CAPÍTULO 16 ANTES DE LA NIEVE
El primer signo de que algo había cambiado fue el olor.
El corredor de drenaje olía a vapor, hierro viejo y agua mineral. Cuando Isolde y los demás emprendieron el regreso, el olor a humo llegó antes que los gritos. Era un humo espeso, de aceite, que se pegaba a la garganta y volvía negra la luz de las lámparas.
Lysandra levantó un puño. Todos se detuvieron.
—No es el campamento —dijo.
Había demasiado miedo en su voz para que pudiera significar algo bueno.
Avanzaron por la galería, ya sin intentar caminar en silencio.
Darian desenvainó la espada. Los ingenieros cargaron las ballestas cortas que Morna les había dejado.
Isolde sostenía la caja de Skarde bajo un brazo y la mano contra la pared bajo el otro, buscando el calor de Ydrael como quien busca una dirección bajo el agua.
No encontró al dragón.
Encontró pánico.
El vínculo se había convertido en una sacudida desordenada, como si alguien golpeara una cadena desde muy lejos.
—¿Lo notas? —preguntó Darian.
Isolde asintió.
—Están haciendo algo con las cadenas.
—¿Abriendo la puerta?
—No. No todavía.
Salieron al recinto donde habían dejado las provisiones y las mantas. La mitad de las tiendas ardía. Dos carros habían sido volcados para crear una barricada y, detrás de ella, Morna dirigía a seis soldados contra una figura que no llevaba los colores de ningún reino.
Eran hombres y mujeres con capas de ceniza. Llevaban máscaras sencillas, sin emblemas, y atacaban con una disciplina que no era la de un ejército. No buscaban ganar terreno. Buscaban separar a los que defendían de los que huían.
—¡A la izquierda! —gritó Morna al verlos—. Han cerrado la salida de la ladera.
Isolde corrió.
Un hombre enmascarado apareció de detrás de un carro.
Su hoja descendió hacia Lysandra. Isolde levantó la espada por reflejo.
El impacto le entumeció el hombro. El atacante era rápido, pero no esperaba que ella respondiera con una patada a la rodilla y un golpe corto con el pomo de la espada. Cayó. No lo mató. No tuvo tiempo.
Darian se colocó a su espalda, cubriendo el ángulo que ella no podía ver.
—La ruta de retirada —dijo entre dos golpes—. La han sellado con los carros.
—Entonces abrimos otra.
—No hay otra.
La frase apenas había terminado cuando una explosión resonó desde la galería oeste. La montaña respondió con un crujido largo. El suelo se inclinó unos dedos y una lluvia de polvo cayó del techo.
Los civiles que todavía quedaban en el recinto comenzaron a gritar.
Isolde vio a un niño debajo de la mesa de los vendajes. Vio a su madre, inmóvil de terror, al otro lado de una línea de fuego. Vio a Morna perder dos hombres y no perder ni un segundo en lamentarlo porque estaba demasiado ocupada salvando a los vivos.
Y vio algo peor: tres soldados con los colores de Caleryon peleando junto a las máscaras de ceniza.
No eran mercenarios que se hubieran equivocado de lado. Eran soldados del reino, con el roble rojo bordado sobre el pecho.
Uno de ellos apuntó una ballesta hacia una familia que intentaba llegar a la salida.
—¡Por orden de la comisión de seguridad! —gritó—. Nadie cruza hasta que se identifique a los infiltrados de Skarde.
Morna soltó una carcajada sin alegría.
—¿Comisión? Aquí no hay comisión.
—La habrá cuando la heredera deje de poner Caleryon en peligro.
Isolde sintió que las palabras le atravesaban el pecho porque conocía la forma de una mentira preparada. La había visto en las plazas, en los decretos falsos, en cada mensaje que llegaba demasiado tarde para ser refutado.
El soldado volvió a levantar la ballesta.
—¡Bajad las armas!
—No —dijo Isolde.
Su voz no fue alta. Aun así, el hombre la oyó.
La heredera caminó hacia él. Darian dijo su nombre, pero ella no se detuvo.
—Estás usando los colores de mi padre para apuntar a mi gente —continuó—. Si dices que tienes una orden, enséñala.
El hombre sonrió detrás de la bufanda que le cubría la boca.
—No respondo ante una heredera que ha invitado al hielo a nuestras fronteras.
La frase era una chispa. Bastaba para que alguien del campamento recordara el ejército de Varyn y mirara a Sigrid, que acababa de llegar herida desde el borde del paso. Bastaba para que el miedo hiciera el trabajo del Círculo.
Isolde no miró a Sigrid. Miró a las manos del soldado.
—Entonces respondes ante tu juramento. La primera línea del juramento de Caleryon. Dila.
Él no se movió.
—Dila —repitió Isolde.
La mujer que estaba junto a él atacó antes de que pudiera responder.
Darian interceptó el golpe. Se movió con una violencia que Isolde no le había visto en el rostro por ella.
La espada de la mujer rozó el costado de Darian y él la desarmó de un giro.
Le perdonó la vida, la empujó contra el carro y siguió cubriendo a Isolde.
El falso soldado aprovechó el movimiento para disparar.
La flecha no llegó.
Una sombra roja descendió sobre el techo roto del recinto.
Rheskan no podía volar bien con el ala vendada, pero abrió las alas lo suficiente para llenar el espacio con calor y humo.
La flecha se desvió en el aire. El rugido que lanzó fue bajo, contenido, y aun así hizo caer de rodillas a dos de los hombres enmascarados.
El niño bajo la mesa dejó de llorar.
Isolde sintió el dolor de Rheskan como una punzada detrás de los ojos. También sintió su decisión. No quería quemar a nadie. No mientras hubiera civiles.
—Morna, por el paso de servicio —ordenó Isolde—. Los que puedan caminar, con los heridos. Lysandra, abre los carros. Sigrid, protege la retaguardia.
—¿Y tú? —preguntó Darian.
—Voy a recuperar la salida.
—No sola.
—No te he pedido que vengas.
—No ha hecho falta.
Por un instante, la respuesta le recordó el hombre con quien se había comprometido. El que sabía cuándo no decir algo hermoso para que pareciera cierto. Isolde odió que le doliera recordarlo.
Corrieron hacia la ladera.
La salida de drenaje estaba bloqueada por un arco derrumbado y dos carros incendiados.
Detrás, una hilera de máscaras de ceniza vigilaba la garganta del paso.
No tenían intención de dejar salir a los civiles.
Querían comprimirlos allí abajo, entre la roca y la guerra, hasta que alguien escogiera la sangre correcta para abrir una puerta.
Uno de los enmascarados sostenía una campana pequeña de metal oscuro. La hizo sonar.
El ruido fue casi delicado.
Ydrael gritó bajo la montaña.
Isolde se dobló. La caja de Skarde vibró contra su costado. Darian la sujetó antes de que cayera.
La voz de la mujer de la máscara volvió a su memoria: Las trompas de arriba son la última llave.
No eran solo las trompas. Eran señales. Campanas. Órdenes falsas. Cada gesto destinado a hacer que los dos ejércitos respondieran con miedo.
—No quieren abrir la puerta con nuestra sangre —dijo Isolde, recuperando el aire—. Quieren que la montaña la abra con la de todos.
Darian miró la campana.
—Entonces hay que romper la señal.
—Y sacar a la gente antes de que puedan tocar otra.
Rheskan descendió un poco más. Isolde apoyó la palma sobre la roca y envió hacia él una imagen: fuego estrecho, piedra abierta, camino libre.
El dragón respondió con una exhalación controlada. Una línea de llama cruzó el techo sobre los carros hacia las cadenas que los fijaban al derrumbe. El metal se abrió. Los carros rodaron a un lado.
El paso quedó libre durante tres latidos.
Morna lanzó a los civiles hacia la salida. Sigrid y los soldados de Skarde hicieron una muralla con los escudos. Lysandra empujó a una anciana que se negaba a dejar a su hijo herido y le gritó que volvería por él.
El hombre de la campana corrió hacia Isolde.
Darian lo alcanzó antes. Sus espadas chocaron. El enmascarado era bueno; demasiado bueno para ser un simple saboteador. Golpeó el hombro ya herido de Darian y logró hacerle caer una rodilla. Isolde llegó al mismo tiempo. Entre los dos, lo obligaron a retroceder.
La campana cayó al suelo.
El enmascarado la buscó con la mano.
Isolde la aplastó con el talón.
No se rompió. El metal oscuro se hundió un poco, como cera fría. Pero dejó de sonar.
El hombre la miró y, por primera vez, perdió la calma.
—No entendéis lo que estáis impidiendo —dijo.
—Sí —respondió Isolde—. Estoy impidiendo que decidáis quién debe morir para que el mundo os parezca ordenado.
Él sonrió de nuevo, pero ahora era una sonrisa triste.
—No. Estás impidiendo que tu prometido llegue a tiempo.
El hombre se clavó una aguja en el cuello antes de que Darian pudiera detenerlo.
Cayó sobre la nieve negra.
En su guante llevaba bordado un símbolo que Isolde no conocía: un círculo abierto por cuatro cortes, como si alguien hubiera intentado dividirlo sin conseguirlo.
Y en el bolsillo interior de su abrigo encontraron un papel mojado por el vapor.
Era una lista de nombres.
El de Isolde estaba el primero.
El de Darian, debajo.
Y, al lado de ambos, una sola palabra escrita con tinta azul:
Separar.
Las nueve firmas
Aelyn no estaba acostumbrada a sentirse inútil.
Había pasado cinco días defendiendo Caleryon con cartas, sellos y una voz que se negaba a temblar.
Había encontrado documentos falsificados, había impedido que el Consejo aprobara una comisión de seguridad en nombre de una heredera ausente y había aprendido que el miedo de los hombres importantes se parecía mucho a la ambición cuando se sentaban alrededor de una mesa.
Pero aquella madrugada, en una sala cerrada del archivo real, todo lo que tenía era una vela, nueve documentos y la certeza de que llegaba tarde.
El archivero mayor, un anciano llamado Neral que había servido a tres reyes y no confiaba en ninguno, colocó el último pliego sobre la mesa.
—No debería estar aquí —murmuró.
—Lo sé.
—Ni vos.
—Eso lo sé mejor.
Aelyn alisó el papel. Era una garantía de préstamo de la Casa Varek. Nada que por sí solo constituyera un crimen. Los Varek prestaban dinero. Era la razón por la que casi nadie hablaba de ellos como una Casa rival: habían conseguido que las deudas parecieran más civilizadas que los ejércitos.