Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #5
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CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #5

—Que Varyn marcha hacia Cendral con cuatro compañías. Dice que ha recibido pruebas de una incursión de Caleryon y que recuperará el paso para Skarde.

—No hay incursión —dijo Morna.

—Lo sabe —respondió Sigrid.

La certeza en su voz dejó claro que el problema no era una mentira que podía corregirse con otra carta. Varyn quería la guerra. O necesitaba fingir que la quería.

—¿Puedes detenerlo? —preguntó Darian.

Cael lo miró.

—No sé. Pero puedo intentar retrasarlo. Si llega al paso y ve tropas de Caleryon, aunque sean una patrulla, tendrá el pretexto que espera.

—¿Y los civiles? —preguntó Isolde.

—Sigrid se quedará con Morna. Vosotros los sacaréis por la ruta oeste. Yo iré al norte con dos hombres para interceptar a Varyn antes de que cruce la línea.

—Eso es suicida —dijo Isolde.

—Es una conversación con un hombre que todavía me debe respeto por mi nombre. En Skarde, esas cosas pueden durar unos minutos antes de que te maten.

—No es suficiente.

—No. Pero es lo que tengo.

Isolde miró el mapa. Cael se estaba preparando para salir solo hacia un ejército que podía considerarlo traidor.

Parte de ella quiso decir que no era su responsabilidad.

Otra parte, la que había visto las luces de Cendral y había leído la carta de Maelia, sabía que ninguna responsabilidad dejaba de serlo porque resultara incómoda.

—No vayas solo —dijo.

Cael negó.

—No puedo llevar soldados de Caleryon. Varyn usaría eso para confirmar su historia. Y no puedo llevar a la heredera de Fuego al campamento de los halcones de Skarde.

—No he dicho que me llevaras.

—Eso es casi peor.

Sigrid se acercó con dos exploradores. Les dio órdenes rápidas en la lengua del norte. Cael ajustó el abrigo, guardó el mensaje y se volvió hacia Isolde.

—No entréis en la cámara de Cendral —dijo.

—No voy a prometerte eso.

—Lo sé. Pero os lo digo igual.

—¿Por qué te importa?

La pregunta salió antes de que pudiera medirla. Darian se tensó a su lado. Cael no respondió enseguida.

—Porque he visto lo que ocurre cuando los hombres de mi familia creen que una vida puede convertirse en estrategia —dijo—. Y porque, aunque no confiemos el uno en el otro, no quiero que el Círculo tenga razón sobre nosotros.

Era algo más difícil: el reconocimiento de que ambos podían ser usados por historias que no habían elegido.

Isolde asintió.

—Vuelve vivo.

Cael arqueó una ceja.

—No recibo órdenes de herederas de Caleryon.

—Es una petición desesperada.

Por un instante, la expresión del príncipe cambió. Una sombra de humor. Luego se volvió hacia Darian.

—Cuidad de ella.

Darian sostuvo su mirada.

—No es una cosa que se guarde.

—No he dicho que lo fuera.

—A veces las palabras importan.

Cael asintió, aceptando el golpe sin defenderse.

—Entonces cuidad de que nadie la convierta en una.

Partió hacia el norte con Sigrid y los exploradores. No hubo despedida solemne. Únicamente el sonido de los caballos alejándose sobre piedra.

Isolde lo vio hasta que desapareció entre la niebla. Después se volvió hacia la ruta oeste, donde los civiles esperaban y Cendral seguía ardiendo en el horizonte.

Darian caminó a su lado durante un rato sin hablar.

—No tienes que decirlo —dijo ella.

—¿El qué?

—Que no te gusta que confíe un poco en él.

Darian respiró hondo.

—No me gusta que tenga una parte de esta historia que yo no puedo darte.

—No es una competencia.

—Lo sé. Eso no significa que no me haga sentir pequeño a veces.

La confesión la tomó por sorpresa. Darian rara vez hablaba de sí mismo como alguien vulnerable. Siempre había sido el que escuchaba, el que daba espacio, el que sabía cuándo no convertir una herida en el centro de la conversación.

—No eres pequeño —dijo Isolde.

Él la miró. Había tantas cosas en sus ojos que ella no supo cuál responder primero.

—Ojalá fuera tan sencillo.

La patrulla retomó la marcha. Detrás de ellos, una parte de Skarde se movía hacia la guerra. Delante, Cendral esperaba con sus prisiones, sus mentiras y las decisiones que parecían cada vez menos compartibles.

El camino sin banderas

La ruta oeste se convirtió en una columna de personas sin bandera.

Había familias de Caleryon con carros de madera, soldados de Skarde heridos que caminaban apoyados en bastones, pastores que llevaban cabras por cuerdas y niños que dormían sobre sacos de harina.

Rheskan volaba adelante y atrás, visible solo lo suficiente para que nadie se perdiera, no tanto como para convertir la evacuación en una provocación.

Isolde cabalgaba en medio de la columna. No podía salvar a todos. La idea la perseguía desde que había visto los primeros pueblos vacíos. Pero podía evitar que los vivos se convirtieran en otra cifra en un informe.

—La ruta sur está abierta —dijo Morna al volver de explorar—. Podemos enviar a las familias hacia Halar. Pero hay una caravana detenida en el cruce de las tres piedras. No sabemos si es gente o un bloqueo.

—¿Cuánta distancia? —preguntó Lysandra.

—Una hora a caballo.

Darian miró el cielo. El sol ya empezaba a caer.

—Si esperamos, estaremos a oscuras. Si avanzamos, dejamos a esta gente expuesta.

—Puedo ir con Morna y dos jinetes —dijo Isolde.

Lysandra negó.

—No.

—No he terminado.

—No hace falta. Ya sé cómo termina: «soy la heredera, debo ver qué ocurre». No.

Isolde apretó las riendas.

—No es eso. Si los hombres del cruce llevan capas falsas, quizá pueda convencerlos de que las familias no son el objetivo correcto.

—Los hombres que usan niños como cebo no tienen objetivo correcto —dijo Lysandra.

Darian miró a Morna.

—Voy yo.

—Claro que vas tú —dijo Isolde.

Él se volvió hacia ella. Había cansancio en su rostro, pero también una determinación que ella conocía.

—No estoy intentando apartarte.