CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #6
—Eso es exactamente lo que haces.
—Estoy intentando que no llegues a Cendral con una flecha entre las costillas.
—Y yo estoy intentando que no tomes cada riesgo por mí como si tu vida valiera menos.
La discusión hizo que varios soldados cercanos apartaran la mirada con discreción. Lysandra soltó un suspiro.
—Los dos iréis —dijo—. Con Morna y cuatro jinetes. Pero si es un bloqueo, no negociáis solos. Volvéis y buscamos otra ruta. ¿Está claro?
—Sí —dijeron ambos.
El cruce de las tres piedras era una explanada donde se encontraban tres caminos de montaña. Desde lejos parecía una caravana detenida: carros, caballos, hombres alrededor de un fuego. Al acercarse, Isolde vio que los carros llevaban medicinas y mantas. También vio las espadas.
Un hombre salió a su encuentro. Llevaba una capa gris de Skarde sobre una armadura de Caleryon. No intentaba ocultar la contradicción. Quería que la vieran.
—No podéis pasar —dijo.
—¿Quién os ha dado autoridad? —preguntó Morna.
El hombre enseñó un pergamino. Llevaba dos sellos: el de Caleryon y el de Skarde.
Isolde no necesitó leerlo para saber que era falso. Los sellos eran perfectos. Demasiado perfectos. La cera tenía el punto azul en el borde.
—Es una falsificación —dijo.
El hombre la miró con interés.
—Ah. La heredera. Nos dijeron que vendríais.
El mundo se estrechó.
—¿Quién os lo dijo?
—Un hombre que lleva vuestro apellido en la mano.
Darian se tensó. Isolde no apartó los ojos del desconocido.
—¿Un anillo de roble?
—Un anillo de roble. Una voz amable. Dijo que dejaríamos pasar a las familias si la llama venía a hablar con nosotros.
Morna llevó una mano a la espada. Darian hizo lo mismo.
—No habléis con él —murmuró.
Pero Isolde ya había dado un paso adelante.
—Aquí estoy.
El hombre sonrió. Era la de alguien aliviado de que una prueba funcionara.
—El paso de Cendral se abrirá esta noche. Cuando lo haga, los reyes enviarán a sus hombres y los pueblos pagarán el precio. Vos podéis detenerlo.
—¿Cómo?
—Entrando en la cámara. Desatando al dragón. Aceptando el lugar que os corresponde.
—No os corresponde decidir cuál es mi lugar.
La sonrisa se borró.
—No. Pero alguien lo hará. El Círculo, Skarde, vuestro padre, vuestro prometido. Todos quieren una versión de vos que les resulte útil. Nosotros al menos somos honestos.
La honestidad de los monstruos era siempre otra forma de mentira.
—Dejad pasar a las familias —dijo Isolde.
—No.
El hombre levantó una mano.
Los carros se movieron. Detrás de las lonas aparecieron más hombres. No eran muchos. Doce, quizá quince. Suficientes para una emboscada, no para una batalla.
—Tenéis una elección —dijo el desconocido—. Venid con nosotros y la caravana queda libre. O volved con vuestra patrulla y veremos cuánto tardan las primeras flechas en encontrar a los niños.
Darian se colocó a su lado.
—No negociéis con ellos.
—¿Y qué propones? —susurró ella—. ¿Atacamos y esperamos no matar a quienes quieren salvar?
—Proponemos otra salida.
El hombre del círculo roto se impacientó.
—Decidid.
Isolde miró los carros. Una mujer asomaba la cara desde uno de ellos. Tenía un bebé en brazos. Estaba aterrada, y eso era suficiente.
—Dejad que pase la caravana —dijo Isolde—. Yo iré con vosotros hasta el primer puesto de Cendral. No más.
—No —dijo Darian.
La palabra era pánico.
—Darian.
—No. No te entregaré a ellos.
El hombre de la capa gris sonrió otra vez.
—Ahí está. El amor siempre acaba haciendo el trabajo.
La frase golpeó como una bofetada. Isolde recordó la pared de la Fiesta de la Cosecha: No entregues la llave al amor.
Estaba hablando de la necesidad de proteger, de la forma en que todos podían convertirse en una jaula si el miedo era suficiente.
—No voy a ir con vosotros —dijo Isolde.
El hombre levantó la mano.
Rheskan descendió desde las nubes.
No aterrizó. Pasó tan bajo sobre el cruce que el batir de sus alas levantó polvo, ceniza y las lonas de los carros. Los caballos se encabritaron. Los hombres del Círculo miraron hacia arriba, sorprendidos. En ese instante, Morna gritó la orden.
Los jinetes de Skarde y Caleryon cargaron juntos.
Darian derribó al hombre de la capa gris antes de que pudiera activar algo bajo la manga. Isolde corrió hacia los carros. No usó fuego contra las personas. Usó una línea de llama para quemar las cuerdas que bloqueaban las ruedas. La caravana empezó a moverse.
Hubo gritos, golpes, polvo. Uno de los hombres del Círculo lanzó una botella azul contra el suelo. El frío se extendió como una mordida. Isolde resbaló. Darian la alcanzó antes de que cayera bajo los cascos de un caballo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—No uses esa—
—Ya lo sé.
El hombre de la capa gris escapó en medio de la confusión. Pero la caravana pasó. Las familias siguieron hacia la ruta oeste escoltadas por Morna y dos jinetes.
Cuando el polvo se asentó, Isolde encontró algo en el suelo: un pequeño sello de metal con las raíces de un roble convertidas en cadenas.
Era prueba de que el Círculo quería que todo el mundo lo creyera.
Y esa diferencia empezaba a ser lo único que podía sostenerlos.