Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE
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CAPÍTULO 12 LOS NOMBRES DEL HAMBRE

Isolde no corrió.

La primera parte de ella quiso hacerlo. La parte que había pasado seis días imaginando a Darian herido en una cuneta, atrapado en una casa de cambio, obligado a elegir entre una promesa y una amenaza. La tela negra con el roble de Rhyne parecía un grito hecho objeto.

Pero otra parte, la que había aprendido a leer sellos raspados y letras falsificadas, la obligó a detenerse.

—No es una orden —dijo Aelyn.

—No.

—No dice dónde.

—No.

—Y si alguien quiere que salgas del palacio, este es el tipo de mensaje que usaría.

Isolde sostuvo la tela entre dos dedos.

—¿Y si es Darian?

Aelyn no respondió. No necesitaba hacerlo. Esa era la crueldad de las preguntas que no admitían una respuesta segura.

Ardan convocó a los capitanes. La patrulla del río había llegado a Halar y encontrado la ciudad intacta, pero la Casa Rhyne estaba cerrada.

Lord Rhyne no respondía a los mensajeros.

Darian tampoco estaba allí. En la casa de cambio seguían las marcas de ceniza, aunque ahora alguien había limpiado el suelo y retirado las monedas.

—Puede estar escondido —dijo Varek.

—Puede estar retenido —dijo Lysandra.

—Puede haberse unido a los atacantes —dijo Telmor.

El silencio que siguió fue tan brusco que incluso el sacerdote pareció comprender que había cruzado un límite.

Isolde se puso de pie.

—No vuelvas a decir eso sin una prueba.

Telmor sostuvo su mirada.

—Alteza, no acuso a vuestro prometido. Señalo que su Casa aparece en documentos del Círculo, que su administrador trabajaba con cartas desviadas y que ahora desaparece en el momento en que una amenaza alcanza a su familia. La fe no nos protege de los hechos.

—No, pero a veces protege a quienes convierten la sospecha en un arma.

—Basta —dijo Ardan.

El rey no alzó la voz. No tuvo que hacerlo.

—Enviaré una delegación formal a la finca Rhyne. Lysandra, iréis con veinte guardias y un escribano de la Corona. El propósito era asegurar que lord Rhyne está vivo y que los archivos de su Casa no desaparecen mientras hacemos preguntas, lejos de acusar.

—Yo voy —dijo Isolde.

Ardan la miró. Esta vez no dijo no de inmediato.

—No —dijo por fin.

—Padre.

—No porque dude de Darian. La razón estaba en que si el Círculo manda un mensaje con el emblema de Rhyne, está midiendo exactamente cuánto poder tiene sobre tus decisiones, lejos de quiera castigarte. No voy a permitir que conviertan tu amor en una rienda.

La frase le dolió porque era cierta.

—¿Y qué se supone que hago? —preguntó.

—Lo que estás haciendo. Mantener el reino en pie mientras otros intentan romperlo.

Isolde salió de la sala con la sensación de que el suelo era demasiado firme para un mundo que se movía tanto.

Encontró a Aelyn en la sala de quejas. Había nueve personas esperando: una familia de Parras, dos carreteros de la ruta oeste, una anciana con una lista de vecinos desaparecidos.

Isolde estuvo a punto de decir que no podía.

Que Darian podía estar en peligro, que cada historia parecía insignificante junto a eso.

Entonces vio al muchacho de pelo rizado al que había servido sopa en la ribera. Estaba sentado junto a su madre, con los zapatos llenos de barro.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Isolde.

La mujer se levantó.

—Han cerrado la calle del río porque dicen que puede abrirse una fisura. Los guardias no dejan volver a nuestras casas. Mi marido está dentro.

Era una calle. Un hombre atrapado tras una barricada. Una familia que no sabía a quién pedir permiso para volver a respirar.

Isolde miró la tela con el roble negro que aún llevaba en el bolsillo. Luego la guardó.

—Vamos a hablar con los guardias —dijo.

La calle del río estaba bloqueada por carros y cuerdas. Dos hombres de la Guardia Real vigilaban una grieta estrecha entre los adoquines. De ella salía vapor tibio, no rojo. Los habitantes del barrio se agolpaban detrás de la barrera, furiosos y asustados.

—¿Quién dio la orden de cerrar? —preguntó Isolde.

El sargento mostró un papel.

No tenía doble sello.

—¿Quién os lo entregó?

—Un mensajero de la oficina de emergencias, Alteza.

—¿Visteis su rostro?

—No.

—Entonces la orden es inválida. Nadie cierra una calle sin evacuar primero a quienes viven dentro.

El sargento palideció.

—Pero la fisura...

Isolde se arrodilló junto al borde. El vapor era templado, con un olor a tierra removida. No sintió la llamada de Ydrael ni la presión de la Cicatriz. Únicamente agua subterránea buscando salida.

—Es una tubería rota —dijo—. Mandad a los obreros. Abrimos la calle y sacamos a todos en orden.

La gente empezó a moverse. Aelyn organizó una lista de casas. Isolde ayudó a entrar a las familias, una por una, hasta que el hombre que la mujer buscaba salió por una ventana del segundo piso con un gato bajo el brazo. Hubo risas. Alguien lloró de alivio.

No resolvía el problema de Darian. Pero impedía que otra mentira hiciera daño.

Al regresar al palacio, encontró un caballo agotado en el patio principal.

Darian desmontaba con dificultad. Tenía el abrigo cubierto de barro y una línea de sangre seca desde la sien hasta el cuello. Parecía como si hubiera dejado algo importante atrás y no supiera si podía recuperarlo, lejos de gravemente herido.

Isolde corrió hacia él.

—¿Dónde estabas?

Él la abrazó antes de responder. El gesto fue tan fuerte que le dolió. Ella lo devolvió con la misma fuerza.

—Halar. La finca. La casa de cambio. He estado intentando encontrar la forma de volver sin llevar a nadie hasta ti.

—¿Tu padre?

La expresión de Darian se cerró.

—Está vivo. Pero no está a salvo. No puedo explicarlo todo aquí.

—¿Puedes explicarlo en algún sitio?

La pregunta salió más dura de lo que quería. Él se apartó apenas, lo suficiente para mirarla.

—Sí. Pero no todavía. Necesito hablar con el rey primero.

La respuesta abrió una distancia entre ellos. Isolde la sintió de inmediato.

—Darian.

—No te estoy apartando de esto para protegerte de una verdad. Te estoy pidiendo tiempo para saber cuál de las verdades puede matar a alguien si la digo mal.

Era una frase peligrosa. Sonaba demasiado parecida a las que habían usado Ardan, Lysandra, todos los adultos que habían decidido que el silencio era una forma de amor.

—Ya no puedo aceptar eso como respuesta —dijo ella.

Él cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

Antes de que pudieran decir más, Ardan salió al patio acompañado de Varek y los capitanes. El rey abrazó a Darian con la brusquedad de un hombre que no iba a admitir que había temido perderlo.

—Tenemos trabajo —dijo Ardan.

Darian asintió. Al pasar junto a Isolde, rozó sus dedos. No la soltó del todo. Pero tampoco se quedó.

La tela con el roble negro pesaba en el bolsillo de su capa.

Ahora sabía que la palabra era un aviso de que alguien había querido que tomara el camino equivocado.

No sabía qué camino había tomado Darian en su lugar.

La deuda antigua

Darian habló ante el rey al anochecer.

No en el salón del trono. No delante de las Casas.

Ardan había elegido la sala de guerra, con el mapa de la Cicatriz extendido sobre la mesa y seis personas de confianza alrededor: Isolde, Aelyn, Lysandra, Varek, el capitán de la Guardia y Telmor, incluido a regañadientes porque su conocimiento de los archivos del templo ya no podía ignorarse.

Lord Rhyne no estaba presente.

—Mi padre confirmó que tuvo contacto con el Círculo de Ceniza —dijo Darian.

La frase cayó con una claridad brutal.

Isolde no se movió. Había imaginado muchas versiones de esa conversación durante el tiempo que Darian estuvo ausente. Ninguna había preparado la sensación de oírlo decirlo en voz alta.

—¿Qué clase de contacto? —preguntó Ardan.

—Financiación de rutas. Transporte de materiales. Información sobre los movimientos de la Corona. Él dice que empezó antes de que yo naciera, cuando el Círculo se presentaba como una red de prevención de guerras. Su Casa ayudaba a estabilizar suministros a cambio de protección comercial.

—¿Y después? —preguntó Varek.

Darian lo miró.

—Después descubrió que los materiales incluían sal, hierro, cristales de fisura, sellos de rastreo y armas. Intentó retirarse. El Círculo le recordó que sabía demasiado.

—Una historia conveniente —dijo Telmor.

—No he terminado —respondió Darian.

Por primera vez, el sacerdote pareció sorprenderse de que alguien le hablara con esa firmeza.

—Mi padre me mostró una lista de Casas que hicieron acuerdos similares. Algunas lo hicieron por miedo. Otras por ambición. No me entregó los nombres. Dice que si los revela sin pruebas, el Círculo los negará y destruirá los documentos restantes.

—¿Dónde están? —preguntó Lysandra.

—En una cámara de archivos bajo Cendral.

Isolde sintió que el aire se volvía frío.

Todo regresaba a Cendral.

—¿Tu padre sabe dónde? —preguntó ella.

Darian la miró. Había culpa en sus ojos por lo que aún no estaba diciendo.

—Sí.

—¿Y?

—Y no quiere que vayamos sin preparar una fuerza. Dice que los documentos están protegidos por sellos que solo se abren con sangre de una Casa vinculada a la red.

—¿La vuestra? —preguntó Varek.

—La nuestra es una de ellas.

La palabra nuestra dejó un vacío en la sala.

Ardan apoyó las manos sobre la mesa. Estaba calculando como un rey que acababa de descubrir que una de las Casas más cercanas a su Corona podía ser una puerta hacia sus enemigos.

—Lord Rhyne quedará bajo custodia de la Guardia hasta que podamos hablar con él —dijo.

Darian asintió, aunque el gesto le costó.

—Lo entiendo.

—¿Lo entiendes? —preguntó Isolde antes de poder contenerse—. ¿Desde cuándo lo sabes?

Todos en la sala se quedaron quietos. Darian volvió la cabeza hacia ella.

—Desde Halar.

—¿Y has tenido tiempo de volver, abrazarme, decirme que no podías explicar y luego venir aquí a contarme que tu familia ha financiado a la red que quiere usarme como llave?

—Isolde—

—No. Respóndeme.

Él tragó saliva.

—No sabía qué parte era cierta. No sé qué parte sigue siéndolo. Quería hablar con mi padre antes de darte una historia que quizá estuviera hecha para separarnos.

—¿Y ahora crees que no está hecha para separarnos?

La pregunta lo dejó sin respuesta.