Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #2
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CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL #2

—Morna —dijo Isolde—. Conserva el puente. Si las luces cambian, derriba el arco sur aunque todavía estemos abajo.

La capitana abrió la boca para protestar. Después vio los ojos de Isolde y cerró la boca.

—Volved antes de que tenga que hacerlo.

Isolde tomó una lámpara. Darian hizo lo mismo.

Juntos descendieron por la escalera que el Círculo había abierto para ellos.

* * *

El corredor inferior estaba lleno de agua hasta los tobillos.

No era agua limpia. Llevaba ceniza, escamas diminutas de metal y una luz azul que se adhería a las botas. Cada pocos pasos, Isolde sentía el pulso de Ydrael bajo la planta de los pies. No sabía si avanzaban hacia el dragón o si el dragón, cansado de esperar, avanzaba hacia ellos.

—No me gusta este lugar —dijo Lysandra.

—Eso lo convierte en el primer lugar honesto de Cendral —murmuró Darian.

Nadie se rio.

La escalera había terminado en tres túneles. Cael apareció por el de la izquierda antes de que Isolde pudiera elegir uno. Llevaba una lámpara de aceite de foca en una mano y la espada baja en la otra.

—Varyn ha aceptado una pausa —dijo sin preámbulos—. No una alianza. No dejemos que el lenguaje se vuelva sentimental.

—¿Qué le has dado? —preguntó Darian.

—Una piedra azul, dos cadáveres de sus exploradores y el gusto de descubrir que alguien le estaba usando. Resultó ser suficiente.

—¿Y Sigrid? —preguntó Isolde.

—Arriba, con Morna. Varyn mantendrá el norte mientras crea que puede fingir que es su decisión.

—¿Puede? —preguntó Lysandra.

—No. Pero yo no se lo diré si vosotros no se lo decís.

Cael vio el anillo roto en la mano de Darian. El humor se le borró del rostro.

—¿Rhyne?

—Vivo. Probablemente abajo.

—Entonces deberíamos movernos. Este túnel lleva a un nivel de mantenimiento. Hay marcas de arrastre y dos guardias cada cincuenta pasos.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Isolde.

—Porque he pasado los últimos veinte minutos evitando que me maten en él.

Aquello era una explicación muy de Cael. Isolde habría tenido ocasión de preguntarle por qué había bajado solo si el primer guardia no hubiera doblado la esquina en ese instante.

Cael apagó la lámpara con los dedos. Todo quedó oscuro.

El guardia pasó frente a ellos silbando una canción de taberna. Isolde distinguió el borde blanco de una capa. Después, un destello azul. Darian se movió primero, inmovilizándolo sin hacer ruido. Lysandra le cubrió la boca. Cael le quitó la piedra de señal del cinturón.

El hombre luchó solo hasta que Isolde le susurró:

—No vamos a matarte si nos dices dónde está lord Rhyne.

Él se quedó quieto.

—No sé ningún lord.

—Mientes mal.

—Eso es porque no soy uno de ellos.

El terror en su voz no era fingido. Isolde aflojó un poco la presión de la espada.

—¿Quién te obligó a venir?

—Tenían a mi esposa. Dijeron que si vigilaba el túnel la soltarían cuando se abriera la puerta.

Cael cerró los ojos un segundo.

—¿Dónde están los rehenes?

El hombre señaló hacia el túnel central.

—En las celdas de la rueda. Con el viejo. Y con otros. Pero la mujer de la máscara...

—¿Serah? —preguntó Isolde.

—No sé su nombre. Dice que no pertenecemos a nadie. Después nos pone una piedra en las manos y nos dice a quién disparar.

No pertenecemos a nadie. La frase habría sonado hermosa si no viniera de alguien que convertía a la gente en piezas de una máquina.

—Llévanos —dijo Darian.

El guardia negó con la cabeza.

—No puedo.

—Puedes.

—Las celdas están vigiladas. Si me ven con vosotros, matan a mi esposa.

Isolde pensó en la mujer del puente. En todos los que corrían porque alguien había puesto una amenaza detrás de sus familias. El Círculo no necesitaba creyentes. Le bastaba con fabricar gente desesperada.

—Lysandra —dijo—. Lleva a este hombre por el túnel de servicio. Encuentra a su esposa si puedes. Si no, sácalo de aquí.

—No tenemos tiempo para eso —dijo Darian.

La mirada de Isolde se clavó en la suya.

—Eso es precisamente lo que ellos quieren que creamos.

Darian miró al guardia. Luego asintió, una vez.

—Ve con Lysandra.

El hombre dejó escapar un sollozo breve. Lysandra lo condujo hacia la oscuridad.

Quedaron Isolde, Darian y Cael.

—Las celdas de la rueda —dijo Cael—. Túnel central. Debemos asumir que Serah quiere que lleguemos allí.

—Ya vamos tarde para no hacer lo que quiere Serah —dijo Isolde.

—Entonces intentemos hacer algo que ella no espere.

Caminaron sin lámpara. El túnel se abrió en una sala circular donde una rueda gigantesca de hierro giraba sobre un canal de agua. Alrededor, había puertas de barrotes. Dentro de ellas, hombres y mujeres sentados en el suelo, algunos esposados, otros con las manos vacías y la mirada perdida.

En la celda del centro estaba lord Rhyne.

Tenía la cabeza inclinada. Su ropa estaba rasgada. Una cadena azul le cruzaba el pecho desde un grillete en la pared hasta el anillo roto de una rueda menor.

—Padre —susurró Darian.

Lord Rhyne levantó la mirada. Cuando vio a su hijo, algo se quebró en su expresión.

—No —dijo—. No debiste venir.

—No digas eso —respondió Darian, acercándose a los barrotes—. No vuelvas a decirlo.

El viejo intentó levantarse. La cadena azul se tensó. La rueda grande aceleró y las compuertas de agua de toda la sala se abrieron con un golpe.

—No la toques —gritó lord Rhyne—. Está conectada al puente.

Cael se acercó al mecanismo sin tocarlo. Observó las marcas talladas en el hierro.

—No está conectada al puente —dijo—. Está conectada a las cerraduras de la cámara.

—¿Qué diferencia hay? —preguntó Isolde.

—Que si rompemos esto, no cae una piedra. Se abre una puerta.

La luz azul corrió por las celdas. Los prisioneros gritaron. En las paredes de hierro comenzaron a encenderse las mismas palabras una y otra vez, antiguas y crueles:

Nombra. Reclama. Conserva.

Lord Rhyne miró a Darian.

—Quieren que diga la frase. Yo puedo resistir, pero no puedo romper la cadena. No sin convertir esto en una tumba.

Cael sacó la caja de sangre de Skarde del abrigo. La había llevado consigo sin que nadie lo notara.

Isolde lo miró.

—Dijiste que no la usarías.

—Dije que no la usaría para abrir la puerta.

—Y esto no lo es.

—No. Es una cerradura menor. Una llave no decide por sí sola lo que abre.

La lógica le heló la sangre. Era la lógica que la montaña estaba enseñando a todos: no hay instrumentos inocentes, solo manos que eligen. Pero también era una elección.

—Hazlo —dijo Isolde.

Cael abrió la caja. Una gota de plata flotó sobre el cristal. No cayó: avanzó hacia la rueda como si recordara el camino. Cuando tocó el metal, las letras azules se apagaron una por una.

La rueda se detuvo.

Darian rompió los barrotes con una barra de hierro. Entró en la celda, cortó la cadena de su padre y lo sostuvo antes de que cayera.

La luz volvió de golpe.

Esta vez era dorada.

Desde el fondo de la sala, una puerta que ninguno había visto se abrió lentamente. Tras ella, el aliento de Ydrael llenó el aire.

Y una voz, no humana ni femenina, habló dentro de la mente de Isolde.

NO LE DES EL NOMbrE.

El nombre que no se entrega

La voz de Ydrael no sonó como palabras.

Sonó como una memoria que Isolde llevaba toda la vida esperando recordar.

La puerta dorada se abrió un poco más. Más allá se extendía un estrecho de piedra negra donde el aire temblaba de calor. Las cadenas que descendían desde la cámara superior pasaban por allí, tensas y luminosas, como venas expuestas.

Lord Rhyne se apartó de Darian con dificultad.

—No vayáis —dijo—. Eso es lo que quieren.

—Todo lo que hacemos aquí es lo que alguien quiere —respondió Cael—. La cuestión es qué otra cosa conseguimos al hacerlo.

Isolde se acercó a la puerta. El calor le tocó el rostro. En el vínculo, Ydrael no le mostró miedo. Le mostró una imagen: manos humanas sobre sus cadenas, rostros cambiando, generaciones de reyes usando las mismas palabras con voces distintas.

Nombra. Reclama. Conserva.

La lengua de las Casas.

—No te daré un nombre —murmuró Isolde.

El dragón respondió con un golpe de calor que no la quemó.

Darian llegó a su lado.

—¿Qué dice?

Ella dudó solo un instante. Esta vez no quería guardar nada.

—Que no le demos el nombre de nadie. Que si lo hacemos, la prisión cambia de dueño, pero no desaparece.

Cael observó los anillos de cadena.

—Entonces Serah no quiere liberarlo.

—Quiere impedir que alguien lo reclame —dijo lord Rhyne, pálido—. Pero si corta los anclajes sin controlar el derrumbe, el río se llevará Cendral.

—¿Cómo lo sabéis? —preguntó Darian.

El viejo guardó silencio. Después sacó de dentro de la camisa un trozo de pergamino amarillento. Era una página de la misma letra que las notas de Maelia.

Isolde se la arrebató con cuidado.

El dragón no es una corona. Si la última cadena cae antes de que el río encuentre salida, el paso se abre y el valle muere. No reclamar. No matar. Desviar.

Debajo, había un trazo más tenue:

Si Isolde llega aquí, dile que la amé incluso cuando elegí irme. M.

El corazón de Isolde se cerró alrededor de las letras.

—¿De dónde lo habéis sacado?

Lord Rhyne bajó la mirada.

—Tu madre vino a Halar antes de desaparecer. Sabía que mi Casa estaba comprometida. Me pidió que escondiera esto y que, si alguna vez tú llegabas a Cendral, no permitiera que nadie usara el dragón como una amenaza contra ti.

—¿Lo sabíais? —La voz de Darian se volvió casi irreconocible—. ¿Sabíais que estaba viva?

—Sabía que buscaba una forma de mantener cerrada la puerta. No sabía si había sobrevivido.

—Y no me lo dijisteis.

—Era una niña.

—Después dejó de serlo.

La frase golpeó con más fuerza que un grito. Lord Rhyne no se defendió.

Isolde sostuvo la página tan fuerte que el pergamino crujió. Maelia no estaba allí. Pero su letra sí. Una prueba. Una herida. Un mensaje de amor que no arreglaba los años perdidos.

—¿Qué significa “desviar”? —preguntó Cael.

Lysandra apareció por el túnel de servicio con el guardia y una mujer de cabello gris que se abrazaba a él. Había conseguido lo imposible: Encontrar a otros seis prisioneros y guiarlos fuera sin que saltara una alarma.