CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #4
—Mientras debatimos, mi hija está peleando para evitar que hombres como vos usen el miedo como una escalera.
Varek se quedó muy quieto.
—Majestad. Me habían informado de que necesitabais descanso.
—Por eso deberíais revisar la calidad de vuestros informadores.
El rey no se sentó en el trono. Se quedó junto a Aelyn.
—No habrá administración provisional. No habrá comisión sin una investigación completa. Y quien haya usado el sello del reino para alimentar esta guerra responderá ante Caleryon.
Varek inclinó la cabeza. Era cálculo.
—Por supuesto —dijo—. Todos queremos la verdad.
Aelyn vio que sus dedos apretaban el borde de la silla vacía.
Varek no había perdido. Había sido obligado a retrasarse.
Y mientras sonreía, una paloma negra entró por la ventana rota, dejó caer un mensaje sobre la mesa y murió antes de que nadie pudiera tocarla.
El papel solo decía:
La sexta campana ha sonado.
* * *
La primera arremetida contra la puerta norte dobló las vigas.
Isolde sintió la vibración en los dientes.
Los guardianes de Rhyne se encogieron detrás de los escudos, pero ninguno retrocedió.
Al otro lado del arco, los hombres de las capas blancas empujaban un tronco reforzado con metal.
No gritaban el nombre de Varek. Gritaban el de sus pueblos, de sus cosechas, de los hijos a quienes les habían prometido pan.
Eso hacía más difícil odiarlos.
También hacía más necesario detenerlos.
—¡No les deis el hueco! —gritó Isolde.
Un guardián cayó a su lado con el hombro abierto. Ella le quitó el escudo antes de que rodara hacia la puerta y ocupó su lugar en la línea. La madera vibró con cada golpe. Darian estaba dos pasos a la derecha, con el rostro cubierto de sangre y nieve.
—No tenías que venir aquí —dijo él.
—No vuelvas a decirme eso.
La respuesta le arrancó una breve expresión de dolor. Algo más honesto que una sonrisa atravesó su rostro.
Otro golpe abrió una grieta entre las vigas. Una mano pasó por ella con una piedra azul. Isolde cortó la muñeca antes de que pudiera soltarla. La piedra cayó y empezó a emitir una luz cada vez más intensa.
—¡Apartaos! —gritó Morna.
Isolde se lanzó sobre la piedra con el escudo. La explosión azul la arrojó hacia atrás. Sintió el impacto en todo el cuerpo. Durante un instante, no oyó nada.
Cuando recuperó el aire, Rheskan estaba encima de la muralla de roca, con las alas abiertas contra la tormenta. El dragón había bajado de la ladera. El ala herida le colgaba rígida, pero sus ojos ardían.
No lanzó fuego contra la multitud.
Lanzó un rugido.
La onda de calor atravesó el arco y derritió la nieve bajo los pies de la fuerza blanca. Los hombres se detuvieron. Algunos soltaron el tronco. Otros cayeron de rodillas por el vapor que subió como una muralla entre ellos y la puerta.
—¡Ahora! —gritó Darian.
Los guardianes empujaron las vigas hacia dentro. El hueco se cerró un poco. Morna y sus soldados clavaron barras de hierro en los anclajes.
Isolde se incorporó con dificultad. Rheskan la miró. El vínculo estaba lleno de dolor, pero también de una pregunta.
¿Cuánto más?
No tenía respuesta.
Entonces, desde la línea blanca, alguien tocó una trompa de Skarde.
Los guardianes se tensaron.
Pero no fue un ataque del norte.
Varyn apareció entre las capas blancas con una docena de guerreros a sus espaldas. Llevaba el casco roto y una herida negra atravesándole la ceja. Se dirigió al hombre que sostenía el tronco reforzado y lo derribó de un golpe de espada.
—¡Las deudas de Caleryon no son asunto de Skarde! —rugió en su lengua.
Los guerreros de Skarde se abrieron paso contra las piedras azules del Círculo. La fuerza blanca se desordenó. Algunos aprovecharon para huir. Otros se quedaron luchando, demasiado aterrados para saber dónde estaba su enemigo.
Cael llegó por encima del muro de hielo, saltando desde una roca a otra. No miró a Isolde. Miró a Varyn.
—Bonito momento para aprender a pensar —le gritó.
Varyn respondió con una maldición, pero no atacó.
La puerta norte aguantó.
No gracias a una alianza.
Gracias a que, por unas horas, nadie quiso que el Círculo ganara.
Pero en el instante en que la línea blanca se retiró, una figura con capa de ceniza apareció en lo alto de la colina. Serah levantó la mano.
Todas las piedras azules que habían quedado en la nieve se encendieron.
El río rugió abajo.
Y el puente central, ya agrietado, empezó a partirse por la mitad.
El hielo que no obedece
Cael oyó la piedra romperse antes de verla.
El sonido atravesó la colina y le golpeó el pecho. Era el sonido de una cosa antigua aceptando por fin que ya no podía sostener lo que había prometido sostener.
Varyn llegó a su lado con la espada todavía manchada.
—El puente —dijo.
—Sí.
—Los tuyos están debajo.
—Los tuyos también.
Varyn apretó los dientes. Durante unos días, Cael habría esperado que eligiera la frase más orgullosa. Esta vez, el jarl miró hacia los guerreros que intentaban sacar a los heridos de la nieve y no dijo nada.
Una lluvia de piedra azul cayó desde la grieta de la montaña. Al tocar el suelo, las piedras empezaron a congelar la tierra a su alrededor. No era el hielo de Skarde. Cael lo sabía con una certeza que le revolvió el estómago. Era una copia hueca, hecha para que todos culparan a su reino.
—No es nuestra magia —dijo Varyn.
—Ya lo sé.
—Entonces haz algo.
Cael casi respondió que no era un hechicero.
Que el hielo de Skarde no obedecía a las órdenes de un príncipe, ni siquiera cuando su padre llevaba generaciones intentando tratarlo como propiedad.
Pero vio a una niña atrapada junto a una piedra que crecía sobre su pierna y dejó de pensar en lo que no era.
Abrió la caja de metal.
La sangre plateada se movió dentro del cristal. La llave. El arma. La decisión que no quería tomar.
—No abras nada —dijo Varyn.
Cael lo miró, sorprendido.
—¿Eso lo dices tú?
—Lo digo porque he visto lo que hace esa luz cuando alguien cree que la controla.
Cael cerró la caja.
Se arrodilló junto a la piedra azul. Apoyó ambas manos sobre el hielo falso. Cerró los ojos.
El frío de Skarde le respondió desde muy lejos como un mar bajo el hielo. Recordó las lecciones de su madre, muerta demasiado pronto: No ordenes al invierno. Pregúntale qué está protegiendo.
—No está protegiendo nada —susurró.
El hielo tembló.
Cael no intentó quebrarlo. Desvió el frío hacia sí, tomó un hilo de aquel dolor azul y lo dejó entrar en sus manos. La piel se le volvió blanca hasta las muñecas. El hielo soltó la pierna de la niña con un crujido.
Varyn la apartó antes de que la piedra explotara en fragmentos.
—¿Puedes hacerlo otra vez? —preguntó.
Cael miró sus manos. Le ardían de frío.
—No muchas.
—Entonces dejemos de hablar.
Durante los siguientes minutos, no fueron príncipe y jarl.
Fueron dos hombres de Skarde atravesando una colina para destruir piedras que fingían llevar su sangre.
Varyn protegía a Cael de los hombres blancos que aún luchaban.
Cael liberaba caminos para que los civiles escaparan.
Ninguno dijo que estaba perdonando al otro.
Cuando llegaron al borde del puente, el centro ya se había hundido varios palmos. Isolde seguía al otro lado, organizada con Morna alrededor de una fila de heridos. Darian estaba con ella. El río azul crecía bajo las grietas.
Serah los observaba desde la cima.
Cael levantó la vista. La mujer de la máscara Parecía aterrada, lejos de satisfecha.
Y entonces comprendió algo que no le gustó nada.
La mujer no había partido el puente para abrir la puerta.
Lo había partido porque alguien, en algún otro lugar, ya había empezado a abrirla.
* * *
El puente no cayó de una vez.
Se abrió primero por el centro, una herida delgada entre dos losas.
Después la grieta corrió hacia ambos extremos, partiéndolo en secciones que crujían bajo el peso de cada persona que intentaba escapar.
Abajo, el río azul golpeaba las columnas como si hubiera estado esperando ese momento durante siglos.
—¡Nadie cruza! —gritó Morna.
Era una orden imposible. En la orilla este quedaban doce heridos, dos carros y una fila de civiles que todavía no habían llegado al sendero de las minas. En la orilla oeste, Sigrid intentaba mantenerlos alejados de las piedras que caían.
Cael se arrodilló junto al borde roto. Las manos aún le temblaban por el frío que había arrancado de las piedras azules.
—Puedo sostener una capa de hielo —dijo—. No un puente. No por mucho.
—No necesito un puente —respondió Isolde—. Necesito un camino.
Él levantó la mirada. No discutió. Esa era quizá la señal más clara de que había entendido la urgencia.
Cael apoyó ambas palmas sobre la piedra. El aire se enfrió. Una lengua de hielo claro creció desde la orilla pegada a la pared del puente como un escalón ancho. Era irregular, incompleto, pero suficiente para que una persona cruzara de lado.
—De uno en uno —dijo—. Y no miréis el agua.
Morna organizó la fila. Sigrid recibió a los primeros en la otra orilla.
Varyn, sin decir nada, pasó a una anciana a través del tramo más frágil y volvió por un niño que se negaba a soltar a su perro.
Los hombres de las Casas que unos minutos antes habían intentado entrar por la puerta norte miraban desde la nieve.
Algunos dejaron caer las armas. Otros se fueron.
Nadie sabía aún qué historia contarían al volver a casa.
Isolde se quedó hasta el final.
Rheskan cubría la retirada desde la ladera. Cada vez que una piedra caía demasiado cerca, el dragón la desviaba con una ráfaga de aire caliente. El esfuerzo le hacía temblar el ala herida.
—Ve —dijo Darian a Isolde.
—Cuando esté todo el mundo.
—Eso siempre significa que serás la última.
—Es una costumbre irritante.
Él casi sonrió. Después miró el puente roto, luego el corredor oscuro que se abría bajo la plataforma oeste.
—Mi padre dijo que la compuerta este puede desviar el río.
—Lo sé.
—Si no la abrimos, la cámara se inundará cuando caiga el último tramo.
—Y si la abrimos demasiado pronto, el valle se ahoga. Lo sé, Darian.