Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE
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CAPÍTULO 10 LA REINA AUSENTE

Isolde no fue a buscar a Darian esa noche.

El impulso estuvo allí. Salir del despacho de Aelyn, cruzar dos pasillos, entrar en sus habitaciones sin llamar y poner el documento sobre la mesa entre los dos. Exigir una explicación antes de que la duda encontrara tiempo para crecer.

Pero Aelyn la detuvo cuando ya tenía la mano en el pomo.

—No ahora —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque estás enfadada y asustada. Esas dos cosas son útiles para sobrevivir a una pelea, no para escuchar una respuesta.

—No necesito una lección de calma.

—No. Necesitas una amiga que no deje que conviertas un sello incompleto en un veredicto porque has tenido demasiadas cosas arrancadas de las manos.

La frase fue injusta. También acertada.

Isolde soltó el pomo.

—¿Crees que no significa nada?

—Creo que significa que tenemos que averiguar qué significa. No es lo mismo.

Pasaron la mitad de la noche revisando registros. La autorización de D. Rhyne aparecía en otras cartas, pero no solo bajo quejas de los barrios. También en permisos de archivo, solicitudes de inventario y peticiones de reunión con funcionarios menores. Era un sello de paso, no una firma definitiva.

Eso no la tranquilizó del todo. Hacía que la pregunta fuera más compleja.

Cuando amaneció, Isolde encontró a Darian en el patio de entrenamiento.

Practicaba con dos capitanes de la guardia, sin chaqueta y con el cabello pegado a la frente por el sudor.

Se movía con precisión, no con el brillo salvaje de Cael ni con la agresividad de algunos soldados de Vayren.

Darian peleaba como hablaba en el Consejo: cerrando opciones, obligando al otro a elegir la menos mala.

La observación la molestó porque le pareció una metáfora demasiado fácil.

Él la vio junto a la barandilla. Bajó la espada de práctica.

—Dame diez minutos —dijo a los capitanes.

—Si es la heredera, dadle veinte —respondió uno de ellos—. Hemos aprendido a no meternos en asuntos con corona.

Darian se acercó, recogiendo una toalla del suelo.

—Buenos días. No pareces haber dormido.

—No he dormido bien.

La respuesta borró el humor de su cara.

—¿Qué ha pasado?

Isolde no quería hacerlo allí. Pero tampoco quería llevar la pregunta hasta otra habitación, convertirla en un objeto que podía seguir evitando. Sacó la copia de la carta.

—Encontré esto anoche.

Darian tomó el papel. Lo leyó. No cambió de expresión de inmediato. Ese detalle, tan pequeño, le hizo daño. Después frunció el ceño.

—¿Dónde estaba?

—En los registros de quejas de la ribera. Cuarenta y tres cartas sin respuesta sobre los hombres de las capas y los convoyes. Esta tiene tu autorización.

—No es una autorización final.

—Lo sé. Aelyn y yo revisamos otras.

—Entonces sabes que mi sello permite que una carta pase de una oficina a otra. No que quede enterrada allí.

—No te estoy acusando.

—No. Pero me estás preguntando si lo hice.

La franqueza la dejó inmóvil.

—Sí —dijo—. Te lo estoy preguntando.

Darian dobló el papel con cuidado. Miró a los soldados, que se habían retirado lo bastante lejos para fingir no oír. Después le hizo una señal hacia la galería lateral.

—Ven.

Caminaron hasta una escalera exterior que daba a los jardines. Allí no había nadie. El palacio empezaba a despertar; se oían cubos de agua, pasos de criados, el tintineo de las armas de la guardia.

—Hace cuatro años —dijo Darian—, mi padre me puso al frente de la oficina de correspondencia de rutas durante una temporada.

Era una forma de enseñarme cómo se mueve el reino cuando no está sentado en un trono.

Mantuvimos el sistema después porque funcionaba.

Mi inicial se usa para autorizar quejas que requieren comparación con otros registros.

—¿Quién las recibe después?

—Un escribano de segundo orden. Brel Ansel. Lleva ahí desde antes de que yo asumiera el cargo.

—¿Conoces a Brel?

—Lo suficiente para saber que tiene tres hijos, mala letra y miedo de su propia sombra. No lo suficiente para saber por qué esas cartas no llegaron a mi mesa.

Isolde observó su rostro. Había indignación, sí. Pero no la indignación perfecta de alguien que ensaya una inocencia. Era más desordenada. Algo en él parecía genuinamente herido por la posibilidad de que ella creyera capaz de ignorar a quienes pedían ayuda.

—Lo siento —dijo.

Darian no respondió enseguida.

—No quiero que me pidas perdón por preguntar —dijo finalmente—. Quiero que me digas cuándo algo te asusta. Aunque la respuesta tenga mi nombre al pie.

La suavidad de aquella frase era difícil de soportar.

—Me asustó porque pensé que quizá había cosas de ti que no sabía.

—Las hay. Las hay de todos. Pero no quiero que averigües las importantes por un papel escondido en una oficina.

Isolde sostuvo su mirada. Podía decirle entonces lo del Lago Hálito, las palabras de la asesina, las dudas que acumulaba sobre Varek y Telmor. Podía darle la obsidiana de Maelia y pedirle que compartiera toda la carga.

En cambio, le entregó la carta.

—Averigua qué pasó con Brel.

Darian asintió.

—Lo haré hoy.

La conversación debería haber terminado ahí. Sin embargo, él no se movió.

—¿Aelyn te dijo algo más? —preguntó.

—No.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Encontraste algo en la ribera que no quieras contarme?

Isolde pensó en los hombres con las capas falsas. En el símbolo del Círculo. En el muchacho que le había preguntado si la heredera se acordaba de ellos. Era miedo a que, al contarle todo, la búsqueda de la verdad empezara a pertenecer menos a ella.

—No todavía —dijo.

La decepción pasó por sus ojos antes de que pudiera ocultarla. Fue breve. No se convirtió en reproche.

—Está bien.

—Darian.

—No. Está bien. Te pedí que no prometieras más de lo que quisieras dar. No voy a castigarte por tomarme la palabra.

Eso no hizo que se sintiera mejor.

Al mediodía, Brel Ansel apareció muerto en su habitación.

La noticia corrió por el palacio sin ruido oficial. Un criado lo encontró sentado junto al escritorio, con una copa de vino derramada y una mancha azul alrededor de los labios. Los médicos declararon que había tomado veneno. Los guardias dijeron que la puerta estaba cerrada por dentro.

Darian llegó a las habitaciones de Isolde con el rostro blanco.

—No he podido hablar con él —dijo.

Ella no supo qué respuesta podía ofrecerle.

—Lo siento.

—Yo también.

La palabra era distinta esa vez. No pedía perdón. Nombraba una pérdida que no entendían.

Aelyn entró poco después con un pequeño cuaderno encontrado entre los papeles de Brel. Era una lista de cartas recibidas, archivadas y desviadas. Junto a varias había una marca: un círculo roto.

Junto a las cartas de la ribera, una segunda inicial.

V.

—Varek —dijo Isolde.

—O alguien que quiere que lo leamos así —respondió Aelyn.

Darian pasó una mano por el rostro.

—Esto ya no es una irregularidad. Alguien está eliminando a quienes pueden explicar el sistema.

—Y usando tu sello —dijo Isolde.

Él asintió.

—Sí.

Por primera vez, no intentó defenderse. Parecía comprender que una mentira capaz de usar su nombre era una herida para ambos.

—No voy a dejar que lo oculten —dijo.

—¿Aunque implique a tu Casa? —preguntó Aelyn.

Darian levantó los ojos.

—Especialmente si implica a mi Casa.

La respuesta era exactamente la que Isolde necesitaba oír.

Tal vez por eso le creyó.

La oficina vacía

La habitación de Brel Ansel olía a vino derramado y a papel mojado.

Isolde había esperado una escena más dramática.

Alguna señal inequívoca de asesinato: una ventana rota, un arma abandonada, una marca de ceniza en la pared.

En lugar de eso encontró una cama estrecha, una mesa de escritorio, dos camisas colgadas detrás de una puerta y una taza con el fondo pegajoso de una infusión que nadie había terminado.

La muerte, pensó, tenía una forma humillante de dejar las habitaciones demasiado parecidas a como eran antes.

El capitán de guardia les permitió entrar porque Ardan había dado permiso a Aelyn para revisar los registros de Brel.

Isolde la acompañaba oficialmente como testigo de la Corona.

Darian se encontraba con los médicos, esperando el resultado de una segunda revisión del cuerpo.

No era una decisión que le gustara, pero era la única que podía convertir una duda en algo más sólido.

—No toques nada con las manos —dijo Aelyn.

—Tengo guantes.

—No los uses como argumento. Los guantes no evitan que hagas tonterías.

—Qué agradable es trabajar contigo.

—Por eso me has traído.

Había dos guardias en la puerta. Uno de ellos bostezó y recibió una mirada de Aelyn que lo hizo enderezarse.

Isolde empezó por las estanterías. Brel no tenía libros de lujo ni objetos personales visibles.

Únicamente manuales de contabilidad, códigos de peaje, mapas de rutas y una colección de plumas gastadas.

—No parece un hombre que pudiera decidir desviar cuarenta cartas —dijo.

—Eso quizá sea lo que alguien quería que pareciéramos al entrar —respondió Aelyn.

La respuesta era incómodamente posible.

Sobre el escritorio había una hoja de cuentas con una mancha de vino. Isolde inclinó la lámpara. Bajo la lista de nombres, Brel había escrito varias veces la misma cifra y luego la había tachado. Al final de la página había una frase apenas legible.

No mandar a oficina central. Entregar a la casa.

—¿Qué casa? —preguntó.

Aelyn se acercó.

—No pone cuál.

—Hay una letra.

En el borde de la frase se veía una C curva, tal vez una G. El trazo estaba deformado por la humedad.

—Podría ser Ceniza y Sal —dijo Isolde.

—Podría ser cualquier cosa que empiece por C. Una casa de cambio. Una casa noble. Una casa de baños, si Brel tenía un sentido del humor extraño.

—No lo tenía.

—Eso es lo que sabemos por sus libros. Nunca confíes en la contabilidad para conocer a una persona.

—Eso parece una lección de tu padre.

—Mi padre dice que la contabilidad te enseña quién miente. Yo digo que te enseña quién puede permitirse pagar para que otros mientan.