CAPÍTULO 11 PROMESA DE CENIZA #3
—Tú también crees que debería quedarme.
Darian dejó los papeles.
—Creo que no quiero que te usen.
—Eso no responde.
—Creo que, si fueras, iría contigo. Y creo que eso quizá sea exactamente lo que alguien está intentando conseguir.
Isolde miró la fuente. La superficie del agua tenía una capa fina de hielo alrededor del borde. En el centro, aún fluía.
—No sé cómo ser heredera cuando todas las decisiones parecen convertir a alguien en una cosa.
—No permitas que te conviertan en una cosa —dijo Darian—. Es decidir por qué te quedas o por qué vas.
La frase era buena. Demasiado buena. Isolde quiso aferrarse a ella.
—¿Qué harías tú? —preguntó.
Darian tardó en responder.
—Iría donde pudiera proteger al mayor número de personas.
No dijo a ti. No dijo Cendral. Era la respuesta de un hombre que había aprendido a medir el deber antes que el deseo.
Esa noche, el ejército de ayuda salió hacia el sur sin Isolde.
Ella los vio partir desde la muralla, envueltos en capas oscuras, con carros de harina y mantas avanzando bajo un cielo demasiado claro. Darian cabalgaba cerca de la vanguardia. Antes de cruzar la puerta, levantó la vista hacia ella.
Isolde se llevó dos dedos al corazón.
Él respondió.
Luego la columna desapareció por el camino.
En los jardines, los naranjos ardían con fuego azul.
La heredera que se queda
Quedarse resultó ser una forma distinta de batalla.
Durante los primeros dos días después de la partida de Darian, Isolde se levantó antes del amanecer y buscó trabajo en cada rincón del palacio.
Visitó los almacenes de grano. Revisó las listas de mantas enviadas al sur.
Hizo que los escribanos leyeran en voz alta las cartas de las aldeas afectadas.
Preguntó los nombres de los carreteros, de los guardias, de las viudas que habían acogido a familias enteras en sus casas.
Nadie la había preparado para el tipo de cansancio que producía escuchar.
Una tarde, un hombre de la aldea de Parras le explicó que el pozo se había congelado desde dentro.
En el fondo, donde el agua debía permanecer templada por las corrientes subterráneas.
Una mujer de Halar dijo que sus gallinas habían dejado de poner huevos y que su hijo se despertaba gritando que había algo arañando bajo el suelo.
Un grupo de pescadores pidió permiso para cruzar el río con sus familias porque los caminos del norte ya no eran seguros.
Isolde firmó órdenes, pidió informes, ordenó abrir depósitos y tuvo que aprender a distinguir lo que podía resolver con un sello de lo que necesitaba tiempo, carros, personas y confianza.
—Sigues con la misma cara desde esta mañana —dijo Aelyn al encontrarla por quinta vez inclinada sobre una lista de provisiones.
—¿Qué cara?
—La de alguien que ha descubierto que gobernar no consiste en pronunciar frases desde un balcón.
—Podrías haberme avisado.
—Lo hice. A los quince años. Estabas demasiado ocupada intentando convencer a un instructor de que un dragón pequeño podía llevarte hasta la costa.
—Podía hacerlo.
—No era el punto.
Aelyn dejó una pila de mapas sobre la mesa. Había marcado con tinta roja los lugares desde donde habían llegado quejas sobre hielo, fuego o desapariciones de convoyes. Las marcas formaban una línea irregular que bajaba desde Vayren hasta las aldeas del sur y volvía a subir hacia Cendral.
—Mira esto —dijo.
Isolde siguió el recorrido con el dedo.
—No son ataques al azar.
—No. Son puntos de paso. Puentes, pozos, almacenes, cruces de carretera. Lugares donde la gente tiene que detenerse.
—Quieren controlar el movimiento.
—O dirigirlo.
La diferencia le hizo levantar la vista.
—¿Hacia dónde?
Aelyn señaló el centro del mapa.
Cendral.
El cuenco de ceniza seguía bajo llave en las habitaciones del rey.
La libreta de Maelia, también. Pero la idea de la prisión, de la sangre usada como llave, había dejado de ser un secreto de piedra.
Estaba en cada camino que alguien volvía peligroso, en cada carro de harina que no llegaba, en cada familia obligada a abandonar una aldea.
—Quieren vaciar la frontera —dijo Isolde.
—Y luego decir que solo ellos pueden protegerla.
La puerta se abrió. Un paje entró con una carta.
—De lord Rhyne, Alteza.
El corazón de Isolde reaccionó antes que la razón. Tomó el sobre. El sello de la Casa Rhyne estaba intacto: un roble negro sobre cera roja.
—¿Cuándo llegó? —preguntó.
—Hace un momento. El mensajero dice que salió de Halar al amanecer.
Isolde rompió el sello.
La carta era breve.
Isolde, la situación ha empeorado. Hemos encontrado señales de una fisura abierta al este de Cendral. Tu padre no entiende el riesgo. Necesito que vengas. No se lo digas a nadie. Ven con Aelyn por el camino del lago. Confía en mí.
La letra era de Darian.
O se parecía lo suficiente.
Isolde leyó la última frase otra vez.
No se lo digas a nadie.
La advertencia de Cael se clavó en su memoria: no confiéis en ninguna orden de patrulla que no haya sido vista por vuestro padre.
—¿Qué pasa? —preguntó Aelyn.
Isolde le entregó la carta.
Su amiga la leyó y frunció el ceño.
—No me gusta.
—Es su letra.
—Sí. Pero Darian no escribiría «tu padre no entiende el riesgo». No así. Puede discutir con Ardan, pero no intentaría separarte de él con esa frase.
—Quizá esté desesperado.
—Quizá. O quizá alguien sabe imitar su letra y conoce la clase de cosa que quieres oír.
Isolde cerró los ojos. Quería que fuera Darian. Quería que la necesitara, que la llamara porque su presencia podía cambiar algo. Quería que quedarse no fuera la elección correcta.
Eso era exactamente lo que hacía la carta peligrosa.
—No iremos —dijo.
La decisión le costó. Aelyn lo vio.
—Podemos verificarla.
—Sí. Mandaremos a alguien con un mensaje sellado por el rey. No a la ruta del lago. A Halar.
El paje seguía en la puerta, esperando instrucciones.
—¿El mensajero? —preguntó Isolde.
—Ha pedido agua para su caballo, Alteza.
—Que no salga del palacio.
El muchacho se inclinó y corrió.
No llegaron a tiempo.
Cuando la guardia fue a buscar al mensajero, encontró el caballo en el patio de suministros y una capa roja tirada junto al bebedero. El hombre había desaparecido. Bajo la capa, alguien había dejado una pluma negra.
Ardan se enfureció cuando le mostraron la carta.
La ira de Ardan alcanzó la habitación entera y dejó a Isolde fuera.
Ordenó cerrar las puertas de la ciudad durante una hora, interrogar a los mozos de establo y revisar cada sello de la Casa Rhyne que hubiera salido o entrado en el palacio desde Vayren.
—Quieren que desconfíes de Darian —dijo su padre más tarde, en privado.
—Lo sé.
—¿Y funciona?
La pregunta era cruel por necesaria.
Isolde miró la carta sobre la mesa.
—A veces.
Ardan no intentó consolarla con una mentira. Le tomó la mano, y juntos quemaron la carta en la chimenea.
Las llamas consumieron el papel, pero no el miedo que había conseguido plantar.
Al anochecer llegó un segundo mensaje, esta vez por halcón y con un código que Darian y ella usaban desde jóvenes para enviarse notas durante los Consejos aburridos.
Estoy bien. No he mandado mensajero. No sigas ninguna orden que no lleve doble sello. Volveré en tres días.
Isolde leyó la nota hasta que la tinta se le volvió borrosa.
—Tres días —dijo Aelyn.
—Tres días.
Parecían una distancia demasiado larga para un reino que estaba aprendiendo a usar la mentira como camino.
* * *
Halar no era una ciudad preparada para el silencio.
Sus calles estaban hechas para el ruido de las ruedas, los gritos de los tratantes y el golpear constante de las herrerías.
Sin embargo, al llegar con los primeros carros de ayuda, Darian encontró puertas cerradas y gente esperando en las esquinas con la inmovilidad de quienes no saben si deben huir o resistir.
Los pozos no estaban congelados allí. Pero el agua tenía un sabor metálico. Los caballos rehusaban beberla. En la plaza principal, una grieta pequeña había abierto el suelo junto al mercado y expulsaba vapor rojo cada pocos minutos.
—No es natural —dijo el capitán Ser Olan.
Darian no necesitaba que se lo dijeran. Desde Vayren, la palabra «natural» se había convertido en algo que nadie usaba sin mirar antes por encima del hombro.
Organizó los carros de harina junto al almacén de la ciudad. Mandó revisar los pozos. Repartió guardias en los cruces sin usar los colores de la Guardia Real, porque las capas rojas ya no tranquilizaban a nadie. Durante dos días no durmió más de una hora seguida.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Isolde en el patio de Vayren, con barro en la mejilla y la espada en alto. Después la veía leyendo la carta de Maelia. Después, peor: la imaginaba recibiendo una orden falsa con su propia letra.
Había enviado el halcón en cuanto pudo. El código era sencillo: una frase sobre un pez azul que ninguno de los dos había visto jamás.
De niños, lo habían inventado para burlar a los tutores.
Ahora era la única manera de decir estoy vivo, no confíes en nadie sin que un escribano pudiera usarlo contra ellos.
Al tercer día, un mensajero llegó de la finca de los Rhyne.
No traía carta de Caleryon. Traía una de su padre.
Ven solo a la casa de cambio del camino este. Es urgente. No uses los sellos de la Corona.
Darian leyó el mensaje tres veces. Reconoció la letra de lord Rhyne. Reconoció también el tipo de papel: grueso, con fibras oscuras, fabricado en los molinos de su familia.
La urgencia le provocó un frío seco en el estómago.
—No iréis solo —dijo Ser Olan.
—No voy a ir.
El capitán levantó las cejas.
—¿No?
—Hace dos días recibimos una orden falsa con mi sello. Ahora mi padre me escribe que no use sellos y vaya solo a un lugar sin guardias. O está en peligro o alguien quiere que yo lo esté.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Darian miró la carta.
Eso era lo que más temía.
Envió a dos exploradores hacia la casa de cambio por rutas distintas. Él siguió trabajando en Halar, aunque cada decisión se volvía un esfuerzo. Al caer la tarde, uno de los exploradores regresó con una noticia peor que cualquier emboscada.