Exilio (Legado de Fuego 1) CAPÍTULO 9 EL LAGO HÁLITO #2
25%

CAPÍTULO 9 EL LAGO HÁLITO #2

Salieron del palacio por la puerta de los suministros, sin escolta visible.

Isolde llevaba una falda marrón, botas viejas y el anillo escondido bajo un guante.

Aelyn había insistido en que no podían visitar los barrios de río como herederas y damas de Casa: necesitaban oír lo que la gente decía cuando no esperaba ser recompensada por decirlo.

—Tu padre se enfadará —dijo Isolde.

—Tu padre se enfada antes del desayuno. Es una constante, no un argumento.

El barrio de la ribera se extendía entre el mercado de pescado y los talleres de barcas.

Allí el río olía a sal, madera húmeda y aceite de lámpara.

Los niños corrían por pasarelas estrechas.

Los pescadores remendaban redes junto a las puertas.

Cada dos calles aparecía una taberna, una tienda de reparación o una mujer vendiendo sopa desde una ventana.

Isolde había venido otras veces. Pero después de Vayren veía lo que no había querido mirar de niña: tablas podridas en los puentes, techos remendados con lona, hombres que escondían la cara al ver pasar a los cobradores de impuestos.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó.

—Por escuchar.

Entraron en una panadería. El dueño, un hombre bajo con harina en las cejas, no levantó la vista cuando Aelyn pidió dos panes pequeños.

—Cuatro monedas —dijo.

—Ayer costaban tres —respondió Aelyn.

—Ayer también tenía harina.

—¿Y hoy no?

El panadero dejó de amasar. Miró alrededor antes de bajar la voz.

—Los carros de la ruta oeste no han llegado. Dicen que los han retenido por seguridad. Otros dicen que se los han llevado los hombres de las capas. A mí me da igual quién tenga el sello si mi mujer tiene que racionar el pan.

Isolde dejó las cuatro monedas sobre el mostrador.

—¿Ha ido alguien a preguntar al palacio? —preguntó.

El hombre soltó una risa sin humor.

—¿Al palacio? Claro. Mandamos una carta hace seis días. Nos contestaron que la Corona está ocupada con asuntos de frontera.

La palabra «Corona» cayó como si fuera una persona distinta de ella.

—¿Quién respondió? —preguntó Aelyn.

—Una oficina. Las oficinas no tienen nombre cuando no quieren.

Al salir, Isolde apretó el pan entre las manos.

—Voy a encontrar esa carta.

—Sí —dijo Aelyn—. Pero primero vamos a averiguar cuántas cartas hay.

Pasaron la mañana por el barrio. No hicieron preguntas directas.

Compraron fruta, escucharon a los barqueros discutir, ayudaron a una anciana a cargar leña.

Cada conversación tenía una variación de la misma historia: convoyes retrasados, peajes nuevos, soldados falsos, funcionarios que prometían revisar el problema y nunca volvían.

En una plaza pequeña, una mujer repartía cuencos de sopa entre trabajadores sin empleo. Isolde se ofreció a ayudar. Pasó una hora sirviendo caldo y cortando pan. Nadie la reconoció. Agradeció la invisibilidad y se sintió culpable por agradecerla.

Un muchacho de pelo rizado, no mucho mayor que el paje que le había llevado la flor de ceniza, se acercó mientras ella llenaba un cuenco.

—¿Es verdad que la heredera hizo hablar al fuego? —preguntó.

Isolde miró el vapor de la sopa.

—No lo sé. ¿Tú qué crees?

—Mi hermana dice que sí. Dice que si la heredera sabe hablar con dragones, debería pedirles que se coman a los hombres de las capas.

—¿Y tú?

—Yo creo que los dragones tendrán cosas mejores que hacer.

La respuesta le hizo reír.

—Probablemente tienes razón.

—¿Crees que la heredera se acuerda de nosotros? —preguntó él de repente.

Isolde dejó de cortar el pan.

Podía haber dicho sí. Era una respuesta fácil, noble, inútil. En vez de eso, miró el cuenco vacío en sus manos.

—Creo que debería acordarse —dijo—. Y creo que debería hacer más que acordarse.

El muchacho la estudió con seriedad.

—Eso suena difícil.

—Lo es.

—Entonces quizá necesita ayuda.

Antes de que ella contestara, alguien gritó desde la esquina.

Un carro había volcado contra un puesto de telas.

No fue un accidente: dos hombres con capas rojas tiraban de un saco de harina mientras el conductor intentaba impedirlo.

La gente se apartaba. Nadie llevaba armas.

Nadie quería ser el primero en enfrentarse a hombres que podían o no pertenecer a la Guardia Real.

Isolde vio el sello en la capa más cercana.

Era el círculo roto atravesado por una línea.

El Círculo de Ceniza estaba robando pan a plena luz del día bajo el color de su Casa.

—Aelyn —dijo.

No hizo falta más.

Aelyn volcó de un puntapié un cubo de agua junto al carro. El hombre que sostenía el saco se volvió, sorprendido. Isolde se acercó por el otro lado.

—Ese saco no os pertenece —dijo.

—Apártate —respondió el hombre.

—No.

Él levantó una mano para empujarla. Isolde atrapó su muñeca, giró el brazo y lo llevó contra el lateral del carro. No usó fuego. No lo necesitaba. El segundo hombre sacó una daga. Aelyn le arrojó el cubo vacío a la cara. El conductor aprovechó para golpearle la rodilla con una barra de hierro.

El primer hombre logró zafarse y silbó. Ambos echaron a correr por un pasaje lateral. Isolde los siguió dos pasos antes de detenerse. Había niños alrededor. Podía alcanzarlos, quizá. Pero si la esperaban con más hombres, dejaría a la plaza expuesta.

Eligió quedarse.

El conductor se arrodilló junto al saco abierto. La harina se mezclaba con el barro.

—Maldita sea —dijo.

Isolde lo ayudó a recoger lo que aún se podía salvar. La gente empezó a acercarse. Una mujer sostuvo una capa sobre el saco para protegerlo de la lluvia que empezaba a caer.

—¿Quiénes eran? —preguntó alguien.

—No lo sé —respondió Isolde—. Pero no eran guardias de la Corona.

—Llevaban rojo.

—Sí. Por eso quieren que penséis que lo eran.

Las palabras corrieron por la plaza. Isolde lo vio en los rostros: una chispa de duda, no suficiente para derrotar el miedo, pero suficiente para que la mentira dejara de ser perfecta.

Un guardia real apareció al final de la calle. Después otro. No eran los hombres de Darian; eran patrullas enviadas desde el palacio, alertadas por algún vecino. Isolde y Aelyn se apartaron antes de que las reconocieran.

En un callejón, Aelyn se apoyó contra una pared, jadeando de risa y adrenalina.

—No sé si te das cuenta de que acabas de iniciar un motín con un saco de harina.

—No he iniciado nada.

—Has dicho en voz alta que las capas rojas eran una mentira. Eso, en política, es lo más cerca que se puede estar de prender una mecha sin usar fuego.

—La gente merece saberlo.

—Sí. Pero si vamos a decirlo, necesitamos pruebas que sobrevivan a la voz de Varek y a los sermones de Telmor.

Isolde se quitó el guante. El anillo de Darian brilló bajo la lluvia. Por primera vez, una pregunta sobre qué clase de reino compartirían si llegaban a gobernar juntos.

—Vamos a encontrar las cartas sin responder —dijo.

Esa noche, en el despacho de Aelyn, revisaron los registros de quejas de los barrios de río. Había cuarenta y tres peticiones sobre convoyes, peajes y hombres disfrazados. Cuarenta y dos llevaban el sello de recibido. Ninguna tenía una respuesta firmada.

La cuadragésima tercera tenía un nombre.

Autorización de archivo: D. Rhyne.

Isolde leyó la letra dos veces.

No era la firma completa de Darian. Únicamente una D y un trazo inclinado, como los que se usaban para autorizar documentos menores.

Pero estaba allí.

Aelyn la miró sin decir nada.

El anillo pesó de pronto sobre el dedo de Isolde.