CAPÍTULO 15 VANGUARDIA #4
—No voy a dejar de ir porque una parte de mí tenga miedo o culpa. Si esperamos a ser personas puras para hacer lo correcto, el Círculo ganará siempre.
Darian la miró en silencio. Después sacó algo del bolsillo: la tira de tela negra con el roble bordado y la palabra corre.
—No te conté todo sobre esto —dijo.
El corazón de Isolde se cerró.
—Lo sé.
—La nota llegó de alguien que conoce a mi padre. No decía que corriera de Halar. Decía que corriera hacia Cendral antes de la primera nieve. Creo que querían que yo viniera. Creo que querían que te trajera.
—Y aun así viniste.
—Sí.
La palabra fue tan simple que resultó más dolorosa que una excusa.
—Porque había civiles —continuó Darian—. Porque las órdenes eran falsas. Porque pensé que, si venía, podría encontrar otra salida antes de que te obligaran a entrar. Pero también porque una parte de mí creyó que, si podía llegar a mi padre, podía arreglar algo que él rompió.
Isolde sintió que el vapor se volvía frío.
—¿Me usaste como parte de ese plan?
Darian cerró los ojos.
—No.
—¿Seguro?
—No como ellos querían. Nunca para entregarte.
La respuesta no era suficiente. Pero tampoco era una mentira evidente. Era el territorio más peligroso: el de una persona que cree que sus motivos la protegen de las consecuencias.
—¿Qué significa «no como ellos querían»? —preguntó.
Él no respondió.
El silencio les dejó una distancia imposible de cruzar con un abrazo o un beso.
—No puedo seguir amándote a través de huecos —dijo Isolde.
La frase le cambió el rostro. Darian no intentó defenderse.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
Él abrió la boca. Desde el campamento, una voz llamó su nombre. Lord Rhyne se había puesto de pie, pálido, señalando la ladera norte.
Varyn estaba allí.
Sus tropas descendían entre la nieve, estandartes grises alzados, lanzas brillando bajo la luna. No venían a negociar.
Cael gritó órdenes en la lengua de Skarde. Sigrid reunió a los pocos soldados que todavía le respondían. Morna miró a Isolde.
—Si Varyn toma la salida, nos corta de la cámara y de la ruta oeste.
—Entonces tenemos que elegir ahora —dijo Lysandra.
La decisión que Darian no había terminado de explicar quedó suspendida entre ellos. No desapareció. Únicamente fue desplazada por una amenaza más inmediata.
Cael se acercó a Isolde con la caja de sangre de Skarde en la mano.
—Entrad por la puerta de drenaje —dijo—. Yo sostendré la salida con Sigrid.
—No puedes contra cuatro compañías.
—No necesito vencerlas. Necesito que Varyn crea que su enemigo está aquí arriba.
—Eso te matará.
—Probablemente.
—No acepto ese plan.
Cael sonrió sin humor.
—No es una alianza, Alteza. No hace falta que aceptéis todo lo que hago.
La frase le recordó Vayren, la primera vez que había discutido con él como si los dos tuvieran tiempo de odiarse tranquilamente. Le pareció otra vida.
—Vuelve —dijo.
—Es una petición desesperada, lo sé.
—Sí.
Cael le entregó la caja.
—No dejéis que la usen.
Luego se volvió hacia la ladera, donde Varyn levantaba una espada de hielo contra la noche.
Darian tomó la mano de Isolde. Ella no la retiró. Era la necesidad de no caminar sola hacia una puerta que quizá no los dejara salir siendo las mismas personas.
Junto a la entrada de drenaje, lord Rhyne habló por última vez antes de que descendieran.
—Si oís a alguien prometeros que puede salvarlo todo, no le creáis. Esa fue la primera mentira del Círculo.
La montaña tembló.
Isolde, Darian, Lysandra y los ingenieros entraron en la oscuridad.
Arriba, las trompas de Skarde empezaron a sonar.
* * *
La cámara principal estaba dentro de la tierra.
El corredor descendía hasta que las paredes dejaron de parecer piedra cortada por manos humanas.
Eran capas de basalto plegadas sobre sí mismas, como si la montaña hubiera cerrado un puño alrededor de algo vivo.
El aire vibraba. Un latido profundo, lento y enorme hacía vibrar el aire desde debajo del agua y de los pasos.
Ydrael.
Isolde avanzaba con una mano en la pared. La otra sostenía la caja de sangre de Skarde. Cada vez que el recipiente se acercaba a la roca, la sustancia plateada se movía dentro como si quisiera escapar.
—No le gusta —murmuró.
—No le gusta nada de esto —dijo Darian.
Lysandra iba delante con los ingenieros. Nadie hablaba más de lo necesario. El ruido de las trompas de arriba se había vuelto lejano, reducido a un temblor que llegaba a través de las grietas.
Al final del corredor encontraron una puerta circular de obsidiana. No tenía cerradura visible. En el centro había dos depresiones: una con la forma de una llama de cinco puntas; otra, con la forma de un copo de nieve.
—La sangre Valarys y la de Skarde —dijo Darian.
—No —dijo Isolde—. Esa es la forma en que quieren que la abramos.
—¿Y qué otra forma hay? —preguntó uno de los ingenieros.
La respuesta llegó desde el otro lado de la puerta.
—Ninguna.
La voz era de mujer. Serena. Demasiado cerca.
La obsidiana se volvió transparente.
Al otro lado había una sala inmensa, iluminada por ríos de fuego que corrían por el suelo bajo capas de hielo. En el centro, suspendido dentro de una red de cadenas de plata y piedra, estaba Ydrael.
El dragón era más grande de lo que Isolde había imaginado. Sus escamas mostraban bordes negros y un centro dorado, como metal al rojo vivo. Tenía un ala plegada contra el cuerpo y la otra extendida hasta tocar casi las paredes de la caverna. Sus ojos estaban abiertos.
Oro fundido.
Cuando miró a Isolde, el vínculo la atravesó.
Fue dolor compartido. Soledad. Rabia. Siglos de ser despertado solo para que alguien intentara usarlo. La sensación de reconocerla y no saber si ella era otra carcelera.
Isolde cayó de rodillas.
—No —susurró—. No soy—
Ydrael rugió.
La caverna tembló. Las cadenas se encendieron con una luz azul y el dragón se arqueó de dolor. Isolde gritó también, sin entender por qué. Darian la sujetó por los hombros. Lysandra ordenó retirarse de la puerta.
La mujer al otro lado apareció junto a las cadenas. Llevaba una capa blanca manchada de ceniza y una máscara de metal que cubría la mitad de su rostro. Era más joven, aunque sus ojos tenían la misma tristeza cansada.
—No podéis liberarlo sin abrir la herida —dijo—. Y no podéis abrir la herida sin pagar el precio.
—¿Quién sois? —preguntó Isolde.
—Una persona que aprendió demasiado tarde que las cadenas no se rompen con buenas intenciones.
—¿Trabajáis para el Círculo?
—Trabajo para lo que queda cuando las Casas terminan de jugar a la guerra.
La respuesta no significaba nada. Eso era lo que la hacía peligrosa.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó Isolde.
La mujer se quedó quieta.
—Viva.
El mundo dejó de moverse.
—¿Dónde? —preguntó Isolde, con la voz rota.
—No aquí. No todavía. Si queréis verla, abrid la puerta.
Darian agarró el brazo de Isolde antes de que pudiera acercarse a las depresiones.
—No.
—Ha dicho que está viva.
—También ha dicho que trabajaba para lo que queda cuando las Casas se destruyen. No podemos confiar en una frase que te entrega exactamente lo que llevas años buscando.
La mujer de la máscara inclinó la cabeza.
—El amor os hace tan previsibles.
La frase encendió una rabia limpia en Isolde.
—No sabéis nada de mí.
—Sé que no dejaréis al dragón. Sé que no dejaréis a vuestra madre. Sé que no dejaréis a vuestro prometido cuando descubráis qué ha elegido. Eso basta.
Darian se puso pálido.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Isolde.
La mujer no respondió. Se acercó a Ydrael y apoyó una mano sobre una de las cadenas. El dragón rugió de dolor. La caja de sangre de Skarde vibró con violencia.
—Las trompas de arriba son la última llave —dijo ella—. Cuando los dos ejércitos derramen suficiente sangre en la línea, la puerta se abrirá sola. Vosotros podéis entrar y decidir cómo usar lo que encontréis. O podéis quedaros fuera y ver cómo lo hace otra persona.
—¿Varek? —preguntó Lysandra.
—Varek es una ambición pequeña. No confundáis al hombre que quiere una corona con quienes construyeron la mesa donde se coronan los hombres.
Las palabras dejaron un frío que ni el fuego de la caverna podía combatir.
Ydrael volvió a mirar a Isolde. Esta vez, en medio del dolor, ella sintió una imagen: una mujer sobre un dragón negro, cabello oscuro al viento, una mano extendida hacia una grieta.
Maelia.
Estaba viva. O había estado viva cuando Ydrael la vio.