CAPÍTULO 11 PROMESA DE CENIZA #4
La casa de cambio estaba vacía. Las puertas abiertas. Las monedas esparcidas sobre el suelo. En la pared del fondo, alguien había dibujado el círculo roto con ceniza y una sola palabra.
Elige.
No había rastro de su padre.
Darian montó antes de que Ser Olan pudiera detenerlo.
Cabalgó hasta la finca Rhyne con dos guardias, atravesando campos donde las primeras heladas habían quemado las hojas de las vides.
La casa familiar se alzaba sobre una colina baja, de piedra gris y techos oscuros.
Había vivido allí parte de su infancia. Sabía qué escalón crujía, qué ventana daba al cuarto de su hermana, dónde su madre guardaba las cartas que no quería que nadie leyera.
Esa tarde, todo parecía demasiado quieto.
El mayordomo le abrió la puerta con los ojos rojos.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó Darian.
El hombre palideció.
—En su despacho, mi lord.
Darian subió las escaleras de dos en dos. La puerta del despacho estaba cerrada. Al entrar, encontró a lord Rhyne sentado frente al fuego apagado, con una copa en la mano y el rostro de alguien que no había dormido.
—No fui a la casa de cambio —dijo Darian.
—Bien.
—¿La carta era tuya?
—Sí.
—¿Por qué? ¿Por qué no usaste un mensajero de la casa?
Su padre lo miró con una tristeza que Darian no supo interpretar.
—Porque no sé en quién confiar.
—¿Y eso justifica pedirme que vaya solo a una trampa?
—No sabía que era una trampa.
—Entonces alguien interceptó tu carta y preparó el lugar antes de que llegara.
—Sí.
La facilidad de su respuesta provocó más rabia que si hubiera negado.
—¿Qué está pasando? —preguntó Darian—. No una versión para los consejeros. No una frase sobre rutas. ¿Qué está pasando realmente?
Lord Rhyne dejó la copa sobre la mesa.
—Cuando yo era joven, había una promesa entre algunas Casas. Una forma de mantener la estabilidad. Nos dijeron que si ayudábamos a contener los conflictos, se evitaría una guerra mayor.
—¿El Círculo de Ceniza?
El silencio de su padre fue suficiente.
Darian sintió que el aire de la habitación se volvía difícil de respirar.
—¿Tú estabas implicado?
Aquello distaba de parecerse a crees.
—Eso no es una respuesta.
—No, no lo es. Pero es la única que puedo darte sin ponerte en peligro.
La frase le resultó tan parecida a las que Isolde contaba de Ardan que casi se rio. En vez de eso, se alejó de la mesa.
—¿Varek sabe?
—Varek sabe una parte. Telmor sabe otra. Nadie sabe todo. Así sobrevive una red: cada persona cree que está sosteniendo una cuerda, sin ver que también está atada a ella.
—¿Y qué quieres de mí?
Su padre lo miró directamente.
—Quiero que no dejes que usen a Isolde.
El nombre de ella en su boca hizo que Darian se tensara.
—¿Por qué la nombran todos como si fuera una llave?
—Porque lo es. Y porque tú tienes que decidir si serás el hombre que la protege o el que abre la puerta para otros.
—¿Me estás acusando de algo?
—Te estoy diciendo que ya te han elegido para una cosa o para la otra. Negarte a decidir no hará que te dejen fuera.
Darian quería decir que no estaba obligado a participar en una historia escrita antes de que naciera. Quería decir que él y Isolde podían salir de las redes, exponerlas, destruirlas.
Pero recordó la pared de la casa de cambio: el círculo roto y la palabra elige.
Alguien ya sabía que él había empezado a hacer preguntas.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
Lord Rhyne bajó la vista.
—Todavía no lo sé.
Era la primera vez que su padre admitía miedo. El miedo de lord Rhyne se refería a su hijo, por encima de la Casa y de sus cuentas.
Darian salió de la finca cuando ya era de noche. No volvió a Halar. Cabalgó solo hasta un alto desde el que podía ver las luces de la ciudad y, más lejos, el camino que llevaba a Caleryon.
Sacó del bolsillo el anillo que Isolde le había dado en la Fiesta de la Cosecha. Era una banda sencilla con una llama y una rama de espino.
No usaré mi corona para imponerte un destino, había dicho ella.
Darian cerró los dedos sobre el metal.
No sabía si el destino podía imponerse desde fuera o si uno acababa ayudándolo a entrar por miedo a perder a quien amaba.
Las manos abiertas
Los tres días prometidos por Darian se convirtieron en seis.
El primer día, Isolde se dijo que las rutas estaban lentas y que Halar necesitaba más tiempo.
El segundo, recibió un informe de que un puente había cedido al sur.
El tercero, un mensajero llegó con una nota de Ser Olan: la columna de ayuda había tenido que desviar los carros por una fisura que cortaba el camino.
El cuarto, el mensajero que debía traer una carta de Darian no llegó.
Al sexto día, Isolde dejó de fingir que no contaba las horas.
No podía ir a buscarlo. La orden del rey seguía vigente.
Además, el palacio estaba lleno de gente que necesitaba respuestas, y ella había descubierto que una respuesta no siempre era una frase; a veces era una manta entregada a tiempo, una puerta abierta, un granero que dejaba de estar cerrado porque alguien con autoridad lo ordenaba.
Pasó la mañana en los depósitos reales con Aelyn, supervisando el envío de harina hacia las aldeas afectadas.
Los encargados no la trataban como a una heredera.
La trataban como a una complicación: una mujer que preguntaba por qué faltaban doce sacos y no se conformaba con que le señalaran un libro.
—Aquí dice que salieron cuarenta carros —dijo Isolde.
El administrador se secó el sudor de la frente.
—Y cuarenta salieron, Alteza.
—Llegaron veintiocho.
—Las rutas son peligrosas.
—No tanto como para que doce carros desaparezcan sin que nadie sepa dónde.