Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE #5
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CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE #5

Dentro de la estatua sonó un mecanismo antiguo. La pared de atrás se desplazó hacia un lado, dejando al descubierto una escalera que bajaba a la oscuridad.

Un aire seco, caliente y cargado de ceniza salió desde abajo.

—No parece una cámara funeraria —murmuró Darian.

—Porque no lo es —dijo Ardan.

Descendieron con lámparas cubiertas. La escalera terminaba en una sala abovedada, mucho más grande de lo que el tamaño del salón permitía imaginar.

Las paredes estaban grabadas con figuras de dragones entrelazados con cadenas.

Había estantes de piedra llenos de cajas, pergaminos, objetos sellados en resina.

En el centro descansaba una mesa de obsidiana.

Sobre la mesa había un mapa de la Cicatriz.

No uno de los mapas actuales, con rutas y límites de reino. Era un dibujo antiguo, hecho con tinta roja y azul. En él, la frontera era una herida abierta. De las dos orillas salían marcas que convergían en un punto: Cendral.

Isolde se acercó. La obsidiana bajo sus dedos estaba tibia.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Ardan miró los grabados.

—El archivo de las guardianas. Maelia me habló de él una vez. Dijo que cada reina de la Casa Valarys podía elegir si dejaba aquí una verdad o una mentira para quien viniera después.

—¿Y tú? —preguntó Isolde.

—Nunca lo encontré.

La respuesta sonó como una derrota antigua.

Aelyn revisó los estantes. Había cajas con nombres de reinas, fechas, sellos de cera convertidos en polvo. Darian examinó el mapa. Lysandra se mantuvo cerca de la entrada, vigilando como si una historia de trescientos años pudiera sacar una espada de entre las sombras.

Isolde encontró una caja con el nombre de Maelia grabado en ashai. No estaba cerrada. Dentro había una libreta de cuero, una daga de hueso y un pedazo de cristal rojo del tamaño de una uña.

La libreta estaba escrita a mano.

—Es de ella —dijo.

Ardan se acercó, pero no intentó arrebatársela. Isolde abrió la primera página.

No era un diario. Eran anotaciones. Fechas, rutas, nombres de delegados. Dibujos de fisuras. En los márgenes, Maelia había escrito frases breves.

La grieta responde al miedo de los hombres.

No quieren un dragón. Quieren que ambos reinos crean que lo quieren.

Varek no sabe todo. Telmor sabe más de lo que admite.

Isolde se quedó en esa línea.

—¿Qué dice? —preguntó Darian.

Ella le mostró la página.

Lysandra soltó una maldición baja. Ardan cerró los ojos. Aelyn leyó por encima del hombro de Isolde, con la expresión de alguien que ya no se permitía sorprenderse, aunque cada nueva prueba la obligara a hacerlo.

—¿No sabe todo? —dijo Darian—. ¿Eso significa que Varek participa o que alguien lo usa?

—Las dos cosas siguen siendo posibles —respondió Aelyn.

—Sigue —dijo Ardan.

Isolde pasó páginas. Había referencias a reuniones en el Lago Hálito, a contratos de sal, a un nombre que se repetía sin explicación: los Custodios de la Brasa Fría. Luego encontró un dibujo de una cadena enrollada alrededor de una figura con alas.

Debajo, Maelia había escrito:

El pacto de los fundadores convirtió una defensa en una prisión. Ydrael fue escondido, no perdido. La llave de la prisión es sangre Valarys y hielo real. Si el Círculo logra reunir ambos en Cendral, podrá abrir la herida y reclamar el dragón como arma.

El silencio se volvió absoluto.

Isolde sintió que todo lo que había visto en Vayren se ordenaba de golpe: la luz bajo el hielo, la súplica, las cadenas. Ydrael no dormía. Estaba cautivo.

—Cael —dijo Aelyn.

—No sabemos si él es la otra llave —respondió Darian.

—Es príncipe de Skarde —dijo Lysandra—. Si el texto habla de hielo real, el rey Halvar, Cael o algún miembro de esa sangre puede cumplir esa función.

—Y el Círculo ha querido enfrentarnos con ellos para llevarnos a la Cicatriz —dijo Isolde.

—O para impedir que veamos que hay una tercera opción —añadió Ardan.

—¿Cuál?

El rey miró la libreta.

—Que no estén trabajando para ningún reino. Que quieran que ambos caigan lo suficiente para gobernar los restos.

La idea no era nueva. Pero al oírla en aquella sala, rodeados de registros de mujeres que habían guardado el secreto durante siglos, dejó de parecer una teoría. Se convirtió en herencia.

Darian hojeó otras páginas. Se detuvo en un mapa de las Casas nobles de Caleryon.

—Aquí hay marcas —dijo.

Había pequeños puntos junto a varios nombres. Varek. Telmor. Teravel. Rhyne.

Isolde sintió que el suelo se inclinaba.

—¿Qué significan? —preguntó.

No había leyenda. Únicamente una nota en el margen: Las Casas con acceso a las rutas. No confiar en la proximidad.

Darian se quedó muy quieto cuando vio el nombre de su familia. Isolde no apartó la vista de él. Una parte de ella esperaba que dijera algo rápido, que explicara, que negara. Él no lo hizo. Parecía estar leyendo una herida escrita mucho antes de que ninguno de los dos naciera.

—Mi padre nunca habló de esto —dijo finalmente.

—Eso no demuestra nada —dijo Ardan.

—No —respondió Darian—. Pero tampoco es nada.

La honestidad no resolvió la tensión. La hizo más difícil de ignorar.

En el fondo de la caja había una carta más. Esta sí estaba dirigida a Isolde.

La letra de Maelia era firme.

Hija, si lees esto, habrás llegado más lejos de lo que quise para ti y menos de lo que mereces.

No te pido que perdones mi silencio. Te pido que no dejes que la rabia elija tus aliados.

El Círculo sobrevivirá mientras la gente crea que solo puede escoger entre Fuego o Hielo.

Busca a quien sea capaz de sostener una verdad aunque le cueste su propia casa.

Y recuerda: un juramento es una herramienta.

La última frase le quemó los ojos.

Un juramento no es amor.

Isolde cerró la carta antes de que los demás pudieran ver cuánto la había afectado.

—¿Qué dice? —preguntó Aelyn, con suavidad.

—Que no convirtamos esto en una guerra —respondió ella.

No era mentira. No era toda la verdad.

La pared de la cámara vibró.

Todos se volvieron.

Al principio Isolde pensó que era el mecanismo de la puerta. Después vio que la piedra junto a la entrada se calentaba. Una línea de fuego azul apareció entre los bloques.

—¡Fuera! —ordenó Lysandra.

No hubo explosión. Hubo una voz.

No humana. No clara.

El eco de Ydrael recorrió la sala, profundo y desesperado. Las lámparas se apagaron una por una. En la oscuridad, la obsidiana de la mesa brilló roja.

Isolde sintió la llamada atravesarle los huesos.

Cendral.

Después, silencio.

Las lámparas volvieron a encenderse. La pared no se había roto. La cámara seguía allí, intacta, como si nada hubiera pasado.

Pero nadie volvió a decir que las marcas de Maelia eran recuerdos muertos.

Al salir, Ardan selló la puerta con su anillo real.

—Nadie entra aquí sin mi orden —dijo.

Isolde miró la estatua de Ilyra. Por primera vez, no le pareció que los antepasados la miraran desde arriba.

Le pareció que le estaban pidiendo una respuesta.