Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #3
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CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #3

—Vuelve.

Darian sostuvo su mano un segundo.

—Tú también.

Cael pasó junto a ellos sin comentar nada. Pero, antes de entrar al túnel, miró a Isolde.

—No toquéis los detonadores —dijo.

—¿También es una petición desesperada?

—No. Es una orden de alguien que sabe que no vais a obedecerla.

Desapareció en la oscuridad junto a Darian.

Isolde se quedó en la cantera con Lysandra, Sigrid y los civiles restantes. Arriba, Rheskan giraba sobre las nubes. Las paredes de roca brillaban con pequeñas luces azules y rojas.

Por primera vez, no sabía si el lugar estaba a punto de explotar o si ella lo estaba.

Los hombres que eligen

El túnel olía a tierra húmeda y a miedo.

Darian iba primero, con la lámpara cubierta en una mano y la otra sobre la empuñadura de la espada.

Cael caminaba detrás, demasiado cerca para que cualquiera de los dos pudiera fingir que confiaba en el otro.

La primera familia avanzaba entre ellos: una mujer de Skarde, un anciano de Caleryon y dos niños que no dejaban de mirar hacia atrás.

—No habléis —dijo Darian.

—Eso es difícil —susurró el niño mayor—. Mi hermana está llorando.

—Entonces cantad muy bajo —dijo Cael.

Darian lo miró por encima del hombro.

—¿Cantar?

—Es mejor que llorar. Y mantiene el ritmo al caminar.

El príncipe no parecía bromear. El niño asintió, serio, y empezó a tararear una melodía sencilla. Su hermana se agarró a su mano. El sonido apenas era audible, pero hizo que el túnel pareciera menos estrecho.

Avanzaron durante veinte minutos. La salida debía estar cerca cuando Darian encontró la primera marca de sangre en la pared.

Era una línea trazada con cuidado, formando el círculo roto del Círculo de Ceniza.

—Alto —dijo.

Cael se acercó. Su luz azul iluminó el símbolo.

—Nos han esperado.

El túnel se bifurcaba. A la izquierda, el aire olía a bosque. A la derecha, a metal caliente.

—La salida está a la izquierda —dijo Cael.

—¿Cómo lo sabéis?

—Porque el viento entra por allí.

—Podría ser otra grieta.

—Podría. Pero si queréis discutir la meteorología subterránea, hacedlo después de sacar a los niños.

Darian odiaba que tuviera razón. Aun así, condujo al grupo hacia la izquierda.

El primer virote salió de la oscuridad sin sonido. Se clavó en la pared a un palmo de la cabeza de la mujer de Skarde. Cael la empujó al suelo. Darian apagó la lámpara de un golpe. El túnel quedó negro.

—¡Atrás! —ordenó.

Hubo pasos. Tres, quizá cuatro. El niño dejó de cantar.

Darian escuchó la respiración de los atacantes. Uno llevaba armadura ligera; el metal rozaba la roca. Otro tenía un silbido al exhalar. No eran soldados de Skarde ni de Caleryon. Eran personas que habían aprendido a moverse en túneles.

Una luz roja se encendió al fondo.

—Lord Rhyne —dijo una voz.

El corazón de Darian se detuvo un latido.

La voz no le resultaba familiar. El título, sí. Lo pronunciaba con una falsa reverencia que conocía demasiado bien.

—Vuestra Casa ha abierto muchas puertas para nosotros. No hagáis que tengamos que cerrarle una.

Cael se volvió hacia él en la oscuridad. Darian no necesitaba verlo para saber qué estaba pensando.

—¿Quién sois? —preguntó Darian.

—Una persona que os ofrece una última oportunidad. Dejad a la heredera donde está. Llevad a los civiles de vuelta. Olvidad lo que habéis visto. Cuando llegue la primera nieve de verdad, vuestra familia seguirá teniendo casa y nombre.

—¿Y si no? —preguntó Cael.

La voz rio.

—Entonces los dos reinos aprenderán lo que ocurre cuando los herederos creen que pueden salvar a todos.

El rojo de la luz reveló una mano al fondo del túnel. Llevaba un anillo de roble negro.

Era un sello antiguo, con las raíces del árbol convertidas en cadenas.

Darian sintió que la rabia le quitaba el aire.

—No uséis mi Casa como amenaza —dijo.

—Es un contrato.

El atacante disparó otra vez.

Cael alzó una pared de hielo desde el suelo.

El virote quedó atrapado dentro, a un dedo de la cara del niño.

Darian aprovechó la luz que reflejaba el hielo para avanzar.

Golpeó al primer hombre con el hombro, lo derribó contra la pared y le quitó la ballesta.

El segundo salió de la sombra con una cuchilla corta.

Pelear en un túnel era una cuestión de no tener espacio para equivocarse. Darian bloqueó el primer corte, sintió el metal rozarle la manga y respondió con el pomo de la espada. El hombre cayó de rodillas. Cael atrapó al tercero con una cuerda de hielo alrededor del tobillo y lo tiró al suelo.

La persona del anillo retrocedió hacia la luz roja.

—¡Darian! —gritó Cael.

El túnel tembló.

Era la advertencia de una. Polvo cayó del techo. La mujer de Skarde abrazó a los niños. El anciano se llevó una mano al pecho.

Darian tuvo una elección exacta y horrible: perseguir al hombre del anillo, arrancarle una respuesta, quizá descubrir qué sabía de su padre y de la deuda de Rhyne; o volver con los civiles antes de que la roca les cerrara el paso.

Fue una elección.

Se volvió hacia los niños.

—¡Corred a la salida!

Cael lo entendió al instante. Cubrió la retirada con hielo mientras Darian levantaba al anciano por debajo de los brazos. El túnel se movió. Una piedra cayó sobre la espalda del hombre del anillo. Por un segundo, Darian vio su máscara de ceniza y sus ojos.

No había odio en ellos.

Había decepción.

—Siempre elegís mal —susurró el hombre antes de desaparecer tras el derrumbe.

Salieron a la ladera justo cuando parte del túnel se cerraba detrás de ellos. Isolde fue la primera que llegó. Se arrodilló junto a los niños, contó cuerpos, preguntó quién faltaba.

—Todos —dijo Darian, sin aliento—. Han salido todos.

El alivio de su rostro le atravesó. Ella le tocó la mejilla, justo donde el polvo se mezclaba con sangre.

—¿Estás herido?

—Apenas.

Isolde lo miró con una mezcla de enfado y ternura.

—Te odio un poco por usar mis palabras contra mí.

—Creo que es justo.

Cael salió detrás, arrastrando a uno de los atacantes inconsciente. Sigrid y Morna lo sujetaron. El hombre llevaba una capa sin emblema y una pequeña ampolla azul escondida en el cuello.

—Quitadle eso —ordenó Cael—. Antes de que muerda una cápsula como Brel.

Morna le arrancó la ampolla. El prisionero abrió los ojos. Vio a Darian y sonrió con los labios partidos.

—Vuestro padre os enseñó a elegir a los débiles —dijo.

Darian se acercó.

—¿Dónde está?

—Donde siempre ha estado. En una casa que arde lentamente.

—¿Qué queréis de Isolde?

El hombre miró a la heredera. Su sonrisa se apagó.

—Que recuerde que el fuego no salva a nadie. Únicamente decide qué queda después.

Antes de que pudieran detenerlo, apretó los dientes. Un hilo de humo salió de su boca. Morna lo golpeó en la mandíbula, pero llegó tarde. El veneno no lo mató de inmediato. Lo dejó paralizado, con los ojos abiertos y el cuerpo inmóvil.

—Vivo —dijo Cael—. Pero no sé cuánto podrá hablar.

Lysandra examinó los restos del túnel. La cantera seguía llena de detonadores.

Los civiles habían empezado a cruzar en grupos hacia la salida oeste.

Rheskan aterrizó por fin en la ladera, levantando polvo y miedo.

Isolde le dio una orden corta. El dragón se quedó quieto, dejando que los niños pasaran bajo sus alas sin hacer ruido.

Darian miró la escena. Gente de ambos reinos caminando junta bajo la sombra de un dragón de fuego. Un príncipe de hielo arrodillado junto a un prisionero. Isolde dando instrucciones con la capa llena de polvo como alguien que se negaba a abandonar a nadie.

El Círculo quería que eligieran entre Fuego y Hielo.

Por eso, pensó Darian, los ataques tenían que ser cada vez más crueles. Porque cada vez que las personas elegían ayudarse, el plan perdía una parte de su poder.

Y porque, tarde o temprano, el Círculo los obligaría a hacer una elección que nadie pudiera compartir.

* * *

El prisionero tardó dos días en volver a mover la mano.

Lo llevaban en una camilla entre las familias evacuadas, con la mandíbula asegurada y las muñecas atadas. Cael se negó a abandonarlo. Lysandra se negó a permitir que lo interrogaran mientras apenas podía respirar. Morna se negó a confiar en que fuera realmente incapaz de hacerles daño.

Al final, todos tuvieron que aceptar que el hombre seguía vivo y que su silencio era otra clase de amenaza.

Se llamaba Elian Var.

Lo dijo cuando Isolde se sentó a su lado junto a una fogata, lejos del resto del campamento. La noche era clara. Cendral ardía en el horizonte con destellos rojos que nadie quería nombrar como incendios o explosiones.

—Elian Var —repitió Isolde—. ¿Trabajas para el Círculo?

El hombre tenía el rostro gris. La parálisis le había dejado la voz apenas por encima de un susurro.

—Trabajo para quien paga por que las cosas parezcan inevitables.

—¿Dónde está lord Rhyne?

Una sonrisa diminuta le movió la boca.

—¿Eso es lo que os importa?

—Ahora mismo me importan muchas cosas. Contestad.

—En el lugar donde guardamos a todos los hombres que creen que sus apellidos los protegerán.

—¿Qué lugar?

Elian cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, miró hacia Cael, que permanecía de pie a unos pasos.

—El hielo sabe el nombre.

Cael se quedó inmóvil.

—No —dijo.

—Vuestra familia construyó parte de la prisión. No fingáis que no conocéis los corredores.

Isolde miró al príncipe. Cael Parecía furioso consigo mismo, lejos de sorprendido.

—Hay antiguas cámaras de contención bajo la cara norte de Cendral —dijo al fin—. Mi abuelo hablaba de ellas. Pensé que eran historias para justificar las patrullas. Si el Círculo las ha reabierto, puede tener prisioneros allí.

—¿Y Ydrael? —preguntó Isolde.

Elian rio, pero la risa se convirtió en tos.

—El dragón es una llave viva. Como vos. Como él.

—¿Qué quieren abrir? —preguntó Darian.

Elian giró los ojos hacia él. La animadversión entre los dos hombres era tan clara que Isolde la sintió como una temperatura.

—La parte del mundo que vuestras Casas cerraron cuando decidieron que el equilibrio era demasiado caro.

—No sé de qué habláis.

—No. Eso es lo más triste de vos, lord Rhyne. Os han dado un apellido lleno de deudas y os han enseñado a llamarlo honor.