CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE #3
Antes de dormir, fue al recinto de vuelo. Rheskan estaba despierto, aunque los mozos habían apagado la mayoría de las lámparas. El dragón la dejó acercarse y apoyó el hocico contra su pecho.
—Mañana vamos al sur —susurró ella.
Rheskan emitió una vibración profunda.
—No sé si podré ayudarte.
El dragón cerró los ojos. En la oscuridad, Isolde sintió otra presencia, lejana y encadenada. Una respiración expectante ocupó el lugar de la voz.
Al amanecer, la marcha que no debía salir cruzó las puertas de Caleryon.
El camino de las cenizas
La patrulla avanzó hacia el sur bajo un cielo que no decidía si quería nevar o incendiarse.
Doce jinetes, dos ingenieros, un carro de medicinas, otro de herramientas y tres mulas cargadas de provisiones.
No era una fuerza de guerra. No parecía suficiente para cambiar nada.
Pero, al cruzar las aldeas de la ruta de Halar, la gente salía de sus casas para verlos pasar con una esperanza que Isolde no sabía merecer.
Lysandra cabalgaba al frente. Había aceptado el mando con la condición de que nadie la llamara comandante en presencia de los soldados de la Guardia Real.
—Me hace parecer que tienen que obedecerme por título —dijo—. Prefiero que lo hagan porque saben que tengo razón.
—¿Y si no la tenéis? —preguntó uno de los ingenieros.
—Entonces obedecedme rápido y no habrá tiempo de notarlo.
La patrulla rio. La tensión se aflojó un poco.
Isolde viajaba junto a Darian, aunque no hablaban tanto como antes.
Entre ellos había demasiadas palabras sin decir.
Él revisaba el terreno, hablaba con los exploradores, decidía dónde parar.
Cada vez que ella lo miraba, encontraba al hombre que amaba y al hombre que había vuelto de Halar con secretos en la espalda.
No sabía cuál de los dos era más real.
Al mediodía llegaron a una aldea llamada Robledal. El lugar estaba vacío excepto por un perro flaco atado a una puerta. Las casas no habían sido quemadas. Habían sido abandonadas con una prisa que resultaba peor: platos sobre las mesas, ropa tendida, una muñeca de trapo bajo un banco.
—¿Dónde está la gente? —preguntó Isolde.
Lysandra desmontó y examinó el suelo.
—Huellas de carros hacia el este. Muchas. No son soldados. Familias enteras.
—¿Evacuación? —preguntó Darian.
—No hay orden registrada —dijo el capitán de la Guardia.
Isolde entró en la casa más cercana. En la pared de la cocina alguien había escrito con carbón: NOS DIJERON QUE EL NORTE VENÍA.
Debajo, otra mano había añadido: NO ERA EL NORTE.
El miedo había movido a todo un pueblo sin necesidad de una espada.
—¿Hacia dónde han ido? —preguntó.
Uno de los exploradores señaló las huellas.
—A la garganta oeste. La misma ruta que seguimos nosotros.
—Entonces el derrumbe no solo atrapó gente —dijo Darian—. Está atrayendo más.
—Como una red —murmuró Isolde.
No se quedaron. Cada hora de retraso podía convertir una evacuación en una trampa.
A mitad de la tarde encontraron el primer carro abandonado.
Tenía una rueda rota y un saco de trigo abierto.
Cerca, bajo un árbol, una mujer sostenía a un niño envuelto en una manta.
Al oír los caballos, levantó una piedra como arma.
—No somos quienes os hicieron salir —dijo Isolde antes de desmontar.
La mujer no bajó la piedra.
—Lleváis rojo.
—Lo sé.
—Los otros también.
Isolde se quitó la capa. Debajo llevaba la insignia de la heredera, la pequeña llama de cinco puntas. La mujer la miró, confundida.
—¿Vos sois...?
—Sí. ¿Qué pasó?
La piedra cayó de su mano. La mujer empezó a llorar sin ruido.
—Vinieron hombres con un sello del rey. Dijeron que Skarde había cruzado la frontera y que teníamos que ir a Cendral, donde estaríamos protegidos.
Mi marido fue con los demás a buscar a mi padre.
Yo me quedé porque el niño tenía fiebre.
Después oímos gritos en la carretera. No sé si fue el hielo o el fuego. No sé nada.
Ser Amon no iba con ellos, pero uno de los sanadores examinó al niño. Únicamente tenía una fiebre común, agravada por el frío. Le dieron medicina y comida. Isolde miró el camino que se perdía entre los árboles.
—No vais a Cendral —dijo—. Vais a volver a Caleryon con una escolta.
—¿Y mi marido?
No tenía una respuesta que no fuera una promesa vacía.
—Lo encontraremos si podemos.
La mujer la miró con la desesperación de quien sabía que «si podemos» era una frase demasiado pequeña para salvar una vida.
Darian organizó a dos jinetes para llevarlas de regreso. Lysandra no protestó, aunque perdían hombres. Isolde agradeció que nadie le dijera que el deber militar exigía ignorar a dos personas. A veces la humanidad de una decisión no era estratégica. Tenía que serlo después.
Acamparon al anochecer junto a un arroyo que corría caliente bajo una costra de hielo.
Los ingenieros levantaron una barrera de piedras.
Los jinetes encendieron fuegos bajos. Rheskan, que había seguido a la patrulla desde el aire pese a las protestas de Olan, aterrizó en un claro cercano y se acurrucó con las alas plegadas.
Isolde se sentó junto a él mientras Darian revisaba las rutas con Lysandra.
—No puedes venir mañana —le dijo al dragón.
Rheskan abrió un ojo.
—La garganta es demasiado estrecha. Si hay una emboscada, serás un objetivo.
El dragón resopló humo sobre la hierba helada.
—Eso no significa que no te necesite.
La frase salió antes de que pudiera convertirla en otra cosa. Rheskan apoyó el hocico sobre su hombro. Pesaba tanto que la obligó a inclinarse. Isolde se dejó estar.
—¿Él te entiende? —preguntó Darian desde atrás.
Ella se volvió. El fuego del campamento le marcaba el rostro con sombras. Por un momento, pareció el Darian de antes de Halar, antes de las cartas, antes de que cada conversación tuviera un borde afilado.
—A veces creo que entiende más que yo —dijo.
Él se sentó a su lado, a una distancia prudente.
—¿Puedo preguntarte algo sin que sea una discusión?
—Depende de la pregunta.
—¿Confías en mí ahora?
El mundo se redujo al sonido del arroyo bajo el hielo.
Isolde no quería mentir. Tampoco quería usar la duda para castigarle por los secretos de su padre.
—Confío en que me quieres —dijo—. No sé si confío en que me estás contando todo.
Darian bajó la mirada.
—Eso es justo.
—No quiero que sea justo. Quiero que sea falso.
Él extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—Hay cosas que sé y no sé cómo decir. La razón estaba en que temo que, si las digo, las convierta en algo que ya no podamos deshacer, lejos de crea que no puedas soportarlas.
—Las cosas verdaderas no se deshacen por decirlas.
—No. Pero las personas sí pueden romperse.
La frase le pareció tan extraña que quiso pedirle una explicación. En ese momento, Rheskan se incorporó con un rugido.
Los caballos relincharon. Los guardias se pusieron de pie.
Desde el arroyo llegó una luz azul bajo el hielo.
No era el reflejo de la luna.
Lysandra desenvainó la espada.
—¡A posiciones!
El hielo se abrió con un crujido largo.
* * *
El hielo se hundió.
La superficie del arroyo se abrió en una línea negra y el agua caliente salió disparada con una violencia que levantó piedras, barro y vapor. Dos caballos relincharon. Uno de los ingenieros cayó de espaldas. Rheskan extendió las alas y lanzó un rugido que hizo vibrar las ramas de los árboles.
—¡Atrás! —ordenó Lysandra.
No era una fisura como las que habían visto en los informes.
No había una pared de fuego ni una grieta enorme en la tierra.
Era peor por lo pequeño: un corte bajo el agua, apenas visible, que expulsaba calor y escarcha al mismo tiempo.
Donde el vapor tocaba los árboles, las hojas se congelaban.
Donde el agua caía sobre la hierba, aparecían chispas azules.
Isolde sintió a Ydrael estremecerse en la distancia.
—No es natural —dijo.
—No necesitamos que nos lo confirmes —respondió Darian, pero no había dureza en su voz. Estaba ayudando a levantarse al ingeniero caído.
Uno de los jinetes señaló la orilla.
—¡Hay algo!
Entre las piedras, medio cubierto por el agua, había un cilindro de metal. No pertenecía a la corriente. Tenía el tamaño de un antebrazo y estaba sujeto al suelo por cuatro ganchos. De sus extremos salían hilos de mica azul y ceniza roja.
—Un detonador de fisura —dijo Lysandra.
—¿Puede apagarse? —preguntó Isolde.
—Puede explotar si lo tocamos mal.
—Entonces quizá no lo toque nadie —dijo el capitán de la Guardia.
El cilindro emitió un latido azul.
—Demasiado tarde —dijo Darian.
El agua empezó a girar alrededor del aparato. La grieta bajo el río se ensanchó un dedo. Luego dos. Los caballos retrocedieron. El vapor creció hasta ocultar la orilla.
—¿Qué necesita? —preguntó Isolde.
Lysandra se arrodilló a distancia, mirando las marcas.
—Calor y frío en equilibrio. Es una máquina de presión. Si uno de los dos domina, el núcleo se rompe. Si intentamos apagarlo con fuego, la parte de hielo reacciona. Si lo congelamos, la ceniza prende.
—Entonces no lo dominamos —dijo Isolde—. Lo vaciamos.
Todos la miraron.
—No sé cómo —añadió—. Pero no tiene que ganar ninguno de los dos.
Darian entendió antes que nadie.
—El arroyo. Si desviamos el agua por encima, enfriará el núcleo sin sellarlo. Rheskan puede levantar suficiente corriente de aire para alejar el vapor. Los ingenieros abren una zanja de drenaje y tú guías el fuego fuera del cilindro, no hacia él.
—Eso podría funcionar —dijo Lysandra.
—Podría —repitió el capitán—. O podría convertirnos en ceniza.
—Es una descripción bastante precisa de la alternativa actual —dijo Aelyn, aunque no estaba allí. Isolde la oyó en su cabeza y casi sonrió.
—Hacedlo —ordenó Lysandra.
Los ingenieros corrieron a cavar junto al cauce con palas y picos. Rheskan se movió hacia el claro, inquieto por la distancia de Isolde. Ella le indicó con los brazos que batiera las alas. El dragón no entendía órdenes complejas, pero entendía el tono de urgencia.