Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 11 PROMESA DE CENIZA #5
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CAPÍTULO 11 PROMESA DE CENIZA #5

El hombre miró a Aelyn, quizá esperando una aliada más razonable. Aelyn sonrió con dulzura.

—Mi amiga tiene la costumbre de seguir preguntando hasta que los números dejan de mentir. Os conviene recordar dónde los visteis por última vez.

El administrador recordó. Los doce carros habían sido desviados hacia el almacén de reserva de lord Varek por una orden firmada con sello de emergencia.

Isolde pidió ver la orden.

El sello era real. La firma, una de las iniciales de Varek. Pero la fecha se había escrito sobre una línea raspada. Aelyn lo vio antes que ella.

—Esto fue modificado —dijo.

El administrador palideció.

—Yo solo obedecí.

—Lo sé —dijo Isolde.

Era importante decirlo. El hombre no había robado la harina. Había tenido miedo de cuestionar un documento que llevaba un sello de poder. Si castigaba a cada persona que obedecía una mentira bien vestida, no quedaría nadie para reparar el daño.

—Los carros saldrán hoy —ordenó—. Y todas las órdenes de emergencia de la oficina de Varek se revisarán antes de ejecutarse. El propósito era que llegue a quien debe llegar, lejos de retrasar la ayuda.

Al salir del depósito, Aelyn la miró con atención.

—Has aprendido algo.

—Que odio los sellos.

—Eso también. Pero no has descargado la rabia sobre el administrador.

—No era culpable.

—No. Era conveniente. La gente con poder suele confundir ambas cosas.

Isolde guardó silencio. La corona no pesaba menos por saberlo; pesaba de otra manera.

En el patio de vuelo, Rheskan estaba inquieto. Había empezado a raspar el suelo con las garras y a lanzar llamaradas cortas hacia el cielo. Olan no lograba calmarlo.

—Reacciona cada vez que se abre una fisura —dijo el instructor—. O cada vez que vos reaccionáis. No sé cuál de las dos cosas me preocupa más.

Isolde se acercó al dragón. Rheskan bajó la cabeza hasta quedar a su altura. Sus ojos dorados no tenían miedo. Tenían una insistencia que la hacía sentir pequeña.

—No puedo ir —murmuró.

El dragón exhaló aire caliente.

—No puedo ir porque no sé si eso es lo que quieren.

Rheskan golpeó la cola contra el suelo. No parecía impresionado por sus argumentos estratégicos.

—Tienes razón. Es una razón horrible.

La conexión con Ydrael vibró al fondo de su mente. No llegó una visión. Únicamente una presión creciente, como si la prisión bajo Cendral tuviera un pulso que empezaba a imitar al suyo.

Esa noche, Aelyn encontró una carta escondida entre los registros de provisiones. No llevaba sello ni destinatario. Estaba doblada dentro de un informe sobre las rutas del sur.

El hombre de Halar sigue vivo. No sigas el camino de las cenizas.

La letra no era de Darian. Tampoco de Cael. Era una escritura angular, hecha para que nadie reconociera la mano.

—¿Qué significa? —preguntó Isolde.

—Que alguien quiere que sepamos que Darian sigue vivo —dijo Aelyn—. Y quiere que no vayamos a buscarlo por el camino de las cenizas.

—¿Por qué decirnos eso?

—Porque quizá el camino de las cenizas es donde esperan que vayamos. O porque quien escribió la nota no puede usar un mensaje oficial.

La posibilidad de que la mujer encapuchada siguiera ayudándolas cruzó por la mente de Isolde. Pero las ayudas anónimas tenían un precio: nunca sabías si te estaban sacando de una trampa o guiando hacia otra.

Ardan leyó la nota y ordenó enviar una patrulla rápida a Halar por la ruta del río. No le permitió a Isolde formar parte.

—No voy a discutirlo —dijo él antes de que ella abriera la boca.

—Entonces no lo hagas. Escúchame.

El rey se detuvo.

—Quiero ir porque Darian está ahí. Eso es verdad. Pero también porque los caminos se están usando para mover información falsa, esconder grano y separar a la gente de ayuda. Puedo reconocer cosas que otros no, y no solo por Ydrael.

Ardan la miró con una tristeza que parecía orgullo mal disimulado.

—Lo sé. Y ese es el motivo por el que te necesito aquí. Si alguien logra aislarme, romper las rutas y usar tu nombre, Caleryon se queda sin una voz que no pertenezca al Consejo. Quédate. Haz que los carros lleguen. Haz que las cartas se lean. No es menos importante que una espada.

Isolde quería decir que no. Quería elegir el camino, el riesgo, la acción visible. Pero recordó a la gente de la ribera, los doce carros, al niño que le había pedido ayuda para una heredera que quizá no se acordaba de ellos.

—Está bien —dijo.

No fue resignación. Le sorprendió descubrirlo. Fue una elección.

Al día siguiente, abrió una sala en el palacio para recibir directamente las quejas de las aldeas.

No permitió que los escribanos filtraran las cartas sin su lectura.

Aelyn organizó listas, rutas y nombres. Lysandra consiguió voluntarios de las Casas menores.

Ser Amon pidió medicinas. Incluso algunos sacerdotes jóvenes de Telmor aparecieron con mantas y manos dispuestas a trabajar.

Era una forma de impedir que el miedo tuviera todo el espacio.

Al caer la tarde llegó un halcón desde Halar.

No traía una carta. Traía una pequeña tira de tela negra, atada a la pata.

En la tela había bordado un roble.

El emblema de la Casa Rhyne.

Debajo, con hilo rojo, una sola palabra.

Corre.