Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 15 VANGUARDIA #3
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CAPÍTULO 15 VANGUARDIA #3

Darian preparó la mezcla bajo las indicaciones de su padre, que hablaba desde la otra orilla.

El aceite y la sal formaron una pasta oscura.

Isolde la extendió sobre la escarcha, milímetro a milímetro.

No usó fuego. Sentía la tentación, pero el calor constante que necesitaban tenía que venir de Rheskan, no de ella.

—Respira —le dijo—. No luches contra el frío. Dale un lugar al que ir.

Eran las palabras de Maelia, dichas años atrás cuando Isolde era niña y se quemaba las manos por querer hacer una llama más grande de lo que podía controlar.

Rheskan exhaló.

El aire caliente recorrió el ala herida. La mezcla empezó a burbujear. La escarcha se quebró en placas azules. Isolde siguió trabajando mientras Darian sostenía la piedra de calor cerca de la herida.

El proceso duró horas.

Durante ese tiempo, nadie atacó. Eso era una advertencia. El Círculo estaba ocupado preparando algo más grande, o sabía que no necesitaba interrumpirlos para ganar.

Cuando la última placa de hielo se desprendió, Rheskan lanzó un rugido bajo y doloroso. Después movió el ala. La membrana estaba desgarrada, pero viva.

Isolde cayó de rodillas de alivio.

El dragón apoyó la cabeza contra su pecho con cuidado, como si temiera romperla.

Darian se sentó a su lado. Tenía las manos negras de la mezcla y la cara cubierta de hollín.

—Ha funcionado —dijo.

—Sí.

—Tu madre te enseñó eso.

—Mi madre me enseñó muchas cosas que no entendí hasta que la perdí.

El silencio se volvió suave por primera vez en días. Darian le rozó la mano, no para pedir nada, solo para recordar que estaba allí.

En la otra orilla, lord Rhyne empezó a toser. El sonido rompió el momento.

Cuando regresaron, el hombre pidió hablar con Isolde a solas. Darian se negó al principio. Su padre le sostuvo la mirada.

—Si quieres saber algo de mí, hijo, aprende a no escuchar cada conversación como si fuera una emboscada.

La frase lo hirió. Darian se alejó, no sin antes mirar a Isolde como si le pidiera que tuviera cuidado.

—¿Qué queréis? —preguntó ella al lord.

—Pediros perdón no serviría de nada. Pero quiero daros algo que Maelia quiso que encontrarais.

Sacó de la manga un pequeño disco de metal. No llevaba el roble Rhyne. Llevaba una llama rodeada por una cadena rota.

—Ella me lo entregó la noche antes de desaparecer —dijo—. Dijo que, si no volvía, no debía dejar que su hija llegara a Cendral sola. Yo no cumplí esa promesa.

Isolde tomó el disco. En el reverso había una inscripción ashai.

El que abra la prisión debe aceptar perder aquello que utiliza para abrirla.

—¿Qué significa? —preguntó.

Lord Rhyne pareció aún más viejo.

—Que el Círculo no quiere solo un dragón. Quiere que la llave se rompa después de usarse. Quiere que quien abra la puerta deje de poder cerrarla.

Isolde miró sus propias manos.

Sangre Valarys. Una llave viva. Una cosa que podían gastar.

—¿Y Darian lo sabe? —preguntó.

El lord cerró los ojos.

—Sabe una parte. Yo le he dejado demasiadas partes para que las descubra solo.

Todo aquello resultaba insuficiente; las palabras de ese hombre jamás devolverían los años de silencio. Pero Isolde entendió algo terrible: Darian estaba intentando encontrar una forma de no perder a su padre, a su casa y a ella al mismo tiempo.

Y el Círculo había construido el mundo de manera que esa forma quizá no existiera.

* * *

Cael volvió al anochecer con siete personas menos de las que se había llevado.

Sigrid llegó primero, a pie, con el brazo izquierdo inmovilizado contra el pecho.

Detrás de ella venía Cael, cubierto de barro hasta las rodillas, con una grieta de sangre seca cruzándole la frente.

No llevaba caballo. No llevaba el abrigo negro.

Únicamente una espada, una capa gris rasgada y una caja de metal apretada contra el costado.

Cuando Isolde lo vio aparecer entre la niebla, sintió alivio. Después se recordó que no tenía tiempo para esa emoción.

—¿Varyn? —preguntó Lysandra.

—Vivo —dijo Cael—. Y convencido de que soy un traidor.

—¿Cuántos hombres tiene? —preguntó Morna.

—Suficientes para tomar la cara norte del paso. No suficientes para ganar una guerra si la gente deja de creer sus órdenes.

—Eso es una respuesta esperanzadora —dijo Darian.

—No lo era.

Cael dejó la caja de metal sobre una roca. Tenía el mismo tamaño que un cofre de joyas, pero parecía más pesada. En la tapa había grabado un copo de nieve partido por una línea vertical.

—¿Qué es? —preguntó Isolde.

El príncipe la miró.

—Una llave de Skarde.

El aire se volvió frío de otra manera.

—¿Sangre real? —preguntó Darian.

Cael asintió.

—Varyn llevaba esta caja. Dice que el rey Halvar se la entregó para “asegurar la estabilidad del paso”. No creo que mi padre conozca todo lo que está haciendo el Círculo. Pero creo que sabe que Cendral tiene una puerta y quiere controlar quién la cruza.

—¿Podéis abrirla? —preguntó Isolde.

—Sí.

La respuesta fue una carga.

—¿Y queréis hacerlo? —preguntó ella.

Cael la miró como si la pregunta fuera absurda.

—No.

—Pero el Círculo puede usarla.

—Puede usarme si me atrapa. O puede usar a Varyn si él cree que la llave le dará ventaja contra Caleryon. Eso es lo que intenté impedir.

Sigrid se sentó cerca del fuego con una mueca de dolor.

—Varyn no escuchará una carta ni una explicación. Cree que el príncipe se ha aliado con la heredera de fuego y que el paso debe tomarse antes de que vosotros lo hagáis.

—No estamos intentando tomar el paso —dijo Isolde.

—Lo sé. Pero las personas que quieren una guerra no necesitan que sus enemigos hagan algo. Únicamente necesitan decir que podrían hacerlo.

La frase parecía hecha para Aelyn. Isolde pensó en su amiga dentro de un palacio donde las palabras también se habían convertido en armas.

Cael abrió la caja. Dentro no había una llave de metal. Había un pequeño recipiente de cristal lleno de una sustancia plateada que se movía como humo líquido.

—Sangre de la Casa Halvar —dijo—. Una gota basta para activar las cerraduras antiguas.

—¿Cuántas gotas hay? —preguntó Lysandra.

—Demasiadas.

Darian observó el recipiente con una tensión que Isolde reconoció. La misma que había mostrado al hablar de su padre. Otra herramienta hecha de linaje. Otra forma de convertir a una familia en una puerta.

—Tenemos que destruirla —dijo.

Cael cerró la caja de golpe.

—No sabemos si destruirla liberará algo. Las llaves antiguas no obedecen a la lógica de una espada.

—Entonces la guardamos —dijo Isolde.

—¿Dónde? —preguntó Morna—. Hay una batalla a cada lado, un Círculo bajo la montaña y un grupo de civiles que apenas ha podido salir. ¿Quién puede proteger eso?

Nadie respondió.

Rheskan levantó la cabeza desde la repisa. Su ala herida estaba vendada, pero el dragón no dormía. Al oír la caja, emitió un sonido bajo, hostil.

Isolde comprendió algo sin entenderlo del todo.

—No quiere que esté cerca de Ydrael —dijo.

—¿El dragón o la llave? —preguntó Cael.

—Los dos.

La conexión con Ydrael se movió dentro de ella. Era resistencia. La prisión era una maquinaria antigua que reconocía el poder de ambos reinos y temía que lo usaran una vez más.

—Si abrimos la puerta con las dos sangres —dijo Isolde—, repetimos lo que hicieron los fundadores.

—Quizá —dijo Cael—. O quizá es la única forma de sacar a Ydrael.

—No si el precio es convertirlo en un arma.

Cael sostuvo su mirada. No había discusión en sus ojos. Había algo más parecido a respeto, o a resignación.

—Entonces encontrad otra forma antes de que Varyn llegue con la suya.

La caja quedó entre ellos, sobre la piedra, como un animal dormido.

Más tarde, cuando los demás empezaron a organizar guardias, Cael se acercó a Rheskan. El dragón abrió un ojo. Sigrid tensó el cuerpo, preparada para intervenir. Isolde no lo detuvo.

El príncipe no intentó tocarlo. Se sentó a unos pasos, con la espalda contra la roca.

—Mi caballo murió esta mañana —dijo, sin mirar a nadie—. Era viejo. Se llamaba Arvek. Lo había montado desde que tenía quince años. No pude salvarlo.

Rheskan lo observó.

—No sé por qué os cuento esto —añadió Cael.

El dragón exhaló una nube de humo caliente que envolvió al príncipe sin quemarlo.

Isolde vio a Cael cerrar los ojos. Durante un instante, dejó de parecer un heredero de hielo o un rival. Pareció simplemente un hombre cansado, sentado junto a una criatura herida en una montaña que se estaba rompiendo.

Después se puso de pie y volvió a ser príncipe.

—Al amanecer —dijo—, Varyn atacará la cara norte. Si queremos entrar a la cámara antes que él, tendremos que movernos esta noche.

Darian miró a Isolde.

La decisión esperaba entre ellos, junto a la caja de sangre y el rugido lejano de Ydrael.

Antes de la puerta

Nadie durmió antes de bajar a la cámara principal.

Lysandra preparó una ruta de retirada. Morna organizó a los soldados que quedaban para mantener la salida de drenaje.

Sigrid revisó las armas de Skarde y entregó una a Cael sin decir una palabra.

Lord Rhyne, todavía débil, permaneció junto al fuego con el ingeniero, trazando de memoria los corredores que recordaba de los viejos archivos.

Isolde se apartó del campamento con Darian.

Encontraron un lugar junto al borde de la grieta, donde el vapor subía en columnas blancas y ocultaba el paso. Rheskan descansaba a poca distancia, vigilando aunque el ala herida le temblaba cada vez que se movía.

—No tienes que venir —dijo Darian.

Isolde no se volvió.

—No empecemos otra vez.

—No es una orden.

—Suena como una.

Él se acercó hasta quedar a su lado.

—Es una pregunta que no sé hacer bien. ¿Quieres venir porque crees que puedes salvar a Ydrael o porque crees que tienes que pagar por todo lo que está ocurriendo?

La pregunta la hirió porque no tenía una respuesta limpia.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Quieres venir porque quieres salvar a tu padre o porque no soportas la idea de que tu Casa haya hecho esto?

Darian apoyó las manos en la roca caliente. El vapor les cubrió la cara un instante.

—Las dos cosas.

—Entonces ya sabes la respuesta.

—No. Sé que las razones mezcladas hacen decisiones peligrosas.

Isolde se volvió hacia él.