Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #3
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CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #3

—Significa la compuerta este —dijo, al ver el mapa en la pared—. La antigua ruta del agua. Si abrimos esa compuerta, el río puede escapar al barranco antes de inundar la cámara.

—¿Y el puente? —preguntó Darian.

—El puente caerá.

Nadie habló.

Arriba, Morna defendía a civiles sobre ese mismo puente. El único paso entre las orillas. El Círculo lo quería para llegar a Ydrael. Ellos lo necesitaban para salir.

—Hay que avisarles —dijo Isolde.

Cael ya estaba buscando una piedra de señal.

—Las piedras azules están conectadas a sus conductos. Si transmitimos por ellas, sabrán que estamos aquí.

—Ya lo saben —dijo Darian.

Como respuesta, una de las puertas de las celdas se cerró de golpe. La rueda empezó a moverse otra vez, aunque la gota de sangre de Skarde aún brillaba en el suelo.

En la pared apareció una frase nueva, escrita en luz azul.

EL HIJO YA HA ELEGIDO.

Darian palideció.

—¿Qué significa eso? —preguntó Isolde.

Él buscó algo en el bolsillo. Encontró un pequeño disco de cera negra. Isolde no lo había visto antes. Tenía el sello de Rhyne impreso en un lado y, en el otro, cuatro cortes formando un círculo.

—Llegó a mí esta mañana —dijo Darian—. Antes de que empezara la batalla. No lo abrí.

—Ábrelo.

Sus dedos temblaron cuando rompió el disco.

Dentro no había carta. Había una tira de tela con una orden sellada en tinta azul.

A la sexta campana, los guardianes de Rhyne abrirán la puerta norte de Cendral para recibir a la fuerza de estabilización. El heredero confirma.

El mundo se hizo muy pequeño.

—No lo he confirmado —dijo Darian.

—Pero usan tu sello —dijo Isolde.

—No he dado esa orden.

Lord Rhyne miró el papel. Su rostro perdió el poco color que le quedaba.

—Sí lo hiciste.

Darian se volvió hacia él.

—¿Qué?

—No con esas palabras. Pero antes de venir a Cendral, mandaste una instrucción a Halar para que los guardianes de la Casa siguieran los avisos de emergencia hasta que tú pudieras llegar. Usaste el sello completo. Era una orden válida.

—Porque querían evacuar a la gente.

—Lo sé. Pero el Círculo necesitaba una frase escrita por ti. La encontró.

La sexta campana empezó a sonar en algún lugar sobre sus cabezas.

Y, por primera vez, Darian no tuvo una respuesta.

* * *

La sexta campana atravesó Cendral como una orden dada a un cuerpo muerto.

En la cámara de la rueda, todas las piedras azules se encendieron. El agua del canal subió de golpe hasta las rodillas. Los prisioneros gritaron. Las cadenas de Ydrael tiraron de la montaña con una fuerza tan antigua que el techo dejó caer una lluvia de fragmentos.

—Tenemos que volver arriba —dijo Lysandra.

—La puerta norte —dijo Darian.

No sonaba como si hablara de una estructura. Sonaba como si nombrara su propia culpa.

Cael agarró la caja de Skarde.

—Yo puedo llegar por el corredor de hielo. Es más rápido, pero no lleva a todo el mundo.

—Ve —dijo Isolde—. Di a Sigrid que no permita que nadie entre por la puerta norte. Ni con mis colores ni con los tuyos.

Cael la miró.

—¿Y tú?

—Subo por el túnel con Darian y lord Rhyne. Tenemos que hacer que sus guardianes escuchen a su heredero antes de que escuchen a un sello.

—Eso presupone que aún lo harán.

Darian recibió la observación como merecía.

—No lo sé —dijo.

—Entonces más te vale que digas algo mejor que una orden.

Cael desapareció por el pasaje lateral. Su luz se apagó rápido, tragada por el hielo.

Isolde ayudó a lord Rhyne a caminar. Darian iba delante, sin intentar tomarle la mano. Ella agradeció esa distancia. También le dolió. Cada emoción parecía tener una opuesta pegada al borde.

El túnel de servicio terminó en una puerta de rejilla. Detrás, el nivel superior de Cendral estaba ya en guerra.

La puerta norte se veía al otro lado de una explanada cubierta de nieve.

Era un arco enorme, reforzado con vigas negras.

Frente a él había decenas de guardianes de Rhyne, las capas con el roble rojo alzadas contra el viento.

Algunos habían puesto los escudos hacia el exterior.

Otros miraban hacia la montaña, sin saber a quién debían temer más.

Más allá, entre los pinos, esperaban los estandartes blancos de la “fuerza de estabilización”.

Era peor: contingentes de pequeñas Casas, guardias de rutas, hombres sin uniforme y carreteros armados. Personas a las que habían prometido que, si tomaban Cendral, sus deudas desaparecerían.

La puerta comenzaba a abrirse.

—¡Darian! —gritó uno de los guardianes al verlo—. La orden dice que debemos permitir el paso.

Él caminó hacia ellos.

—La orden fue manipulada.

—Lleva vuestro sello.

—Lo sé.

—¿Entonces cuál es la orden, mi lord?

Darian se detuvo. Isolde vio el momento exacto en que entendió que no podía resolverlo con autoridad. Que su nombre era parte del problema.

Se quitó el anillo de la Casa Rhyne.

—No tengo una orden que os libere de lo que hice —dijo. Su voz llegó más lejos de lo que parecía posible—. Os pedí que siguierais avisos que no comprendíamos. Dejé que otros usaran mi sello porque creí que podía proteger a los míos sin contarles el peligro. Eso fue cobardía, no liderazgo.

Los guardianes se miraron entre sí.

—No puedo pediros que confiéis en mí porque llevo este anillo. —Darian lo dejó caer sobre la nieve—. Os pido que miréis a esa gente. ¿Veis soldados que vienen a salvar a Caleryon? ¿O veis hombres que vienen a cobrar lo que alguien les prometió?

El silencio fue terrible.

La fuerza blanca comenzó a avanzar.

El primer guardián de Rhyne levantó el escudo hacia el exterior.

Después, otro.

No todos lo hicieron. Cuatro hombres corrieron hacia la manivela de la puerta. Uno gritó que Darian había traicionado a la Casa. Otro empujó a un compañero al suelo. El Círculo no necesitaba ganar a todos. Bastaba con que la confusión abriera el arco unos dedos más.

Lord Rhyne avanzó entonces, tambaleándose.

—¡Bajad las manos! —ordenó.

Su voz, rota y cansada, todavía tenía peso.

—He sido vuestro lord. Os fallé antes de que supierais que podía hacerlo. Pero os digo esto como hombre, no como señor: si abrís esa puerta, no saldrá de ella ninguna salvación.

Uno de los cuatro hombres se volvió hacia él con lágrimas de rabia en los ojos.

—¿Y nuestras familias? Varek dijo que el grano volvería a Halar si obedecíamos.

Lord Rhyne se quitó la capa de la Casa.

—Mi familia os ha pedido demasiado. No os pediré que muráis por nosotros. Pero no entreguéis a vuestros hijos una deuda que nunca termina.

El hombre bajó la espada.

Fue entonces cuando la primera carga blanca llegó a la puerta.

Los guardianes de Rhyne cerraron los escudos.

La batalla estalló de nuevo, ya por el derecho a decidir quién podía cruzar una frontera.

Isolde tomó una espada que había caído en la nieve. No era la suya; la había perdido en las cámaras. Aun así, pesaba bien en la mano.

—No dejéis que entren —dijo.

Y corrió hacia la puerta norte.

El salón vacío

Varek ocupó el salón del Consejo antes de que saliera el sol.

No se sentó en el trono. Eso habría sido demasiado evidente.

Permaneció de pie junto a la mesa de los mapas, vestido de negro, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla vacía.

A su alrededor, los consejeros que quedaban discutían con voces bajas.

Algunos miraban a la puerta cada pocos segundos, esperando que el rey Ardan apareciera escoltado por guardias.

No apareció.

Eso era lo que Varek quería.

—La ausencia del rey no puede seguir poniendo al reino en peligro —dijo, elevando la voz apenas lo necesario—. La heredera ha llevado a Caleryon a un enfrentamiento abierto con Skarde. Los informes desde Cendral son claros.

—Los informes desde Cendral llevan cinco días cambiando —dijo la consejera Mariel—. Ayer aseguraban que Skarde había tomado el paso. Esta mañana dicen que hay una fuerza sin insignia.

—La confusión es precisamente el problema.

Varek desplegó un decreto. El papel estaba preparado. La tinta aún brillaba.

—Propongo una administración provisional de emergencia hasta que podamos confirmar el estado del rey y de la heredera.

—¿Y quién dirigirá esa administración? —preguntó Mariel.

Varek le dedicó una sonrisa paciente.

—Una comisión de las Casas con recursos para sostener el reino.

—Es decir, vos.

Antes de que pudiera contestar, las puertas del salón se abrieron.

Aelyn entró mojada por la lluvia, con Neral a un lado y la capitana Orla al otro. Detrás de ellos venían doce personas: dos impresores, una mujer de los muelles, tres administradores de torre y un carretero que nadie en el Consejo conocía. No llevaban espadas. Llevaban papeles.

Varek no perdió la sonrisa.

—Lady Aelyn. Me alegra ver que estáis a salvo.

—No tanto como os alegra que todos crean que no lo estamos.

Dejó sobre la mesa los nueve contratos de deuda. Después, el registro de pagos a mensajeros. Luego una hoja impresa en tinta negra que acababa de salir de las prensas del barrio oeste.

El titular decía: ¿QUIÉN CObrA LA GUERRA?

Un murmullo recorrió la sala.

—Documentos robados —dijo Varek, pero su voz ya no era amable—. Una interpretación infantil de negocios legales.

—Entonces explicad por qué vuestros mensajeros recibieron pago de las mismas oficinas que financiaron a los hombres de la puerta norte de Cendral.

—No hay prueba de eso.

El carretero avanzó. Tenía barro en las botas y una calma extraña.

—Yo llevé las cajas —dijo—. Piedras azules y capas blancas. Salieron de una bodega a nombre de Varek hacia el norte. No sabía lo que eran. Ahora sí.

Varek lo miró con desprecio.

—Un carretero no comprende una orden de suministro.

—Un carretero comprende cuándo le pagan el doble por no preguntar.

Los consejeros empezaron a hablar entre ellos. Aelyn no necesitaba que todos la creyeran. Únicamente necesitaba que dejaran de creer a Varek con comodidad.

—Esto es una maniobra para debilitar al reino —dijo Varek—. Y mientras debatimos, la heredera quizá ya ha entregado el paso a Skarde.

—No —dijo una voz desde la puerta.

El rey Ardan entró con la capa empapada y una espada sin desenvainar al cinto. Nadie se había atrevido a anunciarlo.