Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 15 VANGUARDIA
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CAPÍTULO 15 VANGUARDIA

La carta de Aelyn llegó dentro de un pan.

Una mujer de la ribera apareció en la ruta oeste al amanecer, cubierta de polvo y con una cesta apretada contra el pecho.

Los guardias casi no la dejaron pasar. Dijo que llevaba comida para los refugiados.

Cuando Isolde se acercó, la mujer partió uno de los panes y sacó un papel enrollado del interior.

—Una muchacha de Caleryon me pidió que os lo diera —dijo—. Me dijo que no confiara en aves, ni en sellos, ni en hombres que se llamaran urgentes.

Isolde sonrió pese al cansancio.

—Eso suena a ella.

Leyó la carta de Aelyn dos veces.

Varek buscaba una regencia. Ardan vivía. La ciudad resistía, pero el Círculo había conseguido convertir el miedo en un argumento político.

Vuelve si puedes, pero no vuelvas sola.

La frase le dejó una presión en el pecho. Quería regresar. Quería estar junto a Aelyn, junto a su padre, impedir que Varek se envolviera en palabras de seguridad hasta que la ciudad se las creyera.

Pero detrás de ella, Cendral rugía. Había prisioneros por sacar, una cámara que no podían abandonar y una batalla que ya había comenzado.

—¿Malas noticias? —preguntó Darian.

Isolde le entregó la carta.

Él la leyó. La expresión de su rostro se volvió más cerrada al llegar al nombre de Varek.

—Tenemos que mandar un mensaje al rey —dijo.

—Aelyn ya lo sabe. El problema no es que Ardan no sepa. El problema es que Varek tiene nueve Casas dispuestas a convertir el miedo en una regencia.

—Entonces necesitamos pruebas de que el Círculo está detrás.

—Las tenemos. Más de las que cualquiera puede llevar en un bolsillo. Pero no tenemos un nombre que sobreviva a un juicio.

Darian miró hacia el paso.

—Puede que lo encontremos en la cámara principal.

La frase hizo que Isolde se volviera hacia él.

—¿Por qué estás tan seguro de que hay algo que encontrar?

Él tardó un instante.

—Porque mi padre dijo que los documentos de las Casas estaban allí.

—Y porque el Círculo quiere llevarnos allí.

—Sí.

—Entonces no podemos entrar como ellos esperan.

—No. Pero tampoco podemos dejar que abran la prisión mientras nosotros escoltamos refugiados por una ruta que quizá ya conocen.

La discusión no tuvo respuesta. No una buena. Isolde dobló la carta de Aelyn y la guardó dentro de la capa, junto a la obsidiana de Maelia.

—Primero sacamos a toda la gente que queda fuera de la línea de fuego —dijo—. Después dividimos la patrulla. Lysandra llevará a los civiles a Halar. Tú y yo entraremos por el puesto de Caleryon con quien quiera venir.

—No —dijo Darian.

Ella lo miró, agotada.

—No empieces.

—No voy a dejar que entres en la cámara con cuatro soldados y un dragón que no puede pasar por los túneles.

—No voy a pedir permiso para cada decisión que tomo.

—No te estoy pidiendo permiso. Te estoy diciendo que voy contigo.

La respuesta la detuvo.

—Darian.

—La razón estaba en que si lo que hay allí tiene que ver con mi familia, no voy a dejar que lo enfrentes sin mí, lejos de crea que puedes menos.

La afirmación tenía sentido. También llevaba dentro una sombra de algo que ella no podía nombrar.

—Entonces vamos juntos —dijo.

Lysandra aceptó el plan con la cara de alguien que desaprueba todo lo que le han pedido hacer, pero sabe que no hay otra ruta.

—Yo llevaré a Morna y los civiles por el oeste. El capitán se queda con vosotros. Dos ingenieros. No más. Si no habéis vuelto al anochecer, no entraré a buscaros. Mandaré la información a Caleryon y haré que el mundo sepa qué pasó aquí.

—Eso es una amenaza —dijo Isolde.

—Es una garantía de que no podréis convertiros en leyendas inútiles.

Antes de partir, Isolde escribió una respuesta para Aelyn.

Ardan no está solo. Tú tampoco. Estoy en Cendral. Si no vuelvo, no dejes que Varek convierta mi ausencia en su corona.

La mujer de la ribera tomó la carta y la escondió dentro de otra hogaza. No pidió explicación. Únicamente asintió y se volvió hacia el camino.

Isolde la vio alejarse con los refugiados. No sabía si la carta llegaría. No sabía si Aelyn leería las palabras antes de que algo cambiara en Caleryon.

En la montaña, las trompas volvieron a sonar.

Esta vez no eran una señal de ataque.

Eran una invitación a bajar.

El puente de ceniza

El puente donde habían dejado pasar a los prisioneros ya no existía.

Cuando Isolde y los pocos que quedaban de la patrulla regresaron desde el túnel, encontraron una nube de polvo suspendida sobre el río.

Los tablones habían caído. La piedra de los soportes estaba partida por dentro, como si alguien hubiera puesto fuego y hielo en el mismo corazón del puente y hubiera esperado a que la tensión hiciera el resto.

Al otro lado, las fuerzas mezcladas de Caleryon y Skarde se habían separado de nuevo.

La razón estaba en que alguien había disparado primero, lejos de quisieran.

Desde la ladera, Isolde vio flechas rojas cruzar hacia un grupo de capas grises. Luego flechas grises volver hacia los rojos. En medio, los mercenarios del Círculo se movían sin colores, empujando a unos contra otros y desapareciendo antes de que nadie pudiera señalarlos.

—Si seguimos así, el paso se llenará de cadáveres antes de que el Círculo tenga que hacer nada —dijo Lysandra.

—Entonces tenemos que detenerlos —dijo Isolde.

—¿Con qué? —preguntó el capitán—. Tenemos seis soldados, dos ingenieros, un dragón y una heredera que todo el mundo cree que es una llave.

—No todo el mundo —dijo Darian.

El capitán lo miró. No respondió.

La respuesta llegó desde arriba en forma de un estruendo.

Una parte de la torre de Skarde se derrumbó.

Entre los escombros, una figura salió corriendo hacia el río: un niño, quizá de doce años, vestido con una capa gris demasiado grande.

Detrás de él, dos hombres con máscaras de ceniza lo perseguían.

—¡Rheskan! —gritó Isolde.

El dragón descendió en picado. No lanzó fuego. Extendió las alas sobre el niño y golpeó el suelo con las garras. Los atacantes se detuvieron, sorprendidos. Darian y Lysandra corrieron por la ladera. Isolde los siguió.

Uno de los enmascarados levantó una ballesta hacia Rheskan.

Isolde sintió el impulso de quemarlo. Lo sofocó.

En vez de eso, lanzó una chispa al suelo delante de él.

La tierra se abrió en una línea de vapor.

El hombre perdió el equilibrio. Lysandra lo alcanzó y le golpeó la muñeca. La ballesta cayó al río.

El segundo atacante huyó hacia la torre.

El niño se escondió bajo el ala de Rheskan. Cuando Isolde se acercó, vio que tenía una marca azul en la frente y los labios partidos.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Eren —susurró—. Mi madre está dentro.

—¿Dentro de la torre?

Él asintió.

—Los hombres nos llevaron allí. Dijeron que éramos escudos. Que si los soldados de Caleryon disparaban, los de Skarde creerían que habían sido ellos.

No había estrategia en eso. Únicamente crueldad aplicada con precisión.

—¿Cuántas personas? —preguntó Darian.

—No sé. Muchas. También hay soldados. Algunos no quieren estar allí.

Lysandra miró la torre. El humo salía de las ventanas. Si atacaban de frente, podían matar a los rehenes. Si no hacían nada, el Círculo usaría la torre para seguir alimentando la batalla.

—Tenemos que entrar —dijo Isolde.

—No por la puerta —dijo el ingeniero—. Hay una galería de mantenimiento que conecta con el río. Podríamos subir por detrás, pero tendríamos que cruzar bajo las ventanas.

—Rheskan puede distraerlos —dijo Darian.

—No quiero que lo usen como objetivo —dijo Isolde.

—Lo van a usar como objetivo esté donde esté —respondió Lysandra—. La cuestión es si le damos un propósito que salve gente.

La frase era demasiado parecida a todo lo que temía. Convertir a una criatura viva en un recurso. Pero Rheskan la miraba con los ojos abiertos, esperando una decisión. No era Ydrael, encadenado bajo la tierra. Podía elegir.

Isolde apoyó una mano en su cuello.

Le mostró la imagen de la torre, las ventanas, las flechas. Le mostró al niño. Le mostró el cielo abierto sobre el río.

Rheskan emitió un gruñido corto.

—Vale —dijo ella—. Pero no te acerques a la piedra. No aterrices. No dejes que te encierren.

El dragón extendió las alas y se elevó.

La distracción fue brutal. Rheskan pasó junto a la torre, rugiendo y arrojando fuego alto contra el cielo.

Los hombres de máscara corrieron hacia las ventanas.

Los soldados de Skarde dentro gritaron órdenes.

Desde la otra ladera, algunos hombres de Caleryon respondieron con trompas, convencidos de que el dragón atacaba a los suyos.

Mientras todos miraban arriba, Isolde, Darian, Lysandra y dos soldados bajaron hacia el río. El agua les llegaba a las rodillas, helada en unas zonas y hirviendo en otras. El ingeniero abrió una reja oxidada con una palanca. Detrás había un pasadizo estrecho que olía a moho y humo.

Subieron a oscuras.

La galería desembocó detrás de una sala de armas. Había tres hombres de máscara vigilando una puerta. Tras la puerta se oían voces, llantos, órdenes en las dos lenguas de la frontera.

Lysandra hizo una seña. Darian se movió primero. Isolde lo siguió antes de que pudiera prohibírselo.

La pelea fue silenciosa y rápida. Un golpe de pomo, un cuchillo desviado, una llama breve que apagó una lámpara. Los tres guardias cayeron sin alcanzar la puerta.

Dentro había doce personas: civiles, dos soldados de Skarde atados a una columna, un guardia de Caleryon con sangre en la cara y una mujer que abrazaba a Eren cuando lo vio entrar.

—¡Eren! —gritó.

El niño corrió hacia ella. El abrazo de ambos hizo que Isolde tuviera que mirar a otro lado por un momento.

—¿Quién manda aquí? —preguntó Lysandra al guardia de Caleryon.

—Nadie —dijo él—. Los enmascarados entraron cuando la torre quedó aislada. Nos dijeron que si disparábamos a los grises, liberarían a los civiles. Luego dijeron lo mismo a ellos.

—¿Dónde está el oficial de Skarde? —preguntó Darian.

El soldado atado levantó la cabeza.

—Murió intentando impedirlo.