CAPÍTULO 15 VANGUARDIA #2
No hubo tiempo para honrarlo. La torre tembló. Rheskan rugía fuera, más cerca. Alguien había disparado una ballesta y el dragón respondió con un fuego que hizo vibrar los muros.
—Sacamos a todos por la galería —ordenó Lysandra.
—¿Y la torre? —preguntó Isolde.
—La torre puede caer. La gente no.
Una vez más, la elección fue entre lo que podían salvar y lo que tendrían que dejar arder.
Mientras descendían hacia el río, una mujer de los rehenes agarró el brazo de Isolde.
—Hay un hombre en la sala alta —dijo—. Lo tienen encadenado. Dice que conoce a la heredera.
Isolde se detuvo.
—¿Quién?
La mujer negó con la cabeza.
—Un lord. Lleva un anillo de roble negro.
Darian se volvió hacia ella. El color abandonó su rostro.
—Mi padre.
La torre se sacudió otra vez.
Por encima de ellos, el fuego de Rheskan llenó las ventanas.
* * *
—No —dijo Lysandra.
La respuesta fue inmediata. No cruel. No negociable.
—La torre se está viniendo abajo. Tenemos doce personas, dos heridos graves y una salida que puede cerrarse en cualquier momento. No volvemos por un hombre.
Darian miró hacia arriba. En la sala alta, más allá de dos pisos de piedra y humo, podía estar su padre. El hombre que le había ocultado una red de deudas y secretos. El hombre que quizá había firmado el primer pacto con el Círculo. El hombre que todavía era su padre.
—No es solo un hombre —dijo.
—Para esta patrulla, sí.
Isolde observó a Darian. Vio la guerra entera dentro de él: el hijo que quería subir, el lord que entendía las consecuencias, el hombre que temía que su apellido fuera una culpa imposible de limpiar.
—Hay otra salida —dijo ella.
Lysandra se volvió.
—No.
—No he terminado. La sala alta tiene ventanas al río. Rheskan puede abrir una brecha desde fuera. Darian y yo subimos por la escalera interior. Vos sacáis a los civiles. Si no volvemos antes de que la torre caiga, seguís sin nosotros.
—Eso es exactamente lo que acabo de prohibir.
—Y es la única forma de no abandonar a alguien que puede decirnos qué sabe el Círculo.
Lysandra apretó los labios. La torre tembló de nuevo. Polvo cayó del techo. Cada segundo hacía que la propuesta fuera más absurda y más necesaria.
—Dos minutos —dijo al fin—. No tres. Dos. Si no habéis vuelto, cierro la galería y saco a la gente.
Darian no agradeció. No podía. Tomó la mano de Isolde una vez, fuerte, y echó a correr hacia las escaleras.
La torre ardía por dentro. Rheskan había mantenido el fuego lejos de la piedra, pero los enmascarados habían prendido barriles de aceite en los pisos inferiores para crear humo y confusión.
Subieron dos tramos de escalera entre vigas caídas, cuerpos de guardias y gritos que no sabían de qué bando venían.
—¡Padre! —gritó Darian.
No hubo respuesta.
En el tercer piso, encontraron a dos hombres de máscara protegiendo la puerta de la sala alta. Isolde lanzó una llamarada contra el suelo entre ellos. El calor los obligó a retroceder. Darian golpeó a uno con el hombro; el otro sacó una cadena de plata.
La cadena buscó a Isolde como una serpiente.
Darian se interpuso. El metal le rodeó la muñeca. El dolor le dobló el cuerpo. La cadena brilló azul, tratando de cerrarse.
—¡Suéltala! —gritó Isolde.
El atacante sonrió.
—Ya eligió.
Isolde no atacó la cadena. Atacó la pared detrás del hombre, calentando la piedra hasta que el vapor de una tubería oculta explotó entre ambos. El atacante soltó la cadena y cayó hacia atrás. Darian arrancó el metal de su muñeca. La piel bajo ella estaba roja y marcada por un círculo incompleto.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Apenas.
No había tiempo para responderle como merecía. Abrieron la puerta.
Lord Rhyne estaba encadenado a una silla junto a la ventana rota. Tenía sangre en la frente, un ojo hinchado y el mismo anillo de roble negro en la mano. Cuando vio a Darian, su rostro se quebró de una manera que Isolde no había visto en ningún padre.
—No deberías estar aquí —dijo.
—Eso parece ser una tradición familiar —respondió Darian, cortando las cadenas.
—Escúchame. No vayas a la cámara. No dejes que ella—
Un estruendo lo interrumpió.
Una parte del techo cayó entre ellos y la puerta. Isolde cubrió a los dos hombres con una barrera de fuego breve, lo justo para desviar las piedras. El esfuerzo le arrancó el aire. Debajo de la montaña, Ydrael rugió. El dolor de la criatura respondió al suyo.
—¿Qué querían? —preguntó Darian mientras levantaba a su padre.
Lord Rhyne apenas podía sostenerse.
—Que te llevara a ella. Que eligieras la Casa. Que dijera que el reino necesitaba una mano firme cuando la heredera fallara.
Isolde sintió un frío que no venía del humo.
—¿Varek? —preguntó.
El lord la miró.
—Varek es un hombre que cree que puede usarlo. Eso es más peligroso.
—¿Dónde está la cámara principal? —preguntó Darian.
—Bajo el río. No vayáis. Si abrís la puerta, necesitarán sangre. La tuya, Isolde. Y la del heredero de Skarde.
—Cael no está aquí.
El lord Rhyne cerró los ojos.
—Entonces encontrarán otra forma.
El suelo se inclinó. La torre estaba muriendo.
—¡Dos minutos! —gritó Lysandra desde abajo. La voz llegó amortiguada por el derrumbe.
Darian pasó el brazo de su padre sobre los hombros. Isolde tomó la otra parte del peso. Bajaron por una escalera que ya era una sucesión de piedras inestables.
Al llegar al segundo piso, una flecha atravesó la ventana y se clavó en la pared junto a Isolde. Otra pasó rozando la cabeza de Darian.
—Nos han visto —dijo él.
Rheskan rugió fuera. Una sombra roja cubrió la ventana. El dragón descendió demasiado cerca.
—¡No! —gritó Isolde.
Una lanza de hielo salió de la ladera opuesta y golpeó a Rheskan en el ala.
El dragón gritó.
Fue un sonido de dolor tan grande que Isolde sintió que se le partía algo dentro.
Rheskan perdió altura. Su ala izquierda se cubrió de escarcha azul. Isolde vio al dragón caer hacia el río.
—¡Rheskan! —
La distracción casi los mató. Darian la empujó contra la pared justo cuando otra viga se desplomaba. El golpe le abrió la ceja. El lord Rhyne cayó de rodillas.
—¡Isolde! —gritó Darian.
Ella volvió al cuerpo. Volvió al humo, a la piedra, a las personas que dependían de que no se rompiera.
Rheskan no cayó al río. Batió el ala sana una vez, dos, y logró llegar a una repisa más abajo. El dragón se quedó inmóvil, respirando con dificultad.
—Está vivo —dijo Isolde, aunque no sabía si era verdad o una orden que se daba a sí misma.
Llegaron a la galería cuando Lysandra ya estaba empujando a los últimos civiles hacia el túnel.
—¡Os dije dos minutos! —gritó.
—Ahora podéis insultarnos mientras corremos —respondió Darian.
No hubo tiempo para más. La torre se partió detrás de ellos. La onda de choque los lanzó al suelo. Isolde cubrió la cabeza de lord Rhyne con los brazos. Darian la cubrió a ella. La piedra, el fuego y el hielo llenaron el corredor.
Cuando el ruido terminó, la torre de Skarde era una ruina.
Rheskan seguía en la repisa.
Herido, temblando, vivo.
Isolde no pudo llegar hasta él. El río entre ambos se había abierto en una grieta de vapor.
El dragón levantó la cabeza y la miró.
Luego lanzó un rugido que hizo responder a Ydrael desde debajo del mundo.
El ala herida
Rheskan no dejó que nadie se acercara.
La repisa donde había caído quedaba al otro lado de la grieta de vapor.
Cada vez que un soldado intentaba bajar por la ladera, el dragón abría las fauces y dejaba escapar una llamarada débil, más dolor que amenaza.
El ala izquierda estaba extendida sobre la roca.
La escarcha azul cubría una parte de las membranas y se extendía hacia el hombro como una enfermedad.
—La lanza era de núcleo —dijo Lysandra—. No es hielo común.
—¿Podemos quitarla? —preguntó Isolde.
—No desde aquí.
—Entonces cruzo.
—No —dijo Darian.
Ella se volvió con una furia agotada.
—No puedes decir no cada vez que algo que amo está herido.
—No estoy diciendo no porque no me importe. Estoy diciendo no porque hay una grieta de vapor entre tú y un dragón que puede lanzar fuego de dolor. Si cruzas mal, caerás. Si él se asusta, te quemará sin querer. Y si el Círculo espera que uses tu sangre para curarlo, les darás otra pieza.
Las palabras eran terribles porque eran ciertas.
Isolde miró a Rheskan. El dragón había dejado de rugir. Respiraba rápido, con la cabeza baja. La conexión entre ellos no era una conversación, pero sentía su confusión, su miedo de que el frío se extendiera y no pudiera volver a volar.
—No puedo dejarlo ahí —dijo.
—No lo dejaremos —respondió lord Rhyne desde una camilla improvisada.
Todos se volvieron. El lord estaba pálido, pero consciente. Tenía el brazo vendado y la voz rota por el humo.
—Hay un método —continuó—. Las lanzas de núcleo se disuelven con calor constante, no con una llamarada. En los archivos de la Casa Rhyne había instrucciones para tratar heridas de dragón. Las usábamos en secreto cuando la red todavía llamaba a esto “prevención”.
Darian lo miró con una mezcla de rabia y necesidad.
—¿Ahora recuerdas que había instrucciones útiles?
Su padre bajó la mirada.
—Ahora no puedo permitirme guardar nada.
—Podrías haber dicho eso antes de que una lanza casi lo matara.
—Podría haber dicho muchas cosas antes de que el mundo se convirtiera en esto.
La frase no era disculpa suficiente. Pero el dolor en ella era real.
Lysandra pidió los materiales: sal tratada, aceite de enebro, una piedra de calor y paciencia. Los ingenieros construyeron un puente de cuerdas sobre la grieta. Era apenas posible.
Isolde fue la primera en cruzar. Darian la siguió antes de que pudiera discutir. Cada paso sobre las cuerdas hacía que el vapor le golpeara el rostro. Abajo no se veía el fondo. Únicamente una luz roja y azul mezclándose en las profundidades.
Rheskan levantó la cabeza al verlos. Las pupilas se le estrecharon. Una llama débil escapó entre sus dientes.
—Soy yo —dijo Isolde, avanzando despacio—. No vengo a hacerte daño.
El dragón tembló.
Ella apoyó una mano sobre su hocico. Estaba demasiado caliente en unas zonas, helado en otras. El contraste le dolió hasta el codo.
—Vamos a sacarlo —susurró.