CAPÍTULO 11 PROMESA DE CENIZA #2
El rey habló poco. Dijo que Caleryon necesitaba más puentes que muros. El lord Rhyne habló de servicio y responsabilidad, palabras que Isolde sabía que podían significar cosas peligrosas en boca de la persona equivocada, pero que en ese momento parecían sinceras.
Darian se acercó a ella frente a toda la plaza.
Llevaba el uniforme oscuro de su Casa, sin capa. Cuando tomó sus manos, no miró a los nobles ni a los sacerdotes. La miró solo a ella.
—No vengo a pedir que me pertenezcas —dijo, y su voz llegó clara a pesar del murmullo de la plaza—.
Vengo a prometer que, si caminas conmigo, no usaré tu nombre para cerrarte puertas.
Que si un día dejamos de elegirnos, no convertiré el afecto en una cadena.
Y que, mientras nos elijamos, haré cuanto esté en mi mano para que tu reino sea también un lugar donde la gente pueda vivir sin pedir permiso para respirar.
No era la fórmula que los sacerdotes habían preparado. Telmor se movió apenas detrás del rey. Aelyn, a un lado, sonrió con una satisfacción feroz.
Isolde sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas por la parte en la que Darian había prometido no cerrar puertas.
Sabía cuántas puertas se habían cerrado después de que Maelia desapareciera.
Sabía lo raro que era que un hombre entendiera que amar a alguien no le daba derecho a decidir por ella.
—Yo tampoco vengo a pedirte que me protejas de mi vida —respondió—.
Vengo a prometer que, si eliges caminar conmigo, no esperaré que tu miedo sea más pequeño que el mío.
Que no usaré mi corona para imponerte un destino.
Y que, mientras nos elijamos, intentaré construir contigo un reino que no confunda la obediencia con la paz.
El aplauso llegó como una ola.
Darian le puso un segundo anillo, una banda sencilla de plata con un pequeño relieve de una llama y una rama de espino. Después la besó. La plaza gritó. Rheskan, desde el patio de vuelo, rugió con un entusiasmo que hizo reír incluso a los guardias.
Durante unos minutos, Isolde fue feliz sin tener que defenderse de esa felicidad.
La celebración continuó hasta la tarde. Había música, danzas y puestos de comida alrededor de la plaza.
Isolde se escapó con Aelyn entre la gente, todavía con el vestido de ceremonia y el pelo medio deshecho.
Compraron buñuelos de manzana. Un anciano le regaló una pequeña figura de dragón tallada en madera.
Una niña le pidió que firmara una cinta roja para colgarla en su ventana.
—¿No te cansas de sonreír? —preguntó Aelyn cuando por fin se refugiaron detrás de un puesto de flores.
—Sí.
—¿Entonces por qué sigues?
—Porque hoy quiero que recuerden que la heredera se ríe a veces. Quizá así resulte más difícil que crean cualquier monstruo que inventen sobre mí.
Aelyn la miró con tristeza.
—Ojalá el mundo funcionara así.
—Yo también.
Una mano dejó una flor de ceniza sobre el mostrador, entre los ramos de trigo. Isolde levantó la vista. La mujer encapuchada del Festival estaba al otro lado de la plaza, inmóvil entre los asistentes.
—Aelyn.
Las dos echaron a correr. La figura se movió antes, deslizándose entre la multitud. Isolde dejó atrás puestos, niños, música. Por un instante vio la capa gris doblar hacia un callejón. Llegó a tiempo de encontrarlo vacío.
En la pared había dibujado un nudo ashai de guardar.
Debajo, con ceniza mezclada con agua, una frase.
No entregues la llave al amor.
Isolde se quedó sin aliento.
Aelyn llegó a su lado.
—¿Qué dice?
Ella no respondió de inmediato. Miró el anillo de Darian, brillante sobre su mano. Recordó la carta de Maelia: un juramento es una herramienta.
—Nada que entienda —dijo al fin.
Era una mentira. No una grande. Pero la primera que le decía a Aelyn desde que habían empezado a seguir las pistas de Maelia.
La noche cayó sobre una ciudad que aún celebraba. Darian la encontró junto a la fuente del patio interior, alejada del ruido.
—Aelyn dice que has desaparecido después de perseguir una sombra —dijo.
—Aelyn debería dejar de contar mis defectos a mi prometido.
—No creo que sea un defecto. Creo que es una tradición.
Él le ofreció una copa de vino y se sentó a su lado. Isolde quería contarle lo que había leído en la pared. Quería preguntarle si su amor podía ser una llave sin que ninguno de los dos lo quisiera. En vez de eso, apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Estás bien? —preguntó Darian.
—Sí.
La palabra le supo amarga.
En el salón de la Casa Rhyne, el padre de Darian recibió otra carta sin sello. Esta vez no intentó quemarla. La guardó en el bolsillo interior de su chaqueta y mandó llamar a su hijo.
Cuando Darian llegó, lord Rhyne estaba de espaldas a la ventana.
—¿Te ha hecho feliz el anuncio? —preguntó.
—Sí.
—Eso es un problema.
Darian frunció el ceño.
—No entiendo.
Su padre se volvió. Había cansancio en su rostro, una clase de cansancio que Darian no le conocía.
—A veces entenderás demasiado tarde, hijo. Ojalá hubiera una forma de ahorrártelo.
—¿De qué estás hablando?
Lord Rhyne no respondió. Únicamente le pidió que cerrara la puerta.
* * *
La primera helada llegó una semana antes de tiempo.
Al amanecer, los naranjos de los jardines reales estaban cubiertos por una capa de escarcha tan fina que parecía azúcar.
Los criados encontraron las fuentes congeladas, aunque el aire no era lo bastante frío para explicarlo.
En el patio de vuelo, Rheskan se negó a acercarse al agua y rugió hasta que los mozos trajeron braseros.
Isolde despertó con el pecho ardiendo.
Era la misma presión que había sentido bajo el hielo de Vayren. Se vistió sin llamar a nadie y salió al balcón. El jardín se extendía abajo, blanco y silencioso. En el centro de uno de los naranjos, una rama había florecido con pequeñas llamas azules que no consumían las hojas.
Ydrael.
El nombre no llegó como una palabra. Llegó como un dolor que se cerraba alrededor de su respiración. Vio, durante un instante, una pared de piedra y una cadena brillante. Oyó el golpe lejano de algo enorme contra una prisión.
Después, la visión se deshizo.
—Isolde.
Aelyn estaba en la puerta, envuelta en una bata y con el cabello sin trenzar.
—¿Qué ocurre?
Isolde señaló los naranjos. Aelyn tardó un segundo en comprender que las llamas no eran un reflejo del sol.
—¿Lo has hecho tú?
—No.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
El rey convocó al Consejo antes de que terminara el desayuno. La helada no se limitaba al palacio. Los mensajeros informaban de pozos congelados en las aldeas del sur, géiseres que expulsaban vapor rojo cerca de Cendral y animales huyendo de las zonas altas.
Telmor llegó vestido de amarillo ceremonial, como si la crisis le hubiera dado una razón para usar sus mejores ropas.
—La Cicatriz se está moviendo —dijo.
—La tierra no se mueve porque os convenga llamarla señal —respondió Ardan.
—No me conviene que el reino se acerque a una catástrofe.
—No, os conviene ser quien la interprete.
Varek intervino con un informe de las patrullas.
Dos puestos del sur de Cendral habían dejado de responder.
Los exploradores habían encontrado marcas de hielo en los caminos de Caleryon y brasas apagadas en territorio de Skarde.
Era la clase de evidencia diseñada para que cada lado pudiera culpar al otro.
—Tenemos que enviar una fuerza de reconocimiento —dijo Varek—. Una columna capaz de asegurar los pasos y rescatar civiles si los pueblos quedan aislados; una patrulla pequeña resultaría insuficiente.
—Eso parecerá una movilización —dijo Aelyn.
—¿Preferís que esperemos a que los pueblos se queden sin agua? —preguntó él.
—Prefiero saber quién escribió los informes antes de darles soldados.
—No podemos investigar cada hoja de papel mientras la gente se congela en sus casas —dijo Telmor.
Isolde miró el mapa. Cendral volvía a aparecer en el centro de todas las rutas, como si el reino entero se inclinara hacia ese punto.
—¿Qué dice Vayren? —preguntó.
El capitán de guardia dejó un mensaje sobre la mesa.
—La comandante Lysandra informa de temblores y fisuras menores. Skarde ha movido tropas hacia el paso norte. No han cruzado la línea, pero están cerca.
—¿Mensaje de Cael? —preguntó Isolde antes de poder evitarlo.
El capitán negó.
La ausencia le dejó una punzada que no quería examinar.
Ardan apoyó ambas manos sobre el mapa.
—Enviaremos ayuda civil al sur, escoltada por la Guardia Real.
No entraremos en Cendral hasta verificar las órdenes de Vayren.
Varek, preparad suministros. Darian, coordinad los carros y elegid capitanes que no hayan servido en rutas bajo investigación.
Aelyn, quiero una lista de aldeas afectadas y contactos de confianza en cada una.
—¿Y yo? —preguntó Isolde.
El rey levantó los ojos.
—Tú permanecerás en Caleryon.
El silencio de la sala se volvió incómodo.
—Padre.
—No.
—Si Ydrael está respondiendo a lo que ocurre—
—Precisamente por eso no voy a llevarte a una frontera donde quizá te están esperando.
—No me estás llevando. Me estás dejando atrás.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que le cortó la réplica.
Ardan se puso de pie.
—Porque eres mi hija y porque eres la heredera. Porque no sé qué necesita el Círculo de tu sangre ni qué quiere hacer con ese dragón. Porque si la tierra se mueve cuando tú sufres, llevarte a Cendral ahora sería entregarles una pieza que no voy a darles.
Isolde sintió el calor subirle al rostro.
—No soy una pieza.
—Lo sé. Por eso te estoy pidiendo que elijas quedarte.
La distinción habría sido hermosa si no doliera tanto.
—¿Y si quedarse es exactamente lo que quieren? —preguntó.
Nadie tuvo respuesta.
La reunión terminó sin que ella diera una. Salió antes de que Telmor pudiera acercarse. Encontró a Darian en la galería de las fuentes, revisando una lista de carros con tres escribanos.
—¿Vas a ir? —preguntó.
Él levantó la mirada.
—Solo hasta las aldeas del sur. Coordinaré los suministros desde Halar.
—Y si Cendral pide ayuda.
—Entonces seguiré la orden del rey.
La respuesta era correcta. Eso no impidió que le doliera.