Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES #3
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CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES #3

Rheskan respondió a través de la ventilación. Un chorro de fuego descendió por una grieta alta contra la pared entre los atacantes y la columna. La piedra se volvió roja. Los hombres del Círculo retrocedieron.

—¡No lo dejes entrar tanto! —gritó Lysandra—. ¡Podrían usar el hueco!

Isolde comprendió. Cada abertura que Rheskan creaba podía salvarlos o conducirlos hacia otra trampa. Le dio la señal de retirarse. El dragón rugió de frustración, pero obedeció.

Darian rompió la flecha que tenía en el hombro y avanzó con Lysandra.

Los dos atacantes dispararon frascos al suelo.

La luz azul explotó en una niebla de hielo.

Morna levantó una barrera de escudos. Isolde extendió una mano y calentó el aire lo justo para que el hielo no congelara los pies de los niños.

El tercer hombre corrió hacia ella.

No llevaba espada. Llevaba una cadena de plata enrollada alrededor del puño.

La cadena brilló cuando estuvo a un paso. Isolde sintió que el vínculo con Ydrael se tensaba como una cuerda. El hombre intentó atraparla por el cuello.

Ella no retrocedió. Se agachó, bloqueó el brazo y usó el codo para golpearle las costillas. La cadena le rozó la muñeca. Un dolor helado subió por el brazo.

El atacante sonrió detrás de la máscara.

—La llave responde.

Isolde le golpeó la rodilla. El hombre cayó. Antes de que pudiera activar la cadena, Darian llegó y le clavó la espada en el hombro para fijarlo al suelo.

—¿Dónde está lord Rhyne? —preguntó.

El hombre rio. Sangre oscura le llenó la boca.

—En la línea. Todos estamos en la línea.

El suelo volvió a temblar. La cadena de plata se encendió. Darian tuvo que soltarla. El atacante se convirtió en una llamarada azul que consumió solo su cuerpo, dejando la máscara intacta.

Isolde se quedó mirando el hueco que había dejado. No podía acostumbrarse a aquello. A la forma en que el Círculo convertía a sus propios miembros en cerraduras que se destruían al intentar abrirse.

—Seguid —ordenó Lysandra—. Ahora.

La salida apareció al final de la galería: una puerta de piedra rota que daba a una plataforma sobre el río. Más allá estaba la ladera oeste. Podían llegar a la ruta de Halar si cruzaban un puente estrecho de madera.

En el puente había soldados.

Seis con capas rojas. Seis con capas grises. Estaban enfrentados, armas levantadas, cada grupo convencido de que el otro les había disparado desde la oscuridad.

Isolde podía oír las acusaciones incluso sobre el rugido del río.

—¡Vuestra gente quemó el convoy!

—¡Los vuestros cruzaron la línea primero!

—¡Mirad las flechas!

—¡Mirad los cuerpos!

Los prisioneros detrás de ella empezaron a temblar. Si el puente se convertía en combate, no podrían pasar.

—No tenemos tiempo —dijo Darian.

Isolde miró las capas. Recordó las costuras rojas en las capas grises, las capas falsas, los cuerpos mezclados. Se quitó la capa de la heredera y la dejó caer al suelo.

—¿Qué haces? —preguntó Darian.

—Intentar que me escuchen antes de que disparen.

—Eso es una mala idea.

—Lo sé.

Subió a una piedra junto al puente. No llevaba corona, ni estandarte, ni espada en alto. Únicamente la ropa de viaje manchada de polvo y la voz.

—¡Mirad las costuras! —gritó—. ¡Las capas no son vuestras!

Nadie la oyó al principio. Entonces Rheskan descendió sobre la plataforma, sin tocar tierra. Sus alas cubrieron el puente de sombra. El rugido del dragón obligó a todos a levantar la vista.

Isolde señaló a uno de los cuerpos cerca del borde. Llevaba una capa gris con hilo rojo en el interior.

—¡Os han vestido para que os matéis! ¡Hay civiles detrás de mí, de Caleryon y de Skarde! Si queréis luchar, hacedlo después de verlos pasar.

Un soldado de Skarde bajó la espada primero. Era joven, con sangre en la frente.

—¿Cómo sabemos que no mientes? —gritó.

Isolde señaló la máscara de ceniza que Lysandra sostenía.

—Porque ellos no os necesitan muertos. Os necesitan convencidos de que el otro lado es el enemigo.

El silencio cayó sobre el puente.

Después, el joven de Skarde se apartó.

Uno de los soldados de Caleryon lo imitó. Fue un espacio abierto entre armas. Suficiente.

Los prisioneros empezaron a cruzar.

Isolde se quedó hasta el final. Rheskan vigilaba desde arriba. Darian no apartaba la vista de ella, como si el mero acto de mirar pudiera impedir que el puente cediera.

Cuando el último niño llegó a la otra orilla, una explosión sacudió la torre de Skarde al norte. Una columna de humo negro se elevó hacia el cielo.

Las trompas sonaron de nuevo.

Esta vez, desde todos los lados.

La línea en la montaña acababa de romperse.

* * *

Las campanas de Caleryon sonaron al mismo tiempo que las de Cendral.

Aelyn no lo supo hasta después. En ese momento solo estaba de pie en el archivo, con tres sellos falsos sobre la mesa y Lio temblando junto a la puerta.

—El acólito ha vuelto —susurró el paje.

—¿Dónde?

—En el pasillo de los incensarios. Lleva una caja de cera.

Aelyn cerró el libro de registros. Durante días había seguido pequeñas cosas: entregas de mirra, pajes que no sabían quién les daba una carta, sellos con mica azul.

Ahora tenía un hombre con una quemadura circular en la mano y una caja de cera en un palacio donde cada puerta podía conducir a una mentira.

—No haces nada solo —le dijo a Lio.

—No pensaba hacerlo.

—Bien. Quédate detrás de mí.

—Eso parece exactamente lo contrario de no hacer nada solo.

—Entonces quédate detrás de un guardia. Pero no desaparezcas.

Pidió a dos hombres de la Guardia Real que la acompañaran. No mencionó al Círculo. Dijo que investigaban falsificaciones de sellos. Era la verdad que podía sobrevivir a ser dicha en un corredor lleno de oídos.

El pasillo de los incensarios conducía al Templo de las Llamas. A esa hora, los acólitos preparaban lámparas para la oración de la tarde. El aire estaba espeso de mirra, resina y humo dulce. Aelyn vio al hombre antes de que Lio lo señalara: alto, capucha amarilla, una caja de madera bajo el brazo.

La mano izquierda estaba vendada.

—Ese es —susurró Lio.

El acólito giró una esquina. Aelyn lo siguió.

No fue a la sala de plegarias. Bajó por una escalera de servicio hacia las bodegas antiguas del templo. Los guardias quisieron detenerlo, pero Aelyn levantó la mano.

—Dejad que abra la puerta.

El hombre llegó a un almacén sin ventanas. Miró a ambos lados. Sacó una llave de la manga y entró.

Aelyn contó hasta tres antes de hacer una seña.

Los guardias irrumpieron.

Dentro, el acólito estaba frente a una mesa llena de sellos.

No sellos del templo. Sellos de Caleryon, de Vayren, de oficinas de provisiones, incluso uno con el emblema de Skarde.

Había cera roja, gris, azul. Plumas negras.

Papeles en blanco. En una esquina, un brasero bajo hervía una mezcla que desprendía el mismo olor que los falsos documentos.

El hombre intentó romper una botella contra el suelo. Uno de los guardias lo derribó antes. La caja se abrió y docenas de pequeños discos de cera rodaron por las piedras.

—¿Quién te dio las órdenes? —preguntó Aelyn.

El acólito la miró. Tendría treinta años, quizá menos. Parecía alguien que había tomado demasiadas decisiones por miedo, lejos de un fanático.

—No sabéis lo que hacéis.

—Estamos intentando que la gente no muera porque alguien ha escrito una mentira en un papel.

—La gente siempre muere. Al menos nosotros sabremos quién come después.

La frase le heló la sangre.

—¿Quiénes sois «nosotros»?

El hombre sonrió con tristeza.

—Los que entendieron que la Corona no puede proteger a todos. Los que no esperan a que los reyes decidan quién importa.

—Eso es hambre con buena letra.

El acólito hizo un movimiento rápido hacia la boca. Aelyn lo vio. Se lanzó antes de pensarlo y le agarró la mandíbula. El guardia lo sujetó. Entre los dos evitaron que mordiera la cápsula azul escondida bajo la lengua.

El hombre empezó a llorar. Procedía de terror, lejos de arrepentimiento.

—No podéis detenerlo —dijo—. Cuando suenen las campanas, los hombres se moverán. Cuando la heredera llegue, la herida se abrirá. Y luego no habrá cartas ni pan ni pequeñas damas jugando a ser reinas.

—Dime quién te ordenó esto —dijo Aelyn.

Él negó con la cabeza.

—No os lo diré. Pero os diré esto: el rey no estará en su trono cuando vuelva la heredera.

La amenaza hizo que Aelyn soltara su mandíbula.

—¿Qué significa?

El acólito sonrió de nuevo, y esta vez no había tristeza.

—Preguntadle a quien tiene las llaves de la sala de armas.

Murió antes de que pudieran impedirlo. No con veneno. La quemadura de su mano se encendió bajo el vendaje. Una llama azul subió por su brazo y apagó su corazón.

Lio vomitó en una esquina. Aelyn se arrodilló junto a él, le puso una mano en la espalda y esperó a que pudiera respirar.

—Lo siento —dijo el muchacho—. Pensé que podríamos hacerlo bien.

—Lo estamos haciendo bien —respondió ella—. Lo difícil es que hacerlo bien no impide que sea horrible.

Pidió que cerraran las bodegas y llevaran los sellos al rey. Después corrió hacia el Alcázar.

La sala de armas estaba al otro lado del patio principal. Las puertas deberían haber estado custodiadas por cuatro hombres de Ardan. Solo había dos. Uno yacía inconsciente junto al muro. El otro era Teren, el joven que había vuelto herido de la finca de Morn.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Aelyn.

—Una orden de traslado —dijo él, pálido—. Dijeron que el rey necesitaba guardias en la torre norte. Cuando llegaron, usaron polvo azul. Creo que se han llevado las llaves de las armas de reserva.

Aelyn miró las puertas abiertas.

El Círculo estaba preparando a Caleryon para que se destruyera desde dentro cuando llegaran las noticias de Cendral.

—Teren —dijo—. Ve con los guardias que aún respondan al rey. Cerrad las puertas de los almacenes, no de la ciudad. La gente necesita salir si hay pánico. Y no detengáis a nadie por llevar una capa roja o gris. Detened a quien tenga sellos falsos.

—¿Y vos?

Aelyn pensó en el acólito, en la frase sobre el trono, en Varek y sus prisas por controlar el pan.

—Voy a buscar al rey.