Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE #4
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CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE #4

Ella pensó en la Casa Rhyne, en Varek, en su padre, en el hombre que había muerto con un veneno escondido en la boca. Pensó en todas las personas a las que amaba y en los secretos que quizá estaban guardando para protegerla.

—No quiero saberlo —dijo.

—Eso no suena a ti.

—No. Suena a alguien que está empezando a entender cuánto puede doler una respuesta.

En el último rellano, un guardia apareció corriendo por la escalera.

—Majestad —dijo, sin aliento—. Han encontrado al administrador Morn.

El corazón de Isolde dio un vuelco.

—¿Vivo? —preguntó Ardan.

El guardia bajó la mirada.

—Sí. Pero no recuerda cómo llegó a la ciudad. Y tiene una marca de quemadura en el pecho.

Isolde apretó la llave dentro del bolsillo.

La torre había devuelto una carta de su madre.

El reino acababa de devolverles un hombre sin memoria.

* * *

Ilan Morn no sabía su propio nombre.

Lo repitió tres veces cuando Isolde entró en la enfermería.

—¿Quién es Ilan Morn? —preguntó, mirando sus manos vendadas—. ¿Es un médico? ¿Es un ladrón?

El hombre que había sido supervisor de rutas parecía mucho mayor que la edad que Darian le atribuyó.

Tenía el cabello gris pegado a la frente por el sudor y una quemadura circular sobre el pecho, visible entre los vendajes.

La herida difería de una quemadura común: la piel alrededor estaba intacta y el centro ennegrecido tenía la forma del círculo roto que el Círculo de Ceniza dejaba en sus capas.

Ser Amon estaba junto a la cama, mezclando una infusión con expresión de querer expulsar a todos de la habitación.

—No debe hablar más de unos minutos —advirtió—. Ha recibido alguna clase de golpe mágico. El cuerpo está aquí. La mente se está defendiendo como puede.

—Necesitamos respuestas —dijo Varek desde la puerta.

Isolde se volvió. No sabía cuándo había llegado. El consejero llevaba una capa azul oscura y el mismo rostro preocupado que había usado en cada reunión desde el muelle.

—Necesitamos que sobreviva —dijo ella.

Varek sostuvo su mirada un instante.

—Por supuesto, Alteza.

Darian estaba al otro lado de la cama. Cuando Morn lo vio, se encogió contra las almohadas.

—No —susurró—. No otra vez.

El aire cambió.

Darian se quedó inmóvil.

—Ilan —dijo con cuidado—. Soy Darian Rhyne. Trabajaste para mi padre. ¿Me reconoces?

Morn abrió mucho los ojos. Miraba el rostro de Darian como si una parte de su mente hubiera identificado un peligro sin recordar por qué.

—El anillo —murmuró—. El anillo rojo.

Isolde sintió que el corazón le golpeaba una vez, seco.

Darian no llevaba anillo. El único anillo rojo que ella conocía era el que él le había dado.

—¿Qué anillo? —preguntó Aelyn, que acababa de entrar detrás de ella.

Morn se llevó las manos a la cabeza.

—Era la sombra que usaba su nombre.

La frase hizo que Darian cerrara los ojos. Varek dio un paso hacia la cama.

—¿Quién era la sombra? —preguntó—. ¿Qué viste?

Morn soltó una risa nerviosa. Las lágrimas le corrieron por las mejillas.

—Vi la torre. Vi el salón de los muertos. Vi la caja que no debía abrirse. Y después vi fuego bajo el agua.

Isolde se acercó.

—¿La cámara bajo el salón de los antepasados? ¿Has estado allí?

El administrador la miró. Por un segundo sus ojos se aclararon.

—La reina dijo que no confiaras en los que te ofrecen una llave. Dijo que la llave no abre una puerta. Abre una elección.

—¿Mi madre? —preguntó Isolde.

Morn pareció no oírla. Se llevó un dedo a la quemadura del pecho y gritó.

Ser Amon apartó a todos de la cama.

—Fuera. Ahora.

El grito de Morn se convirtió en tos. El médico llamó a sus ayudantes. Ardan llegó desde el corredor, atraído por el ruido, y vio la cara de Isolde antes de que nadie pudiera contarle nada.

—¿Qué ha dicho? —preguntó.

Nadie respondió de inmediato.

Fue Darian quien habló.

—Ha dicho que alguien usaba mi nombre.

El rey lo miró con una cautela que Isolde detestó, aunque entendía de dónde venía. El silencio de Ardan era una puerta que se abría dentro de él para admitir una posibilidad que no quería considerar.

—También ha hablado de la cámara —dijo Isolde—. Tenemos que abrirla.

—No hoy —respondió Ardan.

—Padre.

—No hoy. Morn está alterado, el palacio tiene una filtración y alguien ha dejado una pluma de archivo para dirigirnos a una llave. Si vais a abrir una cámara que Maelia escondió, no lo haréis con medio Consejo mirando desde una sombra.

—¿Y si destruyen lo que hay dentro antes?

—Entonces tendrán que saber dónde está la llave. Y ahora solo nosotros lo sabemos.

Isolde iba a discutir, pero Morn empezó a gritar de nuevo. Esta vez no palabras. Un sonido animal, roto, que hizo que todos en el corredor se quedaran quietos.

Más tarde, Amon confirmó que la memoria de Morn estaba dañada. No podía recordar días, nombres ni rostros en orden. Pero había algo peor: cada vez que se acercaba a una respuesta, la quemadura de su pecho reaccionaba. Alguien había dejado en él una magia diseñada para castigar el recuerdo.

—¿Podéis quitarla? —preguntó Isolde.

—No sin matar lo que queda de él —respondió Amon—. Y quizá tampoco entonces.

La impotencia le supo a ceniza.

Esa noche se convocó una reunión privada en las habitaciones del rey. Ardan, Isolde, Aelyn, Darian, Lysandra, el capitán de la Guardia y Varek. Telmor no fue invitado. Cael estaba en Skarde. Por primera vez, Isolde sintió el vacío de su información como una presencia.

—Hay que cerrar el palacio —dijo el capitán—. Revisar entradas, correspondencia, personal de archivo.

—Eso provocará pánico —dijo Varek.

—El pánico ya existe —dijo Aelyn—. Solo está mejor vestido en los salones.

Varek la miró con fría reprobación.

—Las palabras pueden agravar una crisis, señorita Teravel.

—Y el silencio puede alimentarla.

Lysandra intervino antes de que el hombre respondiera.

—No cerraremos el palacio como una fortaleza sitiada. Pero se limitarán accesos a los archivos altos y se revisará cada guardia que haya servido en las rutas de Cendral o Vayren. Sin excepciones de Casa.

—Incluida la mía —dijo Darian.

Varek ladeó la cabeza.

—Eso sería un gesto admirable, lord Rhyne. Pero no confundamos gestos con pruebas.

—No lo hago —dijo Darian—. Precisamente por eso quiero que revisen mi oficina.

Isolde lo miró. Sabía que podía haber estrategia en esa decisión. También sabía que, si Darian estaba implicado, acababa de hacer algo innecesariamente arriesgado. La lógica no resolvía la incertidumbre. Únicamente la hacía más pesada.

Al terminar la reunión, Ardan se quedó con ella en el corredor.

—No quiero que uses la llave sin mí —dijo.

—No iba a hacerlo.

Él la miró. Los dos sabían que era mentira.

—Isolde.

—Está bien. No lo haré.

La promesa le costó más de lo que quería admitir. Su padre parecía saberlo.

—No te estoy pidiendo que renuncies a tu madre —dijo—. Te estoy pidiendo que no permitas que quienes la hicieron desaparecer te conviertan en su siguiente herramienta.

Eso era precisamente lo que le aterraba.

Cuando volvió a sus habitaciones, encontró a Darian sentado en el suelo junto a la puerta. No tenía armadura ni papeles. Únicamente una copa de agua sin beber entre las manos.

—Aelyn me ha dicho que quizá estabas aquí —dijo Isolde.

—Aelyn siempre sabe dónde estamos antes que nosotros.

Ella se sentó a su lado. Durante un rato no hablaron.

—Morn te vio y tuvo miedo —dijo al fin.

—Sí.

—¿Qué piensas?

Darian miró el agua de la copa.

—Pienso que alguien ha usado mi Casa como máscara durante años. Pienso que, si no lo he visto, soy peor en mi trabajo de lo que creía. Y pienso que la persona que hizo eso quería que tú miraras mi nombre y te preguntaras si me conoces de verdad.

—Eso no responde a si yo debería confiar en ti.

—No. Esa respuesta no puedo dártela yo.

La honestidad de la frase la enfureció y la alivió a la vez.

—Odio que tengas razón algunas veces.

—Lo sé.

—No deberías saberlo tan deprisa.

Él sonrió apenas. Después se puso serio.

—No quiero que la duda te haga sentir que has sido tonta por quererme. Confiar no es una estupidez, Isolde. Aunque alguien intente usarla contra ti.

Ella apoyó la cabeza en su hombro. Darian se quedó inmóvil, esperando que fuera ella quien decidiera el contacto. Cuando Isolde le tomó la mano, él la sostuvo.

No era una certeza.

Por esa noche, fue lo único que podían darse.

La cámara de los antepasados

La cámara estaba detrás de una pared que Isolde había contemplado toda su vida.

El Salón de los Antepasados ocupaba el corazón más antiguo del Alcázar.

Allí se celebraban juramentos, velatorios reales y ceremonias de nombramiento.

Las estatuas de los Valarys se alineaban en dos filas, cada una con una corona, un arma o un dragón tallado a sus pies.

De niña, Isolde había tenido miedo de que las figuras la miraran.

De adulta, le parecían una colección de personas que habían sobrevivido a base de convertir sus decisiones en mármol.

La puerta de la cámara se escondía bajo la estatua de la reina Ilyra, la mujer que Telmor mencionaba cada vez que quería dar a entender que la historia tenía un plan para ella.

Ardan llevó una noche entera preparándose para abrirla. No lo dijo así. Dijo que necesitaban asegurar el perímetro, elegir quién entraría y revisar los viejos planos del palacio. Pero Isolde conocía el modo en que su padre demoraba una decisión cuando el miedo podía disfrazarse de prudencia.

Al amanecer, estaban frente a la estatua: Ardan, Isolde, Aelyn, Darian, Lysandra y el capitán de guardia. Varek no había sido invitado. Telmor tampoco.

—Si alguien pregunta —dijo Lysandra—, diremos que estáis rezando por la seguridad del reino.

—¿Y si no nos creen? —preguntó Aelyn.

—Entonces diremos que es una ceremonia privada. A los nobles les encanta una ceremonia privada. Les da motivos para inventarse detalles.

Ardan insertó la llave de plata en una ranura casi invisible bajo la base de Ilyra. La pieza no giró de inmediato. Isolde contuvo el aliento. Su padre presionó con más fuerza.

El metal cedió.