CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES #5
El hombre cayó con la flecha en el cuello. El pánico estalló. Algunos soldados alzaron las armas. Otros gritaron que Skarde atacaba. La persona que había disparado llevaba una capa de Caleryon y una máscara de ceniza bajo el casco.
—¡El Círculo! —gritó Morna.
La batalla fue inmediata y desordenada.
Rheskan descendió por fin. Su sombra cubrió la ruta. Los hombres del Círculo intentaron activar frascos azules entre los carros. Isolde corrió hacia una mujer con dos niños, los empujó bajo una lona y levantó una pared de fuego bajo para impedir que el hielo se extendiera.
Darian y Lysandra se abrieron paso hacia el jinete que había traído la orden. El hombre gritaba a los suyos que no dispararan, que miraran las máscaras. Algunos lo escucharon. Otros no. El ruido, el miedo y los años de propaganda eran más rápidos que cualquier explicación.
Un atacante con máscara se abalanzó sobre Darian. Llevaba un anillo de roble negro. Darian bloqueó el golpe. Durante un segundo, Isolde vio la oportunidad de matar al hombre. Él también la vio.
—Tu padre eligió —susurró el atacante—. ¿Y tú?
Darian dudó.
Fue solo un instante. Pero en una batalla un instante era una puerta abierta. El hombre logró herirlo en el costado antes de que Lysandra le atravesara el brazo con la espada.
—¡Darian! —gritó Isolde.
El atacante cayó al suelo. En vez de luchar, sonrió. La marca de ceniza bajo la máscara se encendió. Darian retrocedió. La explosión azul levantó tierra y dejó un cráter donde había estado el cuerpo.
La lucha terminó cuando los soldados de Halar entendieron que los hombres de máscara habían disparado contra los suyos. No hubo victoria limpia. Hubo hombres heridos, refugiados aterrados y una ruta cubierta de hielo y ceniza.
El jinete de la falsa orden se arrodilló ante Isolde, temblando.
—No lo sabía —dijo—. Por los dioses, no lo sabía.
Isolde miró al veterano muerto en el camino. Después miró las manos del jinete.
—Lo sé —dijo—. Ahora ayuda a llevar a los heridos.
Era trabajo. A veces era lo único que podía ofrecer.
Darian estaba sentado junto a un carro, con la mano apretada contra el costado. La sangre le manchaba la camisa.
—No es profunda —dijo cuando Isolde llegó.
—No uses esa expresión.
Él intentó sonreír. No lo consiguió.
—Mi padre eligió —murmuró—. Eso es lo que dijo.
Isolde le sujetó la mano para que el sanador pudiera revisar la herida.
—No sabes lo que significa.
—No. Pero cada vez suena menos a amenaza.
En el horizonte, Cendral seguía llamándolos con sus trompas.
La falsa orden había fallado. Pero el Círculo ya había conseguido lo que necesitaba: que la sangre corriera entre hombres que no querían luchar.
Las nueve firmas
Las nueve Casas que pedían una regencia tenían algo en común.
No era lealtad a Varek. Aelyn lo descubrió al revisar sus cartas, sus deudas y las listas de invitados de los últimos tres inviernos. Algunas de esas familias lo despreciaban. Otras lo consideraban un consejero útil, nada más. Pero todas tenían préstamos abiertos con la Casa Varek.
Grano. Reparaciones de tejado. Dotes. Armas para las patrullas de frontera. Pequeñas ayudas que, por separado, parecían gestos de buena vecindad.
Juntas, formaban una cuerda.
—No pueden obligarlas a votar por él —dijo Lio, sentado al otro lado del escritorio con tres libros abiertos.
—No. No necesitan obligarlas. Únicamente recordarles que, si el reino cae, las deudas no desaparecen. Cambian de dueño.
—¿Y lord Varek sabe esto?
Aelyn miró la lista. Quería decir que no. Quería creer que el hombre era un ambicioso que el Círculo usaba sin que lo supiera. Era una explicación más cómoda que la alternativa.
—Sabe algo —dijo—. La pregunta es cuánto.
Ardan recibió los documentos en sus habitaciones privadas. Desde el intento de golpe, dormía poco y llevaba una espada al cinto incluso dentro del palacio. Aelyn detestaba verlo así. El rey de Caleryon debía poder caminar por su propia casa sin prepararse para una emboscada.
—Nueve firmas no bastan para declarar una regencia —dijo él tras leer—. Necesitan al Consejo Alto o una prueba de que estoy incapacitado.
—Entonces intentarán una de las dos cosas.
—O ambas.
El rey se acercó a la ventana. En la plaza, la gente seguía reuniéndose en torno a los tablones donde se colgaban órdenes verificadas.
Algunos leían. Otros preguntaban a los escribanos.
Era lento, imperfecto, pero funcionaba. Aelyn había descubierto que la verdad necesitaba infraestructura, no solo valentía.
—¿Qué hacemos con Varek? —preguntó.
—No podemos arrestarlo por tener deudas a su favor —dijo Ardan—. Necesitamos una orden falsa que salga de su mano, un testigo que no muera antes de hablar o una prueba de que conoce al Círculo.
—Tenemos el acólito muerto, los sellos, Brel, Morn, la cámara...
—Y ninguna de esas cosas demuestra que Varek sea el que manda.
La frustración la hizo querer golpear algo.
—Siempre parece que las pruebas se detienen justo antes de quien tiene poder.
—Porque quien tiene poder ha aprendido a colocar a otros delante.
Ardan se volvió hacia ella. Su cansancio no había apagado la atención de sus ojos.
—Aelyn, no quiero que conviertas esta investigación en una persecución que el Círculo pueda dirigir. No te arriesgues sola.
La preocupación era cálida. Aelyn la recibió como un recordatorio de que el rey no solo la veía como a la amiga de su hija.
—No voy a hacerlo sola —dijo.
Era una promesa parcial. Lio estaba allí. Teren estaba con los guardias. Lysandra coordinaba los depósitos. No estaba sola.
Pero la siguiente parte tendría que hacerla sin avisar a demasiadas personas.
Esa noche, Aelyn visitó la Casa Varek.
No entró por la puerta principal. Lio había descubierto que los carros de suministros accedían por una calle lateral y que la despensa se conectaba con una galería de servicio.
Aelyn se puso un vestido gris de criada, cargó una cesta de pan y caminó con la cabeza baja hasta que nadie se fijó en ella.
La casa estaba llena de invitados. No era una fiesta oficial, pero había vino, música discreta y hombres de las nueve Casas reunidos en el salón bajo. Aelyn subió por una escalera de servicio y se escondió detrás de un tapiz con un agujero en la costura.
Desde allí pudo oír la voz de Varek.
—El rey está debilitado. La heredera se encuentra en una frontera donde cada informe habla de magia, dragones y caos. La ciudad necesita certeza.
—La ciudad necesita pan —respondió una mujer.
Aelyn reconoció a la duquesa Avara, una de las firmantes.
—Y tendrá pan —dijo Varek—. Si los depósitos se administran sin caprichos y las rutas se protegen con mano firme.
—¿Con una regencia? —preguntó otro hombre.
—Con una comisión de seguridad que evite un vacío de mando. No estoy pidiendo una corona.
La mentira era tan pulida que casi sonaba razonable.
—¿Y qué ocurre si Isolde vuelve? —preguntó la duquesa.
Hubo un silencio breve.
—Entonces la recibiremos con los brazos abiertos —dijo Varek—. Si vuelve siendo capaz de gobernar.
La frase dejó hielo en la espalda de Aelyn.
No hablaba de una heredera que pudiera estar herida. Hablaba de alguien que podía volver convertida en un problema que debía ser evaluado.
Un criado pasó por el corredor. Aelyn se pegó al tapiz. Esperó. Cuando volvió a mirar por el agujero, Varek se había apartado de los invitados. Caminaba hacia una puerta privada con un hombre de máscara gris.
La máscara no llevaba el círculo roto. Únicamente una línea de ceniza en la frente.
Aelyn no pudo seguirlos sin exponerse. Pero vio el gesto que hizo Varek al despedirse.
Dos dedos al corazón.
El mismo saludo que Darian e Isolde usaban en público.
Era el modo en que el hombre de la máscara respondió: tocó su pecho y luego bajó la mano hasta la cintura, como si señalara una espada o una llave.
Cuando Aelyn volvió al palacio, escribió una carta para Isolde con la mano temblando de cansancio.
Varek busca una regencia. No sé si es el Círculo, pero sabe aprovecharlo. No confíes en ninguna orden que hable de tu incapacidad o de una “comisión de seguridad”. Ardan vive. Yo también. Vuelve si puedes, pero no vuelvas sola.
Entregó la carta a Lio.
—Por la red de la ribera —dijo—. No uses un sello. No uses halcón. Y si te detienen, destrúyela.
Lio miró el papel.
—¿Y si no llega?
Aelyn pensó en Isolde bajo las montañas, rodeada de humo y decisiones imposibles.
—Entonces tendremos que confiar en que ella ya sabe cómo huele una mentira.