CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #5
La forma en que él dijo su nombre le advirtió que no había terminado.
—Hay una rueda de control en la galería sur. La vi en el mapa de Maelia. Podría llegar desde aquí.
—No solo.
—Isolde, tenemos segundos.
—No tienes segundos. Tienes una excusa para hacer lo que te han enseñado toda la vida: desaparecer dentro de un problema y llamarlo protección.
Él se quedó quieto. El ruido del río llenó el espacio entre ambos.
—Tienes razón —dijo finalmente—. Pero la compuerta no esperará a que nos perdonemos.
La frase fue cruel porque era cierta.
Isolde miró a Cael. El príncipe mantenía el sendero de hielo con los dientes apretados. Morna acababa de cruzar con el último herido. Solo quedaban ellos, Darian y dos guardianes de Rhyne.
—Iremos juntos —decidió—. Morna, lleva a los demás a la elevación oeste. Cael, cuando termines aquí, busca la entrada sur. Si la montaña empieza a caer, sales. No es una sugerencia.
—Qué autoridad tan inconveniente —murmuró él.
—Sobrevivirás a ella.
Darian no discutió. Eso no le dio alivio.
Mientras cruzaban hacia la orilla oeste, algo rozó la mano de Darian. Una tira de tela negra se había enganchado en una grieta del puente. Él la tomó antes de que Isolde pudiera leerla.
Pero ella vio el sello azul en la esquina.
—¿Qué dice? —preguntó.
Darian desplegó la tela. Sus ojos recorrieron una sola línea.
—Nada útil.
Isolde no le creyó. Él lo supo.
No tuvo tiempo de mentir mejor.
El último arco del puente se derrumbó con un rugido que hizo temblar la montaña. El sendero de hielo se quebró detrás de ellos. El río saltó hacia la grieta inferior y todas las luces azules de Cendral se apagaron a la vez.
Durante un segundo, el mundo quedó oscuro.
Después, desde debajo de la montaña, Ydrael abrió los ojos.
La compuerta este
La galería sur descendía en espiral alrededor de un pozo por el que bajaba el río.
Era la entraña de Cendral: engranajes oxidados, válvulas de piedra y pasarelas tan estrechas que solo podían avanzar de uno en uno. El sonido del agua llenaba cada espacio. A veces, bajo aquel estruendo, Isolde creía oír el latido de Ydrael.
—La rueda está abajo —dijo lord Rhyne, apoyado en Darian—. Maelia la encontró hace años. Dijo que la compuerta podía salvar el valle si se abría antes de que las cadenas cedieran.
—¿Y si se abre después? —preguntó Isolde.
—Entonces no salva nada. Únicamente escoge dónde se ahoga la gente.
Al final de la espiral, encontraron una sala redonda atravesada por un eje de hierro. En el centro había una rueda gigantesca, cubierta de símbolos de llama y hielo. La palanca de bloqueo estaba sellada por una ranura doble.
—Sangre de fuego y de hielo —dijo Darian.
Cael no se acercó a la caja.
—No. No otra vez.
Isolde estudió las marcas. El fuego y el hielo no estaban enfrentados. Formaban un círculo alrededor de una tercera señal: una línea ondulada, como agua.
—No pide sangre —dijo—. Pide acuerdo.
—Las piedras no entienden de acuerdos —murmuró Cael.
—Las piedras no. Quien las construyó, sí.
Apoyó la palma sobre la llama tallada. Cael tardó un momento, pero puso la mano sobre el copo de nieve. No hubo luz. No hubo gran revelación. Únicamente el hielo de sus dedos junto al calor de los de ella.
La línea de agua del centro se iluminó.
La rueda dio un giro lento.
Un torrente se desvió hacia un canal lateral, alejándose de las cámaras de Ydrael. Arriba, la montaña dejó escapar un gemido profundo. El río había encontrado una salida. Por ahora.
—Eso le dará tiempo al puente —dijo Lysandra.
—¿Cuánto? —preguntó Isolde.
Lord Rhyne miró los engranajes.
—Hasta que alguien vuelva a reclamar lo que hay bajo la montaña.
Una voz respondió desde la pasarela superior.
—Entonces deberíamos dejar de perder tiempo.
Serah estaba allí, sin máscara.
Era más joven de lo que Isolde esperaba y mucho más vieja de lo que debía ser. Tenía una cicatriz blanca que le cruzaba la cara y ojos del mismo gris que el río antes de una tormenta.
—No tenéis derecho a detenerla —dijo.
—No tenemos derecho a decidir por ella —respondió Isolde.
—Eso es lo que dicen todos antes de decidir.
Serah levantó la cadena de Ydrael. La rueda se frenó de golpe. El agua volvió a rugir detrás de las paredes.
—La última cadena cae esta noche —dijo—. Y si queréis impedirlo, tendréis que averiguar quién ha dado ya el nombre.
Miró a Darian antes de desaparecer por la pasarela.
Él no intentó seguirla.
Eso fue lo que asustó a Isolde.
* * *
Las hojas impresas llegaron a los mercados antes que los soldados de Varek.
Aelyn las vio pegadas en las paredes de la plaza del trigo, en las puertas de las panaderías y en los carros de los pescadores.
No contaban toda la historia. No podían.
Pero nombraban las nueve deudas, los pagos a mensajeros y las rutas de las capas blancas.
Y hacían una pregunta que la gente entendía sin necesidad de ser consejera:
¿Por qué la seguridad siempre la pagan los mismos?
Varek respondió declarando que eran falsificaciones. Después mandó guardias a arrancarlas.
El problema fue que, cuando arrancaban una, alguien pegaba tres más.
El rey Ardan se asomó desde el balcón bajo una lluvia que no daba tregua. Aelyn estaba a su lado. En la plaza había ciudadanos, vendedores, aprendices y familias de soldados. Era una multitud que había decidido no irse.
—No puedo prometeros que la heredera esté a salvo —dijo el rey—. No puedo prometeros que el norte no arda. Pero puedo prometeros que Caleryon no se entregará a quien utilice ese miedo para gobernar sin nosotros.
La plaza guardó silencio.
Varek salió de la puerta del Consejo con una escolta demasiado grande para una conversación. Sonreía, como siempre.
—Majestad, vuestra hija ha creado una crisis sin precedentes.
—Mi hija intenta impedir que otros la creen.
—Y mientras tanto, las rutas se cierran. El grano no llega. La gente necesita decisiones.
—La gente necesita saber quién retiene el grano —dijo Aelyn.
Le mostró una nueva página. Neral había encontrado los contratos de reserva de los almacenes de Varek. Sacos enteros apartados durante semanas, esperando la subida de precio que una crisis podía garantizar.
La sonrisa de Varek se apagó por primera vez.
—Esto no termina aquí —dijo en voz baja.
—No —respondió Aelyn—. Termina cuando mi amiga vuelva y os pregunte por qué creísteis que su reino era vuestro.
Varek se inclinó apenas, como si la frase le divirtiera.
—Entonces espero que vuelva.
Esa noche, cuando la ciudad encendió las lámparas azules del río, una señal respondió desde el norte.
Era una sola luz roja, repetida tres veces.
La señal de que una frontera estaba cayendo.
El mensaje que no arde
Darian encontró la nueva carta dentro de su guante.
No había visto a nadie acercarse. No había dejado el guante lejos de su mano. Aun así, cuando salió de la galería sur y se lo puso, sintió el crujido del papel contra los nudillos.
No la abrió de inmediato.
Eso fue distinto.
Buscó a Isolde junto a la plataforma de los heridos. Ella estaba sentada junto a Rheskan, limpiando con cuidado la sangre seca de la pata del dragón. El animal mantenía los ojos cerrados, pero cada vez que Isolde se alejaba un poco, una de sus garras rozaba el suelo hasta encontrarla.
—Me ha llegado algo —dijo Darian.
Ella se quedó quieta. Luego extendió la mano.
Él le dio la carta.
La tela negra solo tenía una frase:
A la última campana, trae a la heredera a la cámara. Tu padre caminará fuera. Si no, él nombrará al guardián con su último aliento.
Isolde leyó las palabras sin cambiar de expresión. Después dobló la tela una vez.
—Es una trampa.
—Sí.
—Y aun así quieren que pensemos en ella.
—Sí.
Él esperaba que le gritara. Que lo acusara de nuevo, y tenía razones para hacerlo. Isolde levantó los ojos hacia él, agotada y furiosa, pero también lúcida.
—No vamos a llevarme a una cámara para salvar a tu padre —dijo—. Ni vamos a abandonar a tu padre porque ellos nos lo ordenen. Encontraremos dónde lo tienen y romperemos la cadena.
—¿Y si no hay tiempo?
—Entonces no habrá una decisión limpia. Pero será nuestra.
Darian cerró los ojos. La respuesta era exactamente lo que necesitaba oír. Era también la que más le dolía, porque demostraba cuán poco merecía todavía esa confianza.
—Hay algo más —dijo.
Sacó el disco de cera que había ocultado desde la sexta campana. Esta vez era la impresión exacta del sello de Isolde, robado o copiado, sobre una autorización para cruzar la puerta interior.
—Pueden hacer parecer que has elegido entrar.
—Entonces debemos impedir que lleguen al archivo de sellos de Cendral.
—Está junto a la cámara.
Isolde se puso de pie. Rheskan abrió un ojo.
—Morna —llamó—. Reúne a Cael, Sigrid y a Lysandra. Vamos a bajar una última vez.
Darian la vio alejarse y apretó la carta hasta que sus uñas atravesaron la tela.
En el reverso, donde Isolde no había mirado, había otra línea escrita con una tinta que solo aparecía al calor de su mano:
No la lleves. Únicamente abre la puerta para nosotros. El precio será menor.
Por primera vez, Darian quiso creer que existía una forma de ser traidor solo un poco.
* * *
La patrulla que volvió a Cendral no parecía un ejército.
Eran siete personas, un dragón herido y una decisión que ninguno quería nombrar.
Morna dejó a los civiles en la elevación oeste con órdenes de no encender más luces azules.
Sigrid llevó a cuatro guerreros de Skarde.
Lysandra repartió cuerda, lámparas y las últimas flechas.
Cael caminaba a una distancia prudente de todos, como si la prudencia pudiera evitar que alguien le pidiera un milagro.
Isolde avanzaba junto a Darian.
No hablaban porque cada frase parecía llevarlos al borde de algo que todavía no podían sostener.
Al llegar a la entrada de las cámaras, Rheskan se detuvo.
El dragón no quería seguir. El vínculo devolvió a Isolde una imagen de fuego rodeado de oscuridad, de una puerta cerrándose entre él y ella.
—No tienes que entrar —susurró, apoyando la frente contra sus escamas.
Rheskan exhaló humo sobre su cabello.