Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 16 ANTES DE LA NIEVE #5
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CAPÍTULO 16 ANTES DE LA NIEVE #5

Las paredes estaban cubiertas de placas de piedra donde los antiguos guardianes del río habían grabado a quienes habían muerto defendiendo las rutas de Cendral. Algunos eran de Caleryon. Otros llevaban apellidos de Skarde. Aelyn los leyó mientras Neral cerraba la puerta con tres cerrojos oxidados.

—Se suponía que este lugar era neutral —dijo.

El rey Ardan observó los nombres en silencio.

—Se suponía que muchas cosas lo eran.

Habían escapado del archivo por un pasadizo que desembocaba en las cocinas viejas. Dos guardias leales los habían alcanzado allí, pero no podían confiar en que siguieran siendo leales cuando Varek tuviera el palacio rodeado. Aelyn odiaba que la palabra leal se hubiera vuelto tan frágil.

Neral encendió una lámpara azul.

—La torre está al otro lado del claustro. Si los hombres de Varek no han tomado las campanas, podemos enviar una señal al norte.

—Buscamos algo que supere una señal —dijo Aelyn—. Una verdad.

El rey la miró.

—Una verdad puede ser más lenta que un ejército.

—Pero una mentira necesita que nadie la contradiga.

Sacó los nueve documentos. También había tomado un cuaderno de registros del archivo: pagos a mensajeros, préstamos convertidos en privilegios, el nombre de Hadrik y de otros capitanes junto a una oficina de cambio de Varek.

Era suficiente para impedir que la historia de Varek fuera la única que llegara a las calles.

—Hay impresores que no trabajan para el palacio —dijo—. Y comerciantes de muelle que odian a Varek desde antes de que naciera. Si publicamos estas garantías, la gente sabrá que no está pidiendo seguridad: está cobrando Caleryon.

—Y si el Consejo declara que son falsificaciones —dijo Neral—, os arrestarán por difamación de una Casa mayor.

—Ya intentaron arrestarnos por estar en una biblioteca. Creo que hemos superado la parte prudente de la noche.

El rey soltó una exhalación que podría haber sido una risa. Después se volvió serio.

—Si lo hacemos, no habrá vuelta atrás.

Aelyn pensó en Isolde. En la niña que había conocido antes de que ambas supieran hablar de reinos, cuando el mundo se reducía a esconderse debajo de una mesa durante las cenas del Consejo y jurar que algún día mandarían a todos los adultos a una isla lejana.

Isolde no había pedido cargar con una corona. Pero siempre había sabido qué hacer cuando alguien más tenía miedo.

—No quiero volver atrás —dijo Aelyn.

Salieron de la capilla por la puerta lateral.

El claustro estaba vacío, cubierto de lluvia.

Al fondo se alzaba la torre del río: una estructura estrecha con cuatro campanas de cobre y una lámpara en la cima.

Las torres de postas usaban combinaciones de luz para avisar de crecidas, incendios y barcos perdidos.

Antes de que el palacio tuviera mensajeros, el reino había aprendido a hablar por ríos.

Dos guardias esperaban frente a la puerta.

Aelyn reconoció a la capitana Orla. Le había enseñado a Isolde a sostener una espada de madera cuando tenían ocho años. La mujer no levantó la lanza, pero tampoco se apartó.

—Capitana —dijo el rey—. ¿Varek os ha dado una orden?

—Dice que debéis permanecer en palacio hasta que el Consejo determine si estáis capacitado para gobernar.

—¿Y vos qué decís?

Orla miró los documentos que Aelyn llevaba.

—Digo que llevo treinta años protegiendo esta torre y que nadie de Varek ha puesto un pie aquí hasta esta noche. Pero también digo que no sé qué está pasando en Cendral.

—Yo tampoco —respondió Aelyn—. Y por eso necesitamos poder decirlo sin que otro escriba la respuesta por nosotras.

La capitana mantuvo la mirada sobre ella. Después, muy despacio, apartó la lanza.

—Subid. Yo me quedaré abajo.

Las escaleras eran tan estrechas que el rey tuvo que subir detrás de Aelyn. Arriba, el viento arrancaba mechones de su cabello y hacía bailar la llama de la lámpara. Neral encontró el tablero de señales bajo una lona. El código antiguo estaba grabado junto a cada palanca.

—Una luz blanca, dos azules, una blanca —dijo—. Eso significa “río contaminado”.

—No queremos decirles que el río está contaminado —dijo Aelyn.

—No literalmente. Es la vieja señal de que nadie debe beber de los avisos oficiales.

Era perfecto.

El rey colocó la primera pieza de cristal sobre la lámpara. Aelyn giró la segunda. La luz blanca atravesó la lluvia. Luego azul. Azul. Blanca.

En la distancia, una torre respondió.

Después otra.

Una a una, las luces del río empezaron a repetir el mensaje hacia el norte.

Era algo más amplio: una advertencia para cada pueblo entre Caleryon y Cendral de que los decretos que llegaran aquella noche podían llevar veneno.

Abajo, sonó el choque de una puerta rota.

Orla gritó una orden.

Neral se asomó por la escalera.

—Los hombres de Varek.

Aelyn no dejó de girar la palanca.

—Sigue —dijo el rey.

—Si nos atrapan...

—Entonces al menos habremos conseguido que nos busquen bajo una luz que no pueden apagar.

La última torre encendió su señal en el horizonte. Tan lejos que parecía una estrella.

Y Aelyn comprendió que, por primera vez, Caleryon podía estar empezando a escucharse a sí mismo.