CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES #2
Al otro lado había una mujer anciana sentada junto a un brasero. Llevaba una túnica gris sin emblemas y una máscara de hueso colgada del cinturón. Detrás de ella, en la oscuridad, se veían jaulas de hierro.
Dentro de las jaulas había personas.
Caleryon. Skarde. Civiles. Soldados.
La anciana sonrió sin alegría.
—Bienvenida a Cendral —dijo—. Habéis llegado justo a tiempo para decidir quién merece salir.
* * *
La mujer anciana no se levantó cuando apuntaron hacia ella con seis espadas.
Parecía demasiado cansada para temerles. Su cabello era blanco, recogido en una trenza larga sobre el hombro. Tenía la piel marcada por quemaduras antiguas en las manos y una cicatriz azul que le subía por el cuello hasta perderse bajo la oreja.
—¿Quién sois? —preguntó Lysandra.
—Alguien que ha esperado demasiado tiempo a que alguien correcto llegara a este lugar.
—No respondéis.
—Mi nombre es Liria. Antes fui guardiana de una puerta que nadie debía abrir. Ahora soy carcelera de gente que no conoce el nombre de la puerta.
Detrás de ella, los prisioneros se movían en las jaulas. Algunos estaban heridos. Otros miraban con la atención vacía de quienes ya habían dejado de esperar. Isolde distinguió uniformes de Caleryon y Skarde, familias de los pueblos, un niño que abrazaba a un hermano menor.
—¿Quién os obligó a hacer esto? —preguntó Isolde.
Liria sonrió con amargura.
—¿Creéis que la obligación siempre llega con cadenas? El Círculo tiene hijos de guardianes, nombres de muertos y promesas que uno hizo cuando era joven. A veces basta con eso.
—¿Dónde está Ydrael? —preguntó Isolde.
El rostro de Liria cambió. No miedo. Dolor.
—Más abajo. Donde el mundo aprendió a tener hambre.
La vibración en el pecho de Isolde se intensificó. El dragón estaba cerca. Demasiado cerca.
—Dejad salir a los prisioneros —ordenó Darian.
—Puedo abrir las jaulas —dijo Liria—. Pero no podéis sacar a todos.
—¿Por qué? —preguntó Lysandra.
La mujer señaló el techo. Entre las vigas de piedra colgaban pequeños cilindros rojos y azules, casi invisibles en la penumbra.
—Cada jaula está conectada a un núcleo. Si abrís una cerradura con fuerza, se derrumba el corredor de salida. Si intentáis apagar los núcleos, las puertas se bloquean. El Círculo quería que llegara la heredera y eligiera a quién liberar. Es una lección. Les encantan las lecciones.
—No voy a elegir —dijo Isolde.
—Todos dicen eso antes de entender el precio.
Liria sacó de su manga una pequeña palanca de metal.
—Hay doce jaulas. Puedo abrir seis antes de que el mecanismo se active. Después, el resto quedará atrapado cuando el corredor se cierre. Podéis decidir qué seis.
El silencio se volvió insoportable.
Un hombre de Caleryon gritó desde una jaula:
—¡Mi hija está en la tercera! ¡Por favor!
Una mujer de Skarde se adelantó entre los barrotes:
—¡Hay un niño aquí!
Las voces se mezclaron. El horror del diseño estaba en hacerles sentir que la decisión podía ser suya.
Isolde miró las jaulas. Doce. Cada una con una cerradura distinta, cables que iban al suelo, luces pulsando en los núcleos. No había tiempo para inspeccionarlas todas.
—¿Qué pasa si no hacemos nada? —preguntó.
—El Círculo activará el derrumbe cuando las trompas suenen por tercera vez —dijo Liria—. Habéis oído dos.
Desde arriba, como si la montaña hubiera esperado esa frase, sonó una trompa grave.
Una vez.
Dos.
El tercer sonido todavía no llegaba.
Darian se acercó a Isolde.
—Podemos cortar los cables de las seis jaulas más cercanas y abrirlas antes de que el resto se cierre.
—No.
—Isolde.
—No voy a convertir esto en una lista de vidas que merecen salir.
—Entonces dime qué hacemos.
Ella cerró los ojos. El fuego respondía dentro de ella, ansioso. Ydrael también. El Círculo quería sangre, quería que activara algo con su poder. No podía cederles ese mecanismo.
Pero la máquina era una construcción humana. Cada artefacto tenía una intención. Cada intención tenía una debilidad.
—Liria —dijo—. Si abrís seis, ¿qué hace que las otras se cierren?
La mujer la miró con cansancio.
—El núcleo cuenta el peso liberado. Seis jaulas vacías cambian la presión del suelo. El sistema interpreta que hay fuga y sella el corredor.
—Entonces no liberamos peso.
Lysandra entendió primero.
—Sustituimos el peso.
—Con qué —preguntó Darian—. No tenemos doce carros de piedra.
—Tenemos agua.
El corredor de drenaje que habían usado para entrar corría detrás de las jaulas. Isolde lo había oído, un rumor constante bajo la piedra. Si desviaban agua a los compartimentos después de abrirlos, el núcleo seguiría registrando masa. No personas. Pero suficiente peso.
—Podría funcionar —dijo uno de los ingenieros—. Si abrimos las compuertas de drenaje, el agua llenará las jaulas de abajo. Pero las de arriba—
—Rheskan —dijo Isolde.
Todos la miraron.
—Hay una chimenea de ventilación. Lo siento. Puede llevar piedras o… no, no piedras. Necesitamos mantener el peso. Puede empujar las vigas, abrir una canaleta desde arriba.
—No puede entrar —dijo Darian.
—No tiene que entrar. Tiene que escucharme.
El riesgo le atravesó el cuerpo. Si usaba el vínculo demasiado, podía llamar a Ydrael. Si llamaba a Ydrael, el Círculo podía sentirlo. Pero los niños detrás de las jaulas no tenían tiempo para su miedo.
—Hazlo —dijo Lysandra.
La guardiana Liria cerró los ojos. Durante un instante, pareció una mujer que acababa de ver una salida después de años mirando una pared.
—Nunca pensé que alguien intentaría romper la lección —murmuró.
—Las lecciones horribles suelen estar mal planteadas —dijo Isolde.
La anciana le entregó la palanca.
El plan ocurrió a la velocidad del desastre. Los ingenieros abrieron las compuertas con picos. Darian y Lysandra cortaron las cadenas de las primeras jaulas sin forzar las cerraduras. Isolde corrió al corredor de ventilación, apoyó ambas manos sobre la roca y llamó a Rheskan.
La respuesta llegó de otra forma.
Con la imagen de agua, piedra y personas pequeñas detrás de hierro.
El dragón respondió desde arriba. Un rugido atravesó la montaña. Polvo cayó del techo. Una luz roja se encendió en los núcleos.
Una trompa sonó a lo lejos.
La primera puerta se abrió.
El agua entró por el suelo, llenando el espacio vacío hasta los tobillos. Los prisioneros salieron corriendo. Darian los dirigió hacia la salida. Las jaulas se abrían una tras otra. El peso cambiaba, el núcleo latía, el agua subía.
Rheskan golpeó la chimenea desde arriba. La piedra se movió. Una canaleta improvisada dejó caer un torrente sobre las jaulas superiores. La masa de agua sustituyó a los cuerpos liberados. El mecanismo chilló, confundido.
La tercera trompa sonó.
El corredor entero tembló.
Isolde vio a Liria quedarse junto a la última palanca, sosteniendo el mecanismo con las dos manos. El agua le llegaba a la cintura.
—¡Venid! —gritó Isolde.
La mujer negó con la cabeza.
—Alguien tiene que mantenerlo abierto.
—Podemos sacarla —dijo Darian.
—No hay tiempo.
Liria miró a Isolde. En sus ojos había una paz terrible.
—Dile a Ydrael que lo siento.
El techo se partió.
Darian agarró a Isolde y la arrastró hacia el corredor. La última imagen que tuvo de Liria fue la de una mujer gris bajo el agua, sosteniendo una palanca mientras las jaulas se vaciaban.
Salieron al túnel de drenaje justo cuando la cámara colapsaba detrás de ellos.
El rugido de Rheskan llegó desde arriba. Más profundo, más furioso, respondió otro rugido desde debajo de la montaña.
Ydrael había sentido el derrumbe.
Y estaba despierto.
La línea en la montaña
El túnel de drenaje era una garganta de piedra que subía y bajaba sin lógica, llena de agua hasta los tobillos y de polvo de derrumbe.
Los prisioneros caminaban en fila, agarrados a cuerdas que Lysandra había ordenado tender entre los muros.
Algunos apenas podían mantenerse en pie.
Otros llevaban a niños en brazos. Los soldados de Caleryon y Skarde se alternaban para sostener a los heridos, demasiado cansados para recordar qué color de capa llevaba la persona a la que ayudaban.
Isolde iba al final de la columna, con Darian a su lado y Rheskan arriba, golpeando la roca de vez en cuando para abrir respiraderos. Cada vez que el dragón rugía, Ydrael respondía desde debajo. El eco hacía temblar el suelo.
—Tenemos que movernos más rápido —dijo uno de los ingenieros.
—Si corremos, se rompe la fila —respondió Lysandra—. Si se rompe la fila, perdemos gente. Avanzad.
La orden era una palabra repetida contra el caos: avanzad. A veces eso era lo único que separaba a un grupo de personas de convertirse en pánico.
Al cabo de un tiempo que Isolde no pudo medir, el corredor se abrió a una galería con ventanas estrechas hacia el paso. A través de ellas vio la batalla por primera vez de cerca.
No había dos ejércitos formados. Había grupos dispersos, choques de hombres en los puentes, carros incendiados, flechas desde las laderas.
Algunos estandartes rojos combatían contra otros estandartes rojos.
Algunas capas grises disparaban contra capas grises.
El Círculo no había iniciado una guerra ordenada; había creado una confusión tan cruel que cada bando podía ver en el otro la amenaza que ya temía.
—Las trompas —dijo Morna, mirando por una ventana—. Han dado la señal de asalto.
—¿Quién? —preguntó Darian.
—No importa. Cuando hay suficiente humo, todos creen que fue el enemigo.
Un golpe sacudió el corredor. Polvo cayó del techo. Los prisioneros gritaron.
—Nos han encontrado —dijo Lysandra.
Desde el extremo opuesto de la galería aparecieron tres figuras con máscaras de ceniza. Llevaban arcos cortos y frascos de luz azul. No intentaron atacar a Isolde. Dispararon hacia los civiles.
La primera flecha habría alcanzado a una niña de Skarde si Darian no se hubiera interpuesto. La punta le rozó el hombro, cortando tela y piel. Él no cayó. Isolde sintió que el miedo le subía al cuerpo como una llama.
—¡Cubridlos! —gritó.