CAPÍTULO 13 EL MENSAJERO ROTO
La grieta no era profunda al principio.
Un corte estrecho en la ladera, apenas lo bastante ancho para que un adulto pasara de lado. Las huellas del niño se perdían dentro. Las del adulto se hacían más claras: botas pesadas, paso seguro, una persona que no temía resbalar porque conocía el terreno.
—Es una trampa —dijo Lysandra.
—Sí —respondió Isolde—. Pero la niña está dentro.
—No he dicho que la dejemos.
Lysandra eligió a Darian, Isolde y dos soldados para entrar. El resto se quedaría fuera con los refugiados. Rheskan no podía pasar, pero se apostó sobre la roca más cercana, con las alas medio abiertas y la mirada fija en la abertura. Isolde le tocó el cuello antes de entrar.
—No vengas detrás.
El dragón gruñó.
—Por una vez, confía en mí.
Rheskan exhaló humo sobre su cabello. Era la forma más cercana que tenía de despedirse.
Dentro, el aire olía a mineral húmedo y a ceniza.
Las paredes eran de basalto negro, cruzadas por vetas de cristal azul.
Isolde mantuvo una mano sobre la roca mientras avanzaba.
No sentía la presencia de Ydrael. Eso no la tranquilizaba.
Significaba que alguien había construido un lugar capaz de ocultar incluso el eco del dragón.
—¡Mara! —gritó la mujer de los refugiados desde la entrada.
La respuesta llegó desde muy lejos: un llanto débil.
—A la izquierda —dijo Darian.
El pasadizo se bifurcaba. La rama izquierda descendía. La derecha subía hacia una luz azul tenue. Las huellas del adulto iban a la derecha. Las pequeñas, a la izquierda.
—Quieren que elijamos —dijo Isolde.
—No podemos dividirnos —respondió Lysandra.
—Si seguimos a la niña, el hombre escapa. Si seguimos al hombre, ella muere sola.
—No sabemos que sea la niña —dijo uno de los soldados.
Isolde lo miró.
—Yo sí.
Fue el reconocimiento de un miedo. El sonido del llanto tenía el mismo ritmo que el pulso de la madre que esperaba fuera.
—Izquierda —ordenó Lysandra.
Corrieron cuesta abajo. El suelo se volvía resbaladizo. La luz de las lámparas se reflejaba en charcos de agua helada. En un recodo encontraron un trozo de capa roja enganchado en una arista. El hilo azul de Skarde en el borde descartaba que la tela perteneciera a la Guardia Real.
—Capas cosidas para parecer ambas cosas —dijo Darian.
—Como en los pueblos —respondió Isolde.
El llanto se apagó.
—¡Mara! —gritó Isolde.
Un golpe seco respondió desde abajo.
Llegaron a una cámara pequeña. La niña estaba atrapada detrás de una reja de metal, en una jaula excavada en la roca. Tenía las manos atadas, pero no estaba herida. Junto a ella había una lámpara azul y un pequeño mecanismo de alambres que pulsaba con luz roja.
—No toquéis la puerta —dijo Darian.
La niña sollozaba, intentando no hacer ruido.
—¿Quién te ha traído? —preguntó Isolde, agachándose a distancia.
—Un hombre con una máscara —dijo Mara—. Me dijo que si lloraba, mi mamá vendría. Dijo que la princesa también.
El mecanismo volvió a latir.
Lysandra examinó los alambres.
—Es otro detonador. Si abrimos la reja sin desactivar el núcleo, la cámara se inunda de vapor.
—¿Y si lo desactivamos? —preguntó Darian.
—No sé. No es igual que el del arroyo. Tiene una descarga de sangre vinculada.
Isolde entendió antes de que nadie terminara de decirlo.
—Me reconoce.
—No —dijo Darian de inmediato.
—Darian.
—No vas a cortar tu mano sobre un artefacto del Círculo porque nos hayan puesto una niña delante.
—Entonces dime qué hacemos.
Él miró la jaula. Mara tenía la cara mojada de lágrimas y barro. Los soldados esperaban una orden. Lysandra no decía nada porque sabía que no había una respuesta limpia.
Isolde recordó la carta de Maelia: un juramento es una herramienta. Recordó la voz de Ydrael: no dejes que abran.
El Círculo quería que usara su sangre. Cada vez que la obligaban a resolver una emergencia con ella, aprendían cómo respondería.
—No voy a usar la sangre —dijo.
Darian la miró. En sus ojos apareció alivio y algo parecido a orgullo.
—Entonces necesitamos otra llave —dijo Lysandra.
Mara levantó una mano temblorosa.
—El hombre giró una piedra —susurró—. Detrás de la luz. Una piedra con un pájaro.
Isolde siguió su dedo. Detrás de la lámpara azul, en la pared, había un bloque con la forma apenas visible de una pluma negra.
Darian se acercó. No la tocó con la mano. Usó la punta de la espada para presionar el borde.
La piedra giró.
El mecanismo dejó de latir.
La reja se abrió con un chirrido.
Mara salió corriendo y se lanzó contra Isolde. Ella la abrazó, sintiendo los huesos pequeños y el temblor de su cuerpo.
—¿Ves? —susurró—. Tu mamá te estaba esperando.
La niña apretó los ojos.
Detrás de la piedra giratoria había un hueco con varios papeles. Lysandra los recogió antes de que nadie pudiera tocarlos. Eran mapas de senderos, listas de nombres y una nota escrita con tinta roja.
La llama no usó sangre. Modificar el método. La paciencia también abre jaulas.
Isolde sintió náuseas.
No solo la estaban llevando hacia Cendral. La estaban observando. Estudiando cada elección como si fuera una parte de un ritual.
—Hay otra salida —dijo Darian, señalando un túnel estrecho al fondo de la cámara—. El hombre escapó por ahí.
Lysandra miró a Mara, aferrada a Isolde. Luego los papeles. Luego el túnel.
—No lo perseguimos.
—Podemos alcanzarlo —dijo uno de los soldados.
—Eso es lo que quiere. Ha dejado a la niña para medirnos y los papeles para que creamos que tenemos una pista. No vamos a enviar a nadie solo por una madriguera que conoce mejor que nosotros.
El soldado apretó los labios, pero asintió.
Isolde llevó a Mara fuera de la grieta. Cuando la madre vio a su hija, se desplomó de rodillas. Las dos se abrazaron con una fuerza que hizo que nadie hablara durante un rato.
Rheskan bajó la cabeza hacia la niña. Mara lo miró, aún llorando. Luego, con la valentía inexplicable de los niños, apoyó una mano pequeña sobre una de sus escamas.
El dragón se quedó inmóvil.
—¿Te duele? —preguntó ella.
Rheskan exhaló un hilo de humo cálido.
—Creo que dice que sí —respondió Isolde—. Pero que no importa que lo sepas.
Mara asintió con una seriedad absoluta.
La patrulla descendió del paso alto antes de que cayera otra tormenta. Llevaban a los refugiados, los mapas y una certeza nueva: el Círculo no necesitaba vencerlos en combate. Le bastaba con ponerlos ante decisiones imposibles y esperar que eligieran según el miedo.
Isolde no sabía cuánto tiempo podrían seguir resistiéndose.
Únicamente sabía que, aquella vez, una niña había vuelto con su madre.
El puente de basalto
El Puente de Basalto era la última construcción segura antes de Cendral.
O lo había sido.
Lo encontraron al final del descenso, tendido sobre un río gris que corría entre paredes de roca. El puente seguía en pie, pero una de sus barandillas había caído y la mitad del suelo estaba cubierto de bloques desprendidos. Al otro lado había un pequeño puesto de guardia con las ventanas rotas.
—Hay gente dentro —dijo uno de los exploradores.
No eran soldados de Caleryon.
Cuatro figuras salieron del puesto con las armas levantadas. Llevaban capas grises de Skarde, sucias de barro y sangre. Delante de ellas caminaba una mujer alta con el cabello cortado al ras y un vendaje cruzándole la frente.
Lysandra levantó una mano.
—Vayren. Patrulla de auxilio.
La mujer no bajó la espada.
—Caleryon no envía auxilio con un dragón.
—Skarde no debería enviar patrullas con mujeres heridas a un puente derrumbado —respondió Lysandra—. Y sin embargo aquí estamos.
Isolde avanzó un paso antes de que la discusión se convirtiera en otra cosa.
—Soy Isolde Valarys. Venimos de encontrar refugiados y artefactos del Círculo en el paso alto. No queremos luchar con vosotros.
La mujer la miró. Reconoció el nombre. Eso fue evidente por la forma en que su expresión cambió, entre sorpresa y cautela.
—Soy la capitana Morna Vahl —dijo—. Teníamos orden de llevar medicina a la patrulla conjunta de Cendral. Nos atacaron en la garganta. Los hombres que lo hicieron hablaban nuestra lengua y llevaban capas rojas.
—Los nuestros han dicho lo contrario —dijo Darian.
—Claro que lo han dicho.
No había odio en la frase. Únicamente agotamiento.
Morna bajó por fin la espada. Los condujo dentro del puesto. Había tres heridos sobre mantas y una pila de cajas de medicina abierta. En la mesa central descansaba un mapa con marcas de ataque.
—Nos escondimos aquí cuando vimos que el puente estaba a punto de caer —dijo—. Esperamos a que alguien nos encontrara. No sabía si alegrarme de que fuerais vosotros.
—Todavía no decidáis —dijo Lysandra.
La capitana de Skarde soltó una risa breve. Era la primera señal de humanidad que Isolde veía en ella.
Mientras los sanadores atendían a los heridos de ambos grupos, Isolde examinó el mapa. Las marcas rojas de los ataques coincidían con las que Aelyn había trazado en Caleryon. Puentes, pozos, depósitos. Todo conducía hacia Cendral.
—¿Tenéis noticias de Cael? —preguntó antes de pensar.
Morna la miró con atención.
—El príncipe ha desaparecido de Skarde hace cuatro días.
El aire se le heló en los pulmones.
—¿Desaparecido?
—El rey Halvar dice que está inspeccionando las rutas del norte. Sigrid Vey no ha vuelto a la capital. Muchos creemos que están intentando detener algo sin permiso de la corte.
Darian se tensó a su lado. Isolde no sabía qué sentir. Cael podía haber ido a Cendral. Podía estar en peligro. Podía estar preparando una maniobra para Skarde. Todas las posibilidades convivían sin que ninguna le ofreciera paz.
Morna sacó un pequeño cilindro de cuero de su cinturón.
—Esto llegó anoche por halcón. La señal era de Vayren. No sabemos a quién va dirigido.
El cilindro llevaba un sello de plata con la montaña atravesada. Cael.
Isolde lo abrió.
Dentro había una tira de papel con solo dos líneas.
No entréis por el paso. La fuerza que esperáis no está atrapada: está reunida. Si podéis, encontrad el puente antes de que lo rompan.