no se abrió cuando él llegó. El sello de Rhyne grabado en la piedra seguía intacto. Por encima, una ranura esperaba una gota de sangre.

Él sacó una daga.

Isolde lo agarró del brazo.

—No.

—Si no entro, mi padre morirá y Varek abrirá la última cadena.

—Si entras así, Varek gana las dos cosas.

—¿Qué propones?

No tenía una respuesta. Esa era la verdad. La montaña temblaba. Los registros ardían detrás de ellos. La gente de fuera no podía detener a Varek si la cámara se abría desde dentro.

Cael apareció por el pasillo, con hielo hasta los codos.

—La puerta tiene otra ruta —dijo—. Una ventilación que conecta con la cámara desde el lado del río. Es estrecha.

—¿Cuánto tardaríamos? —preguntó Isolde.

—Demasiado.

La piedra frente a Darian empezó a brillar.

En el centro apareció una frase en azul:

AbrE Y RESPIRARÁ.

Una segunda frase se formó debajo, tan pequeña que solo Isolde la vio:

NO MIRES CUANDO CAIGA.

Levantó los ojos hacia Darian.

Él también había visto la inscripción.

Y por un instante, Isolde supo que la puerta oeste era una elección preparada para romperlos.