Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL
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CAPÍTULO 17 EL PASO DE CENDRAL

Cuando el Círculo se retiró al bosque, nadie celebró.

El puente olía a humo, sangre y piedra quemada. Los heridos ocupaban cada rincón de la orilla. Los que podían caminar ayudaban a los que no. La línea de defensa era un conjunto de escudos rotos y personas demasiado cansadas para soltarlos.

Isolde se arrodilló junto a una muchacha que tenía la pierna atravesada por una flecha. No era una soldado. Llevaba las manos manchadas de tinta y repetía que trabajaba en una imprenta de Nerah. Había venido porque un hombre le había prometido que ayudaría a pagar el tratamiento de su hermano.

—No sabían que el puente era una trampa —dijo entre lágrimas.

—Lo sé.

Isolde no sabía si era verdad. No importaba. Le apretó la mano mientras la sanadora sacaba la flecha y se obligó a no mirar hacia el río.

El agua seguía azul.

Las líneas de luz bajo el puente no se habían apagado cuando Darian quemó el mensaje. Se habían extendido por la orilla, finas como venas. Cada vez que alguien gritaba o moría, parecían brillar un poco más.

Lysandra llegó con el rostro cubierto de polvo.

—Hemos perdido el acceso de la orilla sur. Los hombres del Círculo dejaron cargas bajo el camino antes de retirarse. Si intentamos cruzar, el arco caerá.

—¿Pueden entrar a la cámara por allí?

—No sin pasar por el puente. Pero nosotros tampoco podemos llegar a las galerías inferiores sin usarlo.

Isolde miró el mapa de luz. La montaña era una prisión. El Círculo estaba afuera. Ydrael estaba dentro. Todo parecía diseñado para obligarla a elegir a quién abandonar.

Darian apareció a su lado.

—Mi padre ha desaparecido.

Fue una herida puesta sobre la mesa.

Isolde se levantó despacio.

—¿Qué quieres decir?

—No estaba con los evacuados. Nadie lo vio después de la cuarta campana.

Morna, que se acercaba con una lista de bajas, se detuvo.

—Había tres hombres de Rhyne vigilando el carro de los heridos.

—Dos están muertos —dijo Darian—. El tercero dice que oyó una voz llamando a mi padre por su nombre. Mi padre se levantó antes de que pudieran detenerlo.

—¿Se levantó? —preguntó Isolde.

—Dijo que tenía que terminar algo.

La rabia quiso subirle por la garganta. La emoción apuntaba contra el patrón de hombres que pensaban que cargar solos con una culpa era una forma de proteger a quienes amaban, lejos de lord Rhyne.

—¿Adónde fue?

Darian señaló el bosque del sur.

—Hacia los árboles. Hacia ellos.

—Es una trampa —dijo Lysandra.

—Lo sé.

—Y aun así quieres ir.

—Es mi padre.

La respuesta tenía una verdad tan antigua que Isolde no pudo contestarla con dureza. Pensó en Maelia. En la mujer de la máscara diciendo viva. En todos los caminos imposibles que podían abrirse con una sola promesa.

—No vas a ir solo —dijo.

Darian la miró como si no esperase permiso ni ayuda. Eso fue lo que la hizo enfadarse de nuevo.

—Es que no permitiré que el Círculo nos separe de uno en uno porque así le resulta cómodo —añadió—.

Un cuerno sonó en la ladera norte. Sigrid volvió corriendo, acompañada por un guerrero de Skarde que Isolde no conocía. Llevaba un escudo sin insignia y el rostro desencajado.

—Varyn ha detenido a los suyos —dijo Sigrid—. Ha encontrado los cuerpos de dos exploradores con piedras azules en los bolsillos. Cree que el Círculo planeaba culpar a Skarde por la masacre.

—¿Y Cael? —preguntó Isolde.

—Ha ido a hablar con él.

—¿Solo?

—Con Cael, “solo” suele ser una decisión discutible.

La frase casi arrancó a Isolde una sonrisa. Casi.

El guerrero de Skarde dio un paso al frente.

—El príncipe pide que no entréis al bosque —dijo en un caleryano duro—. Dice que las luces azules marcan pozos de hielo bajo la nieve.

—¿Qué más dice? —preguntó Darian.

El hombre tragó saliva.

—Que ha visto a un prisionero de Caleryon escoltado hacia el puente viejo. Un hombre mayor. Herido.

Darian ya estaba moviéndose.

Isolde le agarró la muñeca.

—Esperamos a Cael.

—Si mi padre está vivo, no tenemos tiempo.

—Y si esto es una trampa, tampoco. No puedes seguir permitiendo que conviertan el amor por tu padre en una cuerda alrededor de tu cuello.

—No me digas eso como si tú no fueras a correr si te prometieran a Maelia al otro lado de la montaña.

La frase cayó entre los dos como algo frágil y roto.

Darian se arrepintió en el mismo momento en que la dijo. Isolde lo vio. Pero el daño ya estaba hecho.

—Tienes razón —dijo ella, con una calma que no sentía—. Correría. Por eso necesito que, cuando sea mi turno, alguien me recuerde que una promesa no es una prueba.

Él bajó la mirada.

—Lo siento.

—No necesito que lo sientas. Necesito que vuelvas vivo y que no me mientas cuando lo hagas.

Un golpe profundo sacudió el puente. Las líneas azules brillaron con violencia. Desde la garganta inferior subió un rugido diferente al de Ydrael: piedra contra piedra, un mecanismo antiguo poniéndose en marcha.

Los exploradores de Morna llegaron desde la orilla oeste, sin aliento.

—¡La compuerta de las minas se ha abierto! —gritó uno—. ¡No por arriba! ¡Por debajo del puente!

La quinta campana volvió a sonar.

Y, en el centro de la estructura, una losa negra se apartó para revelar una escalera que descendía hacia la oscuridad.

De ella salió la mujer de la máscara de ceniza.

No llevaba arma.

Llevaba la cadena rota de Ydrael enrollada alrededor de una mano.

—El reloj se ha acabado —dijo—. Elegid a quién dejáis morir primero.

La mujer de las cenizas

La mujer de la máscara no avanzó cuando salió de la escalera.

Esperó.

La cadena enrollada en su mano parecía un hilo casi transparente, aunque cada eslabón guardaba un destello dorado bajo la costra de ceniza. Isolde la reconoció aunque nunca la hubiera tocado. La sintió en el vínculo con Ydrael: una parte del dolor del dragón, arrancada de la oscuridad de la cámara.

—Suéltala —dijo.

La mujer inclinó la cabeza.

—No puedo.

—No quieres.

—Eso también.

Morna tensó el arco. Sigrid levantó el escudo. Darian dio un paso delante de Isolde, sin tocarla. Ella habría preferido que no lo hiciera. También agradeció el gesto. Ambas cosas podían ser ciertas y seguían siendo insoportables.

—¿Dónde está lord Rhyne? —preguntó Darian.

La mujer miró la sangre de su vendaje.

—Más cerca de la puerta que vosotros. Más lejos de casa de lo que imaginaba.

—No habléis con acertijos —dijo Isolde—. Ya habéis tenido siglos para disfrutar de vuestra propia voz.

Por primera vez, la máscara se movió con algo parecido a una sonrisa.

—No he tenido siglos. Únicamente he tenido el tiempo suficiente para equivocarme.

—¿Quién sois?

—Me llamé Serah cuando los nombres aún significaban una promesa. Fui guardiana de Cendral. Antes de que hubiera un Círculo. Antes de que Varek aprendiera a comprar las grietas que otros dejaban.

Lysandra soltó un sonido de incredulidad.

—Eso son más de cien años.

—Cendral no conserva a nadie de la manera correcta.

La mujer levantó un poco la cadena. El puente vibró. En lo profundo, Ydrael rugió y el dolor atravesó a Isolde como una lanza caliente. Tuvo que agarrarse a la barandilla.

—No —dijo Darian, con una furia que no escondió—. No la uséis.

—No la estoy usando a ella. —Serah lo miró a través de la máscara—. Os estoy enseñando el precio de fingir que una prisión puede seguir cerrada mientras todos quieren la llave.

—Mi madre no pensaba eso —dijo Isolde.

Serah se quedó inmóvil.

—Tu madre entendió demasiado bien que una puerta no es una respuesta. La cerró cuando el rey de Skarde quiso abrirla. Por eso desapareció.

El aire abandonó los pulmones de Isolde.

—¿La conociste?

—La vi escoger. Tenía la llave de fuego en una mano y la vida de su hija en la otra. Eligió el fuego.

—Estáis mintiendo.

—Ojalá. —La voz de Serah perdió por un instante esa calma insoportable—. Maelia hizo lo que yo no pude. Y por eso el Círculo la mantiene lejos de todo lo que ama.

La rabia de Isolde subió con tanta fuerza que casi quemó el miedo.

—Llevadme hasta ella.

—No puedo. Pero puedo llevarte hasta la elección que ella dejó sin terminar.

La mujer señaló el círculo de luz bajo el puente.

—El Círculo no quiere liberar a Ydrael. Quiere que el mundo crea que alguien lo ha liberado. Después pondrá un nombre sobre el miedo: Varek, un rey, un heredero... da igual. Necesita un amo para vender estabilidad.

—¿Y vosotros no queréis lo mismo? —preguntó Darian.

—Yo quiero que nadie vuelva a tener derecho a encadenarlo.

—Con una cadena en la mano.

Serah bajó la mirada hacia los eslabones. Pareció cansada. Después volvió a ser ilegible.

—Las contradicciones no dejan de ser ciertas porque las señaléis.

Dejó caer algo sobre la piedra. Era el anillo de lord Rhyne. La piedra verde estaba rota por la mitad.

—Está vivo. Por ahora. El Círculo le ha pedido que diga una frase en la cámara inferior. Una frase que solo una Casa de Caleryon puede pronunciar.

—¿Qué frase? —preguntó Darian.

—“Reconozco al guardián.”

Isolde comprendió antes que él. El antiguo juramento no necesitaba nombrar a un rey. Únicamente necesitaba que alguien con autoridad nombrara a quien estaba al otro lado de la puerta. Un dragón. Un arma. Un prisionero.

—No lo hará —dijo Darian.

—Los hombres hacen muchas cosas cuando alguien les promete que el dolor de sus hijos terminará. —Serah miró a Isolde—. La pregunta es qué harás tú cuando te prometan a tu madre.

Lysandra disparó.

La flecha atravesó la capa blanca de Serah. Durante un segundo, Isolde creyó que le había dado. Pero la figura se deshizo en ceniza antes de tocar el suelo. La cadena cayó sobre la piedra, se arrastró sola hacia la escalera y desapareció por la abertura.

El puente volvió a temblar.

Morna se asomó a la escalera.

—Hay un corredor abajo. Dos, quizá tres rutas. Y si ella dice la verdad, llevan a las cámaras.

—También puede llevarnos a una tumba —dijo Sigrid.

—Todo Cendral es una tumba —respondió Isolde.

Darian recogió el anillo de su padre. Su mano se cerró alrededor de la piedra rota.

—Voy abajo.

Isolde lo miró.

—Vamos abajo. Pero con una regla.

—¿Cuál?

—La próxima vez que te llegue un mensaje, me lo enseñas antes de creer que puedes resolverlo solo.

Él asintió. No prometió. Aquello, al menos, era un comienzo.