CAPÍTULO 11 PROMESA DE CENIZA
La carta llegó dos días después, dentro de un tubo de plata cubierto de escarcha.
El mensajero de Skarde había cabalgado sin descanso desde la frontera. Entró en la sala del Consejo con el abrigo rígido por el hielo y la cara de alguien que no esperaba una bienvenida amable. Entregó el tubo a Ardan, inclinó la cabeza y dijo que la respuesta debía volver antes del anochecer.
—Qué encantador —murmuró Aelyn desde detrás de Isolde—. Los reyes de Skarde han descubierto la urgencia.
—No es de Halvar —dijo Darian, observando el sello.
En el lacre estaba una línea de plata atravesando una montaña. Cael.
Ardan rompió el sello y leyó en silencio. El músculo de su mandíbula se tensó. Después le tendió la carta a Isolde.
—Es para ti.
No había saludo. No había fórmula diplomática. Únicamente la letra firme de Cael sobre un papel tan blanco que parecía frío.
He encontrado una referencia a los Custodios de la Brasa Fría en los archivos que mi padre no logró destruir.
No eran guardianes de una frontera. Eran guardianes de una prisión.
El pacto original exige la presencia de sangre Valarys y sangre real de Skarde porque solo así puede abrirse o sellarse la cámara de Cendral.
Si alguien os lleva allí, no supongáis que busca mataros.
Puede querer que hagáis el trabajo por ellos.
Más abajo había una segunda nota, escrita con tinta más clara.
No confiéis en ninguna orden de patrulla que no haya sido vista por vuestro padre. Ni siquiera si llega con sello de la Corona.
Isolde levantó la mirada.
—¿Qué sabe él que nosotros no? —preguntó Varek.
—Eso mismo me pregunto —dijo Ardan.
—El príncipe Cael no es una fuente neutral —añadió Telmor—. Puede estar intentando sembrar desconfianza antes de que Skarde mueva tropas hacia Cendral.
—O puede estar advirtiendo de una trampa —dijo Isolde.
—¿Y por qué elegiría advertiros a vos? —preguntó el sacerdote.
La pregunta llevaba un tono que no le gustó. No acusación abierta. Algo más sucio: la sugerencia de que una heredera se dejaba influir por la atención de un rival.
—Porque vio lo que ocurrió en Vayren —respondió ella—. Porque sabe que si la Cicatriz se rompe, Skarde no saldrá ilesa. No todo tiene que tener una explicación más pequeña de la que parece.
Telmor inclinó la cabeza, como si hubiera ganado una discusión que nadie estaba teniendo.
—Tened cuidado, Alteza. Las personas que os ofrecen una verdad parcial a menudo esperan una lealtad completa.
La frase se quedó flotando en la sala. Darian no miró a Telmor. Miró a Isolde, preguntándole con los ojos si quería que interviniera. Ella negó apenas.
—La advertencia coincide con lo que dijo Maelia —dijo Ardan—. A partir de ahora, ninguna orden de patrulla partirá de esta sala sin doble sello: el mío y el de Lysandra. La Guardia verificará cada mensaje que llegue de Cendral o Vayren.
—Eso retrasará las respuestas —dijo Varek.
—Mejor retrasar una respuesta que enviar a nuestros soldados a una trampa —contestó el rey.
Varek bajó los ojos. Isolde se preguntó si la irritación que vio en su rostro era real o si ya había aprendido a buscarla en cualquier gesto suyo.
Después del Consejo, Ardan pidió hablar con ella a solas. La llevó al balcón de la sala de mapas, donde el sol de la tarde calentaba la piedra.
—No me gusta que Cael conozca textos que yo nunca vi —dijo.
—A mí tampoco. Pero eso no hace que esté mintiendo.
—No. Lo hace más peligroso.
—¿Por qué? Porque puede saber algo útil antes que nosotros.
—Porque es el hijo de Halvar. Porque su sangre puede abrir la misma prisión que la tuya. Porque, si el Círculo está jugando a enfrentarnos, quizá la primera victoria sea lograr que creas que él es distinto a todos los demás del norte.
Isolde se volvió hacia las torres de Caleryon.
—No creo que sea distinto porque sea del norte. Creo que ha hecho cosas que no encajan con la versión fácil que tenemos de él.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
La honestidad de Ardan la dejó callada. Su padre no le estaba prohibiendo confiar en Cael. Le estaba enseñando a sospechar de sus propias ganas de encontrar una excepción.
—No voy a prometerte que no lo escucharé —dijo ella.
—No te lo pediría. Únicamente prométeme que no entregarás tu vida a una carta.
—No lo haré.
El rey la miró, como si quisiera creerlo y no pudiera permitirse hacerlo del todo.
Esa tarde, Darian la encontró en los jardines bajos. Había llevado una manta y una cesta con fruta, una estrategia sencilla para alejarla del palacio que siempre funcionaba mejor de lo que ella quería admitir. Se sentaron bajo un granado, lejos de los caminos principales.
—¿Qué ha dicho Cael? —preguntó.
Isolde le mostró la carta. Darian la leyó despacio. Cuando terminó, la dobló siguiendo los mismos pliegues.
—Tiene razón sobre las órdenes de patrulla —dijo.
—¿Lo crees?
—Creo que alguien ha usado sellos, firmas y capas para mover gente donde no debía. Sería absurdo no pensar que pueden usar órdenes militares.
—¿Y sobre él?
Darian se quedó en silencio un momento.
—No sé.
Ella esperaba una respuesta peor. Una acusación de que Cael buscaba manipularla. Darian parecía demasiado cansado para fingir certezas.
—No me gusta que ocupe un lugar en esta historia que no controlo —continuó—. Pero no quiero convertir mis celos o mi miedo en una brújula para ti.
Isolde lo miró.
—¿Estás celoso?
—No del modo que piensas.
—Eso no responde nada.
—Estoy celoso de la parte de ti que puede entender lo que él ha visto, porque yo no puedo. De la forma en que habláis de la Cicatriz, de un reino que no conozco. Me gustaría poder darte todas las respuestas. No puedo.
La confesión era torpe, pero por eso le pareció verdadera.
—No quiero todas las respuestas de ti —dijo—. Quiero que no me mientas cuando no las tengas.
Darian sonrió apenas.
—Entonces estamos aprendiendo algo útil.
El granado dejaba caer flores rojas sobre la manta. Isolde tocó la carta de Cael, todavía doblada entre sus manos.
—¿Qué hacemos con esto? —preguntó.
—Lo guardamos. Lo comparamos con lo que encontremos. Y no dejamos que una advertencia nos obligue a actuar antes de estar preparados.
La palabra volvió a molestarla.
—Todo el mundo quiere que espere.
—No. Yo quiero que llegues viva al final de lo que sea que venga.
La frase convirtió el enfado en algo más suave. Darian le besó la muñeca, justo sobre el pulso.
—Por cierto —dijo—, mi padre ha aceptado que el anuncio del compromiso sea en la Fiesta de la Cosecha. Sin banquete de ciento veinte personas.
—¿Solo ciento dieciocho?
—Ciento dieciséis. He negociado con dureza.
Isolde rio. Durante un rato hablaron de cosas que no eran el Círculo: de las flores que Aelyn quería sabotear, de la música, de si Rheskan podía asistir sin comerse los estandartes de la Casa Rhyne.
La normalidad fue tan agradable que Isolde se permitió imaginar un futuro.
Imaginó una mesa con Darian a su lado, Aelyn discutiendo con alguien, su padre ocultando el orgullo y Rheskan rugiendo desde un patio cercano.
Aquel futuro doméstico admitía problemas y prescindía de cualquier perfección ceremonial.
La imaginación era una forma de esperanza.
Esa misma noche, en una habitación de la Casa Rhyne, un criado dejó una bandeja de té para el padre de Darian. Junto a la taza había una carta sin sello.
El lord la leyó una vez. Después la acercó a la llama de la chimenea.
No ardió.
Las letras se volvieron negras y apareció una única frase.
El heredero debe elegir antes de la primera nieve.
La Fiesta de la Cosecha
La Fiesta de la Cosecha convertía a Caleryon en una ciudad que fingía no tener miedo.
Durante tres días, las calles se llenaban de mesas largas, telas doradas y carros cargados con los últimos frutos del verano.
Los gremios competían por presentar el pan más grande, la mejor cerveza, el queso más extraño.
Los agricultores llevaban una parte simbólica de su cosecha al palacio; la Corona, a cambio, abría los almacenes de emergencia y perdonaba ciertos peajes hasta la llegada del invierno.
Ese año, Ardan insistió en mantener la tradición a pesar de los retrasos de harina y de las patrullas reforzadas.
—Si cancelamos cada vez que alguien quiere asustarnos —dijo en el Consejo—, acabarán gobernando quienes nunca se muestran a la luz.
Isolde entendía el argumento. También entendía el cansancio de los panaderos que habían visto sus carros desaparecer en el camino.
La mañana del anuncio, Aelyn llegó a sus habitaciones con tres vestidos, una caja de horquillas y la expresión de una general entrando en campaña.
—No pienso llevar una corona —dijo Isolde antes de que su amiga hablara.
—No iba a proponértelo.
—¿No?
—No. Iba a proponerte algo mucho peor: un peinado alto.
—Crueldad innecesaria.
—La Casa Rhyne ha enviado flores blancas. Lysandra quiere compensarlas con el bordado rojo. Si no intervenimos, terminarás pareciendo un estandarte de batalla que ha aprendido a caminar.
Isolde se dejó caer en una silla.
—¿Por qué acepté esto?
—Porque quieres a Darian y porque, en secreto, te gusta la idea de que la ciudad os vea elegir algo que no sea una guerra.
La precisión de la respuesta hizo que Isolde dejara de quejarse.
—Me gusta. Pero me da miedo.
—Eso se llama tener juicio. No te preocupes, no lo diré a nadie.
El vestido final fue de un tono rojo profundo, casi vino, sin demasiados bordados. Aelyn dejó el pelo de Isolde suelto sobre un hombro y le puso el anillo de Darian visible por primera vez.
—¿Lista? —preguntó.
—No.
—Perfecto. La gente lista suele ser insoportable.
El anuncio se celebró en la Plaza de las Llamas, no en el salón del trono.
Esa había sido una condición de Isolde. Quería que estuvieran las Casas, sí, pero también los panaderos, los pescadores, los soldados de permiso, las familias de los barrios que habían aprendido a mirar la Corona con una mezcla de esperanza y cálculo.