CAPÍTULO 16 ANTES DE LA NIEVE #3
De dentro de su abrigo sacó una pieza de metal del tamaño de una moneda. Era un sello partido por la mitad. En un lado, el roble de Rhyne. En el otro, el círculo abierto por cuatro cortes que Isolde había encontrado en el guante del muerto.
—Este es el juramento que nos obligaron a renovar —dijo lord Rhyne—. Se activa con una orden escrita por el heredero de la Casa. Una retirada, una entrega de guardia, una autorización de paso. Cualquier cosa que deje abierta la ruta correcta en el momento correcto.
—¿Qué ruta? —preguntó Isolde.
—El puente central de Cendral. El único tramo que conecta las cámaras inferiores con la orilla de Caleryon.
—¿Y qué pasa si se abre?
El lord miró hacia la montaña.
—La puerta no necesita sangre real si la guerra ya ha alimentado las cerraduras. Únicamente necesita alguien que declare quién tiene derecho a lo que salga de ella.
Darian tomó el sello sin tocarlo del todo.
—No he firmado ninguna orden.
—Todavía.
La palabra quedó flotando entre los tres.
Isolde no miró el sello. Miró las manos de Darian.
Las conocía. Había visto esas manos sostener una copa en el festival, curar el ala de Rheskan con torpeza y sangre, alcanzar la suya en la oscuridad antes de entrar en la cámara.
Era insoportable que una mano pudiera ser tan conocida y, al mismo tiempo, esconder una promesa capaz de destruir un reino.
—¿Qué quieren de ti ahora? —preguntó.
Darian sacó la tira de tela negra que había guardado en el bolsillo. Esta vez había algo escrito al reverso, tinta fresca que no estaba allí la noche anterior.
Cuando suene la cuarta campana, retira a los guardianes del puente. Si eliges a la heredera, perderás a tu padre. Si eliges a tu padre, ella seguirá respirando.
Isolde leyó las palabras una vez.
—No dicen que yo viviré libre.
—Lo sé.
—Y aun así has guardado el mensaje.
—Porque quería encontrar una forma de romperlo antes de que llegara el momento.
—No existe una forma de romper algo que no le cuentas a la persona a la que afecta.
Darian bajó la cabeza.
El llanto de una trompa llegó desde el norte. Después otra. El sonido era de aviso. Sigrid salió de entre los carros, empapada de nieve y sangre ajena.
—Cael ha cruzado el río —dijo—. Dice que hay una fuerza del Círculo al sur. No son soldados de Varyn. Van hacia el puente.
Lord Rhyne se puso de pie con demasiada rapidez y tuvo que apoyarse en una roca.
—La cuarta campana.
Como si la montaña hubiera estado escuchándolo, algo sonó bajo sus pies.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
No venía de la torre. Venía de Cendral, desde debajo del río.
Darian miró el papel.
La tinta de la última línea empezaba a moverse.
No llegues tarde.
La cuarta campana
La cuarta campana no sonó como las otras.
Fue un grito metálico que subió por el río y se abrió sobre el paso. Las copas de los árboles temblaron. La nieve se desprendió de las cornisas. Rheskan levantó la cabeza con un rugido de dolor que hizo que todos los niños se taparan los oídos.
En la ladera norte, los estandartes de Skarde se movieron.
—¿Varyn ha vuelto a atacar? —preguntó Lysandra.
Sigrid miró a través del humo.
—No. Se está retirando de la garganta.
—¿Por qué?
La respuesta llegó desde el río.
Cael apareció entre las rocas de la orilla con la capa empapada y la espada desenvainada.
Llevaba a dos soldados detrás; no eran suficientes para formar una escolta, pero los tres avanzaban como si no tuviesen tiempo para sentir cansancio.
Cael tenía una herida nueva en el brazo y el rostro blanco por la pérdida de sangre.
—Porque ha visto lo que viene por el sur —dijo.
No saludó. No preguntó por nadie. Señaló al otro lado del río.
Entre los árboles empezaron a encenderse luces azules.
No eran antorchas. Eran piedras de señal incrustadas en varas largas, idénticas a las que los hombres del Círculo habían usado en los puentes y las rutas de evacuación. Una tras otra, dibujaron una línea hacia el centro del paso.
—¿Cuántos? —preguntó Morna.
—No lo sé. Demasiados para ser una patrulla. Pocos para ser un ejército. —Cael se pasó una mano por la frente—. No vienen a ocupar la ladera. Vienen a tomar el puente.
Darian mostró el mensaje sin decir nada.
Cael lo leyó. Su mirada pasó de las letras a Darian.
—¿Retirarás a tus guardianes?
La pregunta era justa. También era una espada.
—No —dijo Darian.
—Entonces quemad el papel y moveos.
Isolde dio un paso entre los dos antes de que las cosas que no podían decirse encontraran un modo de convertirse en violencia.
—No podemos defender el puente con todo el mundo en esta orilla —dijo—. Si el Círculo quiere una batalla, no se la vamos a regalar encima de los civiles.
—¿Qué propones? —preguntó Cael.
—Evacuamos por el sendero de las minas. Morna lleva a las familias. Sigrid toma a quienes de Skarde quieran escoltarlas. Lysandra y los ingenieros preparan cargas para cortar el acceso sur si el Círculo llega primero.
—¿Y el puente? —preguntó Darian.
Isolde miró el río.
El puente central de Cendral era una espina negra que atravesaba la garganta.
Más allá, la entrada a las cámaras inferiores se abría como una herida en la montaña.
Si lo perdían, los hombres de las máscaras quedarían entre Ydrael y el reino.
Si lo defendían con todo, los civiles quedarían atrapados en la línea de fuego.
—Lo defendemos con quienes hemos venido a defenderlo —dijo.
——Eso es lo que tenemos.
Cael la observó un instante. Después, contra toda expectativa, asintió.
—Entonces yo cubro el flanco norte. Varyn no atacará mientras crea que esa gente viene a tomar algo que le corresponde.
—¿Podéis convencerlo? —preguntó Sigrid.
—No. Pero puedo hacer que desconfíe de sus aliados. A veces es lo más parecido a la paz.
Se volvió para irse. Isolde lo detuvo con una palabra.
—Cael.
El príncipe miró por encima del hombro.
—No uses la caja.
La expresión de él no se movió, pero algo en sus ojos se cerró.
—No lo haré.
—No me basta con que lo digas.
—Entonces tendré que volver para demostrarlo.
Y se marchó hacia la nieve antes de que ella pudiera responder.
Morna empezó a repartir órdenes. El campamento dejó de ser un lugar de supervivientes y se convirtió en un cuerpo que intentaba moverse antes de que le cortaran las piernas.
Se oían niños, ruedas, nombres. Las palabras de los soldados eran cortas y secas.
Nadie prometía que saldrían. Solo les daban una dirección.
Isolde subió hasta Rheskan.
El dragón intentó ponerse en pie. El ala herida se abrió apenas y el dolor lo sacudió como una cadena.
—No —dijo ella, apoyando una mano contra sus escamas calientes—. No vas a pelear por mí.
El ojo dorado se fijó en el suyo.
No había palabras, pero el vínculo le devolvió una imagen: la cámara, Ydrael sujeto, las máscaras acercándose al puente. Después otra: Isolde cayendo bajo una corriente de piedra, sola.
—No voy a caer —susurró.
Rheskan resopló. Era claramente una opinión, no una aceptación.
Darian llegó detrás de ella con el equipo de guardia. Se había vendado el costado, pero su camisa tenía una mancha oscura que seguía creciendo.
—Lysandra dice que podemos mantener el puente una hora —dijo.
—¿Y después?
—Después dependerá de si los ingenieros consiguen derrumbar el arco sur sin enterrarnos con él.
Isolde asintió. Quiso decir algo sobre el papel, sobre las promesas, sobre la forma en que su voz había sonado al responder a Cael. No dijo nada. Había un momento para exigir la verdad. Aquella era la hora en que la mentira estaba corriendo hacia ellos con una espada.
—Entonces una hora —dijo.
Caminaron hacia el puente juntos, pero ya no de la mano.
En el centro de la estructura, las piedras vibraban bajo sus botas. El río pasaba demasiado abajo, furioso y gris. A un lado, la montaña mostraba las grietas que conducían a la cámara. Al otro, la orilla sur se llenaba de puntos azules.
Los primeros hombres del Círculo salieron del bosque sin máscaras.
Eso fue lo peor.
Eran rostros normales. Un viejo de barba corta.
Una muchacha de no más de dieciocho años.
Dos mujeres con las túnicas de una orden de sanadoras.
Un capitán de Caleryon al que Isolde había visto en el palacio el año anterior.
Llevaban armas, sí, pero también estandartes blancos, como si vinieran a negociar.
La mujer que iba delante alzó las manos.
—Heredera Valarys —gritó—. Hemos venido a impedir la guerra.
Morna escupió al suelo.
—Qué considerados.
Isolde no bajó la espada.
—Entonces retroceded y llevad vuestros hombres lejos del río.
—No podemos. El puente pertenece a quienes pueden mantener la estabilidad de los dos reinos.
—El puente pertenece a nadie. Por eso habéis venido a robarlo.
La mujer sonrió con una paciencia casi amable.
—El rey de Skarde quiere una frontera segura. Varek quiere evitar que vuestro reino se hunda. El heredero Rhyne quiere salvar a su padre. Todos quieren lo mismo, aunque lo llamen de otra manera.
Darian dio un paso al frente.
—No habléis por mí.
—Pero ya hablasteis por vosotros mismos cuando respondisteis a nuestra carta.
La frase no fue fuerte. No necesitaba serlo.
Isolde sintió cómo cada soldado cercano miraba a Darian. Solo un segundo. Solo una sombra de duda. Era suficiente.
Él no se defendió con palabras. Sacó el sello partido de su padre y lo arrojó al río.
El metal cayó girando entre la nieve.
Durante un instante, nada ocurrió.
Después el agua se volvió azul.
Una columna de luz surgió bajo el puente. Las piedras se abrieron en líneas finas. Al otro lado, desde las cámaras, Ydrael rugió con una furia que era advertencia.
La mujer del Círculo perdió la sonrisa.
—No sabéis lo que habéis activado.
—No —dijo Isolde—. Pero vosotros tampoco controláis todo lo que despertáis.
La primera flecha cruzó el puente antes de que nadie diera una orden.
La batalla empezó.
* * *
La primera oleada llegó corriendo.