Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES
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CAPÍTULO 14 EL PACTO DE LOS MAYORES

La caravana llegó al campamento antes de medianoche.

Las familias se apiñaron alrededor de los fuegos, agotadas y agradecidas de una forma que Isolde no sabía recibir.

Una mujer le besó las manos. Un anciano se arrodilló hasta que ella le pidió, casi le rogó, que se levantara.

Los niños miraban a Rheskan como si fuera una promesa o una pesadilla, dependiendo de cuándo parpadearan.

Isolde aceptó cada agradecimiento porque sabía que negarlo podía parecer indiferencia. Por dentro, solo pensaba en el hombre de la capa gris y en la facilidad con que había usado a la gente como una cuenta atrás.

Darian no se acercó hasta que los civiles estuvieron atendidos. Lo encontró junto al borde del campamento, lavándose la sangre de las manos con nieve derretida. No era su sangre.

—¿Estás enfadado? —preguntó Isolde.

Él no levantó la vista.

—Estoy intentando no estarlo.

—Eso no es una respuesta.

—Estoy enfadado con ellos. Con el modo en que te obligaron a elegir. Conmigo por haber pensado que podía impedirlo diciendo no.

Ella se acercó un paso.

—No me obligaron a elegir. Elegí no ir con ellos.

—Y usaste a Rheskan para cambiar el tablero. Lo sé. Fue inteligente. Fue valiente.

—Pero.

Darian se volvió. La luz del fuego le dejaba sombras bajo los ojos.

—Pero vi al hombre sonreír cuando te miraba.

Vi cómo quería que tuvieras que demostrar que no abandonarías a los civiles.

Y pensé que, si hubiera sido otra situación, si no hubieras tenido un dragón arriba, quizá habrías aceptado ir con él.

La razón estaba en que eres incapaz de dejar sufrir a alguien si crees que puedes impedirlo, lejos de seas débil.

La descripción le dolió porque no era un insulto.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó—. ¿Que me vuelva fría para que nadie pueda usarme?

—No.

—¿Que te entregue cada decisión para que tú digas cuándo una vida vale el riesgo?

—No.

—Entonces deja de mirarme como si mi compasión fuera el error que va a matarme.

El silencio se extendió. Darian apretó la mandíbula.

—Es que el mundo haya aprendido a castigarla —dijo—.

La rabia se deshizo un poco. No desapareció. Se convirtió en tristeza.

—El mundo también te castiga a ti —dijo Isolde—. Por tu apellido. Por las cosas de tu padre. ¿Quieres que te mire como si esas cosas fueran el error que va a matarte?

Darian bajó la mirada.

—A veces creo que deberías.

La respuesta la dejó sin aire.

Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, un cuerno sonó desde la línea de guardia. Era una señal de mensajero.

Un halcón descendió sobre el poste de una tienda, con una cinta roja atada a la pata. Darian lo reconoció. Era uno de los halcones de la Casa Rhyne.

Se acercó con el rostro tenso. Desató la cinta y leyó el mensaje a solas.

Isolde no le preguntó qué decía. Esperó a que él decidiera hablar.

El mensaje era corto.

Tu padre está en la cámara norte. Viene la primera nieve. Elige.

Darian guardó el papel dentro de la chaqueta. Cuando volvió hacia ella, su rostro estaba tranquilo de una manera que le resultó peor que si hubiera estado alterado.

—Noticias de Halar —dijo.

—¿Buenas?

—No.

—¿Quieres contármelo?

Él miró hacia los fuegos, donde Mara dormía con la cabeza sobre el regazo de su madre. Rheskan vigilaba desde una colina. Más allá, la oscuridad ocultaba Cendral.

—Quiero —dijo Darian—. Pero no sé si tengo derecho a pedirte que cargues con más.

Isolde sintió que la herida entre ellos se abría otra vez.

—No decides tú cuánto puedo cargar.

—Lo sé.

—Entonces dime.

Él abrió la boca. El viento levantó ceniza del fuego y la llevó entre los dos. Durante un segundo, Isolde creyó que lo haría.

—Mi padre está en peligro —dijo al fin.

No era mentira. No era suficiente.

—¿Por el Círculo?

—Sí.

—¿Qué quieren?

—Que elija.

La palabra cayó con un peso que Isolde conocía demasiado bien.

—¿Entre qué?

Darian la miró. Había terror en sus ojos. No miedo a morir. Miedo a ser visto.

—Entre la Casa Rhyne y todo lo que creo ser.

Ella quería acercarse. Quería abrazarlo, decirle que las Casas no eran personas, que el apellido no era una jaula, que podían encontrar a su padre y destruir al Círculo juntos.

Pero recordó la pared de la Fiesta de la Cosecha: No entregues la llave al amor.

El Círculo no necesitaba que Darian dejara de quererla. Únicamente necesitaba que el miedo a perderla, o a perder a su padre, fuera más fuerte que la verdad.

—No te pido que elijas ahora —dijo Isolde—. Te pido que no dejes que elijan por ti.

Darian cerró los ojos. Cuando los abrió, parecían más oscuros.

—Ojalá fuera tan sencillo.

La madrugada llegó con una nieve fina que empezó a cubrir las piedras. No era la primera nieve de invierno, todavía. Pero era lo bastante blanca para que Darian se quedara despierto mirando el cielo hasta que el fuego se apagó.

Las primeras trompas de Cendral

El sonido llegó antes de que vieran el paso.

Una trompa grave, repetida tres veces, que rebotó entre las montañas y volvió deformada por el viento. Después otra, más aguda, desde el norte. Señales militares. No mensajes de auxilio.

La patrulla se detuvo en una cresta desde donde por fin podían ver Cendral.

El paso era una herida inmensa entre dos paredes de montaña, con un río negro en el fondo y puentes de piedra tendidos sobre cascadas de vapor. A un lado se alzaba el antiguo puesto de Caleryon; al otro, una torre de Skarde. Entre ambos, donde debía haber espacio de tierra y camino, había humo.

No humo de campamentos.

Humo de fuego de guerra.

—Ya han empezado —dijo Morna.

Abajo se veían estandartes rojos y grises moviéndose entre la niebla. Desde aquella distancia era imposible saber quién atacaba a quién. Eso, comprendió Isolde, era parte del plan. El Círculo no necesitaba un bando ganador. Necesitaba que todos los que miraran vieran una razón para odiar.

—No podemos bajar con los civiles —dijo Lysandra.

—El sendero oeste sigue abierto —dijo Morna—. Los llevaré hasta la ruta de Halar con dos de mis hombres.

—Yo iré con ellos —dijo uno de los soldados de Caleryon.

—No —dijo Isolde—. Necesitamos que todos los que puedan luchar se queden.

El soldado la miró. Tenía dieciocho años, quizá menos. Quería discutir. Al final solo asintió y ayudó a levantar a un anciano sobre un carro.

Mara se acercó a Isolde antes de partir. La niña llevaba la figura de dragón de madera colgada al cuello con una cuerda.

—¿Vas a ir al fuego? —preguntó.

—Sí.

—¿Y vas a volver?

La pregunta era tan simple que no había una respuesta segura. Isolde se arrodilló.

—Voy a intentarlo con todo lo que tengo.

Mara asintió, seria.

—Entonces dile al dragón que vuelva también.

Rheskan inclinó la cabeza desde la ladera. La niña le hizo una reverencia. Después Morna la llevó hacia el sendero oeste, junto a los refugiados.

Cuando se quedaron solos los combatientes, Lysandra desplegó el mapa.

—Hay tres accesos al paso. La garganta oeste, donde sabemos que nos esperan. La cara norte, controlada por Skarde y probablemente por Varyn. Y la antigua ruta de agua, bajo el puesto de Caleryon. Si sigue transitable, podemos entrar detrás de las líneas sin que nos vean.

—¿Y salir? —preguntó Darian.

—Eso ya lo discutiremos cuando dejemos de tener opción de morir aquí arriba.

—Inspirador como siempre —murmuró Isolde.

Lysandra la miró.

—Me esfuerzo.

Descendieron por la ruta de agua. Era un corredor estrecho entre rocas, usado antaño para llevar suministros al puesto.

El río corría al lado, tan oscuro que parecía aceite.

Rheskan no pudo seguirlos a pie; levantó vuelo y se perdió entre el humo, obedeciendo la señal de Isolde de mantenerse alto y oculto.

Al acercarse al puesto de Caleryon, encontraron los primeros cuerpos.

Había soldados de ambos reinos: una mujer de Skarde con una flecha roja en el cuello, un hombre de Caleryon con la armadura gris sobre la suya y dos mercenarios sin emblema. Los muertos parecían un mensaje hecho de cadáveres.

Isolde obligó a su estómago a mantenerse quieto.

—No mires demasiado tiempo —dijo Darian, bajo.

—Si no miro, se convierten en parte del paisaje.

Él no respondió.

Dentro del puesto, el silencio era peor. Las mesas estaban volcadas. Había mapas quemados, cajas abiertas, una olla de sopa todavía tibia. Alguien había salido de allí hacía poco.

Uno de los ingenieros encontró una trampilla bajo el almacén.

—Ruta de agua —dijo—. Baja hacia los túneles del antiguo sistema de drenaje.

Lysandra asintió.

—Entramos.

La trampilla llevaba a un corredor de piedra húmeda. A medida que descendían, el sonido de la batalla se volvía sordo, como un corazón enorme golpeando desde lejos. Isolde sentía otra cosa debajo: una vibración más profunda, un ritmo que no pertenecía al río ni a las trompas.

Ydrael.

Cada paso hacia el interior la acercaba a él.

—¿Lo sientes? —preguntó Darian.

Ella asintió.

—Está despierto.

—¿Puede ayudarnos?

La pregunta la sorprendió. La esperanza había provocado la sorpresa.

—No lo sé. Creo que está sufriendo.

Darian apretó la mandíbula. No volvió a preguntar.

El corredor terminó en una puerta de hierro marcada con símbolos de fuego y hielo entrelazados. Era un umbral. En el centro, una ranura fina esperaba una llave.

Isolde sacó la pieza de plata de Maelia.

—No —dijo Darian.

Ella lo miró.

—Es la llave.

—Lo sé. Pero cada vez que abrimos una puerta de vuestra madre, alguien parece saber que lo hemos hecho.

—Cada vez que no la abrimos, el Círculo gana tiempo.

Lysandra examinó los símbolos.

—Es una salida de emergencia. Si Maelia dejó la llave, quizá esperaba que la usáramos.

Isolde introdujo la pieza.

El hierro no se abrió de inmediato. Un hilo de calor recorrió la ranura. Después, desde algún lugar del otro lado, una voz habló.

—¿Quién llama a la puerta de la herida?

Era humana.

Todos desenvainaron las armas.

Isolde puso una mano sobre la puerta.

—Isolde Valarys.

La voz guardó silencio. Luego dijo:

—La hija de Maelia llega al fin.

El hierro se abrió hacia dentro.