Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE #4
38%

CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE #4

Rheskan despegó a baja altura. Sus alas empujaron el vapor hacia el bosque, abriendo un corredor de aire limpio sobre el río. Darian y dos jinetes arrastraron una lona pesada para desviar parte del agua. Lysandra clavó estacas de hierro en la tierra para que la zanja no se hundiera.

Isolde se acercó al borde.

El cilindro parecía mirarla. No tenía ojos, pero la luz azul palpitaba con la misma cadencia que la prisión de Ydrael.

—No eres él —murmuró—. No voy a dejar que uses su dolor.

Extendió las manos.

El fuego respondió con rapidez, demasiado. Una llama roja se alzó desde sus dedos y buscó el metal. Isolde no la dejó entrar. La giró, la convirtió en una cinta de calor que rodeó el cilindro y empezó a levantar el vapor frío hacia arriba.

El esfuerzo le recorrió los brazos hasta los dientes. El aparato vibró. El azul se intensificó. La grieta lanzó una ráfaga de hielo que le cortó la mejilla.

—¡Ahora! —gritó Darian.

Los ingenieros rompieron la última barrera de tierra.

El agua cambió de cauce y pasó por encima del cilindro en una corriente ancha.

Rheskan batió las alas con más fuerza. Isolde mantuvo el fuego fuera, guiándolo como su madre le había enseñado a guiar una vela en viento alto: no forzándolo, dándole espacio para ir donde no hiciera daño.

El núcleo emitió un sonido agudo.

Después se apagó.

La grieta se cerró con un chasquido húmedo. El agua dejó de hervir. El hielo se derritió poco a poco. Durante varios segundos nadie se movió.

Entonces el cilindro se partió en dos.

Dentro había una piedra roja, no más grande que una nuez, envuelta en alambres de plata. La piedra no era un cristal común. Isolde la reconoció de la cámara de Maelia: era del mismo color que el fragmento guardado en la caja.

—Una esquirla de núcleo —dijo Lysandra—. Esto no se fabrica en un taller de contrabandistas.

—¿De dónde sale? —preguntó Darian.

—De una fisura mayor. O de algo que ha estado cerca de ella.

Isolde se agachó. La piedra estaba caliente. Al tocarla con el guante, vio una imagen rápida: una sala de piedra, una mesa, una mano dejando el fragmento dentro de una caja.

La mano llevaba un anillo rojo.

No el anillo de Darian. Uno más grande, con el sello de un roble negro.

Isolde retiró la mano.

—¿Qué viste? —preguntó Darian.

Ella miró el fragmento. La imagen podía ser un recuerdo de Maelia, una trampa del aparato o una mentira que su mente había creado porque ya no sabía dónde colocar la sospecha.

—Nada claro —dijo.

La mentira no le gustó. Pero no quería convertir una visión en acusación.

Uno de los jinetes regresó desde la línea de árboles con un cuerpo sobre los hombros.

Era un hombre joven, con uniforme de Vayren, quemaduras en las manos y una flecha rota clavada en la pierna. Al abrir los ojos, tardó un momento en enfocar.

—¿Quiénes sois? —preguntó.

—Patrulla de auxilio de Caleryon —dijo Lysandra—. ¿Qué ha pasado en Cendral?

El soldado intentó incorporarse. Sus ojos se llenaron de pánico.

—No vayáis. Han dicho que los civiles están atrapados, pero no hay civiles. Hay hombres con nuestros uniformes y los de Skarde. Se están preparando. Dicen que cuando llegue la heredera, el paso se abrirá.

Isolde sintió que el mundo se quedaba quieto.

—¿Quién lo dijo? —preguntó.

El soldado miró hacia Darian. El soldado miró hacia Darian con miedo y sin reconocimiento.

—El señor del roble —susurró.

Darian se puso pálido.

—Mi padre no está en Cendral —dijo.

—No sé quién era —balbuceó el soldado—. Llevaba el roble. Dijo que el hijo llevaría a la llama. Dijo que así terminaría todo.

Nadie habló.

El soldado se desmayó antes de que pudieran hacerle más preguntas.

Lysandra se volvió hacia la patrulla.

—Cambiamos la ruta. No iremos por la garganta oeste. Enviaremos a los heridos de vuelta con la mitad de los hombres y seguiremos por el paso alto.

—¿Eso no es justo lo que esperan? —preguntó Isolde.

—Quizá. Pero ahora sabemos que la garganta es una trampa. No podemos fingir que no.

Darian se alejó hacia los árboles. Isolde lo siguió unos pasos después. Lo encontró con las manos apoyadas en el tronco de un roble joven, la cabeza inclinada.

—No he enviado a nadie a Cendral —dijo sin mirarla.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Ella tardó un instante.

—Creo que sí.

La respuesta no era la certeza que él necesitaba. Lo vio en la forma en que cerró los dedos contra la corteza.

—Mi padre dijo que no quería que te usaran —murmuró—. Quizá eso era lo que quería que creyera. Quizá yo he sido una parte de esto sin saberlo.

Isolde se acercó hasta quedar a su lado.

—No eres lo que tu padre haya hecho.

—No. Pero puedo convertirme en lo que haga después.

La frase le dejó un miedo nuevo. No a que Darian estuviera mintiendo. A que estuviera siendo arrastrado hacia un lugar donde la promesa de protegerla empezara a parecerse demasiado a una jaula.

Rheskan rugió desde el claro. La patrulla se preparaba para moverse.

Isolde miró la ruta hacia Cendral, oculta tras los árboles y el vapor.

El camino de las cenizas no había sido una advertencia.

Había sido una invitación.

Las señales que no arden

El paso alto era una serie de decisiones malas unidas por piedras sueltas.

La patrulla tardó dos días en recorrer una distancia que, en verano, habría llevado uno.

Los heridos regresaron a Caleryon con cinco jinetes.

Isolde, Darian, Lysandra, seis soldados, los dos ingenieros y Rheskan siguieron hacia las alturas.

El dragón no podía volar con facilidad entre los riscos, pero avanzaba por las laderas como una criatura hecha para no conocer el miedo.

El frío empeoraba cuanto más subían. Era un frío irregular: bolsas de aire helado junto a grietas que expulsaban aliento caliente, rocas cubiertas de escarcha al lado de charcos que hervían. La Cicatriz parecía incapaz de decidir qué quería ser.

—No es incapaz —dijo Isolde cuando Darian lo comentó—. La están obligando.

Él no discutió.

Desde el encuentro con el soldado de Vayren, se había vuelto más silencioso. Seguía dando órdenes, revisando los caballos, ayudando a los heridos antes de que nadie se lo pidiera. Pero la culpa caminaba con él como una segunda sombra.

Al atardecer del segundo día, encontraron un humo blanco elevándose desde una repisa más abajo.

—Fuego de campamento —dijo uno de los exploradores.

—No —dijo Lysandra—. Demasiado limpio. Es señal.