CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE #5
Se acercaron con cuidado. En una pequeña cuenca protegida del viento había cuatro tiendas improvisadas y una docena de personas: dos ancianos, tres mujeres, varios niños y un joven con el brazo en cabestrillo. No llevaban estandartes. Llevaban lo que habían podido cargar desde sus casas.
Cuando vieron a Rheskan, algunos retrocedieron. Una niña empezó a llorar.
Isolde desmontó y se quitó el casco.
—No va a haceros daño —dijo—. Hemos venido de Caleryon para sacaros de aquí.
El joven del cabestrillo la miró con una incredulidad agotada.
—¿La heredera?
—Sí.
—Entonces llegáis tarde.
La frase no llevaba rabia. Eso la hizo peor.
Se llamaba Neri. Habían salido de una aldea al norte de Halar cuando unos soldados les ordenaron marchar a Cendral. Algunos obedecieron. Otros, incluido su grupo, huyeron hacia el paso alto al ver que los hombres llevaban espadas sin los distintivos correctos.
—Nos persiguieron —dijo Neri—. No todos llegaron.
Una de las mujeres, que tenía ceniza en el pelo y el rostro cubierto de cortes, sacó un trozo de tela de una bolsa. Era gris, con el borde azul de Skarde.
—También había hombres del norte —dijo—. O vestidos como ellos. Ya no sé.
Isolde tomó el fragmento. En el interior había una costura roja. Era el mismo hilo que habían visto en los sacos de Ceniza y Sal.
—No eran soldados de Skarde —dijo—. Querían que lo pareciera.
—¿Y qué cambia eso? —preguntó el anciano—. Mi hijo siguió la orden porque creyó que venía de un rey. Ahora está en Cendral o muerto. ¿Qué cambia el color de una capa?
No había respuesta noble para esa pregunta. Isolde se sentó junto a él sobre una piedra.
—No cambia lo que os hicieron —dijo—. Pero cambia a quién debemos impedir que vuelva a hacerlo.
El hombre la miró. No pareció convencido. Al menos pareció escuchada.
Los ingenieros improvisaron un refugio para la noche.
Los soldados repartieron comida. Rheskan se quedó lejos de los niños, aunque la niña que había llorado al verlo empezó a mirarlo con curiosidad desde detrás de una manta.
Al cabo de una hora, se acercó lo suficiente para dejarle una manzana en una piedra.
El dragón la olfateó, confundido, y no se la comió.
—Eso es afecto, para él —murmuró Isolde.
—Tu dragón tiene estándares bajos —dijo Darian.
Ella se volvió hacia él. El comentario era el tipo de broma que solía hacer antes. La alegría que le produjo fue desproporcionada.
—Está mejorando. Antes habría comido la mano de la niña.
—Me alegra saberlo.
Se quedaron junto al fuego bajo, en silencio. A unos pasos, Lysandra hablaba con Neri sobre las rutas de descenso. Los niños dormían apretados unos contra otros. El mundo se reducía a ese círculo pequeño de luz.
—Tenemos que mandar una señal a Skarde —dijo Isolde.
Darian levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque si hay civiles atrapados de ambos lados, no podemos entrar en Cendral como Caleryon solamente. Necesitamos saber si alguien del norte sigue vivo y puede confirmar la trampa.
—¿Y cómo enviamos un mensaje sin que el Círculo lo use?
Isolde miró las paredes de roca que los rodeaban.
—Con una señal que no arda.
Lysandra escuchó la propuesta y asintió. Vayren tenía un código de espejos para pedir auxilio en la frontera: tres destellos largos, uno corto, dos largos. No requería fuego ni halcones que pudieran ser interceptados. Únicamente una lámpara protegida y una cresta alta.
—Iré —dijo Darian.
—No solo —respondió Isolde.
Él iba a discutir. Se detuvo al recordar, quizá, que ella había cedido en otras ocasiones. Al final asintió.
Subieron a la cresta antes de que amaneciera. El viento era tan fuerte que les arrancaba el aliento. Darian sostuvo la lámpara mientras Isolde movía la pantalla de metal según el código que Lysandra había dibujado en su guante.
Tres destellos largos.
Uno corto.
Dos largos.
Esperaron.
Al principio no hubo nada. Únicamente el horizonte gris, las nubes bajas, las sombras de las montañas de Skarde al norte.
Entonces, muy lejos, una luz respondió.
Dos destellos largos.
Uno corto.
Tres largos.
Lysandra había dicho que esa era la señal de Vayren: recibido, no estáis solos.
Isolde sintió una emoción tan intensa que tuvo que apoyarse en la roca.
—Han contestado —dijo.
Darian sonrió, pero la sonrisa no llegó a cubrir el cansancio.
—No es Cael.
—No he dicho que lo fuera.
—No. Pero lo has pensado.
La franqueza le dolió. La franqueza dolía por su certeza y carecía de crueldad.
—No sé qué pensar de él —dijo.
—No tienes que decidirlo ahora.
—Parece que todo el mundo quiere decidir algo ahora.
Darian bajó la lámpara. El viento agitó su capa.
—Yo no quiero decidir por ti.
—Pero estás decidiendo cosas que me afectan.
Él la miró, herido.
—Sí.
La admisión cayó entre los dos como una piedra.
—¿Qué cosas? —preguntó Isolde.
Darian abrió la boca. La luz distante de Skarde parpadeó otra vez, una señal distinta. Antes de que pudiera responder, un cuerno sonó desde el campamento.
Lysandra los llamaba.
Corrieron de vuelta.
Uno de los niños refugiados había desaparecido.
En la nieve junto a la tienda quedaban unas huellas pequeñas, arrastradas hacia una grieta de roca. Junto a ellas, una bota de adulto marcada con ceniza roja.
El Círculo no necesitaba un ejército para obligarlos a seguir avanzando.
Únicamente necesitaba saber qué no estaban dispuestos a abandonar.