Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #6
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CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #6

—Yo tampoco quiero entrar —admitió ella—. Pero alguien tiene que volver por Ydrael.

Cael observó el gesto desde unos pasos atrás. No dijo nada. Sigrid fue quien rompió el silencio.

—Si la última campana suena, la montaña se moverá. La salida puede desaparecer.

—Entonces dejamos una cuerda desde aquí hasta la sala de la rueda —dijo Lysandra.

—Eso no detendrá una montaña —dijo Morna.

—No. Pero nos recordará hacia dónde correr.

Antes de entrar, Isolde se volvió hacia Darian.

—Cuando esto termine, no sé qué quedará entre nosotros.

Él no apartó la mirada.

—Lo sé.

—Pero quiero que sepas una cosa. No voy a odiarte por tener miedo.

El rostro de Darian se quebró apenas.

—Eso es peor.

—Voy a odiarte si haces que tu miedo decida por mí.

La verdad quedó allí, simple y terrible.

Darian asintió.

—No lo haré.

Isolde quiso creerlo. Quizá una parte de ella lo hizo.

Entraron en la oscuridad.

Detrás de ellos, Rheskan se acomodó frente a la entrada y extendió una ala herida sobre la nieve. Era una promesa de que, si alguien intentaba seguirlos, tendría que atravesar fuego.

En lo alto de Cendral, una campana comenzó a moverse con el viento.

Todavía no sonaba.

El archivo de los sellos

El archivo de sellos era estrecho, bajo y estaba lleno de cajones de piedra.

Cada uno llevaba grabado el emblema de una Casa, una ciudad o una ruta comercial.

Había siglos de autoridad dormidos allí: permisos de paso, acuerdos de paz, órdenes de cosecha, condenas, indultos.

Isolde sintió una náusea extraña al comprender que un reino podía caber en tantas cajas pequeñas.

En el centro de la sala ardía una lámpara azul.

Junto a ella, sobre una mesa, había tres sellos de cera.

El primero era el roble de Rhyne. El segundo, el copo de Skarde. El tercero era el halcón en llamas de Valarys.

—No es el mío —dijo Isolde.

—Se parece demasiado —respondió Lysandra.

Cael se inclinó sobre la mesa. Había sangre seca en el borde del sello falso.

—No lo han copiado de una impresión. Han usado algo que contiene su esencia.

Isolde no necesitó preguntar qué significaba. Bajo el sello había un fragmento de cristal rojo, del tamaño de una uña, que pulsaba con un calor familiar.

Una escama de Rheskan.

El dolor del dragón le golpeó a través del vínculo, una imagen de fuego arrancado, de alguien entrando en el cobertizo mientras todos defendían el puente.

—La tomaron de él —susurró.

—¿Puede bastar para fingir que tú has dado una orden? —preguntó Morna.

—Para quien quiera creerla, sí.

Darian no apartaba los ojos del sello Rhyne. Estaba roto por una grieta minúscula, igual que el de su padre. Isolde lo vio tensarse.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Esa cera no es antigua. La han puesto hace poco.

Alzó una hoja que estaba debajo. Era una autorización de paso hacia la cámara central, firmada con los tres emblemas. Al pie, el nombre del guardián aparecía escrito en letras negras.

Varek.

—No basta con abrir la puerta —dijo Cael—. Quieren que el mundo crea que Varek lo hizo con el permiso de los reinos.

—Entonces destruimos el archivo —dijo Morna.

Lysandra señaló los cajones.

—Y con él, todos los acuerdos de las rutas del norte. Los pueblos se matarán por una frontera que ya nadie podrá demostrar.

—Siempre tienen una forma de hacer que salvar algo parezca destruir otra cosa —dijo Isolde.

La lámpara azul se avivó. Las paredes comenzaron a proyectar imágenes de un salón de Consejo en Caleryon. Varek hablaba ante una mesa vacía. Detrás de él, un estandarte de Valarys colgaba como si le perteneciera.

—La heredera ha autorizado una autoridad temporal para preservar la estabilidad del paso —dijo la proyección con su voz suave—. Todos los recursos del reino estarán al servicio de esta transición.

Morna soltó una maldición.

—Ya lo está anunciando.

Isolde apoyó las manos sobre la mesa. No podía detener una mentira solo negándola. Tenía que quitarle el instrumento.

—Lysandra, copia los registros que prueban quién ha usado estas marcas. No los dejes aquí. Cael, ¿puedes enfriar la lámpara sin activar el resto?

—Puedo intentarlo.

—Darian y yo destruiremos los sellos falsos.

Él la miró. La petición era práctica. Nada más. Aun así, tardó un segundo en asentir.

Trabajaron sin hablar. Cael envolvió la lámpara en una capa de escarcha tan fina que la luz perdió fuerza sin apagarse de golpe. Lysandra copiaba nombres con la mano sangrando por el esfuerzo. Isolde puso el cristal rojo entre dos piedras y lo golpeó con una barra de hierro.

La escama se partió.

Rheskan rugió arriba, pero el sonido fue de alivio.

Darian acercó su sello falso a una llama. La cera no se derritió. Se abrió como una herida y una voz salió de ella:

—A la última campana, el heredero abrirá la puerta oeste.

Todos se quedaron inmóviles.

Darian arrojó el sello al suelo y lo aplastó.

—No lo haré.

Pero Isolde vio la tela negra escondida dentro de su puño.

Y supo que alguien acababa de recordarle cuánto costaba decir que no.

* * *

Serah los esperaba junto a la puerta oeste.

Recibió el hallazgo del archivo con una calma inquietante. La cadena de Ydrael le cruzaba el pecho como una banda de guerra. En su mano llevaba la máscara de ceniza, pero no se la puso.

—Habéis roto las copias —dijo—. Bien. Ahora solo queda el original.