CAPÍTULO 16 ANTES DE LA NIEVE #4
No tenía formación de ejército. Los hombres del Círculo avanzaban en grupos pequeños, con los escudos altos y las piedras azules atadas a los cinturones.
Algunos llevaban los colores de Caleryon bajo capas blancas; otros, placas de Skarde.
Querían que quien los mirase encontrara un motivo para odiar al otro reino.
Isolde se negó a darles esa victoria.
—¡No disparéis hasta que estén en el centro! —gritó.
Morna giró hacia ella, escandalizada.
—¡Están a veinte pasos!
—Y detrás de ellos hay personas sin armadura.
La heredera había visto a la muchacha de dieciocho años sostener un estandarte blanco.
La vio ahora entre los que corrían, sin espada, empujada por una fila de hombres que no permitían que nadie retrocediera.
Había civiles mezclados con los atacantes.
Rehenes, reclutas, gente que quizá ni siquiera sabía a quién servía.
Morna entendió al instante. Cambió la orden.
—¡A las rodillas! ¡A los brazos! ¡Nada de fuego!
Las primeras flechas salieron bajas. Un hombre cayó y arrastró a otro. Las filas se trastabillaron. Fue suficiente para que Darian y los guardianes de la Casa Rhyne bajaran al primer tramo del puente y levantaran los escudos.
—¡Por Caleryon! —gritó uno de ellos.
Darian lo sujetó por el hombro.
—No. Por la gente que está detrás de nosotros.
El hombre lo miró, confundido. Luego asintió.
Ese pequeño cambio no parecía una victoria. Pero Isolde lo vio recorrer la línea: soldados de Caleryon junto a Sigrid y tres guerreros de Skarde, todos formando una sola barrera. No se llamaron aliados. No era necesario. Se cubrieron las espaldas.
El choque llegó con el sonido de metal contra madera.
Isolde peleó sin dejar de mirar. Una espada entraba por la derecha, otra sombra se acercaba por la izquierda, un civil se caía, una piedra azul brillaba demasiado cerca del borde.
Cada decisión parecía partirse en otras diez.
Derribó a un hombre con un golpe al cuello y vio que tenía un sello de la oficina de Varek cosido al interior de la muñeca.
Detuvo a una mujer que intentaba activar una piedra y descubrió que lloraba mientras lo hacía.
—No quiero estar aquí —sollozó la mujer cuando Isolde le torció el brazo—. Dijeron que si no venía se llevarían a mi hijo.
Isolde le quitó la piedra.
—Corre hacia los carros. Di que la heredera te ha enviado.
La mujer no se movió.
—¿Y si me matan?
—Entonces vuelve a mí. Pero no dejes que decidan por ti una vez más.
La soltó. Fue una apuesta. La mujer corrió.
La segunda oleada llegó antes de que la primera hubiera terminado.
Esta vez venían con una máquina de madera baja, equipada con ganchos. Estaba diseñada para arrancar las piedras del puente una por una.
—¡Quieren abrir un hueco sobre el río! —gritó Lysandra desde la torre de vigilancia.
Isolde comprendió. Si rompían el centro, la corriente arrastraría los cuerpos, la sangre, las armas y las piedras azules hasta la grieta inferior. Alimentarían Cendral con todo aquello. La montaña no distinguiría entre una batalla y un sacrificio.
—Darian —dijo.
Él ya había llegado a la misma conclusión.
—Vamos por la máquina.
—No. Tú mantienes la línea.
—Isolde.
—Mantienes la línea.
No esperó su respuesta. Saltó el borde roto de una losa, se deslizó entre dos escudos y corrió hacia el ariete. Un hombre intentó bloquearle el paso. La espada de Isolde se encontró con la suya y, al girar, reconoció el rostro.
Era el capitán de Caleryon que había visto en el palacio.
—Capitán Hadrik —dijo, sin aliento—. Mi padre confiaba en vos.
El hombre vaciló. La máscara que llevaba colgaba de su cinturón, sin usar.
—Vuestro padre ya no sabe qué necesita su reino.
—¿Eso te ha dicho Varek?
—Varek nos ofrece orden.
—Varek os ofrece una silla cerca de la mesa. No confundas eso con orden.
Hadrik atacó con rabia. Era un hombre que ya había decidido no hacerlo. Isolde bloqueó, giró, recibió un corte superficial en la mejilla y aprovechó el impulso para golpearle la muñeca. La espada cayó. El capitán miró el arma en el suelo y luego el hueco que se abría a unos pasos.
—No puedes detenerlo —dijo.
—No sola.
Rheskan rugió desde la ladera.
No descendió sobre el puente. No podía. En cambio, golpeó una garra contra la roca de la orilla.
La vibración recorrió la estructura. Las piedras azules de los cinturones del Círculo se encendieron todas al mismo tiempo y, por un instante, la luz reveló el mapa grabado bajo el puente: líneas azules que convergían hacia la cámara.
Lysandra lo vio desde arriba.
—¡Los conductos! —gritó—. ¡Las piedras están conectadas!
Isolde clavó la espada en el ariete de ganchos. El metal atravesó una de las piedras. La luz azul se apagó. De inmediato, el ariete se sacudió como si hubiera recibido un golpe desde dentro. Los hombres que lo empujaban soltaron las manijas y huyeron.
Una cadena se rompió.
La máquina cayó de costado. Sus ganchos arrancaron tres losas del borde, pero no el centro.
El puente aguantó.
Por ahora.
Isolde levantó la vista y encontró a Darian al otro extremo. Estaba de pie sobre una piedra rota, con la sangre de su costado atravesándole la venda. Frente a él había cinco hombres. Detrás, los guardianes de Rhyne empezaban a ceder.
El Círculo eligió ese instante para hablar.
Una de las sanadoras alzó una vara de piedra azul. Su voz se amplificó sobre el río.
—¡Darian Rhyne! Vuestro padre vive porque todavía esperamos que cumpláis.
Todos los sonidos parecieron hacerse pequeños.
—¡Retirad a vuestros hombres! —continuó la mujer—. Entregad el puente y el juramento de vuestra Casa quedará pagado.
Darian no miró a Isolde. Miró a los guardianes que esperaban una orden. Hombres que habían servido a su padre. Hombres que quizá tenían familias en Halar.
El papel de la cuarta campana ardía todavía en su bolsillo.
—Mi Casa no tiene derecho a cobrar sus deudas con vuestra sangre —dijo.
La mujer sonrió.
—Entonces elegís perderlo.
—Elijo que no vuelva a ser mi padre quien pague por una decisión que tomé yo.
Sacó el papel. Lo sostuvo sobre una llama de una antorcha caída. La tinta se retorció antes de arder. Una línea azul corrió por sus dedos como una quemadura y el puente tembló bajo sus botas.
Darian no soltó el papel hasta que fue ceniza.
Los hombres del Círculo respondieron con un grito y cargaron.
La batalla se volvió más feroz, pero algo había cambiado. No en los atacantes. En quienes defendían.
Los guardianes de Rhyne cerraron filas alrededor de Darian. Sigrid derribó al hombre que había llegado por su espalda. Morna consiguió hacer retroceder a los civiles forzados, abriendo un corredor para que escaparan. Isolde recuperó su espada y volvió al centro.
Cuando la noche empezó a caer de verdad, la línea blanca del Círculo se retiró hacia el bosque.
Era una pausa.
Y desde el interior de la montaña, una quinta campana empezó a sonar.
La torre del río
La capilla abandonada no tenía santos.
Tenía nombres.