CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES #4
Corrió por los pasillos sin esperar escolta. En cada esquina veía una versión de la misma amenaza: criados susurrando, nobles reuniéndose en grupos, guardias que no sabían qué orden obedecer. El miedo era más rápido que cualquier ejército.
Cuando llegó a las habitaciones de Ardan, la puerta estaba abierta.
La estancia estaba vacía.
Sobre el escritorio había una carta sin sello.
La Corona necesita un regente mientras la heredera arde.
Debajo, una firma.
V.
Aelyn no supo si significaba Varek, Valarys o victoria.
Por primera vez en mucho tiempo, deseó que Isolde estuviera allí.
Después recordó la frase que le había escrito desde la frontera: No llegues tarde a tu propia historia.
Tomó la carta, llamó a los guardias y empezó a dar órdenes.
Aelyn y el regente
El palacio no tardó en llenarse de rumores.
El rey había enfermado. El rey había partido hacia la frontera.
El rey había sido asesinado por agentes de Skarde.
La heredera había provocado una grieta y no regresaría.
El príncipe Cael había secuestrado a Isolde.
Darian Rhyne había vendido la corona. Varek había tomado el mando para evitar el pánico.
Cada versión nacía en un pasillo distinto y llegaba a la siguiente más convincente.
Aelyn aprendió que el miedo no necesitaba pruebas. Únicamente necesitaba una habitación donde nadie estuviera seguro de quién tenía autoridad para hablar.
Encontró a Ardan en la cripta de los antiguos reyes.
Estaba encerrado detrás de una puerta de hierro con dos guardias inconscientes a sus pies. Había logrado quitarle una llave a uno de los atacantes, pero la cerradura se había trabado desde el otro lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó cuando Aelyn consiguió abrir.
—Podría preguntarte lo mismo.
—Estoy rescatando al rey. Es una afición nueva.
Ardan salió de la cripta con una espada corta en la mano. Tenía la ropa arrugada, polvo en el pelo y una furia tan contenida que Aelyn dio un paso atrás por prudencia.
—¿Quién ha dado las órdenes? —preguntó.
—No lo sabemos. Hay sellos falsos, acólitos muertos y gente intentando tomar los depósitos. Varek no está en su oficina.
El rey cerró los ojos un instante.
—¿Las puertas de la ciudad?
—Abiertas. Las armas de reserva, quizá comprometidas. Los guardias leales están reuniéndose en el patio de vuelo.
—¿Isolde?
—En Cendral.
La preocupación cruzó el rostro de Ardan. Aelyn la vio y la guardó para más tarde. En ese momento necesitaban al rey, no al padre.
—Tenemos que aparecer en público —dijo ella—. Ahora. Si la ciudad cree que habéis desaparecido, Varek o quien esté detrás podrá pedir una regencia de emergencia.
Ardan la miró.
—¿Eso ha dicho la carta?
—No. Pero es lo que quieren las personas que hacen que un rey parezca ausente mientras la heredera está en una frontera que arde.
El rey asintió. No preguntó cómo sabía Aelyn tanto. Sabía que ella llevaba años observando lo que otros preferían no ver.
Llegaron al patio de vuelo mientras los guardias discutían qué orden obedecer. Cuando Ardan cruzó las puertas, el ruido se apagó. Algunos soldados se arrodillaron. Otros se quedaron inmóviles, avergonzados de haber dudado.
—Estoy vivo —dijo el rey—. No he abandonado Caleryon. Toda orden emitida en mi nombre durante las últimas seis horas queda suspendida hasta que lleve mi sello y el de la condesa Lysandra. Nadie cierra la ciudad. Nadie toma los depósitos. Nadie detiene a un vecino por el color de su capa.
La sencillez de la orden hizo más por la ciudad que cien discursos.
Aelyn se quedó detrás, observando los rostros. Vio alivio. Vio miedo. Vio también a un hombre con uniforme de guardia que no se alegraba de ver al rey vivo.
Era el capitán de la torre norte.
Cuando sus miradas se cruzaron, él se llevó una mano a la manga. Aelyn vio el destello azul de una cápsula.
—¡Teren! —gritó.
El joven soldado reaccionó antes que nadie. Se lanzó sobre el capitán. La cápsula cayó al suelo y se rompió. Una niebla helada se extendió por las piedras. Los guardias retrocedieron. El capitán sacó una daga y trató de alcanzar a Ardan.
No llegó.
Lysandra lo derribó con una barra de hierro tomada del establo. El golpe le partió la muñeca. Teren le quitó la daga. Aelyn se arrodilló junto al hombre antes de que pudiera morder otra cápsula.
—¿Quién te dio la orden? —preguntó.
El capitán escupió sangre.
—El regente.
—¿Varek?
El hombre rio. Fue peor: la risa de alguien que sabe que un nombre puede destruir sin ser verdad.
—La ciudad necesita alguien cuando el fuego se apaga —susurró.
La marca azul de su mano se encendió. Esta vez Teren consiguió arrancarle el guante antes de que la llama subiera. La piel se quemó, pero el hombre no murió. Se desmayó, retorcido de dolor.
—Vivo —dijo Aelyn—. Lo quiero vivo.
El rey la miró. En sus ojos había una mezcla de sorpresa y orgullo que ella no quería examinar en ese momento.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Teren.
Aelyn miró la ciudad más allá de las murallas. Las campanas seguían sonando. En algún lugar, los rumores crecían más rápido que las órdenes.
—Ahora contamos una verdad antes de que alguien cuente una mentira mejor —dijo.
Subió con Ardan a la plaza de las Llamas.
No había preparado discurso. No lo necesitaban.
El rey apareció vivo ante la ciudad. Aelyn explicó que existían órdenes falsas y pidió a los gremios que no cerraran sus puertas ni siguieran sellos sin doble marca.
Nombró a las familias de las aldeas afectadas.
Habló de las rutas, no de la profecía. Del pan, no del miedo.
La gente no se tranquilizó de inmediato.
Pero empezó a hacer preguntas.
Y las preguntas eran el principio de una resistencia.
Al volver al palacio, un mensajero de las Casas menores aguardaba en la puerta. Traía una petición sellada por nueve familias nobles.
Solicitaban que, mientras Isolde permaneciera en Cendral y el rey recuperaba el control de la ciudad, lord Varek asumiera una regencia provisional de seguridad.
Ardan leyó la lista de nombres. Su rostro no cambió. Aelyn, en cambio, sintió un cansancio frío.
El Círculo no había fallado al secuestrar al rey.
Únicamente había conseguido que la idea de un regente pareciera razonable.
* * *
La tarde posterior al derrumbe, una columna apareció en la ruta de Halar.
No llevaba estandartes desplegados. Eso fue lo primero que inquietó a Lysandra.
Cualquier fuerza de auxilio mostraría sus colores para que los pueblos no huyeran.
Aquellos hombres avanzaban con las capas enrolladas, las lanzas bajas y el silencio de quienes no querían ser vistos hasta estar demasiado cerca.
—¿Cuántos? —preguntó Isolde.
—Cincuenta. Quizá más detrás de la loma —dijo Morna.
—No podemos luchar con los civiles aquí —dijo Lysandra.
—Tampoco podemos correr —respondió Darian—. Los carros son lentos.
Rheskan volaba alto, invisible entre el humo. Isolde sentía su inquietud como un pulso en la nuca.
La columna se detuvo a distancia de flecha. Un jinete salió al frente con un pergamino alzado.
—Por orden del rey Ardan Valarys —gritó—, la heredera debe regresar de inmediato a Caleryon. Toda patrulla no autorizada queda bajo arresto.
El papel llevaba el sello de la Corona.
Isolde no lo necesitó más cerca para saber que era falso. El punto azul de la cera brillaba incluso a distancia.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los soldados.
—No obedecemos —dijo Isolde.
—Si atacan, habrá muertos —dijo Morna.
—Si obedecemos, habrá prisioneros —respondió Lysandra.
Darian observó la formación enemiga. Había algo en sus rostros que Isolde reconoció: La inseguridad de soldados que no sabían si la orden que seguían era correcta.
—No son todos del Círculo —dijo él—. Algunos creen que están cumpliendo una orden real.
—Entonces podemos hablarles —dijo Isolde.
Lysandra soltó una exhalación que era casi una maldición.
—No me digáis que vais a subir a una piedra otra vez.
—No voy a subir a una piedra.
—Eso no me tranquiliza.
Isolde avanzó hasta quedar delante de la columna de refugiados. No llevaba casco. No llevaba la capa de heredera. Únicamente la espada al cinto y el anillo de Darian visible en la mano.
—¡Mostradme la orden! —gritó.
El jinete dudó. Luego cabalgó unos pasos y extendió el pergamino.
Isolde no se acercó. Reconoció el sello desde allí.
—Es falso.
—¡Lleva el sello del rey! —respondió el hombre.
—La cera lleva mica azul. El rey usa mirra dorada. Si os han enviado con esto, os han mentido.
Hubo movimiento dentro de la columna. Algunos hombres se miraron. El jinete apretó la mandíbula.
—¿Y por qué deberíamos creeros?
—No deberíais creerme por mi nombre. Deberíais mirar a vuestro alrededor. ¿Veis soldados de Skarde atacándoos? ¿Veis una fuerza de Caleryon invadiendo algo? No. Veis familias. Heridos. Gente que intenta salir de un paso donde alguien ha puesto capas falsas y órdenes falsas para que nos matemos.
El silencio se extendió por el camino.
—Han dicho que habíais perdido el control —dijo el jinete.
—Eso también les conviene.
—Han dicho que vuestro dragón quemó un pueblo.
Isolde miró hacia el cielo. Rheskan seguía oculto. Podía llamarlo, hacerlo descender como una amenaza. No lo hizo.
—Mi dragón ha ayudado a sacar niños de una montaña que querían derrumbar sobre ellos. Si tenéis pruebas de que ha quemado un pueblo, traedlas. Si no, no convirtáis un rumor en una flecha.
Un soldado de la columna dio un paso adelante. Era un hombre mayor, con barba gris y una insignia de veterano de Halar.
—Yo serví con la reina Maelia —dijo—. He visto el sello real toda mi vida. La heredera tiene razón. Esa cera no es la de Ardan.
El jinete se volvió hacia él.
—No puedes desobedecer una orden por una mancha.
—Puedo desobedecer una mentira por una ciudad entera.
La frase no resolvió todo. Pero cambió algo. Dos soldados bajaron las lanzas. Después tres más.
Desde el final de la columna, alguien disparó una flecha.
El movimiento apuntó hacia el veterano, lejos de Isolde.