CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE #3
—Teren aún no ha regresado.
La preocupación se instaló entre los dos. Isolde partió un trozo de pan.
—No me gusta que alguien deba arriesgarse por cosas que yo quiero saber.
—No lo hace solo por ti. Lo hace porque si esas rutas están infiltradas, su pueblo también tendrá menos harina, menos guardias y más gente con miedo.
—Eso no hace que me guste.
—No debería gustarte. Pero no puedes cargar con cada decisión de cada persona que decide ayudar.
—Todo el mundo parece muy interesado en decirme qué no puedo cargar.
—Porque llevas la palabra «heredera» como si significara que debes hacerlo sola.
Ella lo miró. Darian no hablaba con reproche. Hablaba con una paciencia que a veces la desarmaba más que cualquier discusión.
—¿Y qué crees que significa? —preguntó.
Él se tomó un momento.
—Creo que significa que tendrás que decidir quiénes pueden llevar peso contigo. No que debas aceptar a cualquiera. No que tengas que renunciar a elegir. Pero sí que un reino no se sostiene con una persona ardiendo hasta quedarse sin nada.
Isolde pensó en Aelyn. En Lysandra. En su padre. Incluso en la forma incómoda en que Cael había compartido información sin pedir que ella le debiera confianza a cambio.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué peso quieres llevar?
La pregunta lo hizo sonreír, pero no del modo fácil.
—El que me dejes.
El anillo le rozó el guante cuando él tomó su mano.
—Mi padre ha aceptado la fecha para el anuncio formal —dijo—. No una boda. Únicamente el compromiso ante las Casas. Será dentro de un mes, después de las Fiestas de la Cosecha.
—¿Un mes?
—Si quieres que sea más tarde, lo diré.
—No. No es eso.
Un mes era poco para la política y mucho para una persona que acababa de empezar a aprender qué quería. Isolde se imaginó en la plaza, bajo los estandartes de Valarys y Rhyne, con la ciudad mirando. Sintió miedo. También una alegría extraña.
—Quiero que sea sencillo —dijo.
—Haré lo posible.
—No digas «lo posible» como si fuera una forma elegante de prometerme que Lysandra ganará.
—Lysandra siempre gana. Es una ley de palacio.
Rieron. Por un rato, Isolde permitió que la mañana fuera solo eso: pan caliente, un dragón descansando cerca y la mano de Darian sobre la suya.
Al mediodía, Teren regresó.
No traía a Ilan Morn.
Traía una flecha clavada en el hombro, barro hasta las rodillas y una niña de diez años aferrada a la capa.
La finca de la hermana de Morn había ardido durante la noche. Encontraron a la mujer muerta en el establo y a dos hombres vestidos con capas rojas junto a los restos. Morn había desaparecido. La niña era su sobrina, y solo repetía una frase entre sollozos.
—Mi tío dijo que la llave estaba en la torre. Dijo que no dejara que la encontraran.
Isolde se arrodilló frente a ella.
—¿Qué torre?
La niña negó con la cabeza, aterrada.
—No sé. Únicamente dijo que mirara arriba cuando el fuego bajara.
En Caleryon había decenas de torres.
Pero Isolde sintió la obsidiana calentarse contra su piel.
Y, por primera vez, tuvo la certeza de que la siguiente puerta estaba dentro de su propia casa.
La torre de las voces
La torre más alta del Alcázar era la del Observatorio.
No la torre norte, donde vivían los guardias de la noche.
Ni la oriental, desde la que los vigías seguían los vuelos de los dragones.
El Observatorio era más antiguo que ambas.
Se levantaba detrás de la capilla vieja, estrecho y casi escondido, con una cúpula de cobre que apenas se veía desde los patios.
Allí se habían estudiado las estrellas antes de que los astrónomos de Caleryon decidieran que el cielo no obedecía a nadie y resultaba más rentable dedicarse a otros asuntos.
La niña de Morn no conocía su nombre. Únicamente recordaba que su tío le hablaba de una torre donde se podía «mirar arriba aunque estuvieras dentro».
Eso bastó.
Ardan no quería que Isolde fuera. Ella esperaba la prohibición. No esperaba que, después de escuchar a la niña y examinar la nota de Teren, su padre dijera:
—Iré contigo.
La sorpresa la dejó callada durante un segundo.
—No hace falta.
—No he dicho que haga falta. He dicho que iré.
—Padre.
—Isolde.
La imitación de su tono era tan torpe que casi la hizo sonreír. Aelyn, que estaba junto a la niña, levantó las cejas como si aprobara esa pequeña victoria.
Al final fueron cinco: Ardan, Isolde, Aelyn, Darian y el capitán de la Guardia Real. Lysandra se quedó con la niña y con Teren en la enfermería. El rey ordenó cerrar las entradas del observatorio y pidió una llave que nadie encontraba desde hacía años.
—Eso es tranquilizador —murmuró Isolde mientras esperaban frente a la puerta de hierro.
—Las puertas viejas siempre pierden las llaves —dijo Aelyn.
—¿Por descuido?
—Por política.
El capitán acabó abriendo la cerradura con una barra de palanca. La puerta cedió con un gemido de metal. Un olor a polvo, cobre y excremento de paloma salió a recibirlos.
Dentro, una escalera de caracol ascendía alrededor de un eje oscuro. Las paredes estaban cubiertas de mapas descoloridos, constelaciones pintadas y retratos de antiguos astrónomos con aspecto de haber olvidado cómo hablar con personas vivas.
Isolde empezó a subir.
—Despacio —dijo Ardan.
—No soy una niña.
—No he dicho que lo seas.
—Lo has pensado con voz de padre.
Darian ocultó una sonrisa. Aelyn no se molestó en ocultarla.
En el tercer rellano, encontraron una puerta baja que daba a una sala de archivos. El capitán revisó el interior antes de permitirles entrar. Había estantes vacíos, una mesa rota y un telescopio cubierto por una lona. Nada que pareciera una llave.
Isolde recorrió las paredes. En la piedra había marcas de humedad y nombres de antiguos cadetes grabados con navajas. Cerca de la ventana, justo donde el sol de la mañana alcanzaba el suelo, vio una pequeña línea de ceniza.
El nudo ashai de guardar.
Su padre lo vio al mismo tiempo.
—Maelia —dijo.
No era una pregunta.
Isolde se arrodilló. La marca estaba incrustada en una junta entre dos bloques. Metió la punta de una daga y presionó. Una pieza de pared cedió, revelando un hueco estrecho.
Dentro había una caja de madera ennegrecida.
Ardan cerró los ojos. Darian se puso a su lado, pero no intentó tocarla. Aelyn guardó silencio.
Isolde sacó la caja. No tenía cerradura. Únicamente un aro de metal con una inscripción ashai que reconoció por las lecciones de su madre.
—¿Qué dice? —preguntó Aelyn.
—«Lo que se esconde del fuego no puede llamarse hogar».
El rey dejó escapar un sonido breve. Dolor, no risa.
—Era una frase de su abuela —dijo—. Maelia la odiaba de niña. Decía que era una forma poética de obligar a la gente a hablar de sus sentimientos.
Isolde levantó la tapa.
La caja contenía tres objetos.
El primero era una pluma negra, idéntica a la que habían encontrado en el despacho de Brel.
El segundo, una pequeña llave de plata con dientes irregulares.
El tercero, una carta doblada tantas veces que el papel se había vuelto frágil.
Estaba dirigida a Ardan.
Él no la cogió enseguida.
—Léela —dijo Isolde.
—Es de ella.
—Precisamente.
El rey tomó la carta. Sus manos no temblaban, pero Isolde vio el esfuerzo que hacía para mantenerlas quietas. La abrió con cuidado.
La tinta estaba desvaída. Algunas palabras se habían perdido. Ardan leyó en silencio durante tanto tiempo que Isolde pensó que no lo haría en voz alta.
—¿Qué dice? —preguntó ella.
Él levantó la vista.
—Dice que si he encontrado esto, significa que no regresó a tiempo. Que no confíe en las respuestas que me ofrezcan quienes hayan estado cerca del Consejo desde antes de que ella llegara a Caleryon.
Varek. Telmor. Casas enteras. La frase podía abarcar demasiadas personas.
—¿Eso es todo? —preguntó Isolde.
Ardan volvió a la carta.
—Dice que el Círculo es una promesa que ciertas personas se hacen cuando creen que el poder les pertenece por haberlo deseado durante mucho tiempo.
El silencio se extendió por la sala.
—¿Nombra a alguien? —preguntó Darian.
—No.
—¿La torre? ¿La llave? —preguntó Aelyn.
Ardan leyó el último párrafo. Su rostro cambió.
—La llave abre una cámara bajo el salón de los antepasados. Dice que no vayamos hasta estar preparados para perder una certeza.
Isolde miró la pequeña llave de plata.
—Eso es una frase muy propia de mamá.
—También es una frase muy propia de una trampa —dijo Darian.
Ella lo miró. No había malicia en su advertencia. Únicamente la memoria de la cueva, el lago, las emboscadas que habían sobrevivido juntos.
—No podemos ignorarlo —dijo.
—No he dicho que lo ignoremos —respondió él—. He dicho que no bajemos cinco personas sin saber quién ha dejado la pluma.
El capitán tomó la pluma con un paño. En el cañón había una inscripción diminuta, invisible sin luz directa.
Archivo de la Corona.
—Es de alguien que tiene acceso a los archivos altos —dijo Aelyn—.
—O que quiere que creamos que lo tiene —dijo Ardan.
La cautela de su padre debería haberla frustrado. Esta vez no lo hizo. En la carta, Maelia no les había dado una respuesta. Les había enseñado el tamaño de la pregunta.
Subieron hasta la cúpula del observatorio. Desde allí se veía todo Caleryon: el río, los patios de vuelo, las torres de las Casas nobles y el barrio de la ribera más allá de las murallas interiores. El reino no cabía en esa vista. Pero la vista podía hacerte creer que sí.
Ardan se quedó junto a la abertura del techo, con la carta en una mano.
—No abriremos la cámara hoy —dijo—. Primero encontraremos quién tiene acceso al archivo y qué sabe sobre esa llave.
Isolde iba a protestar. Aelyn le tocó el codo.
—Es esperar para no entregarles otra ventaja —susurró—.
La frase de Lysandra regresó a su cabeza: una verdad debe poder sobrevivir a ser dicha.
Isolde guardó la llave en el bolsillo interior de la capa.
Al bajar la escalera, Darian caminó a su lado. No la tocó, pero su hombro rozó el suyo en cada giro estrecho.
—¿Qué certeza crees que perderemos? —preguntó él.