Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #2
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CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO #2

El mensaje llegaba tarde para salvar el puente, pero no para comprender su sentido. El Círculo no había provocado el derrumbe para atrapar a civiles. Había usado a los civiles para atraer patrullas de ambos reinos hacia una garganta preparada.

—El paso es una matanza esperando un pretexto —dijo Darian.

—Y nosotros estamos aquí —dijo Morna.

—No somos suficientes para asaltarlo —dijo Lysandra—. Pero quizá podamos sacar a la gente antes de que empiece.

—¿La gente que fue llevada allí con órdenes falsas? —preguntó Isolde.

Todos sabían que podía haber cientos. Familias, comerciantes, soldados engañados, hombres obligados a vestir capas que no les pertenecían.

—Hay un sendero bajo el puente —dijo Morna—. Lo usan los pastores en verano. Si no está vigilado, llega a una cantera abandonada al sur de Cendral.

—¿Y si está vigilado? —preguntó uno de los soldados.

—Entonces sabremos que nos esperaban también allí —respondió Darian.

Era, sin embargo, una decisión.

Durante dos horas, Caleryon y Skarde trabajaron juntos para despejar el puente.

Los soldados pasaban piedras de mano en mano.

Los ingenieros apuntalaban la barandilla rota.

Rheskan movió con el hocico un bloque que habría necesitado seis hombres.

La niña Mara lo aplaudió desde una esquina, y el dragón fingió no estar orgulloso.

Isolde trabajó hasta que las palmas le ardieron. En una de las grietas entre las piedras encontró otra esquirla roja, envuelta en hilo azul y ceniza. No era un accidente. Alguien había plantado los detonadores a lo largo de toda la ruta.

—Quieren que todo ceda a la vez —dijo a Darian.

Él la miró.

—¿El puente, el paso, las rutas?

—Los reinos.

La frase dejó a ambos en silencio.

Al caer la tarde, un niño de Skarde empezó a llorar junto a uno de los heridos.

No hablaba la lengua de Caleryon. Mara se acercó, le ofreció la pequeña figura de dragón que Isolde había recibido en la Fiesta de la Cosecha y se sentó a su lado.

No necesitaban las mismas palabras para entender el miedo.

Isolde observó la escena desde el centro del puente.

Maelia había escrito que el Círculo sobrevivía mientras todos creyeran que solo podían escoger entre Fuego o Hielo.

Quizá la respuesta nunca había sido elegir uno de los dos.

Quizá la respuesta era no dejar que otros eligieran por ellos.

Esa noche, antes de tomar el sendero de los pastores, Lysandra reunió a los líderes de ambas patrullas.

—No hay estandartes —dijo—. No hay gritos de guerra. Si encontramos gente, la sacamos. Si encontramos soldados que quieren luchar, no les damos una batalla que puedan usar. Si encontramos al Círculo, recogemos pruebas y volvemos vivos.

Morna miró a Isolde.

—¿Y si encontramos al príncipe Cael?

Isolde sostuvo la mirada.

—Entonces lo sacamos vivo también.

Darian no dijo nada. Pero, durante un segundo, su mano buscó la de ella en la oscuridad.

No llegaron a tocarse.

Un sonido de explosión resonó desde Cendral.

El puente de basalto tembló bajo sus pies.

* * *

El sendero de los pastores descendía por debajo del puente y desaparecía entre matorrales helados.

No era visible desde arriba. Eso explicaba por qué había sobrevivido a tantos tratados, patrullas y guerras: nadie importante lo había considerado suficiente para dibujarlo. Las ovejas y las personas que no podían pagar el camino principal lo conocían mejor que los mapas.

Morna iba delante con dos de sus soldados.

Lysandra caminaba detrás, contando pasos y puntos de cubierta.

Isolde mantenía a Rheskan arriba, fuera de la vista, comunicándose con él por impulsos breves de atención.

El dragón la seguía desde las nubes bajas como una sombra rojiza que solo aparecía a veces entre la niebla.

Darian iba a su lado.

—Si Cael está ahí abajo —dijo—, no sabemos en qué condiciones lo encontraremos.

—No tenemos que decidir qué es hasta verlo.

—Eso no es lo que he dicho.

—No. Pero es lo que estás preguntando.

Él dejó escapar aire por la nariz, molesto consigo mismo y con ella.

—Solo quiero que recuerdes que su desaparición puede ser una maniobra.

—Y la de tu padre también puede serlo.

La frase salió más afilada de lo que quería. Darian se detuvo.

—Tienes razón.

La facilidad con que lo admitió le quitó fuerza a la rabia.

—No quiero usar eso contra ti —dijo Isolde.

—Pero no puedes dejar de pensarlo.

—No.

Él asintió y reanudó la marcha. No se arreglaban las heridas repitiendo que dolían menos de lo que dolían.

Al cabo de una hora, el sendero desembocó en una cantera abandonada. Las paredes de roca se elevaban a ambos lados, recortando el cielo. Había herramientas oxidadas, carros de piedra volcados y un edificio bajo sin tejado. En el centro de la cantera ardía un fuego cubierto por piedras.

Lysandra levantó un puño. Todos se detuvieron.

—Hay gente —susurró Morna.

No eran combatientes del Círculo.

Eran familias. Treinta, quizá cuarenta personas reunidas bajo mantas y lonas.

Algunos llevaban capas de Caleryon; otros, ropas grises de Skarde.

Había soldados de ambos reinos sin armas, sentados juntos junto al fuego.

Y, de pie frente a ellos, un hombre de abrigo negro hablaba con una mujer de trenza rubia.

Cael y Sigrid.

Isolde sintió primero alivio. Después desconfianza por sentirlo.

Morna salió de la cobertura con la espada baja.

—Capitana Vey.

Sigrid se volvió de golpe. Su mano fue a la espada antes de reconocer a los suyos.

—Morna.

El nombre se quebró apenas. Las dos mujeres se abrazaron una vez, rápido, como soldados que no querían admitir que habían temido no volver a verse.

Cael miró a Isolde. Estaba más delgado que en Vayren. Tenía una herida vendada en la mano y ojeras oscuras bajo los ojos. No pareció sorprendido de verla; pareció molesto de que estuviera allí.

—Os dije que no entrarais por el paso —dijo.

—No hemos entrado por el paso.

—Eso no mejora mucho la parte en la que estáis en una cantera rodeada de explosivos.

Isolde miró a su alrededor.

—¿Qué explosivos?

Cael señaló las paredes. Entre las grietas de la roca había pequeños cilindros idénticos al del arroyo.

—Los encontramos hace una hora. Están conectados por debajo. Si alguien los activa, la cantera se derrumba y el camino hacia Cendral queda cerrado por ambos lados.

—Hay civiles aquí —dijo Isolde.

—Lo sé. Por eso todavía no he intentado desactivarlos.

Darian avanzó. No sacó la espada, pero su voz se volvió formal.

—¿Qué hacéis aquí, príncipe?

Cael lo miró.

—Lo mismo que vos, lord Rhyne. Intentar impedir que una red de fanáticos use personas como madera para encender una guerra.

—¿Sin informar a vuestro rey?

—¿Habéis informado de cada paso a vuestra Corona?

La pregunta golpeó justo donde debía. Darian se tensó. Isolde intervino antes de que el intercambio creciera.

—No estamos aquí para medir quién ha roto más protocolos. ¿Cómo sacamos a la gente?

Sigrid abrió un mapa sobre una caja de herramientas.

—Hay un túnel de extracción que sale por la ladera oeste. Es estrecho, pero podría evacuar a los civiles de dos en dos. El problema es que el Círculo ha puesto vigías en la salida. Si ven movimiento, activarán los detonadores.

—¿Cuántos vigías? —preguntó Lysandra.

—Cinco, quizá seis. No sabemos dónde está quien tiene el activador.

—¿Y el paso a Cendral? —preguntó Isolde.

Cael señaló el borde sur del mapa.

—Reunieron dos fuerzas pequeñas: desertores, mercenarios, soldados engañados. No son un ejército todavía. Pero bastan para provocar una masacre y culpar al otro lado. Si logran que Caleryon y Skarde envíen refuerzos, entonces sí tendrán la guerra que quieren.

—¿Qué quieren de Ydrael? —preguntó ella.

Cael sostuvo su mirada. Por primera vez desde que se habían reencontrado, la quietud de sus ojos se quebró.

—No lo sé todo. Pero he visto la cámara de hielo bajo el paso. Está vivo. Y no creo que quede mucho tiempo antes de que intenten abrirla.

El dolor de Ydrael se movió dentro de Isolde como una llama en una habitación cerrada.

—Entonces vamos a sacarlo.

—No —dijo Cael.

La respuesta fue tan rápida que ella se volvió hacia él.

—¿No?

—No con cuarenta civiles detrás y seis detonadores bajo los pies. Primero los sacamos. Después decidimos si alguno de nosotros es lo bastante estúpido para entrar en una prisión de dragones.

—No podéis decidir eso.

—No. Pero puedo recordarte que el Círculo quiere que corras hacia él. No voy a ayudarles dándote una espada y una entrada libre.

La lógica de la frase le irritó porque era imposible discutirla sin parecer irresponsable.

—Tiene razón —dijo Darian.

Isolde lo miró. Él no apartó la vista.

—Primero los civiles —repitió.

Durante una hora prepararon la evacuación.

Caleryon y Skarde trabajaron juntos con una eficacia incómoda: soldados que se habían entrenado para desconfiar uno del otro pasaban niños de mano en mano, repartían agua, cortaban mantas en tiras para vendar heridas.

Aislados del lenguaje de los reyes, la mayoría solo quería salir vivos.

Una mujer de Skarde se acercó a Isolde con un bebé dormido contra el pecho.

—¿Es verdad que eres la heredera de fuego? —preguntó en un acento fuerte.

—Sí.

La mujer miró a Rheskan, apenas visible arriba entre las nubes.

—Entonces dile que no queme el túnel.

Isolde no pudo evitar una sonrisa.

—Haré lo posible.

La mujer asintió, satisfecha de haber resuelto una cuestión importante.

Cuando el primer grupo entró al túnel, Darian se ofreció a ir con ellos hasta la salida. Cael quiso hacerlo también. Se miraron con una hostilidad tan silenciosa que Lysandra chasqueó la lengua.

—Uno de cada reino —dijo—. Si uno cae, el otro vuelve con información. Y si os da por pelearos, al menos la gente tendrá espacio para pasar por encima de vosotros.

—Qué inspirador —murmuró Darian.

—No me hagáis repetirme.

Antes de entrar, Darian se acercó a Isolde.

—Quédate con Lysandra. No hagas nada heroico.

—Eso es una orden.

—Es una petición desesperada.

Ella quiso responder con una broma, pero el miedo había vuelto a instalarse entre los dos. En lugar de eso, le ajustó la correa de la espada.