Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE #2
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CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE #2

Ardan intervino con esa voz baja que usaba cuando necesitaba evitar que una herida privada destruyera una decisión pública.

—Darian ha traído información que podría haber ocultado. No lo convierte en inocente ni culpable. Lo convierte en alguien a quien debemos vigilar mientras averiguamos la verdad.

Isolde sintió que le ardían las mejillas. Sabía que su padre tenía razón. Lo odiaba un poco por ello.

—¿Y yo? —preguntó—. ¿Voy a seguir siendo la persona a la que se vigila mientras todos deciden qué verdad puede soportar?

Nadie respondió.

Fue Aelyn quien habló.

—No. Vas a ser quien haga las preguntas que ellos no quieren contestar. Pero quizá no sea el momento de hacerlas todas a la vez.

Isolde se volvió hacia ella. Había afecto en la voz de su amiga, pero también una advertencia: no entregues el control de la sala a la rabia, aunque la rabia sea merecida.

La reunión siguió. Decidieron reforzar Cendral sin enviar una columna de ataque.

Se investigaría la cámara de archivos cuando la Guardia pudiera verificar que no era otra trampa.

Los sellos de emergencia quedaban anulados hasta nuevo aviso.

Varek se comprometió a abrir los libros de su oficina al rey y a Aelyn.

—Qué generoso —murmuró Aelyn cuando él se fue.

—No le gusta que se lo pidan —dijo Lysandra—. Eso no significa que vaya a negarse.

Después de la reunión, Darian intentó hablar con Isolde en el corredor. Ella no quería. También sabía que, si lo evitaba, la distancia se convertiría en algo que otros podrían llenar con mentiras.

—Dime lo que no has dicho —le pidió.

Él apoyó una mano contra la pared de piedra, cansado.

—Mi padre cree que el Círculo quiere obligarme a tomar un lado. Dice que si rechazo por completo su red, harán pública la participación de Rhyne y nos usarán para destruir tu compromiso conmigo. Si acepto colaborar, me pedirán que te lleve a Cendral.

Isolde no respiró durante un segundo.

—¿Y qué les has dicho?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada que no pudiera deshacer después.

La respuesta era una cuerda floja. No era una mentira, quizá. No era una certeza.

—No puedes jugar con ellos —dijo ella—. No sabes cuándo dejarán de ser un juego.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? Porque desde aquí parece que todos los hombres que dicen saber algo terminan pensando que pueden controlar el incendio.

Darian cerró los ojos. La acusación le dolió. Lo vio.

—No quiero controlarlo —dijo—. Quiero impedir que te alcance.

—Entonces dime la verdad antes de que tenga que encontrarla en las ruinas de otra persona.

Ella se alejó antes de que él pudiera responder.

Esa noche, en la torre de los Rhyne, lord Rhyne recibió a un visitante que no llevaba capa ni emblema. Únicamente una máscara de ceniza sobre la boca.

—Vuestro hijo habla demasiado —dijo la figura.

—Mi hijo intenta ser mejor que yo.

—Eso es una clase de arrogancia.

Lord Rhyne miró el fuego de la chimenea.

—¿Qué queréis?

—Que recuerde la deuda. La heredera irá a Cendral. Con vuestro hijo o sin él. Pero si él la lleva, su Casa conservará un lugar en el reino que quede después.

—No habrá reino si abrís la Cicatriz.

La figura inclinó la cabeza.

—Ese es el problema de las personas que solo ven una jugada. Creen que el tablero existe para sobrevivirlas.

La máscara desapareció en la oscuridad.

Lord Rhyne permaneció frente al fuego hasta que el amanecer le encontró sin haber dormido.

* * *

La respuesta de Vayren llegó con un sello de emergencia y dos cadáveres de mensajeros.

El primero apareció a medio camino de Halar, tendido junto a su caballo, con una flecha de hielo atravesándole la capa. El segundo alcanzó Caleryon antes de morir. Había perdido dos dedos por el frío, tenía ceniza en el pelo y llevaba el mensaje cosido dentro de la manga.

La comandante Lysandra informaba de que el Paso de Cendral se había cerrado por una fractura de roca.

Un derrumbe provocado, probablemente con pólvora, explicaba el cierre mejor que cualquier fisura mágica.

Había civiles atrapados al otro lado: comerciantes, familias de aldeas fronterizas, una patrulla conjunta de Vayren y un convoy de medicina de Skarde.

También decía que las tropas del norte y del sur se acusaban mutuamente de haber provocado el derrumbe.

—Esto es lo que querían —dijo Aelyn, leyendo el mensaje por encima del hombro de Ardan—. Gente atrapada, tropas nerviosas, informes que nadie puede verificar.

—Y una excusa para que cualquiera movilice un ejército —añadió Varek.

—O una excusa para que nadie se mueva mientras los civiles mueren —dijo Isolde.

El Consejo se reunió sin descanso durante horas.

Los capitanes proponían enviar una columna grande.

Telmor hablaba de profanar una zona herida con más armas.

Varek insistía en que una movilización visible provocaría la respuesta de Skarde.

Darian permanecía junto al mapa, escuchando más de lo que hablaba.

Isolde lo observaba a pesar de sí misma. Desde la conversación sobre la red de su padre, algo había cambiado entre los dos. Era la conciencia de que cada silencio podía contener una decisión que él aún no se atrevía a compartir.

—Hay una alternativa —dijo Darian al fin.

Las voces se apagaron.

—Una patrulla reforzada —continuó—. No una columna de guerra. Doce jinetes, dos ingenieros, carros ligeros de medicina y provisiones. Entrarían por la garganta oeste, comprobarían a los civiles y abrirían el paso si es seguro. Irían con un estandarte de auxilio, no de conquista.

—Doce hombres contra una frontera que está a punto de arder —dijo Varek.

—Doce hombres que no parezcan un ejército pueden llegar donde una columna provocaría un ataque —respondió Darian—. Si encontramos soldados de Skarde, habrá testigos de que llegamos para ayudar. Si encontramos al Círculo, una fuerza mayor solo les dará más objetivos.

Lysandra asintió lentamente.

—Es una opción militarmente razonable.

—¿Quién la lidera? —preguntó Ardan.

Darian no respondió enseguida. Isolde supo la respuesta antes de oírla.

—Yo.

El pecho se le tensó.

—Y yo —dijo ella.

Su padre la miró. La sala entera pareció inclinarse hacia ese instante.

—No —dijo Ardan.

—Padre, la visión de Ydrael viene de Cendral. Si hay una fractura, quizá pueda saber qué parte es natural y cuál no.

—Eso es precisamente lo que no quiero que sepas desde una garganta cerrada por explosivos.

—No soy un objeto que deba guardarse en una sala segura mientras el reino se desmorona.

—No. Eres la heredera. Y tu sangre puede abrir una prisión que el Círculo lleva siglos intentando romper. No te enviaré al centro de su plan porque sientas que quedarte es cobardía.

La acusación no era justa. O quizá lo era demasiado.

—No quiero ir por orgullo —dijo Isolde—. Quiero ir porque los civiles atrapados no tienen tiempo para que decidamos qué me conviene. Y porque si el Círculo está usando nuestro miedo para dirigirnos, necesitamos a alguien que reconozca la señal.

—Puedo reconocer señales —dijo Telmor—. Mi orden ha guardado los ritos de fuego durante generaciones.

—Vuestra orden ha guardado demasiadas cosas —replicó Aelyn.

—Señorita Teravel.

—No, dejadla —dijo Isolde—. Tiene razón.

El rey se alejó de la mesa. Caminó hasta la ventana, donde el cielo de invierno se había vuelto gris violeta. Desde allí se veían las torres de Caleryon, los tejados, el río. Todo aquello que estaba intentando proteger sin convertirlo en una jaula.

—La patrulla saldrá al amanecer —dijo sin volverse—. Darian la liderará. Lysandra elegirá a los soldados. Aelyn coordinará las rutas de ayuda desde aquí.

Isolde apretó la mandíbula.

—Y yo.

Ardan cerró los ojos.

—Y tú irás como representante de la Corona, con autoridad para negociar ayuda y exigir paso. No como vanguardia. No te separas de la escolta. No cambias la ruta sin que Darian y Lysandra estén de acuerdo. Si alguien te entrega una orden con un solo sello, la rompes sin leerla. ¿Entendido?

La victoria llegó con tantas condiciones que se parecía mucho al miedo. Pero era una victoria.

—Entendido.

Darian no dijo nada. Después de la reunión, la encontró en el pasillo que daba a sus habitaciones.

—No deberías haber tenido que luchar por eso —dijo.

—No he luchado contra él. He luchado contra una idea de mí que todos parecen tener.

—Tu padre no cree que seas débil.

—No. Cree que puede perderme. A veces el resultado es el mismo.

Darian se apoyó en la pared. Parecía cansado desde un lugar más profundo que la falta de sueño.

—Yo tampoco quiero perderte.

—Lo sé.

—Pero no voy a usarlo para pedirte que te quedes.

Isolde lo miró. Había esperado esa frase y, aun así, le dolió.

—¿Por qué?

—Porque si lo hiciera, terminarías odiándome. Y porque si lo lograra, probablemente odiarías una parte de ti misma por haber dejado que el miedo decidiera.

Las palabras eran cuidadosas. Demasiado cuidadosas. A veces Darian hablaba como si estuviera bordeando un precipicio que solo él podía ver.

—¿Hay algo que no me estás diciendo? —preguntó.

Él tardó un instante. Un segundo demasiado largo.

—Siempre hay cosas que no sabemos decir en el momento correcto.

—Eso no es lo que he preguntado.

—No.

El silencio se abrió entre ambos. Isolde podría haber presionado. Podría haber exigido la verdad completa antes de partir. Pero el amanecer ya esperaba con una patrulla, un derrumbe y civiles atrapados.

—No me mientas en Cendral —dijo.

Darian levantó los ojos hacia ella.

—No lo haré.

La promesa no la tranquilizó. Le recordó cuántas cosas podían esconderse dentro de una frase correcta.

Esa noche, preparó sus armas en silencio. Aelyn apareció con una bolsa de vendajes, comida seca y una capa nueva forrada de piel.

—No te voy a decir que no vayas —dijo su amiga—. Ya he aprendido que es inútil.

—Gracias por tu confianza.

—Es conocimiento de causa.

Isolde sonrió, pero la sonrisa se apagó pronto.

—Tengo miedo.

Aelyn dejó la bolsa sobre la cama y se sentó a su lado.

—Bien.

—¿Bien?

—El miedo es información. Te dice que importa. Ahora tienes que decidir qué haces con él.

Era una frase que Isolde habría podido escuchar de su madre. Quizá por eso la guardó.