CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE #2
Siguieron buscando. En un cajón bajo la mesa, Aelyn encontró un paquete de correspondencia atado con cuerda azul. Las cartas no tenían remitente. Cada una contenía una queja breve: un convoy confiscado, un hijo detenido, una ruta cerrada. Todas llevaban la marca de recibido. Ninguna, una respuesta.
—No solo la ribera —dijo Isolde—. Es todo el reino.
—La gente está escribiendo porque todavía cree que alguien leerá.
La frase le dolió más de lo que esperaba.
Debajo de las cartas había un recibo con el sello de la Casa Rhyne. Isolde se quedó quieta. La firma era la de un administrador: I. Morn, supervisor de rutas.
—¿Conoces este nombre? —preguntó.
Aelyn negó.
—Pero puedo averiguarlo.
En ese momento, alguien llamó dos veces a la puerta. Darian entró sin esperar respuesta. Su cara había cambiado desde la mañana: estaba contenida. Como si hubiera elegido una emoción y dejado las otras fuera de alcance.
—El médico confirma veneno —dijo—. Había una cápsula bajo una muela. Brel la mordió cuando oyó que los guardias venían a buscarlo.
—Entonces sabía que lo interrogaban por las cartas —dijo Isolde.
—O sabía que alguien lo haría morir si hablaba.
Aelyn le mostró el recibo.
Darian lo tomó. No hizo ningún gesto de reconocerlo.
—Ilan Morn —dijo—. Trabajó para mi padre. Se encargaba de los convoyes del oeste hasta que pidió licencia por enfermedad el invierno pasado.
—¿Qué enfermedad? —preguntó Isolde.
—No lo sé. El informe decía fiebre de pulmón. Mi padre le pagó una pensión y lo reemplazó.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Aelyn.
Darian alzó los ojos.
—Si sigue vivo, en una finca de su hermana al sur de la ciudad.
—Tenemos que ir —dijo Isolde.
—No —respondieron Darian y Aelyn a la vez.
Isolde cruzó los brazos.
—Qué inspirador que por una vez estéis de acuerdo.
—Morn puede ser un testigo o una trampa —dijo Darian—. Si el Círculo ha eliminado a Brel, quizá ya sepan que buscamos su nombre.
—Entonces tenemos que llegar antes.
—No tú —dijo Aelyn—. Podemos mandar gente de confianza.
—¿Gente de confianza de quién? ¿Del rey? ¿De Varek? ¿De Telmor? ¿De la Casa Rhyne?
Darian bajó la mirada hacia el recibo. El silencio que siguió fue corto, pero Isolde sintió la herida que había abierto.
—No he dicho que no tengas motivos para desconfiar —dijo él—. He dicho que no quiero enviarte al lugar donde probablemente esperan que vayas.
Ella quería discutir. En vez de eso, vio que Aelyn ya había encontrado un mapa de las fincas del sur y estaba señalando caminos de acceso.
—Podemos enviar a dos personas por la ruta principal y otras dos por el río —dijo—. No hace falta que vayamos todos. Si Morn está allí, una patrulla discreta puede traerlo.
—¿De quién será la patrulla? —preguntó Isolde.
—De Lysandra.
La voz llegó desde la puerta.
La condesa Lysandra entró con un abrigo rojo oscuro sobre los hombros. No era una mujer que visitara habitaciones de funcionarios muertos sin razón. Detrás de ella venía un joven soldado de la guardia de palacio, al que Isolde conocía solo de vista: Teren, hijo de un veterano de la Marcha.
—He oído que buscáis a un hombre llamado Morn —dijo la condesa—. Teren nació cerca de esa finca. Su familia no le debe nada a ninguna Casa importante. Si alguien puede llegar sin que lo vean venir, es él.
—¿Por qué nos ayudáis? —preguntó Isolde.
Lysandra la miró con paciencia.
—Porque Brel no es el primer hombre que muere con una boca llena de silencio. Porque vuestra madre era mi amiga. Y porque, aunque los hombres de esta corte lo olviden a menudo, las cartas de la gente no son desperdicio.
La respuesta hizo que Isolde enderezara la espalda.
—¿Sabíais de las cartas?
—Sabía que algunas desaparecían. No sabía quién decidía cuáles.
—¿Y no dijisteis nada?
—Dije cosas durante años. Lo difícil es conseguir que alguien escuche cuando no tienes un ejército ni una corona.
Isolde pensó en el muchacho de la sopa: entonces quizá necesita ayuda.
—Yo os escucho —dijo.
Lysandra asintió una vez, como si aquella frase fuera una promesa que habría que comprobar con el tiempo.
Teren salió antes de anochecer con dos compañeros.
Darian entregó una carta sellada a uno de ellos, autorizando que Morn fuera llevado ante el rey sin pasar por oficinas intermedias.
Aelyn hizo una copia de todos los papeles de Brel y guardó los originales en un cofre que solo ella y Ardan podían abrir.
Cuando al fin se quedaron solos, Isolde se acercó a Darian.
—No debí decir lo de tu Casa así.
—No te voy a pedir que finjas que no te preocupa.
—Pero sí te preocupa que me preocupe.
Él dejó escapar una risa sin humor.
—Eso es bastante exacto.
Isolde tomó el recibo de sus manos.
—No quiero que la gente use tu nombre para manipularme.
—Tampoco yo.
—Entonces no dejemos que funcione.
Darian le apretó los dedos. A través de la ventana, la tarde caía sobre Caleryon con una calma que ya no engañaba a ninguno de los dos.
En la oficina vacía, sobre el escritorio de Brel, alguien había dejado una sola pluma negra.
No estaba allí cuando entraron.
* * *
Rheskan llevaba tres días castigándola por haberlo dejado en Vayren.
No era un castigo humano, por supuesto. Los dragones no guardaban rencor de la manera ordenada en que lo hacían las personas.
Rheskan le mostraba su descontento negándose a responder a la primera llamada, bañándose en ceniza justo después de que los mozos limpiaran el recinto y mordiendo los extremos de las capas de los visitantes que se acercaban demasiado.
Pero cuando Isolde entró al patio de vuelo al amanecer, el dragón levantó la cabeza desde el rincón más lejano y emitió un sonido grave que le hizo vibrar el pecho.
—Yo también te he echado de menos —dijo.
Rheskan fingió no entenderla.
El instructor de vuelo, un hombre llamado Ser Olan que había servido con Maelia, observaba desde el borde del recinto.
No era Edran. Edran había muerto años atrás con preguntas que nadie quiso responder.
Olan era mayor, más prudente, y tenía la costumbre de mirar a Isolde como si viera a la niña que había intentado subir por primera vez a un dragón demasiado grande para ella.
—No estáis aquí para discutir con él —dijo—. Estáis aquí para trabajar.
—A veces las dos cosas son lo mismo.
—Eso es lo que dicen quienes terminan con una costilla rota.
—Nunca me he roto una costilla.
—Todavía.
Rheskan se acercó por fin. Isolde apoyó la palma sobre sus escamas. El contacto le devolvió una calma inmediata, profunda. Era diferente de lo que había sentido con Ydrael: Rheskan era presente. Calor. Un animal joven, orgulloso y vivo que la conocía a través de los gestos que repetían cada mañana.
—Vuelo bajo —ordenó Olan—. Dos vueltas sobre el río, ascenso por la torre sur y regreso. Nada de acrobacias.
—Nunca hago acrobacias.
El instructor la miró hasta que ella sonrió.
—Casi nunca.
Montó. Rheskan despegó con un salto poderoso que la empujó contra la silla. El aire de la mañana le golpeó la cara y, por unos segundos, todos los asuntos del palacio quedaron en el suelo: las cartas, Brel, Varek, los rumores, el anillo que llevaba oculto bajo el guante.
Volar no resolvía nada. Pero le recordaba que el mundo era más ancho que las habitaciones donde los hombres discutían su destino.
Sobre el río, Rheskan extendió las alas y se dejó llevar por una corriente.
Isolde apoyó el cuerpo hacia delante. Abajo, Caleryon parecía limpia.
Los tejados rojos, las plazas, las torres, el laberinto de calles donde la gente compraba pan y discutía por una moneda.
Desde esa altura no se veían los sacos robados ni los impuestos duplicados.
Eso era lo peligroso de mirar un reino desde arriba: podía parecer que funcionaba solo porque sus heridas eran demasiado pequeñas para distinguirlas.
—No vamos a olvidarnos de ellos —murmuró.
Rheskan emitió una vibración que ella interpretó como acuerdo, aunque quizás solo fuera hambre.
Al acercarse a la torre sur, algo cambió en la presión del aire. El dragón tensó las alas. Isolde sintió el mismo tirón bajo el esternón que en Vayren.
Ydrael.
La visión llegó incompleta: un destello de piedra negra, una garra atrapada en cadenas de luz, olor a metal quemado y la sensación de estar demasiado lejos.
Rheskan rugió y perdió altura.
—¡No! —dijo Isolde, no sabía si al dragón o a la visión.
Se obligó a volver al presente. Bajó el peso, presionó las rodillas contra la silla, tocó el cuello caliente de Rheskan.
—Aquí. Mírame. Aquí.
El dragón recuperó el equilibrio antes de que el patio pudiera ver el fallo como algo más que un giro brusco. Aterrizó con fuerza, levantando una nube de polvo.
Olan llegó corriendo.
—¿Qué ha pasado?
—Una corriente.
—No ha sido una corriente. Rheskan nunca pierde la línea de esa forma.
—Entonces quizá estaba distraído.
El instructor le sostuvo la mirada. No la creyó. Tampoco la obligó a decir más.
—Descansad los dos. Mañana repetimos el ejercicio.
Isolde desmontó. Le temblaban las piernas, pero no dejó que se notara. Rheskan inclinó la cabeza hasta rozarle el hombro con el hocico. Ella apoyó la frente contra él.
—No voy a abandonarte —susurró.
El dragón resopló, caliente y triste.
Darian la esperaba fuera del patio. No había llegado para vigilar el vuelo; llevaba una carpeta de documentos bajo el brazo y manchas de tinta en los dedos. La normalidad de esa imagen le resultó tan querida que tuvo que respirar antes de hablar.
—¿Vienes a discutir presupuestos conmigo? —preguntó.
—He venido a sobornarte con un desayuno.
—Eso es menos romántico de lo que pensaba de ti.
—Hay pan caliente. Me parece muy romántico.
La llevó a una pequeña terraza sobre las cocinas, donde alguien había dejado una cesta con pan de semillas, queso suave, manzanas y una jarra de leche con miel. No era un sitio elegante. Por eso a Isolde le gustó.
—¿Cómo ha ido con los registros? —preguntó.
Darian apoyó la carpeta a un lado.
—He encontrado otras dos autorizaciones de Brel desviadas desde la oficina central. Ninguna tiene mi firma completa. Ninguna llega al administrador correcto.
—¿Y Morn?